UNO no oye a menudo hablar de un
ejército que es guiado a la batalla por un coro, pero eso es lo
que ocurrió cuando Josafat era rey de Judá. Un día
un mensajero llegó a Jerusalén con las nuevas de que los
moabitas y los amonitas estaban en camino con miles de soldados para atacar
la ciudad.
Conociendo la debilidad de sus
propias fuerzas, Josafat se volvió a Dios por ayuda. También
envió la noticia a todas las ciudades de Judá urgiendo al
pueblo a venir al templo para orar. Pronto padres y madres, muchachos y
niñas, comenzaron a llegar a la ciudad de todas las direcciones,
llenando el patio de la casa del Señor. Debe haber sido una escena
maravillosa, porque había allí tantas personas que parecía
como si “todo Judá” se presentaba humildemente delante del Señor
con “sus pequeñuelos, sus mujeres y sus hijos”.
¡Pronto el rey Josafat comenzó
a orar Y qué oración hermosa fue aquélla!
“¡ Jehová, Dios de
nuestros padres! —exclamó—, ¡tú eres Dios en el cielo,
y dominas en todos los reinos de las gentes, y en tu mano están
la fuerza y el poderío, y no hay quien pueda resistirte! ¿
No eres tu, oh Dios nuestro, el que desplazaste a los moradores de esta
tierra delante de tu pueblo Israel y los diste a la descendencia de Abrahán,
tu amigo, para siempre?”
Continuó recordándole
a Dios la oración de Salomón con motivo de la dedicación
del templo: “Si nos sobreviniese desgracia, espada vengadora, peste, hambre,
nos presentaremos ante esta casa y ante ti, y clamaremos a ti en nuestra
angustia, y escucharás y salvarás”.
Entonces le habló al Señor
del avance de los moabitas y los amonitas, diciendo: “¡ Oh, Dios
nuestro! ¿No harás justicia en ellos? Pues nosotros carecemos
de fuerza frente a esa gran multitud que se nos viene encima, y no sabemos
qué hacer, mas en ti tenemos puestos nuestros ojos”.
Apenas había terminado el
rey su oración cuando se oyó otra voz. Todos los ojos se
volvieron para ver quién hablaba. Era el joven Jahaziel, un levita,
y era claro que Dios le había dado un mensaje para alegrar al pueblo
en esa hora oscura.
“Así os dice Jehová
—clamó en voz alta, de manera que toda la congregación pudiera
escucharlo—: No temáis, ni tengáis pánico ante esa
gran muchedumbre, pues no es el combate vuestro, sino de Dios”.
¡Qué suspiro de alivio
hubo entonces! ¡Dios estaba para ayudarlos! El se había hecho
cargo del problema y estaba por resolverlo a su propio modo!
“En este caso no tenéis
que combatir —continuó el joven levita—; situaos allí, estaos
firmes, y contemplaréis la salvación quo Jehová realiza
con vosotros no temáis ni tengáis pavor; mañana salid
contra ellos, pues Jehová estará con vosotros”.
Cuando Jahaziel terminó
de hablar, el rey y el pueblo se inclinaron humildemente delante de Dios,
agradeciéndole por su bondadosa promesa de liberación. Nadie
dudó de que Dios haría lo que su profeta había dicho.
Valientemente Josafat declaró: “¡ Creed en Jehová,
vuestro Dios, y permaneceréis firmes; Creed en sus profetas y tendréis
éxito!”
Referencias de las Escrituras: 2
Cronicas 20:1-30