"La Tinaja que Nunca se Vació"

La Tinaja que Nunca se Vacio

MIENTRAS Elías se preguntaba cuál era el próximo paso que debía dar, vio a una mujer que recogía astillas de madera no lejos de la puerta de la ciudad.
“¡Agua! —exclamó al dirigirle la palabra—. Vete a buscarme, por favor, un poco de agua en un vaso para que beba”.
Al levantar la vista, la mujer sintió compasión del pobre forastero, y se apresuró a buscar un poco de agua para él. Mientras lo hacia, ella lo oyó llamándola de nuevo. “Tráeme también, por favor, un bocado de pan”, le dijo.
La mujer se detuvo, y dominada por una gran tristeza, le replicó: “Vive Jehová, tu Dios, que no tengo nada de pan cocido y que no me queda más que un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la vasija; precisamente estaba cogiendo unos cerrojos para ir a preparar esto para mí y para mi hijo; lo comeremos y nos dejaremos morir”.
Elías vio que la mujer le decía ha verdad, y sintió compasión por ella. Estaba seguro ahora de que ésta debía ser la viuda a quien Dios había ordenado que lo alimentara, una viuda tan

Pobre no tenia nada en el mundo excepto un puñado de harina y un poco de aceite. En tal caso él sabia que algo maravilloso estaba por ocurrir, y pronto.
“No temas —he dijo bondadosamente a la pobre viuda—; ve y haz lo que has dicho, pero prepárame para mí antes una tortita cocida en el rescoldo y tráemela, y luego ya harás para ti y para tu hijo; pues he aquí lo dice Jehová: No faltará ha harina que tienes en la tinaja ni disminuirá el aceite en la vasija hasta el día en que Jehová haga caer la lluvia sobre la haz de la tierra”.
Puede haber parecido egoísta que he dijera: “Prepárame a mí antes una tortita cocida”; pero no lo era, pues ha fe de Elías en Dios era tan grande que para él ha tinaja de harina ya estaba llena y ha vasija de aceite rebosante. El estaba absolutamente seguro de que si la viuda pobre confiaba en la promesa de Dios lo suficiente como para hacerle primero a él una pequeña torta, Dios nunca cesaría de bendecirla de muchas maneras maravillosas.
La viuda decidió confiar en Dios. Aceptó al pie de la letra su palabra. Al ir a su casa, miró la tinaja de harina. Así como le había dicho ella a Elías, había sólo un puñado de harina en el fondo de la misma. La juntó en un montoncito rascando el fondo. Entonces fue a la vasija de aceite. Inclinándola, vertió la última gota, o lo que ella pensaba que era la última gota.
Después de mezclar el aceite y la harina para hacer la masa, se dispuso a encender el fuego. En ese momento, tal vez, su hijo vino corriendo en su búsqueda. Puedo oírlo diciendo:
— ¿Esa torta es para mí, mama?
—No, querido, es para el hombre de Dios, que, después de recorrer un camino largo y azaroso, ha venido a vernos.
—Pero yo tengo hambre.
—Lo sé, querido, pero él me ha prometido que Dios no nos dejará morir de hambre.
Ardi6 el fuego. La tortita fue colocada sobre los ladrillos calientes. Comenzó a dorarse, y pronto llenó ha humilde cocina con un dulce aroma.
Repentinamente se oyó un clamor excitado del muchacho.
— ¡Mamá, yo pensé que tu hablas dicho que no había más harina en la tinaja; pero hay!
—No, querido, no puede haber. Yo rasqué del fondo lo último que había hace un instante.
— ¡Pero hay, hay! ¡Mira, mama! ¡Es harina linda, nueva!
La viuda pobre miró en la tinaja y apenas podía creer lo que sus ojos veían. ¡Había harina allí! ¡Mas de lo que había habido por muchos días! Se volvió entonces a la vasija de aceite y ha inclinó. El aceite se derramaba. ¡Era demasiado  maravilloso! El gozo llenó su corazón. Miró hacia Elías, quien estaba sentado esperando la pequeña torta que ella le hacia. Había una sonrisa hermosa en su rostro cansado, una sonrisa de alegría y satisfacción, porque Dios había honrado su fe con tanta rapidez.
No solamente Elías comió aquella noche, sino también ha viuda y su hijo. No habían disfrutado de una comida tan buena en muchos días. Y debido a que la viuda “hizo lo que le había dicho Elías”, ocurrió que “durante mucho tiempo tuvieron qué comer ella y su familia y Elías, sin que faltase la harina de la tinaja, ni disminuyese el aceite de la vasija; según lo que había dicho Jehová por Elías”.
¡Qué gozo admirable deben haber tenido los ángeles colocando harina en esa tinaja y llenando ha vasija de aceite! ¡Cuan felices deben haber estado al observar la sorpresa en el rostro de la viuda cuando descubrió lo que había acontecido!
Pero esto no fue la única bendición que Dios mandó para recompensarla por la bondad que había tenido para con su siervo. Un día su hijo se enfermó gravemente. Ella lo atendió con amor, pero continuó empeorando. Viendo que se moría, lo tomó en sus brazos, y el niño allí mismo exhaló el último suspiro.
— ¡Elías! ¡Elías! —exclamó. El hombre de Dios bajó desde el piso alto, donde vivía. Al punto vio lo que había ocurrido.
—Dame a tu hijo —le dijo a la viuda, tomando el cuerpo inerte de los brazos de la madre sollozante.
Con él subió al piso alto de nuevo y lo extendió sobre su cama. “Y tendiose tres veces sobre el niño, invocando a Jehová y diciendo: ¡Jehová, Dios mío! Que vuelva, te ruego el alma [soplo, aliento] de este niño a entrar en él”.

“Jehová oyó la voz de Elías, y volvió dentro del niño su alma (soplo), y revivió”.
Muda de dolor, la pobre viuda apenas notó a Elías cuando bajaba de los altos de nuevo con el niño en sus brazos.
Entonces oyó al profeta que le hablaba. ¿Qué era lo que le decía?
—Mira, tu hijo vive.
—¿Qué? ¡Imposible!
De un salto cruzó la habitación. ¡Era verdad, era verdad! ¡Estaba vivo! ¡Respiraba de nuevo! ¡Oh, qué gozo! Lagrimas de felicidad y gratitud le rodaron por las mejillas mientras exclamaba: “Ahora conozco que eres hombre de Dios y que es verdad en tu boca la palabra de Jehová”.
 

Referencias de las Escrituras: 1 Reyes 17:8-24
 
 

Regresar a la página principal

Regrear a la página principal