CUANDO Elías salió
del palacio de Acab, Dios le dijo:
“Parte de aquí, vete hacia
el oriente y escóndete junto al torrente de Querit, que está
frente al Jordán. Beberás el agua del torrente y yo mandaré
a los cuervos que te den de comer allí”.
Elías conocía el
torrente de Querit perfectamente bien. Sin duda que en su niñez
había jugado en sus barrancas. En cuanto a los cuervos, también
los recordaba, y sabía dónde hacían sus nidos.
Era un viaje largo, cansador, el
volver a cruzar la región que se extendía allende el Jordán
para subir las bravías barrancas y ascender a las montañas
a cuyo pie corría aquel arroyo.
Llegando por fin a una cueva —en
realidad era una roca colgante— se detuvo para descansar, seguro de que
Acab nunca podría encontrarlo allí. Era un lugar solitario
y desolado. Ningún sonido rompía el silencio, salvo el graznido
distante de los cuervos o el canto del arroyo mientras su corriente saltaba
sobre las piedras y los guijarros rumbo al Jordán.
No había rastro alguno de
hombre o mujer, muchacho o niña. Estaba solo, completamente solo,
con Dios.
Como comenzaba a sentir hambre,
se preguntó dónde podía encontrar alimento. Pero no
había alimento en ninguna parte, y no quería denunciar su
escondite yendo en busca de él. Pasaron las horas. Llegó
la tarde. Entonces, precisamente cuando parecía que debía
ir a descansar sin haber tenido un bocado, un cuervo voló por donde
estaba y dejó caer algo. Elías lo recogió. Era alimento.
¡Cuan agradecido estaba!
¡Era extraño que un
cuervo actuara de esta manera!
Tal vez era sólo un accidente.
Pero no; no podía ser, porque he aquí otro vino, y otro,
dejando caer algún bocado escogido que normalmente había
comido.
Cuando Elías miró
hacia arriba y vio el alimento que caía como del cielo, recordó
la promesa de que Dios ordenaria a los cuervos que lo alimentaran. Su corazón
rebosaba de gratitud. “Mi Dios es Jehová —bien puede haber dicho—.
¡Maravilloso Dios!”
Por la mañana ocurrió
la misma cosa. Cuando el Sol se elevó sobre los muros de la barranca,
los cuervos pasaron volando bajo, y dejaron caer las pequeñas ofrendas
de alimento para éste hombre que era amigo de Dios.
“Los cuervos le llevaban por la
mañana pan, y carne por la tarde, y bebía del agua del torrente”.
Día tras día continuaba
ocurriendo esta maravilla, y Elías se admiraba más y más
de la bondad que Dios le mostraba al cuidarlo con tanta fidelidad. Gran
parte del tiempo la pasaba junto al arroyo, donde el agua fresca lo ayudaba
a soportar el terrible calor. Gradualmente notó que la corriente
se hacia cada vez más pequeña, cada vez más delgada.
Algunas noches apenas podía escuchar el ruido del agua. Se dio cuenta
entonces de que pronto tendría que abandonar ese lugar de refugio
para encontrar otro. ¿Pero adónde podía ir? ¿Dónde
podría estar a salvo de la ira de Acab? No tenía necesidad
de afligirse. Dios pensaba en él y hacia planes para él.
Por fin, cuando el último
hilito de agua hubo desaparecido y el último charquito del lecho
del arroyo se hubo secado, Dios le dijo: “Levántate y vete a Sarepta,
de Sidón, y mora allí; yo he dado orden a una mujer viuda
para que te mantenga
Elías entendió de
inmediato. Dios lo enviaba lejos, al norte de Samaria, a una aldea cercana
a la costa. Despidiéndose de sus amigos los cuervos, y recogiendo
sus últimas dádivas de amor —pues él sabia que no
encontraría alimento en su viaje—, salió hacia Sarepta. Caminó
días y días, recorriendo laderas rocosas y senderos de montañas
empinadas. ¡Cuán cansado debe haber estado! ¡Cuan hambriento!
¡Cuanta sed habrá sentido!
Fatigado, acalorado y polvoriento,
llegó por fin cerca de Sarepta. Ahora podía ver la silueta
del muro de la ciudad; comenzó a divisar el portal por donde debía
entrar. ¡Cuán contento estaba de que su viaje largo y cansador
casi había terminado! ¿Pero cómo podría encontrar
la mujer que había de cuidarlo?
Dios no le había dicho su
nombre, ni dónde vivía. ¿Era ella rica o pobre, anciana
o joven? Todo lo que sabía era que se trataba de una viuda: y debe
haber habido muchas viudas en Sarepta. ¿Cómo podría
identificarla? Siendo que los soldados de Acab lo buscaban por doquiera,
no debía cometer ningún error.
Referencias de las Escrituras: 1
Reyes 17:1-7