Había entonces en toda la
tierra una sola lengua y unas mismas palabras.
Cuando los hombres salieron del
oriente, hallaron una llanura en la tierra de Sinar, y se establecieron
allí.
Entonces nadie dudaba del diluvio.
El suceso era demasiado reciente. Y si alguien ponía en duda la
veracidad de la historia del arca, no tenia más que escalar el monte
Ararat y constatarla por Si mismo.
Un día alguien levantó
la cuestión: “¿Cómo sabemos que no vendrá otro
diluvio que nos ahogará como ocurri6 con nuestros antepasados?”
“Pero hay un arco iris —replicó
otro—. Cuando lo vemos debemos recordar la promesa de Dios, de que nunca
volverá a destruir la tierra por un diluvio”.
“Pero no es razonable confiar nuestro
futuro y el de nuestros hijos a un arco iris —argüían otros—.
Debemos hacer algo para ponernos a salvo en caso de que venga otro diluvio”.
Y así “dijéronse
unos a otros: Vamos a hacer ladrillos y a cocerlos al fuego. Y se sirvieron
de los ladrillos como de piedra, y el betún les sirvió de
cemento; y dijeron: Vamos a edificarnos una ciudad y una torre, cuya cúspide
toque a los cielos y nos haga famosos, por si tenemos que dividirnos por
la haz de la tierra”.
La idea prendió. Guiados
por Nimrod, “robusto cazador”, pronto todos estuvieron ayudando a hacer
ladrillos y a llevarlos hasta el lugar de la construcción. Es decir,
todos, excepto Noé y algunos otros que recordaban las promesas de
Dios y confiaban en que él las cumpliría.
La construcción de una torre
que llegara hasta más allá de las nubes, era una tarea gigantesca
y debe haberles insumido mucho trabajo duro. Pero gradualmente comenzó
a levantarse. Semana tras semana y mes tras mes el primer rascacielos del
mundo se elevaba en la planicie de Sinar.
A medida que la torre se iba levantando,
y largas hileras de operarios acarreaban pacientemente los ladrillos por
las empinadas rampas, todos se sentían muy halagados. Ahora construirían
una gran ciudad alrededor de esa torre y tendrían un lugar seguro
para refugiarse en caso de que viniera otro diluvio sobre ellos.
Pero Dios no se complació
con su proceder. Al Señor no le agrada que se ponga en duda su palabra,
como tampoco nos gustaría a nosotros. La Biblia dice que el Señor
bajó “a ver la ciudad y la torre que estaban haciendo los hijos
de los hombres”.
Nadie de entre todos los centenares
de atareados constructores se dio cuenta de que Dios estaba tan cerca.
Pero él estaba allí, a su lado. Ellos pensaban que todo marchaba
muy bien sin él, pero en realidad no era así. Nunca es prudente
dejar de lado a Dios, porque él ve y sabe todo lo que hacemos.
¿Y qué le pareció
a Dios la torre que la gente estaba levantando? No gran cosa, por cierto.
A él, que había hecho las montañas, y levantado los
imponentes Himalayas del Asia, los altísimos Alpes de Suiza, los
elevados Andes de la América del Sur y las Montañas Rocosas
de Estados Unidos, la torre debe haberle parecido insignificante y miserable.
¡Qué raquítico montoncito de tierra era ése,
después de todo!
No obstante, esa torre era peligrosa.
Dios vio que tendería a mantener a los pobladores reunidos en un
lugar, mientras que él quería que se dispersaran por la tierra.
Además, si todos quedaban juntos, no solamente se levantaría
allí una gran ciudad, sino que se crearía un imperio, el
cual, controlado por hombres impíos, podría frustrar el benigno
propósito que Dios tenia para la humanidad.
Había que hacer algo, y
Dios escogió una forma muy original para trastornarles el programa.
Confundió la lengua de los edificadores. En otras palabras, hizo
que unos hablaran en una lengua y otros en otra, de manera que no pudieran
entenderse entre si.
El efecto fue asombroso. Imagínate
nomás, lo que ocurriría en la escuela si una mañana
cada niño de tu clase comenzara de pronto a hablar en un idioma
diferente. ¿Cuánto podría enseñarles la maestra?
¿Y qué juego jugarían en el recreo? Todo seria una
horrible confusión, ¿no es así? Lo más probable
es que se cerraría la escuela y todos se irían a casa.
Y eso fue precisamente lo que ocurrió
en la torre de Babel. Un capataz pedía ladrillos y un hombre le
traía mezcla. Otro pedía mezcla y recibía en cambio
una carga de ladrillos. Cuando se le pedía a un obrero que trajera
una llana, traía un martillo; cuando se le pedía que trajera
un martillo, traía una pala o simplemente se iba sin saber qué
se le había dicho.
Pronto comenzaron a oírse
voces airadas y antes de mucho todos se estaban gritando unos a otros y
peleándose entre Si, hasta que la confusión reinó
por doquiera.
Nadie podía entender lo
que había ocurrido y nadie sabia qué hacer al respecto. Unos
tras otros se disgustaron y abandonaron el trabajo.
Así, el Eterno los esparció
por la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad.
Por eso fue llamada Babel, porque
allí el Señor confundió el lenguaje de toda la tierra,
y desde allí los esparció por toda la tierra.
Referencia de las escrituras:
Génesis 11: 1-9
D.R. Derechos reservados.
Propiedad intelectual del autor.