UNO de los primeros problemas que le trajeron al nuevo rey era bien difícil. Se trataba de dos mujeres que pretendían ser la madre de un mismo niño, y habían venido para pedirle que diera su fallo. Pero ¿cómo saber cuál era la verdadera madre?
Sentado en su trono, Salomón escuchó atentamente el relato. Las dos mujeres vivían juntas en la misma casa. Sus dos bebés habían nacido aproximadamente al mismo tiempo, uno tres días antes que el otro. Pero poco después, uno de los dos pequeños había muerto.
—Escucha, mi señor —dijo
la primera mujer—... El hijo de ésta murió una noche por
haberse ella acostado sobre él; y ella levantándose en medio
de la noche, me quitó de mi lado a mi hijo, mientras tu sierva dormía,
lo puso a su lado, dejando al lado mío a su hijo muerto.
La mujer siguió diciendo
que cuando se despertó a la mañana para alimentar a su pequeño,
encontró a su lado a un bebé muerto que no era el suyo, sino
el de su compañera.
—No —exclamó la otra
mujer airadamente—, mi hijo es el que vive; es el tuyo el que ha muerto.
—No —gritó la primera
mujer—, tu hijo es el muerto; y el mío, el vivo.
Qué espectáculo
deben haber ofrecido estas dos mujeres en el palacio, gritándose
mutuamente y dispuestas a tirarse de los cabellos, si las hubieran dejado.
¡Pobre Salomón!
Nunca antes había visto un caso tal. ¡Ahora si que necesitaba
la sabiduría que Dios le había prometido!
—Traedme una espada —ordenó
con calma; y cuando un criado se la trajo, un profundo silencio reinó
en la sala.
—¿Qué querrá
hacer con esa espada? —susurró alguien.
—¡Ahora, traigan al niño!
—ordenó el rey. Los presentes contuvieron la respiración.
¿Iría a cortar al niño por la mitad?—. Partid por
el medio al niño vivo —siguió diciendo Sa1omon— y dad la
mitad de él a la una y la otra mitad a la otra. Un murmullo de terror
recorrió la sala.
—¡No! ¡No, por favor!
—gritó la verdadera madre.
¡Oh, señor rey!,
dale a ésa el niño, pero vivo; que no lo maten.
—No —dijo la otra mujer sin
misericordia—. Ni para mí ni para ti: que lo partan.
“¡Ajá! —se dijo
Salomón—. Ahora sé a quién pertenece el niño.
Entonces, señalando a
la mujer que había pedido que perdonaran la vida al pequeño,
dijo: “Dad a la primera el niño vivo, sin matarle; ella es su madre”.
Al salir las dos mujeres de
la presencia del rey, la curiosa historia de lo ocurrido comenzó
a divulgarse. Pasando de boca en boca, llegó a las ciudades y aldeas
hasta que en todo el país la gente se enteró de cómo
Salomón había identificado a la verdadera madre del bebé.
“Todo Israel supo la sentencia
que el rey había pronunciado, y todos temieron al rey, viendo que
habla en él una sabiduría divina para hacer justicia”.
Referencia de las Escrituras:
1 Reyes 3:16-28
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