(Jack Sequeira)
El lector se halla ante la versión en castellano de The Cross of Christ, cuyo autor es el pastor Jack Sequeira.
Al recorrer estas páginas, uno cree encontrarse, más que ante un libro, ante una vibrante predicación que, saliendo directamente del corazón, impacta con fuerza en el corazón del oyente.
De acuerdo con ello, ha parecido adecuado primar en la traducción la frescura y espontaneidad. Se ha procurado que tenga un carácter dinámico, huyendo de la rígida transliteración, que incidentalmente habría producido en el lector impresiones ajenas al propósito del autor. El traductor no se ha cuidado de sofocar el entusiasmo que sin duda lo habría embargado, de haber tenido el privilegio de compartir el micrófono con el predicador, y el auditorio con el lector.
Más que nunca, ha parecido necesario abstenerse de expresar el mensaje, "en sabiduría de palabras", a fin de que "no sea hecha vana la cruz de Cristo".
El primer capítulo nos sitúa en el escenario del Gran Conflicto. Al avanzar en la lectura, uno se encuentra casi sin darse cuenta con el aliento contenido y la cabeza inclinada en reverencia y humildad, perdiéndose de vista ante la inmensidad de ese amor gigantesco, de la revelación de la grandeza de la gracia, brotando a raudales en la Cruz. Sólo hacia el capítulo cuarto comienza uno a levantar la cabeza. Los restos de Confucio, de Buda y de Mahoma yacen en sus tumbas respectivas, pero la de Cristo está vacía. ¡Resucitó! Venció a la muerte y ascendió a la diestra del Padre, donde vive siempre para interceder por ti y por mí. ¡Qué poderoso y amante Salvador tenemos!
Es nuestro deseo que La Cruz de Cristo una nuestras mentes y corazones en la alabanza y gloria de su Nombre, "porque ha llegado la hora de su juicio".
L.B. 10/4/99
Capítulo 1
¡Crucifícale!
El mayor evento que jamás haya tenido lugar en la historia de la raza humana es la muerte, entierro y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Como bien dijo una conocida escritora: "El sacrificio de Cristo como expiación del pecado es la gran verdad en derredor de la cual se agrupan todas las otras verdades. A fin de ser comprendida y apreciada debidamente, cada verdad de la Palabra de Dios, desde el Génesis al Apocalipsis, debe ser estudiada a la luz que fluye de la Cruz del Calvario" (Obreros evangélicos, E. White, p. 315).
Encontramos el relato de la cruz de Cristo y los acontecimientos con ella relacionados en los primeros cuatro libros del Nuevo Testamento, conocidos como los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Aproximadamente una tercera parte de ellos está dedicada a lo que conocemos como la semana de la pasión.
La predicación de la cruz fue el mensaje central del Nuevo Testamento. Observa lo que el gran apóstol Pablo dijo acerca de la cruz de Cristo: "Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para no anular la eficacia de la cruz de Cristo. Porque el mensaje de la cruz es locura para los que se están perdiendo; pero para los que estamos siendo salvos, es poder de Dios" (1 Cor. 1:17 y 18; ver también 2:2).
Para Pablo, predicar el evangelio era sinónimo de predicar la cruz; y es la cruz de Cristo la que es poder de Dios para salvación. Nada tiene de extraño que Pablo se negara a gloriarse o enorgullecerse de algo que no fuera la cruz de Cristo (Gál. 6:14). Para nosotros ha de ocupar el mismo lugar central que tuvo para ellos.
Desde los mismos orígenes de la iglesia cristiana se han propuesto diferentes posiciones o teorías en relación con la expiación o la cruz de Cristo. Sabemos de la existencia de la teoría de la sustitución, de la satisfacción, del rescate, de la influencia moral, etc. Cada una de ellas pretende enseñar "la verdad" sobre la cruz de Cristo. Pero el tema es demasiado grandioso como para poder limitarlo a ninguna de esas teorías. Hay elementos de verdad en cada una de ellas. Sin embargo, algunas de las teorías resultan ser heréticas; no por lo que enseñan, sino por lo que niegan. Un buen ejemplo lo constituye la teoría de la influencia moral, que niega la necesidad de expiación legal o judicial.
A fin de apreciar el significado pleno de la cruz de Cristo, dividiremos en cuatro capítulos este tema tan vital, contemplándolo desde diferentes puntos de vista, cada uno de ellos extremadamente importante para todo cristiano. En este primer capítulo veremos cómo la crucifixión de Cristo expuso a Satanás como a un asesino y cómo nos revela el verdadero carácter del pecado. Veremos cómo hasta el más insignificante de los pecados lleva implícita la crucifixión de Cristo.
En el segundo capítulo consideraremos la cruz en términos de lo escrito por Pablo en Romanos 5:8, demostrando el amor incondicional y exento de egoísmo que es propio de Dios. El tercer capítulo está dedicado a la cruz de Cristo como el poder de Dios para salvación: cómo redimió la humanidad, no sólo de nuestros pecados (en plural, nuestros actos, lo que nos condena), sino también de la ley o principio del pecado que actúa en nuestros miembros.
Por último consideraremos la resurrección. No sólo juega un papel importante en nuestra redención, sino que es también la razón de nuestra gloriosa esperanza como cristianos. Es la prueba de las pruebas de que Cristo conquistó el pecado y la muerte, algo esencial para nuestra salvación.
En este primer capítulo consideraremos cómo la cruz de Cristo demuestra, revela y expone a Satanás como al asesino que es, a la vez que nos revela la naturaleza del pecado. En Juan 8:40 al 44, Jesús dijo a los judíos: "Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis cumplir". Con ello quería decirles: ‘Estáis controlados por el diablo, y ejecutáis sus deseos’. Entonces añadió Jesús: "Él ha sido homicida desde el principio".
¿Qué quiso decir Jesús? A fin de comprender mejor la implicación de esa última frase, hemos de responder primeramente a dos preguntas: (1) ¿A quién asesinó Satanás? (2) ¿Qué quiso decir Jesús en la expresión "el principio"? ¿Se refirió al tiempo en el que Lucifer fue creado, o bien al tiempo en el que Lucifer se convirtió en Satanás?
Antes de responder a esas dos preguntas, hemos de definir qué es asesinar. Para los seres humanos, asesinar es el acto de matar a alguien. Pero a los ojos de Dios el asesinato comienza al acariciar el sentimiento de odio, como es fácil ver en el sermón del monte. Jesús dejó claro que si nos enojamos locamente con alguien, si odiamos a alguien, hemos cometido ya el asesinato en nuestro corazón (Mat. 5:21, 22). Por lo tanto, según la ley de Dios, el asesinato no tiene por qué ser un acto externo. Consiste en acariciar el sentimiento de odio contra algún otro.
Teniendo eso in mente, vayamos a Ezequiel 28:15. En el versículo 14 se describe a Lucifer como al "querubín ungido". En ese capítulo se relaciona la caída de Satanás con la de Babilonia, puesto que ésta última representa a su reino. En el versículo 15 se dice de Lucifer: "Perfecto eras en todos tus caminos desde el día en que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad". El término hebreo del que se ha traducido "maldad" significa ‘torcido’ o ‘curvado’, y aplicado espiritualmente, significa ‘torcido o incurvado hacia el yo’. En algún momento de la existencia de Lucifer su mente se pervirtió. En lugar de dirigir su amor hacia Dios y hacia sus compañeros los ángeles, le dio un giro de 180 grados y lo dirigió hacia sí mismo.
En Isaías 14:12 al 14, el profeta describe la esencia de esa maldad. Resumiendo esos versículos, esto es lo que vino a decir Lucifer en su corazón: ‘Voy a deshacerme de Dios y voy a tomar su lugar’.
Es imposible ocupar el lugar de Dios sin deshacerse primero de Él. Es en ese sentido que Lucifer, convertido en Satanás, fue un asesino desde el principio. Aún recuerdo la increíble experiencia que representaba ir en taxi, cuando estaba en el campo misionero. En el mundo desarrollado concebimos siempre un taxi como un servicio individual, pero en algunos países se aproximan más al concepto de mini-buses, y uno de esos vehículos puede "acomodar" una ingente cantidad de personas.
Por ejemplo, si un asiento puede acomodar a tres personas, se hace que quepan nueve. El método consiste en hacer sentar a tres personas en el asiento, a otras tres encima de ellas, y aún a otras tres más encima de las últimas. Sólo entonces se considera por fin que aquel asiento está "completo". Recuerdo uno de mis viajes, empaquetado en un taxi como los descritos. Dado que ocupaba uno de los puestos en la "fila superior". No podía quejarme en lo que se refiere a carga soportada, pero no encontraba una forma de sentarme que me resultara medianamente cómoda, debido al acúmulo de gente, y a que la cabeza me golpeaba sin remedio contra el techo cada vez que pasábamos sobre un bache. En el camino, alguien solicitó los servicios del taxi, y el conductor se paró. Dije al taxista: ‘No hay más sitio’. Él respondió: ‘Vamos a caber: ¡Apriétense!’.
Satanás no le dijo a Dios: ‘Apriétate. Quiero un sitio a tu lado’. Ese no era el deseo de Satanás. Quería deshacerse de Dios, a fin de ocupar su lugar. Lucifer convertido en Satanás, codició el lugar de Dios, y es por eso que deseaba asesinarlo.
Dirigiéndose a los judíos, quienes eran víctimas de Satanás, Jesús relató un día una parábola, que encontramos en Mateo 21. Un hombre poseía una viña, y se fue de viaje a un país lejano. Dejó el viñedo bajo el cuidado de sus siervos. Cada año enviaría a alguien para recoger los beneficios. Pero una vez tras otra el mensajero resultaba apedreado o despachado, de forma que el patrón no obtenía nada.
El dueño se dijo finalmente: ‘Enviaré a mi hijo. Seguramente a él lo respetarán’. Sin embargo, hicieron precisamente lo contrario. Dijeron: "Este es el heredero. Matémoslo, y quedaremos con la hacienda". De forma que decidieron matar al hijo. Jesús se estaba refiriendo a Él mismo y a los judíos. Recuerda que los judíos querían cumplir los deseos de Satanás. Éste codiciaba el lugar de Dios. Nunca se lo había dicho a nadie, ¡habría sido una locura! Esto fue probablemente lo que dijo a los ángeles: ‘Si yo estuviese en el lugar de Dios, vuestra vida sería maravillosa. Podríais tener todo lo que quisierais, disfrutar de todo cuanto deseáis sin restricciones. Podríais comer, beber y divertiros’.
Desafortunadamente una tercera parte de los ángeles creyó a sus mentiras. Satanás lo consideró suficiente como para iniciar una revolución. La primera guerra tuvo lugar en el cielo, y está descrita en Apocalipsis 12:7 al 9. Lee el capítulo 12 y comprobarás que Lucifer –Satanás– fue derrotado. Pero Dios no lo destruyó en ese momento, por la sencilla razón de que nadie sabía lo que había en el corazón de Satanás. La única manera en la que Dios podía revelar a Satanás era permitiéndole seguir su propio camino.
Así, lo que hizo fue arrojarlo del cielo. Después de ese incidente, Satanás vino a este mundo y engañó a la mujer, y mediante ella logró la caída de Adán. Puesto que Dios dio a nuestros primeros padres el dominio del mundo (Sal. 8:4-8), al derrotar a Adán y Eva, Satanás obtuvo el control del mundo. Estableció entonces su reino aquí, en la tierra, bajo su propio sistema: el sistema del yo.
Desde entonces, todo en este mundo caído pivota sobre los tres pilares fundamentales que describe 1ª de Juan 2: 15 y 16: "[1] los malos deseos de la carne, [2] la codicia de los ojos y [3] la soberbia de la vida". En la base de esos tres motores del hombre pecaminoso está el principio del yo, la esencia misma del reino de Satanás.
Pero un buen día, muchos siglos después, Satanás oyó cierto cántico arrobador: "Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, entre los hombres de buena voluntad" (Luc. 2:14). El Hijo de Dios, su peor enemigo, había venido a este mundo a redimir la raza humana de sus manos. En respuesta, Satanás se dijo: ‘No esperaré hasta que crezcas’. Satanás nada sabe de jugar limpio. ‘Te voy a dar muerte en la primera ocasión que tenga’.
El Nuevo Testamento nos da cumplida información de cuántas veces Satanás fracasó en sus atentados contra la vida de Cristo. La primera ocasión de que tengamos constancia fue la matanza de los bebés en Belén, perpetrada por el ejército de Herodes "el grande". Éste no era más que una víctima de Satanás, una herramienta en sus manos. Como es bien conocido, en ese triste suceso el propósito de Satanás resultó frustrado por lo que respecta a deshacerse de Cristo. Incidentalmente, todos los agentes de Satanás son "grandes". Esto es lo que promete: ‘Si me sigues, haré de ti alguien grande’. Pero recuerda: es un mentiroso. Lo que realmente busca es que siguiéndole a él te encuentres algún día a su lado en el lago de fuego.
Lo leemos en Mateo 25:41. Cristo dirá a los que eligieron el bando de Satanás, a los incrédulos: "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles". El fuego eterno no fue preparado para los hombres, pero Satanás ha engañado a muchos de ellos. Lo creyeron, escogieron su camino y ahora tienen que compartir su suerte. Deseo que ningún lector se encuentre en esa condición.
En Lucas 4:9 al 17 tenemos el relato de otro intento de Satanás por asesinar a Cristo. Fue en ocasión de las tentaciones en el desierto. En una de ellas Satanás llevó a Cristo a la zona más elevada de la torre del templo, y lo desafió a que se arrojara. Era una forma de deshacerse de Él. Así lo había planeado Satanás, pero volvió a fracasar.
Leemos en Juan 10:31-39 cómo el diablo empleó a los judíos para apedrear a Jesús hasta la muerte. La expresión "volvieron a tomar piedras para apedrearlo" indica que no se trataba de la primera vez que lo intentaban, pero una vez más Satanás fracasó. No podemos por menos que preguntarnos: ¿Por qué fracasó? Dos textos nos ayudarán a comprender el porqué del fracaso de Satanás. El primero se encuentra en Juan 7:30, que recoge una de las ocasiones en que Satanás intentó destruir a Jesús mediante seres humanos. "Entonces procuraron prenderlo. Pero ninguno le echó mano, porque aún no había llegado su hora".
Recuerda bien eso, porque Dios es soberano y nadie puede tocarnos hasta que no haya llegado nuestra hora. El segundo texto lo encontramos en Juan 8:20: "Estas palabras habló Jesús en el lugar de las ofrendas, enseñando en el templo. Y nadie lo prendió, porque aún no había llegado su hora". En otras palabras, Dios no permitiría que nadie lo tocara hasta que no hubiese llegado su hora. Esa hora llegó por fin en Getsemaní.
En Lucas 22:53, estando Jesús en Getsemaní, los sacerdotes enviaron a los soldados y tomaron cautivo a Jesús como si fuera un criminal. Observa lo que Él les dijo: "Cada día estuve con vosotros en el templo, y no extendisteis la mano contra mí [ya sabemos por qué, porque su hora todavía no había llegado]. Pero ésta es vuestra hora, en que reinan las tinieblas".
Ese reino de "tinieblas" se refiere a Satanás. En otras palabras, esto es lo que Dios dijo a su Hijo en Getsemaní: "Hijo mío, voy a retirar de ti mi protección, y a permitir que Satanás te haga lo que nos ha querido hacer desde el principio". Sólo de esa forma podía Dios exponer ante el universo los secretos que escondía el corazón de Satanás.
En cierta ocasión tuvimos un problema en la misión, que ilustra la forma en la que quedó expuesto el corazón de Satanás. Unos pocos de nuestros obreros se habían vuelto contra la denominación. Nos habían acusado judicialmente, causándonos grave quebranto. Dos de ellos eran pastores, y les fueron retiradas sus credenciales. Naturalmente, perdieron sus trabajos. Regresaron a su tierra natal y uno de ellos dijo a los miembros de su iglesia local que había sido maltratado por los hermanos.
Esparció toda clase de terribles mentiras con respecto a los hermanos. Habiendo convencido a los miembros de la iglesia, los indispuso contra los dirigentes, de forma que dejaron de enviar sus diezmos y ofrendas. Dijeron: ‘Ahora vamos a ser una iglesia independiente’.
Pero algunos de los ancianos y dirigentes de esa iglesia insistieron: ‘Antes de tomar esa determinación, seamos justos y demos una oportunidad a los hermanos’. De forma que escribieron a la oficina de la Unión y dijeron: ‘Queremos que el presidente nos explique la razón por la que se privó de sus credenciales a este hermano’.
El presidente vino a verme y me dijo: ‘Usted conoce a este pueblo y conoce su lengua. ¿Puede acompañarme?’. –‘Sí’, le dije. Lo que no sabíamos es que algunos de los miembros cuyas simpatías estaban de parte del mencionado ex-pastor, habían hecho provisión de piedras para lapidarnos, tras incitar al resto de los miembros. Sin embargo, nuestro presidente había determinado exponer con claridad y franqueza todo lo sucedido. Algunos agitadores situados en las filas traseras intentaron inquietar los ánimos de los miembros, pero el modo desapasionado y sincero de la exposición del presidente hizo que quedara frustrado su plan de incitarlos a que nos apedreasen. En lugar de eso, dijeron: ‘Evaluaremos lo que nos ha dicho, y tomaremos una decisión’.
Así, regresamos vivos a casa. Pronto se reunió la junta de aquella iglesia, y decidió que nos debía como mínimo una carta de agradecimiento por haberlos visitado. Efectivamente, nos escribieron una maravillosa carta de reconocimiento y aprecio por nuestra visita. Se la entregaron al pastor local y le dijeron: ‘Por favor, lleve esta carta al presidente de la Unión’. Estaban situados a unos 240 kilómetros de la sede de la Unión, y por entonces, el sistema postal no era digno de confianza.
Dicho pastor era amigo de aquel a quien le fueron retiradas las credenciales, y le habló acerca de la carta. Éste le preguntó ‘¿Qué dice la carta?’ Pero él, no habiendo asistido a aquella reunión de la junta de iglesia, desconocía cuál era el contenido de la carta. Ayudándose del vapor desprendido por una olla hirviendo, abrieron la carta para ver su contenido. Se sintieron infelices al descubrir el carácter de la carta. Escribieron entonces otra carta en lugar de la original, en la que expresaron sentimientos terribles acerca de los hermanos, y falsificaron las seis firmas de los responsables de aquella iglesia. La sellaron, y el pastor la llevó al presidente.
El presidente se sintió desolado al leer aquella injuriosa misiva, como respuesta a sus esfuerzos por explicarles el problema. Mostró la carta a uno de los empleados de la Unión que pertenecía al área de aquella iglesia, quien se sorprendió de que su gente fuera capaz de escribir una carta como esa, hasta el punto que tomó su vehículo y recorrió los 240 kilómetros que lo separaban de la casa del primer anciano de la iglesia que se suponía autora de la carta. A su recepción, puso la carta sobre la mesa y le preguntó qué significaba aquella carta.
La pregunta dejó perplejo al anciano. ‘Creemos haber escrito una carta amable’, dijo. El delegado de la unión replicó: ‘¿A esto lo llama usted amable?’ El anciano leyó la carta, con el horror que cabe imaginar. Exclamó: ‘Esos hombres son del diablo. Son mentirosos. Han re-escrito la carta, y falsificado nuestras firmas’. Por fin habían quedado expuestos aquel pastor y el ex-pastor. El presidente de la Unión no necesitó hacer nada más para convencer a la asamblea del porqué de la destitución de aquel pastor.
De igual manera, la cruz expuso a Satanás. Nunca más nadie en el universo, ángeles celestiales o moradores de los mundos no caídos, albergaría la menor simpatía hacia Satanás. La cruz reveló la realidad de su corazón, como asesino de Dios. Satanás había guardado ese odio hacia Dios escondido en su corazón por tanto tiempo, que cuando se le dio la oportunidad no pudo hacer otra cosa que llevar a cabo –mediante los judíos– aquello que realmente deseaba desde que su mente se entregó a la iniquidad. Lo que había estado oculto en su corazón quedó ahora abiertamente expuesto.
1ª de Juan 5:19 expresa una importante verdad, digna de ser recordada, a propósito del uso que hizo Satanás de los judíos. Juan presenta a la humanidad dividida en dos grupos. Los creyentes pertenecen a Dios, pero el resto del mundo, de la raza humana, "está bajo el poder del maligno". De acuerdo con ello, no existe ningún ser humano que sea auténticamente independiente. O estamos bajo el control de Dios, o bien bajo el de Satanás. Son las dos fuerzas que podemos encontrar en nuestro mundo.
Los judíos cayeron bajo el poder de Satanás al rechazar a Cristo. Dieron oído a los engaños y mentiras del maligno, y rechazaron al Mesías. Satanás podía ahora emplearlos.
Cuando descubrió que el Padre había retirado la protección a su Hijo (tras oír el clamor de Cristo registrado en Lucas 22:53), se dijo: ‘No sólo voy a matarte, sino que te voy a infligir el más cruel martirio que jamás haya conocido este mundo: la crucifixión’.
Vale la pena conocer alguna de las descripciones de la cruz que hicieron los historiadores romanos. Es el peor tipo de muerte que el hombre haya podido inventar. No es sólo vergonzosa en extremo, sino por demás lenta y agonizantemente dolorosa. Hace algunos años, un comentarista de la BBC escribió un libro sobre la cruz de Cristo, desde el punto de vista romano. El libro, titulado Watch With Me, describía gráficamente la crucifixión romana. Se hace difícil creer que el hombre haya podido caer tan bajo en su inhumanidad hacia semejantes suyos.
Libros históricos escritos por Cicerón y Celso describen también la cruz. Sus relatos lo dejan a uno sin aliento. Se tarda entre tres y siete días en morir sobre la cruz. Ese período permite que se desarrolle la gangrena en las manos y pies que los clavos oxidados han atravesado. Se producen agudos dolores de tipo migrañoso, que parecen partir en dos la cabeza. Las principales articulaciones parecen dislocarse en medio de un dolor lancinante. Se presentan contracturas dolorosas por doquier. El crucificado queda expuesto al frío de la larga noche, y a la insolación sofocadora del día. Los crucificados siempre pendían de la cruz desnudos. Cuando los artistas colocan un lienzo cubriendo la desnudez del Crucificado, manifiestan un loable sentimiento de reverencia que sin embargo no se corresponde con la realidad de la cruz. Pues bien, detrás de todo ello, estaba Satanás.
Como cristianos, hemos de recordar que pertenecemos a Cristo.
Somos ciudadanos del cielo, pero vivimos aún en territorio enemigo, un territorio en el que Satanás tiene notable control, a pesar de ser ya un enemigo derrotado. Hay cinco importantes lecciones que como cristianos podemos aprender de esta verdad que expuso a Satanás y al pecado:
(1) El odio que Satanás y el mundo demostró contra Cristo en la cruz, volverá a repetirse cuando el mundo vea a Cristo manifestado en nosotros. Ese odio, instigado por Satanás, será dirigido contra el creyente que viva para Cristo. En Juan 15:18 y 19, Jesús dijo a sus discípulos: "Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me aborreció antes que a vosotros". Los cristianos forman parte de Cristo. Si el mundo aborrece a Cristo, nos aborrecerá a nosotros. El versículo 19 continúa diciendo: "Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo. Pero como no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece". Recuerda que Cristo anduvo haciendo bienes. No había razón alguna por la que hubieran de aborrecerlo. Sin embargo, el odio que manifestaron hacia Él en la cruz fue increíble. Lo mismo ocurrirá a todo cristiano genuino.
Quizá te estés diciendo: ‘Pero el mundo no nos aborrece, por ahora’. Y es cierto. En América y gran parte de Europa no sufrimos persecución. El mundo que nos rodea –los incrédulos–, no nos odia. ¿Te has preguntado alguna vez por qué? ¿Es porque Satanás o el mundo se han hecho buenos? No. Permite que la Biblia te diga por qué. El mundo nos aborrecerá sólo si ve a Cristo en nosotros. Mientras no vea tal cosa, seguimos aún siendo uno de ellos. "Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos [no puede que sean, sino que serán]" (2 Tim. 3:12).
En Juan 7:7 Jesús explicó a los judíos la razón de su odio hacia Él. Sus obras demostraban que las de ellos eran iniquidad. Cuando permites que Cristo viva en ti, Él hará en ti algo que el mundo jamás puede hacer. Ahí radica el problema. Por tanto tiempo como hagas cosas buenas que el mundo puede realizar, no va a haber problema. Pero en el momento en que ames a tus enemigos y reveles en tu vida el amor incondicional de Cristo, algo que el mundo es absolutamente incapaz de generar, te habrás ganado su furia, pues eso lo avergüenza, lo pone en evidencia. De ahí que Pablo diga: ‘El costo de vivir piadosamente en Cristo es ser perseguido’.
No te sorprenda el tener que sufrir la persecución. No te lamentes así: ‘¿Por qué me persiguen? ¡He actuado con bondad!’. Te persiguen porque eres cristiano. "No os extrañéis, hermanos, si el mundo os aborrece" (1 Juan 3:13). Resulta terrible comprender la realidad de esto. Cuando ves a padres y madres denunciar a sus propios hijos y entregarlos a gobiernos marxistas por que se han hecho cristianos, o viceversa, constatas que al diablo le resulta posible dividir una familia entre creyentes y no creyentes, hasta el punto de hacer que unos lleven a otros a la cruz de Cristo.
Pablo lo llama "el escándalo de la cruz" (Gál. 5:11). Lo que Satanás y el mundo hicieron a Cristo, te lo harán a ti; y a eso se lo llama el escándalo (u ofensa) de la cruz. En otras palabras, si predicas a Cristo, si te tienes por Él, si le permites que viva en ti, disponte a enfrentar el escándalo de la cruz. Los discípulos tuvieron por un privilegio el sufrir por Cristo (Hech. 5:41). Que eso mismo pueda ser cierto de nosotros.
(2) Como hijos de Dios, ni Satanás ni el mundo pueden tocarnos sin que Dios lo permita. A Cristo le ha sido dado todo el poder. "El que está en vosotros es mayor que el que está en el mundo" (1 Juan 4:4). Si Dios dice ‘No’, nadie puede tocarte. Nadie lo consiguió con Cristo, hasta tanto no hubo llegado su hora.
Digo esto porque Dios he dispuesto una obra para cada uno de nosotros. Esa obra puede llevarte a lugares peligrosos. Recuerda esto: si no es la voluntad de Dios el que perezcas, nadie puede tocarte. Si es su voluntad que perezcas, dale gracias porque así sea, pues cesarán todas tus fatigas. Descansarás hasta que Él venga. Por lo tanto, podemos decir con Pablo, "Para mí, el vivir es Cristo, y el morir es ganancia" (Fil. 1:21).
Cuando me encontraba en Etiopía, durante la revolución marxista, uno de los oficiales revolucionarios me dijo: ‘Saldrá de este país antes de cuatro días, despojado de sus hijos’. ¿No era para asustar a cualquiera? Me estaba anunciando que iba a dar muerte a mis hijos. Por aquel entonces no eran más que criaturas indefensas. Le dije: ‘Guarde sus amenazas para otro. Si no es la voluntad de Dios que yo o mis hijos perezcamos, ni usted ni su gobierno podrá tocarnos’.
Me respondió: ‘Pronto lo va a ver’. Efectivamente, lo vi. Abandoné el país cinco años más tarde, junto a todos mis hijos. Parece evidente que no era la voluntad de Dios que ninguno de nosotros pereciera entonces. Nunca olvides esto: nadie podrá tocarte hasta que haya llegado tu hora. Esa es nuestra victoria, nuestra fe, pues Jesús dice: "En el mundo tendréis aflicción. Pero tened buen ánimo, yo he vencido al mundo". Y "Habéis vencido al maligno" (Juan 16:33; 1 Juan 2:13).
(3) La cruz reveló algo que, hablando en términos humanos, era un imposible. Satanás fue capaz de unir a los judíos que estaban hasta entonces profundamente divididos en dos facciones: fariseos y saduceos. Reunió entonces a los judíos con sus encarnizados enemigos, los romanos, para dirigirlos contra Cristo. Si hubiésemos vivido en aquellos días, jamás habríamos soñado con ver en un frente común a judíos y romanos, o con oír decir a los judíos: "No tenemos más rey que César" (Juan 19:15).
La O.N.U. se ha demostrado incapaz de unir este mundo nuestro, y ningún esfuerzo humano lo logrará. El mundo que conocemos hoy está dividido en todo aspecto imaginable, con toda clase de barreras raciales y políticas. Pero Satanás tiene el poder necesario para unir este mundo contra los escogidos de Dios cuando así lo decida, y Dios se lo permita. Apocalipsis 13:2 y 3 nos informa de que todo el mundo se unirá en pos de la bestia que recibió su poder del dragón, que es Satanás. La cruz demuestra que Satanás es capaz de ello. ¿Qué vas a hacer cuando todo el mundo se una contra ti? Apréndelo ahora, y recuerda en ese día que eres de Cristo, que le perteneces, y que Él ha vencido a Satanás.
(4) Si ha de elegir entre el peor criminal y el más insignificante cristiano, el mundo preferirá siempre al criminal. Recuerda lo relatado en Mateo 27:21. Pilato echó mano del peor criminal que albergaban sus cárceles, Barrabás, y dijo a los judíos: ‘Es nuestra costumbre dejar libre un preso. Aquí tenéis a Barrabás, el peor de los criminales encarcelados, y a Cristo, el Rey de los judíos, que no es culpable de ningún crimen. ¿A quién queréis que deje libre?’
Los judíos no necesitaron convocar ninguna junta. No dijeron: ‘Tenemos que considerar la decisión’. El pueblo que hacía profesión de ser hijos de Dios estaba entonces bajo el control de Satanás, y su decisión fue inmediata: ‘Suéltanos a Barrabás. Es uno de nosotros. Es cierto que es un terrible criminal, pero es de los nuestros. Por el contrario, este hombre [Cristo] no es de los nuestros’.
Eso es exactamente lo que ha de suceder en los últimos días. No es porque hayas hecho alguna cosa mal, sino por ser cristiano, que el mundo soltará a los criminales y te pondrá a ti en su lugar. ¿Estás dispuesto a morir por Cristo? Ese es el escándalo de la cruz. Lee Marcos 15:6 al 15 y analiza la elección que hizo el pueblo. Pedro, predicando en el nombre de Cristo, dijo de su propia nación: "El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Siervo Jesús. Pero vosotros lo entregasteis y negasteis, ante Pilato, aun cuando éste había decidido soltarlo. Vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diera un asesino. Y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios resucitó de los muertos, de los cual nosotros somos testigos" (Hech. 3:13-15). Eso volverá a suceder en la gran tribulación que está por venir, pero Jesús dice: "Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mat. 28:20).
(5) La conclusión es que el pecado inconsciente que subyace en todo pecado es crucificar a Cristo. Hay que aclarar esto. 1ª de Juan 3:4 define así el pecado: "el pecado es la transgresión de la Ley". Pero podemos quedarnos en la letra y cometer el mismo error de los judíos. Podemos ver en la ley sólo un código o conjunto de reglas, de forma que al quebrantar una de ellas, a eso le llamamos pecado. Pero hemos de ir más allá y comprender el espíritu de ese texto, porque Jesús no definió la ley en términos de reglas o estatutos. Definió la ley en términos de actitud o principio; se refirió al espíritu de la ley. Dijo: ‘Amarás a tu Dios sobre todas las cosas, y a tu prójimo como a ti mismo. En eso consiste la ley’. El principio fundamental de la ley de Dios es el amor.
1ª de Juan 4:8 y 16 nos dice que Dios es amor. Por lo tanto, el pecado es la transgresión contra Dios, quien es amor. Por lo tanto, el pecado es crucificar a Cristo. En Romanos 8:7 Pablo declara que la mente carnal, la mente controlada por nuestra naturaleza pecaminosa, por la carne, es enemistad contra Dios; por lo tanto, no se sujeta a la ley de Dios, que es amor. ¿Cuál es tu actitud hacia tu enemigo? Si aborreces a alguien, ¿qué le estás haciendo? Lo estás matando (N. de T. 1 Juan 2:9-11; 3:15).
Entonces, ¿cómo es que cada pecado viene a ser una crucifixión de Cristo? ¿Cuántos pecados has de cometer para que la ley te condene? Basta uno sólo. Y no hace falta que sea un gran pecado. Para que Cristo pueda salvarnos ha de llevar cada uno de los pecados que hayamos cometido o vayamos a cometer, por pequeños que puedan parecer. De no ser por la cruz, hasta el más insignificante pecado nos condenaría. En otras palabras, estando bajo la ley, la ley condena al pecador. Pero los cristianos no vivimos bajo la ley, sino bajo la gracia. La gracia tomó sobre sí el castigo de nuestros pecados. No nos paremos ante un pecado pequeño, y digamos: ‘¿Qué tiene de malo?’ Si se permite a ese pecado desarrollarse hasta su plenitud, resultará en crucificar a Cristo. En el centro de todo pecado está el yo. ¿Cuándo queda el yo satisfecho? Es insaciable; no para hasta haber llegado a lo más alto, precisamente el lugar que Dios ocupa.
Antes de entrar en el ministerio, trabajé en la construcción para un profesional italiano, en una de las plantas de un gran edificio público en Nairobi, capital de Kenia. En la entrada de la construcción había siempre un leproso. Vestido de harapos, pedía limosna día y noche. Su familia lo traía temprano en la mañana, y se lo llevaba al atardecer. Su trabajo consistía en pedir.
El mío, en estrenarme como arquitecto. Uno no recibe un gran salario al principio. Ganaba unos doscientos dólares al mes cuando comencé, que en aquel tiempo no estaba mal. Me dije: ‘Cuando sea rico, le compraré un traje’. Como cabe suponer, mi idea de ser rico consistía en ganar unos, digamos... quinientos dólares al mes. Sólo tres meses después, estaba ganando quinientos dólares al mes. ¿Le compré el traje? No.
No es que hubiese quebrantado mi promesa. Es que mi concepción de la riqueza consistía ahora en ganar mil dólares al mes. Pero unos pocos meses después estaba cobrando ya esos mil dólares al mes. ¿Le compré entonces el traje? Tampoco. Dos meses después estaba ganando dos mil dólares mensuales. Ahora sí que era rico por fin. ¿Le compré el traje? No. No es que quebrantase voluntariamente mi promesa, sino que aún entonces había vuelto a cambiar mi definición de la riqueza. Pregúntale a Rockefeller si está satisfecho con todo el dinero que posee, o si sigue en procura de más.
El hombre nunca tiene bastante. Siempre quiere más, hasta llegar a lo más alto. Si Dios no hubiese puesto restricciones al pecado, el hombre le habría disputado su lugar a Dios, pues sólo ahí se encuentra lo más alto. Para llegar allí te has de deshacer de todo lo que se interponga en tu camino. Hasta el más insignificante de los pecados, si se le da la ocasión de desarrollarse, termina en la crucifixión de Cristo. Eso es lo que Dios reveló en la cruz. Si caes, no cedas a la desesperación, pero recuerda que ese pecado clavó a Cristo en la cruz. Por lo tanto, hemos de odiar el pecado, no por lo que nos hace a nosotros, sino por lo que hizo a nuestro Salvador.
Si te digo que el pecado es incumplir una regla, eso no parece tan malo. Pero observa lo que el santuario enseñaba a los judíos en el Antiguo Testamento: que el pecado es clavar el cuchillo a Cristo, el Cordero. Significa asesinar a Dios. En el Antiguo Testamento, cada vez que el pecador llevaba el cordero al santuario, el sacerdote le proporcionaba un cuchillo. ¡Era el pecador el que tenía que degollar al cordero! Cada vez que tú y yo pecamos tiene una implicación en la cruz de Cristo. Por lo tanto, debemos odiar el pecado por lo que hizo y hace a nuestro Salvador.
El pecado es clamar: "¡Crucifícale!", y así lo reveló la cruz. Por eso odio al pecado. No porque Dios me deseche si peco. La Biblia no enseña tal cosa. Odio al pecado porque crucificó a mi Salvador. Y si peco deliberadamente, hago lo que Hebreos 6: 4 al 6 dice: ‘Si tú, cristiano, dejas a Cristo y te vuelves al mundo, estás haciendo dos cosas: Estás crucificando de nuevo a Cristo de forma deliberada, y lo estás exponiendo voluntariamente a la pública vergüenza’. Dios nos libre por siempre de algo así.
Mi oración es que conozcas la cruz, en lo que respecta a Satanás y al pecado, y que eso te lleve a dos cosas:
(1) A que comprendas que Satanás es un homicida desde el principio. No sólo asesinó a Cristo en la cruz, sino que quiere que acabes junto a él en el lago de fuego. La miseria siempre procura compañía. Nunca creas sus mentiras cuando te ofrece la quincalla de este mundo.
(2) A que nunca consideres el pecado con ligereza. Nunca creas que existe tal cosa como un pecado menor. No los hay grandes y pequeños. La quimera de los pecados veniales y mortales es teología católico romana. Todo pecado, hasta el más "pequeño" de ellos, está esperando solamente la ocasión para desarrollarse hasta la crucifixión de Cristo.
Ojalá que Dios nos bendiga con una clarificación de lo que significa Satanás y el pecado a la luz de la cruz, y que eso nos lleve a ser fieles a Jesucristo, quien nos amó y sufrió la cruz por nosotros (Heb. 12:2 y 3).
Capítulo 2
Abandonado de Dios
¿Qué es lo que hace de la muerte de Cristo el sacrificio supremo, superior a la muerte de cualquier otro ser humano? Incontables mártires han sufrido muertes espantosas, algunos de ellos mediante tormentos que externamente parecen tanto o más crueles que la muerte de cruz. ¿Te has preguntado por qué significó la cruz un impacto tan tremendo en los discípulos y los primeros cristianos? Los discípulos habían pasado al menos tres años junto a Cristo. Viajaron con Él, durmieron donde Él dormía y le oyeron predicar. Fueron instruidos por Él y presenciaron sus impresionantes milagros. A pesar de todo ello, tres años después, en la cena del Señor, eran todavía un grupo de hombres entregados a la codicia y el egoísmo.
Vino entonces la cruz y los transformó completamente. Depusieron todo interés egoísta. Estaban dispuestos a consumirse y morir por Jesucristo. ¿Por qué? Observa la iglesia primitiva. Revolucionó el mundo por lo que la cruz significaba para ella. ¿Por qué dijo Pablo: "lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro señor Jesucristo" (Gál. 6:14), o "me propuse no saber nada entre vosotros, sino a Jesucristo, y a éste crucificado" (1 Cor. 2:2)? ¿Qué es lo que hizo de la cruz el tema central de la predicación, en el Nuevo Testamento?
Es mi convicción que si encontramos la respuesta a esa cuestión, la iglesia ya no volverá nunca a ser la misma. El problema es que el diablo lo sabe también, y ha hecho todo lo posible por envolver en tinieblas la verdad de la cruz. Se siente satisfecho al ver nuestras iglesias, nuestros libros, incluso nuestros cuerpos decorados con cruces. Hasta le complace que pasemos horas discutiendo qué día murió Cristo, si fue un miércoles o un viernes. En nada le preocupa que discutamos si se trataba de una cruz formada por dos travesaños, o de un mástil o estaca. Tampoco le inquieta que prediquemos sobre la cruz, con tal que nuestros ojos permanezcan cerrados a la verdad que encierra. Si es que hemos de experimentar un reavivamiento pentecostal, hemos de eliminar las tinieblas que envuelven a la cruz de Cristo desde la Edad Media. Hemos de mirar a la cruz tal como lo hicieron los discípulos, como lo hicieron los cristianos primitivos, y también los escritores del Nuevo Testamento. ¿Cómo la vieron ellos? No con ojos romanos, sino con óptica judía. La cruz significaba algo muy diferente para unos y otros. El diablo ha hecho que la iglesia cristiana gentil observe la cruz desde la perspectiva romana, privándola así de su verdadera gloria.
Pongámonos en la piel de los discípulos y contemplemos la cruz, no como hoy la vemos, sino como la vieron en su día. Significa que hemos de pensar como ellos. En nosotros no es algo natural, pues no somos judíos. Pero consideremos primeramente algunos hechos acerca de la cruz romana.
Los fenicios (precursores de los habitantes del actual Líbano) inventaron la cruz hacia el año 600 a. de C. Ellos creían en una multitud de divinidades, y uno de sus dioses era la tierra. Cuando ejecutaban a un criminal no querían que su cuerpo profanase la tierra entrando en contacto con ella al morir. Inventaron la cruz a fin de que el criminal muriese elevado de la tierra.
Los egipcios tomaron de los fenicios la idea de la cruz, y los romanos de los egipcios. Los romanos la refinaron y la emplearon para ejecutar a los esclavos que se daban a la fuga, que en los días de Jesús abundaban. La empleaban también para ejecutar a sus peores criminales. Se trataba de una muerte muy lenta, penosa y agonizante. Como ya se ha mencionado, los historiadores romanos Cicerón y Celso describen frecuentemente la muerte de cruz.
Cierto día, de regreso del ministerio en la prisión, oí un sermón radiado sobre la cruz, dado por un bien conocido teólogo. Hacía una descripción precisa y vívida del terrible padecimiento físico que implicaba, y recordaba cómo el crucificado tardaba entre tres y siete días en morir. La asfixia es la que finalmente ocasiona la muerte. Termina por resultar imposible expulsar el aire sin levantar el cuerpo, debido a que los brazos tiran e impiden el vaciado del tórax. Era una narración verdadera y conmovedora de la cruz, sin embargo, no era diferente de lo que estaba sucediendo a los dos ladrones crucificados junto a Cristo. ¿Qué fue lo que hizo de la muerte de Cristo sobre la cruz –que por cierto no duró más de seis horas–, el sacrificio supremo?
¿Por qué estamos dando tanta importancia a esto? Porque el diablo ha envuelto en tinieblas la verdad de la cruz, de forma que nos quedemos sólo con la agonía que no es exclusiva de Cristo. De hecho, los ladrones sufrieron en la cruz por más tiempo que Cristo, con el dolor añadido de serles rotas las piernas por métodos violentos, mientras estaban aún en vida. Durante la revuelta judía del año 70 d. de C., los romanos crucificaron de cincuenta a setenta judíos por día. Así pues, ¿Qué hace de la crucifixión de Cristo algo único?
Vayamos a la Biblia y observemos cómo veían la cruz los judíos. Ello nos ayudará a comprender por qué fue diferente la muerte que Cristo sufrió en la cruz. Regresando al relato que hace Juan de la crucifixión, en el capítulo 19 de su evangelio, descubrimos que Pilato, quien representaba a Roma, se dio cuenta que por lo referente a la ley romana, Cristo no era reo de crucifixión. Ni era un esclavo fugado, ni tampoco un criminal.
No obstante, para complacer a los judíos, lo mandó azotar. "Y Jesús salió fuera, llevando la corona de espinas [que le pusieron los soldados romanos en son de burla] y la ropa de grana". Pilato dijo entonces a los judíos: "¡Aquí está el hombre!" que equivale a decir: ‘Eso es todo cuanto merece’. "Cuando los principales sacerdotes y los servidores lo vieron, gritaron: ‘¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!’ Pilato respondió: ‘Tomadlo vosotros, y crucificadlo, porque yo no hallo delito en él’ " (Juan 19:5 y 6). Es decir, de acuerdo con la ley romana, no merecía la crucifixión. Pero los judíos tenían que aportar una razón, así que respondieron: "Nosotros tenemos Ley. Según nuestra Ley debe morir, porque se hizo Hijo de Dios" (7).
Se referían a la ley sobre la blasfemia. Dios se la había dado mediante Moisés. Si Pilato hubiese conocido esa ley, Cristo no habría podido ser crucificado. La ley no sólo condenaba a muerte al blasfemo, sino que estipulaba igualmente cómo debía morir. Veámosla en Levítico, tal cual se le dio a Moisés. Recordemos que Jesús se había declarado Hijo de Dios. Los judíos lo rechazaban como Mesías. Por lo tanto, cuando se dijo Hijo de Dios, para ellos era blasfemia. Esto es lo que dice la ley referente a la blasfemia: "El que blasfeme el nombre de Jehová, ha de ser muerto; toda la congregación lo apedreará" (Lev. 24:16).
La crucifixión no era un método judío de ejecución. Los judíos no la practicaban. Al contrario, la detestaban. El libro de la ley estipulaba que la congregación tenía que apedrear al blasfemo hasta su muerte. ¿Conocían los judíos esa parte de la ley? Sí. Siendo así, ¿por qué insistieron en crucificarlo? ¿Temerían acaso que Pilato les dijese: ‘Podéis crucificarlo, pero no apedrearlo’? No fue esa la razón, puesto que la crucifixión es una forma mucho peor de muerte. De hecho, es la forma más cruel, más indigna y vergonzosa que el hombre haya podido jamás inventar y practicar. Pilato se habría sentido aliviado de poderles decir: ‘Podéis tomarlo y apedrearlo’. ¿Por qué pues, insistieron los judíos en la crucifixión?
Es preciso aclarar que los judíos conocían perfectamente la ley, en lo referente a la forma en la que debía darse muerte al blasfemo. En Juan 10:30 Jesús hizo una declaración que para los judíos incrédulos era blasfema: "Yo y el Padre somos uno". Observa lo que hicieron: "Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearlo" (31). No era la primera vez que intentaban apedrearlo. ¿Por qué? Porque según ellos, estaban obedeciendo la ley dada por Dios. Creían que lo dicho por Jesús era una blasfemia. ¿Por qué, entonces, exigieron a Pilato la crucifixión? ¿Por qué precisamente la cruz, en vista de que no era un método judío de ejecución? Había una razón, y es importante que la conozcamos.
La encontramos en Deuteronomio 21. Los judíos no querían simplemente la muerte de Jesús. Le tenían reservado algo peor que la simple muerte en una cruz romana. Cuando gritaron: "¡Crucifícale!" tenían presente Deuteronomio 21:22 y 23. ¿Qué dice ese texto? "Si alguno comete algún pecado digno de muerte, y es muerto colgado de un madero, no se dejará su cuerpo por la noche en el madero. Sin falta lo enterrarás el mismo día, porque un hombre colgado es maldición de Dios".
¿Sabes lo que significaba para el judío la última frase del versículo? Si un judío había cometido un crimen digno de muerte y el juez lo sentenciaba a la pena capital, podía todavía postrarse de rodillas antes de morir, y orar, ‘Señor, perdóname por lo que he hecho’. Había para él perdón y esperanza. Pero si el juez decía: ‘Debe ser colgado en un madero’, eso significaba para el judío la maldición irrevocable de Dios, a lo que ahora nos referimos como el pecado imperdonable, o la muerte segunda. Adiós a la vida para siempre.
Recuerda, los judíos no creían que el alma fuese inmortal. Ese es un concepto griego que se introdujo en la iglesia cristiana, y que desgraciadamente ha despojado a la cruz de su gloria. Para el que cree en el alma inmortal, la muerte significa simplemente la separación del cuerpo y el alma. Eso es todo. Pero para los judíos la muerte era adiós a la vida. El pecado imperdonable, o la maldición de Dios, era una despedida eterna de la vida, porque en la maldición uno es abandonado de Dios, y cuando te abandona Dios, desaparece la Fuente de la vida, de la esperanza y de la seguridad. En eso consiste la maldición, y los judíos lo sabían.
Cuando clamaron "¡Crucifícale!", no sólo estaban pidiendo la muerte de Cristo, sino también traer sobre Él la maldición de Dios. Podemos pensar en un texto de Isaías 53, el capítulo de la cruz en el Antiguo Testamento: "Él llevó nuestras enfermedades, y soportó nuestros dolores. Y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido" (4).
Sí, Dios quebrantó a Cristo en la cruz. El versículo 10 del mismo capítulo, dice: "Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento". Eso no tiene nada que ver con lo que le hicieron los romanos, ni tampoco con lo que le hicieron los judíos. Ni siquiera tiene que ver con lo que el diablo le hizo. Ya vimos la forma en que la cruz expuso a Satanás como asesino. Expuso que el pecado, en su misma esencia, es crucificar a Cristo. Ahora, miremos a la cruz desde un ángulo diferente. En Romanos 5:8 leemos: "Dios demuestra su amor hacia nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros". Muchos textos bíblicos nos proporcionan ejemplos de la maldición de Dios mencionada en Deuteronomio 21. Uno de ellos está en Josué 10. Lee todo el capítulo para tener una idea de conjunto. Es necesario leer ese capítulo en el contexto de Génesis 15:13 al 16, ya que es así como descubrimos la auténtica razón de Dios para destruir a los cananeos. De ignorar el contexto, se cae fácilmente en la falsa impresión de un Dios vengador e inmisericorde.
Dios llamó a Abrahán de Ur de los Caldeos, y le dijo: ‘Quiero que dejes a tu país y a tu gente; y quiero llevarte a la tierra que te doy como posesión, a ti y a tu familia, a tus hijos después de ti". Consistía en Canaán, la tierra del Israel moderno.
Pero no hay que olvidar que Canaán estaba ya ocupada por los cananeos. Por aquellos días, se los conocía como amorreos (la forma arcaica de denominarlos). ¿Qué iba a hacer Dios con los amorreos? ¿Los iba a destruir, para poder dar aquella tierra a los judíos? No. No era ese el plan de Dios. La voluntad de Dios era que Abrahán pudiese dar testimonio a los amorreos, de manera que también estos formasen parte del reino de Dios.
En Génesis 15, Dios dijo a Abrahán: ‘Abrahán, sacaré a tus hijos de Canaán después que hayas testificado de mí –verdadero Creador y Dios de toda la tierra– a los amorreos, y llevaré a tus hijos a Egipto, donde serán esclavos. Voy a dar a los amorreos cuatrocientos años de tiempo de gracia. Durante ese tiempo tendrán la ocasión de aceptarme o rechazarme’.
En Génesis 15:16 leemos: "En la cuarta generación [al final de los 400 años] volverán acá [regresarán a Canaán], porque la maldad del amorreo aún no ha llegado al colmo". Dicho de otro modo: ‘Cuando regreses y suceda que todas las tribus cananeas me rechacen voluntaria y deliberadamente, entonces se habrá terminado para ellas el tiempo de gracia. Habrán alcanzado el punto sin retorno’.
Cuando los judíos retornaron dirigidos por Josué (dado que Moisés había muerto ya antes de entrar en la tierra prometida), toda tribu de amorreos que atacase a Israel, combatiendo en el nombre de sus dioses, estaba de hecho diciendo: ‘Rechazamos a vuestro Dios’. Recuerda que la nación más grande por entonces era Egipto. Dios había liberado a los israelitas de Egipto. La victoria de ellos sobre Faraón y su ejército constituía la mayor evidencia que cupiera dar al resto de las naciones de que Él estaba por encima de los dioses de cualquier otra nación.
En Josué 10 se nos informa de que cuando Israel entró en la tierra prometida, el rey de los gabaonitas reconoció que el Dios de Israel es el verdadero Dios, y dio su mano a Josué y a los judíos. Pero otros cinco reyes se resistieron y se dijeron: ‘Si nos unimos, somos más fuertes que esas dos naciones, los gabaonitas y los israelitas’. En consecuencia, atacaron a Israel y a Gabaón. Dado que Dios estaba con ellos, los judíos ganaron esa guerra.
Observa lo que hizo Josué a los cinco reyes a quienes capturó. Los tomó y los presentó ante la congregación, ante los judíos y los gabaonitas. Lo que hizo está en plena armonía con lo que Dios había dicho a Abrahán, en el sentido de que el tiempo de gracia de los amorreos habría terminado cuando sus descendientes volviesen, como en efecto sucedió. Esos cinco reyes habían sobrepasado el punto sin retorno. Habían vuelto la espalda a Dios de forma voluntaria y persistente, y Josué dijo a la congregación: "No temáis ni os atemoricéis. Sed fuertes y valientes, que así hará el Eterno a todos vuestros enemigos contra los cuales peleáis" (Josué 10:25). Los que atacaron a Israel estaban luchando contra Jehová. Eso es lo que Jehová les haría.
"En seguida Josué los mató, y los hizo colgar en cinco árboles, donde quedaron hasta la tarde" (26). Se trata de la maldición irrevocable de Dios, referida en Deuteronomio 21:23.
¿Qué estaba diciendo Josué al pueblo? ‘Todo aquel que ataque ahora a Israel manifiesta un rechazo voluntario y final hacia el Dios del cielo, habiendo sobrepasado por su impenitencia el punto sin retorno. La maldición de Dios pesa sobre el que así procede’. Los judíos querían ahora que esa misma maldición cayera sobre Cristo. Esta es la razón por la que clamaron: "¡Crucifícale!", porque la crucifixión en los días de Cristo era sinónimo con colgar de un madero, el equivalente a la muerte segunda.
La cuestión importante es: ¿Accedió Dios? ¿Satisfizo el deseo de ellos? ¿Puso su maldición sobre su Hijo? La respuesta es: –Sí. En Romanos 8:32 leemos que Dios "no eximió ni a su propio Hijo". Ahora bien, Dios no puso su "ira" o maldición sobre Cristo por ninguna blasfemia, sino por otra razón bien distinta.
En Gálatas 3 encontramos la interpretación neotestamentaria de la cruz. Recuerda que con la excepción de Lucas, los escritores del Nuevo Testamento eran judíos. Observa cómo define Pablo la cruz, no bajo una óptica romana –a pesar de tener él mismo ciudadanía romana–, sino desde una perspectiva judía. "Todos los que dependen de las obras de la Ley están bajo maldición" (Gál. 3:10). La expresión "las obras de la ley" equivale a lo que hoy conocemos por "legalismo". No hay ningún término griego apropiado para referirse a lo que entendemos por legalismo, salvo precisamente esa expresión, "las obras de la ley", en referencia al hecho de guardar la ley con el fin de ser salvo; no como evidencia de la salvación, o como los frutos de la salvación, sino como el medio para ella. Es importante recordar este extremo.
Por lo tanto, Pablo estaba virtualmente diciendo a los gálatas: ‘Todo el que intenta llegar al cielo a base de guardar la ley, está bajo maldición’. ¿Por qué? porque la ley dice: "Maldito todo el que no permanece en todo lo que está escrito en el libro de la Ley" (Gál. 3:10). Dicho de otro modo, si pretendes llegar al cielo mediante la ley, estás obligado a guardarla hasta en su más mínimo detalle, y además sin interrupción o pausa alguna. En el momento en que ofendas en un punto, quedaste bajo la maldición.
Ahora bien, el hecho es que "todos pecaron" (Rom. 3:23). Ni una sola persona ha guardado perfectamente la ley. Absolutamente nadie, con la excepción de Cristo. Todos los cristianos son pecadores, siendo salvos por la gracia. ¿Por qué pueden ser salvos? Porque "Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, al hacerse maldición por nosotros" (Gál. 3:13).
¿Quién lo hizo maldición por nosotros? El diablo no fue, puesto que él no puede castigar los pecados, siendo que él mismo es el pecador de los pecadores. No fueron los judíos, a pesar de que pretendieron que Dios lo maldijera. ¿Quién, pues, lo hizo maldición por nosotros? Fue el Padre. "No eximió ni a su propio Hijo".
Jesús rogó al Padre tres veces: "Padre, Padre, si es posible, pasa de mí esta copa". ¿A qué copa se estaba Jesús refiriendo? Ciertamente no se trataba de la cruz romana: a duras penas notaba ese dolor. No porque no fuese real, sino porque había otro dolor mucho más profundo que el producido por la cruz. Era la maldición de Dios por tus pecados y los míos. Por eso es por lo que Jesús clamó a su Padre. Sabía lo que significaba ser maldito por Dios.
Y Dios dijo: ‘No. No te puedo retirar mi maldición’. ¿Sabes por qué? Porque nos amó. "No eximió ni aun a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros". "Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, al hacerse maldición por nosotros, porque escrito está [cita ahora Deut. 21:23] ‘Maldito todo el que es colgado de un madero’ " (Gál. 3:13).
Cuando leas en el Nuevo Testamento sobre la cruz identificada con ser colgado de un madero, recuerda que los judíos no pensaban en una estaca. Poco se les daba que fuese una estaca, o dos piezas de madera. No era esa su preocupación. Una sola cosa ocupaba su mente: la maldición eterna de Deuteronomio 21:23. Para ellos, colgar de una cruz era equivalente a colgar de un madero, que significaba la maldición de Dios.
En Hechos 5, los discípulos fueron llevados ante el sanedrín. Se los castigó, azotó y se los intimidó a que cesaran de predicar en nombre de Cristo. Observa su respuesta: "Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres" (vers. 29). Encontramos aquí a los discípulos dispuestos a morir por Cristo. El mismo Pedro que negara a Jesús ante la cruz, presto a morir por Él, si es necesario. Hasta ese punto llegó a transformarlo la cruz. Leemos ahora el versículo 30: "El Dios de vuestros padres levantó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándolo en un madero".
¿Qué quiso decir Pedro con esa frase? Pensaba en Deuteronomio 21:23. ‘Trajisteis la maldición de Dios sobre Él, pero Dios lo resucitó, puesto que ninguna blasfemia había dicho; experimentó la maldición por nuestros pecados. Cristo murió a fin de poder salvarnos de nuestros pecados. Resucitó para poder justificarnos’. Encontramos un buen ejemplo en Romanos 4:25: "Quien fue entregado por nuestros pecados, y resucitado para nuestra justificación".
Pedro nos explica en su epístola lo que encerraban sus palabras "colgándolo en un madero": "Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero". ¿Por qué empleó el término "madero" en lugar de "cruz"? Porque estaba pensando en la maldición de nuestros pecados, y no simplemente en el sueño de la muerte primera que a todos afecta.
Pero algunos dirán: ‘¿Cómo pudo Cristo morir la segunda muerte? Predijo su resurrección, y efectivamente, resucitó al tercer día. ¿Cómo pudo experimentarla?’ La Biblia lo afirma. Hebreos 2:9: "...por gracia de Dios gustase la muerte por todos". No pudo tratarse de la muerte primera, ya que los creyentes que aceptan a Cristo tienen que seguir muriendo la primera muerte. En 2ª Tim. 1:7-10, Pablo declara que Cristo, mediante la cruz, "abolió la muerte". Si abolió la muerte, ¿por qué siguen muriendo los cristianos? Porque abolió la segunda muerte, no la primera. Apocalipsis 20:6 afirma de los que participen de la primera resurrección –de los creyentes–, que la segunda muerte no tiene potestad sobre ellos. ¿Por qué? Porque hubo Uno que estuvo dispuesto a experimentarla, que la "gustó" en su lugar.
Necesitamos comprender lo que en términos teológicos se conoce como "la doctrina de la kenosis", expuesta en Filipenses 2:6 al 8. Cuando Cristo se hizo hombre en su encarnación, hubo de despojarse, no de su divinidad, sino de sus prerrogativas divinas; en otras palabras, del empleo independiente de su divinidad. Hasta incluso hubo de despojarse de su conciencia de Dios. Sólo por revelación descubrió Jesús que era Dios. No tenía conciencia de Dios mientras era un bebé. Tuvo que crecer en conocimiento y sabiduría. Tuvo que crecer en todo, pues había depuesto el uso independiente de su divinidad y fue hecho en todas las cosas tal como nosotros (Heb. 2:17). "Las mismas palabras que él había hablado a Israel por medio de Moisés, le fueron enseñadas sobre las rodillas de su madre" (El Deseado, E. White, p. 50, N. del T.).
Jesús se hizo totalmente dependiente de Dios Padre, durante todo su ministerio terrenal. Juan 5:30 dice: "De mí mismo nada puedo hacer". Leemos en Juan 6:57: "Yo vivo por el Padre". También en Juan 8:28: "Nada hago por mí mismo", y en el 14:10: "Las palabras que os hablo, no las hablo de mí mismo; sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras". La Escritura no deja dudas en cuanto a la total dependencia de Cristo hacia Dios Padre. Si lees Romanos 6:4, Hechos 2:24 y 32 y Efesios 1:20 comprobarás que fue el Padre quien resucitó al Hijo de la muerte. Graba estas dos cosas en la memoria: (1) Cristo dependía de Dios, y (2) dependía del Padre para resucitar. No me preguntes qué sucedió con su divina conciencia mientras estuvo en la tumba. ¿Dónde quedó su vida divina? No lo sé. Es un misterio. Pasaremos la eternidad estudiando esos temas, pero una cosa podemos saber: es del Padre de quién dependía para su resurrección, lo mismo que todos los demás.
¿Sabes qué hizo el Padre en la cruz? Cristo clamó "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" No le estaba preguntando: ‘¿por qué me abandonas por tres días?’, sino "¿por qué me has abandonado?" ¿Sabes lo que eso significaba para Cristo? Significaba la renuncia a la esperanza de resucitar. En términos de lo que percibía Cristo, cuando el Padre lo abandonó, la esperanza de la resurrección lo abandonó igualmente. Jesús estaba ahora ‘pisando sólo el lagar’. No podía ya mirar al Padre con sentimientos de esperanza y seguridad. Sintió la agonía del abandono de Dios, sintió como sentirán los malvados cuando la misericordia no interceda más por la raza culpable.
En El Deseado de todas las gentes, de E. White, p. 701, encontramos un pasaje clave al respecto: "El Salvador no podía ver a través de los portales de la tumba. La esperanza no le presentaba su salida del sepulcro como vencedor ni le hablaba de la aceptación de su sacrificio por el Padre. Temía que el pecado fuese tan ofensivo para Dios que su separación resultase eterna." ¿Comprendes a lo que fue tentado Cristo, cuando colgaba de la cruz? El Padre lo había abandonado. Pero recuerda: SEGUÍA SIENDO DIOS. Podía haberse aferrado a su divinidad, con independencia del Padre, contra la voluntad del Padre, y haber descendido de la cruz para salvarse.
Eso es exactamente lo que el diablo intentaba empujarlo a hacer. Según el relato de Lucas (23:35-39), al menos en tres ocasiones el diablo incitó así a Cristo, una vez mediante los soldados romanos, otra mediante los sacerdotes y aún otra a través del ladrón crucificado a su izquierda. Según Mateo 27:35 al 46, también el pueblo participó en esa tentación, que fue insistentemente la misma: ‘Desciende de la cruz y sálvate a ti mismo’. ¿Puedes comprender la magnitud de esa tentación? Ninguno de nosotros puede. El Deseado de todas las gentes explica que la tentación que Cristo experimentó no la puede comprender plenamente el hombre. "Al sentir el Salvador que de él se retraía el semblante divino en esta hora de suprema angustia, atravesó su corazón un pesar que nunca podrá comprender plenamente el hombre" (Id.)
¿Sabes por qué? Porque ningún otro ser humano en este mundo ha experimentado la "ira" de Dios plenamente, tal como sucedió con Cristo. Él es el único que ha experimentado la plenitud del abandono de Dios, que es el equivalente a la muerte segunda. Cristo fue tentado a descender de la cruz y salvarse a sí mismo. ¿Puedes comprender esa tentación? No se trataba de armarse de valor y decir: ‘Resistiré durante unas horas, o durante tres días’. Eso no hubiese sido ningún sacrificio para el Dios que vive en la eternidad. Se trataba de Adiós a la vida para siempre, no ver nunca más a su Padre, no volver jamás al cielo. Significaba entregar su gloria, entregar su vida. En eso consistía la maldición de Dios.
Mientras colgaba de la cruz, experimentando la maldición de Dios por nuestros pecados, Jesús tuvo que tomar una decisión. No podía salvarse a sí mismo y al mundo a la vez. E hizo la suprema elección. Escogió morir por la eternidad, a fin de que tú y yo pudiéramos vivir en su lugar. Eso fue lo que transformó a los discípulos. Significó en ellos una revolución. Jamás habían concebido un amor de esa magnitud. Es ese concepto del agape lo que hizo que conmovieran el mundo: el que Dios no sólo vino a hacerse carne por treinta y tres años y medio, sino que Jesús, su Salvador, estuvo dispuesto a decir Adiós a la vida para siempre, a fin de que ellos pudieran vivir en su lugar. "Dios demuestra su amor hacia nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros" (Rom. 5:8).
Expresado de otra manera, el sacrificio supremo consistió en que Jesús estuvo dispuesto a aceptar nuestra maldición, y darnos su vida a cambio. No consistió en un acto heroico por el que se salvó a sí mismo y al mundo. No podía hacer tal cosa. Tenía que decidirse por el mundo, o por sí mismo. ¿Comprendes el clamor de Cristo en la cruz? "Contémplalo muriendo en la cruz, en medio de las más profundas tinieblas. Los cielos fueron entenebrecidos y la tierra sacudida. Las rocas hendidas no eran más que una débil representación del estado de su mente cuando exclamó: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ " (E. White, RH, 23 junio 1896 -N. del T.). Espero que nunca olvides esto: la cruz te dice que Dios te ama más que a sí mismo. Ese es el agape de Dios.
Cuando comprendes hasta qué punto te ama Dios, ¿puedes seguir siendo el mismo? Hablamos de dar alguna exigua cantidad para las necesidades de los otros, pero Dios ¡vació el cielo en beneficio nuestro! ¿Cómo podemos detenernos? Observa la primitiva iglesia cristiana. No retuvo nada, ni tierras, ni casas. Todo lo dio al cuerpo de Cristo, a la iglesia. Eso es lo que sucederá en esta iglesia cuando veamos a Cristo crucificado, de la forma como lo vieron los primeros cristianos; entonces no necesitaremos ningún otro plan de promoción. Personalmente me cansan los programas promocionales. Lamento que los hayamos de tener, debido a que nada parece funcionar, excepto que sea el objeto de alguna promoción. Es terrible que tengamos que continuar en esa línea de orientación egocéntrica, a fin de recaudar fondos. ¿Por qué no nos constriñe el amor de Dios? En 2ª de Corintios 5:14, Pablo expone lo que la cruz hizo por él y por la iglesia cristiana, y lo que debería hacer por nosotros. Cuando lleguemos a esa condición, cuando la iglesia manifieste el amor de Cristo debido a lo que la cruz signifique para ella, entonces conmoveremos igualmente al "mundo entero" (Hech. 17:6).
En 2ª de Corintios 5:14 y 15 leemos: "Porque el amor de Cristo nos apremia, al pensar que si uno murió por todos, luego todos han muerto. Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió, y resucitó por ellos".
En Hebreos 2:9 leemos que Jesús, por gracia de Dios, gustó "la muerte por todos". En griego no dice "por todos". Va más allá de eso. En realidad, dice "por todo". Jesús gustó la muerte por todo. Cuando Adán pecó, la maldición vino, no sólo sobre la raza humana, sino sobre las plantas, los animales, sobre todo. "Al hombre le dijo [Dios]: ...Maldita será la tierra por tu causa... espinos y cardos te producirá" (Gén. 3:17 y 18).
Cuando los soldados romanos pusieron esa corona de espinas en la cabeza de Cristo, lo hicieron en son de burla. Pero Dios transforma la locura de los hombres en verdad. Dios dijo a Adán, tras la caída, "maldita será la tierra". Aquellos cardos y espinos de la corona que llevaba nuestro Salvador, simbolizaban la maldición del pecado sobre el mundo.
"Y por todos murió [dice Pablo], para que los que viven [gracias a la cruz], ya no vivan para sí, sino para aquel que murió, y resucitó por ellos". En 1961 visité Scotland, lugar donde nació David Livigstone, el misionero más emblemático que ha conocido África. Allí le habían construido una capilla en forma de choza africana, a modo de memorial. En su interior llamaban inmediatamente la atención dos inscripciones destacadas sobre las lisas paredes. En una se leían las palabras de Pablo: "El amor de Cristo nos constriñe". En la otra sus propias palabras: "El amor de Cristo me constriñó".
Habiendo captado un destello del amor divino que se vacía de sí mismo, Livingstone renunció a su lucrativa profesión como doctor, en Blantyre, Scotland. Lo dio todo a cambio de ser misionero en África. Y en sus días no había facilidad para el transporte, no existían organizaciones misioneras, tampoco licencias ni permisos. Fue allí como un misionero dispuesto a morir por su Salvador. Y murió allí. El gobierno inglés lo trató con dureza mientras estuvo vivo, pero al descubrir que había muerto, dijo: ‘Merece un funeral digno’ (casi siempre alabamos a las personas, después de su muerte). Decidieron enterrarlo en la catedral de Westminister, junto a otros ingleses ilustres.
Pero había muerto a 250 km en el interior del África. El problema era cómo llevar su cuerpo hasta la costa a través de esa distancia. Por supuesto, no existían los aviones, trenes ni automóviles. El único medio de transporte era la camilla de vigas y travesaños. No la podían transportar los británicos, así que pidieron a los africanos si lo podían hacer ellos. Éstos respondieron: ‘Sí. Merece un gran funeral, pero no podrán tener su corazón’. Efectivamente, lo abrieron, le extrajeron el corazón y lo enterraron en África a quien lo había dado. A continuación, tras haberlo embalsamado, lo transportaron en la camilla los doscientos cincuenta kilómetros a través de pantanos, entre animales salvajes, peligros de enfermedades y tribus hostiles. Lo llevaron hasta la costa, donde pudo ser embarcado hacia Inglaterra, para recibir allí los debidos honores póstumos. Hasta ese punto apreciaban al mayor misionero que el África ha conocido. Mi oración es que tú y yo apreciemos a Jesucristo hasta el punto de darlo todo por Él. Dios nos empleará entonces para conmover este mundo con la gloria de la cruz de Cristo.