EL HOGAR
EN DEFENSA DE LOS HIJOS
Con gran acierto y emoción, muchos padres expresan lo que sienten hacia sus hijos con estas palabras: "Son lo mejor de nuestra vida".
En verdad, ¿qué otro patrimonio podría compararse con ese tesoro inigualable? Los hijos constituyen la mejor herencia. Son la prolongación misma de los anhelos, sentimientos y esperanzas de sus mayores. Por suntuosos que parezcan, los bienes materiales palidecen ante la sonrisa de un niño. No hay conquista social o económica capaz de reemplazar la satisfacción y estímulo que entraña una hija o un hijo amante y esforzado. Las más de las veces, éstos son la suprema razón de vivir para sus padres.
Los hijos --o sea la nueva generación que asoma al escenario de la vida-- son la mayor riqueza, no sólo para sus progenitores. La patria y la nación entera fija en ellos la expectativa de un porvenir venturoso.
Con cada criatura que nace se renueva el milagro de la vida; se acerca un pedazo de cielo; se encarna la dádiva incomparable de la alegría, la inocencia y la bondad... El gozo de vivir de la niñez y el idealismo de la juventud hacen vibrar el espíritu de los adultos con una euforia sagrada.
Nos referimos, pues, a los niños con profundo cariño y gratitud. También lo hacemos con respeto porque comprendemos que, en gran medida, el futuro de la humanidad está determinado por la condición en que viven la niñez y la juventud actuales. Su estado presente afectará no sólo su propia existencia y bienestar, sino el destino del mundo entero.
Corresponde, pues, que levantemos nuestra voz en defensa de los hijos. Merecen lo mejor. Son capaces de brindar las mayores satisfacciones y alegrías. Constituyen el capital humano más valioso con que se puede contar. Pero lo que mueve a reflexión, lo alarmante, es que en nuestra sociedad moderna predominan ciertos hechos y factores que amenazan en forma gravísima el bienestar de la niñez y la juventud.
La integridad física y mental de la niñez está seriamente amenazada. Desde la oficina del secretario general de las Naciones Unidas se advirtió, hace no mucho, que sólo en Africa la malaria mata a un millón de recién nacidos al año. El control de esa enfermedad a través del mundo se calcula en un costo anual de dos mil millones de dólares. Lo trágico es que esa suma es la que actualmente se gasta en menos de dos días de actividades militares. ¿No es esto espantoso?
Hay otro azote más sutil, pero no menos trágico, que está castigando a la niñez en forma brutal. No amenaza tanto el bienestar físico del niño, sino su equilibrio y salud emocional. Esta plaga, esta angustiosa dolencia social, causa en la actualidad estragos incalculables. Nos referimos al divorcio, a la disolución del vínculo que une a los fundadores del hogar. Es bien sabido que en la mayoría de los casos de divorcio, son en definitiva los hijos los que más sufren como resultado de la ruptura matrimonial. Como alguien señaló, "un hogar donde los padres están presentes y reina la armonía y el orden, constituye una atmósfera ideal para el desarrollo de los hijos. Estos encuentran una seguridad y un bienestar altamente beneficiosos para su formación y madurez.
Pero cuando esa atmósfera familiar se enrarece y empiezan las discusiones entre los padres, el alejamiento de ambos y la imposibilidad de subsistir bajo el mismo techo... es decir, cuando entra en la casa el fantasma del divorcio como única solución a las desavenencias matrimoniales, los hijos comienzan a sentir un profundo temor. Son testigos de un desastre familiar que los hiere profundamente y ya no encuentran ni calor de hogar, ni bienestar, ni felicidad. Empiezan a perder hasta la seguridad en sí mismos que antes tenían, que no era otra cosa que la seguridad que sus propios padres les proporcionaban como rectores de sus vidas".
Esos padres que se separan, probablemente --en virtud de su edad y experiencia-- sabrán cómo afrontar el futuro de sus vidas después del drama del divorcio. Pero, ¿y los hijos? ¿Qué en cuanto a esas criaturas indefensas que aún no están preparadas para la lucha de la vida y que ven que aquel hogar que era su mundo, de pronto se desmorona y desaparece?
Este planteo cobra un realismo impresionante al saber que el número de niños involucrados en el drama del divorcio se ha triplicado en los últimos 20 años. Sólo en Estados Unidos hay doce millones de criaturas menores de 18 años, cuyos padres son divorciados. En la actualidad, en dicho país cada año un millón de niños experimenta el trauma que significa el divorcio de sus progenitores.
Aparentemente, esos niños son iguales a los otros. Visten ropas semejantes, asisten a la misma escuela y participan de los mismos juegos. Pero a poco que se los observe, se ve que son diferentes. Se irritan con frecuencia. Son peleadores en el aula de clases. Albergan un resentimiento imposible de ocultar. Algunos manifiestan una agresividad enfermiza hacia el progenitor que consideran culpable del derrumbe del hogar. Son niños tristes, acosados por el temor y la inseguridad. Algunos sienten el obsesivo anhelo de reunir nuevamente a sus padres. Hay quienes se consideran los responsables del derrumbe familiar. En fin, en todos ellos se pueden apreciar los efectos dolorosos causados por el divorcio de sus padres. Muchos de esos hijos, con el tiempo, pasan a ser esclavos de las drogas y, las más de las veces, seres hostiles incapaces de amar y formar sus propios hogares sobre una base segura.
Por eso, y por muchos otros motivos, hoy levantamos la voz en defensa de los hijos. Están gravemente amenazados su bienestar físico, su seguridad emocional y, asimismo, su paz y salud espiritual. Nadie ignora que vivimos en una época marcada por la incredulidad y el materialismo. Dentro y fuera del aula de clases se propalan doctrinas y enseñanzas que descartan a Dios y ensalzan al ser humano. La nuestra es una sociedad secularizada hasta el extremo. Vive para lo presente y pasajero. Las cosas temporales, los negocios, los juegos y placeres, ocupan casi en forma absoluta la atención y el interés de las multitudes. Las verdades de la Palabra de Dios, las enseñanzas puras y sencillas del Evangelio, las promesas benditas de la Escritura, tienen poco o ningún significado en la vida diaria de millones de personas. Y en ese ambiente, desprovisto de fe y fortaleza espiritual, es donde crece la niñez y juventud modernas. Tal vez son sanos de cuerpo, pero raquíticos del alma.
A nosotros, padres, maestros, y cada miembro de la generación adulta, el Señor Jesucristo nos dirige esta apelación: "Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos" (S. Mateo 19:14).
Los niños necesitan de Cristo. Sus corazones tiernos y sencillos tienen que ponerse en contacto con aquel que es la fuente de amor y pureza. Cristo quiere encaminarlos por el sendero maravilloso que lleva a la vida eterna. El sabe que sólo tomados de su mano podrán verse libres de las tentaciones y pruebas de esta vida. El quiere asegurarles la felicidad en esta tierra y, al fin, un lugar en el reino de los cielos. Por eso, porque los ama, porque quiere su bien, porque comprende a cuántos dolores y amenazas están expuestos, es que implora a los padres y mayores que dejen a los niños acercarse a Jesús. A lo que el Maestro añade: "Y no se lo impidáis".
¿De qué modo podemos impedir que la niñez se acerque a Cristo? Quien planta la cizaña de la incredulidad y la duda en las mentes infantiles provoca un distanciamiento entre Jesús y la niñez. Muchos se expresan en forma descomedida o burlona respecto a las cosas religiosas. Esas frases y risas cargadas de irreverencia destruyen en el corazón infantil el temor y la confianza en Dios.
Pero no sólo el incrédulo o burlador de las cosas religiosas se interpone entre Jesucristo y la niñez. Muchos de los que se llaman cristianos, literalmente impiden que los niños lleguen a amar y confiar en Jesús.
¿Por qué? ¿Cómo?
Tal vez una forma artera para fomentar la rebeldía hacia Dios en el corazón de la niñez y la juventud sea confesar con los labios que se es cristiano, pero negarlo con los hechos. Es prácticamente imposible que una criatura se sienta atraída hacia Dios, si es que sus padres invocan el nombre del Señor y, sin embargo, permiten en su vida palabras y actitudes que están opuestas a la voluntad divina. Son los cristianos inconsecuentes los que impiden que los niños se acerquen a Jesús.
Por todo eso, por amor a los niños y en defensa de su bienestar presente y eterno, es que apelamos a cada padre y a cada madre para que hagan de su corazón un altar, un albergue en donde more el Espíritu de Dios. Recordemos, cada día, esa hermosísima verdad declarada por el salmista con estas palabras: "He aquí, heredad de Jehová son los hijos, cosa de estima el fruto del vientre" (Salmos 127:3).
Permitamos que las virtudes del cielo se trasunten en nuestro carácter, de tal forma que los hijos se sientan atraídos por nuestra manera de ser hacia Dios y su palabra.