Inscribir miembros. No consideremos que ganar almas sea inscribir nombres apresuradamente en el libro de registro de la iglesia, para mostrar a fin de año un considerable aumento. Esto es muy fácil y hay hermanos que ponen mucho empeño, por no decir arte, en llevarlo a cabo. Introducir en la iglesia inconversos es debilitarla y degradarla; por tanto, lo que aparenta ser un beneficio, puede ser una pérdida.
No soy de los que desacreditan las estadísticas, ni considero tampoco que éstas acarreen toda clase de males; al contrario, hacen mucho bien si son precisas. Es bueno que la gente se dé cuenta de la desnudez de la tierra por una baja en las estadísticas, de modo que caigan de rodillas 'ante el Señor para suplicar la prosperidad; y por otra parte, no es nada malo que los' obreros se animen por tener delante, la cuenta de los resultados. Sentiría mucho que se perdiera la costumbre de sumar, restar y sacar el resultado neto, porque es del todo razonable saber cómo vamos numéricamente. Se ha observado que los que se oponen a este procedimiento son muchas veces hermanos cuyos informes poco satisfactorios deberían humillarles un tanto; esto no es siempre el caso, pero sucede con sospechosa frecuencia.
La realidad es que sí, se puede calcular con mucha exactitud si las cifras son justas, y si se toman en cuenta todas las circunstancias. Si no hay crecimiento, se puede calcular con bastante precisión que no hay mucho esfuerzo; y si hay una merma notable cuando la población crece, se deberá admitir que las oraciones de los fieles y la predicación del ministro no tienen mucho poder.
Empero, a pesar de esto, todo apuro por meter miembros en la iglesia es sumamente perjudicial, tanto para la iglesia como para los supuestos conversos. Recuerdo muy bien a varios jóvenes, todos ellos de integridad moral y religiosamente simpatizantes; pero en vez de sondear sus corazones y procurar su verdadera conversión, el pastor no les dejó respirar hasta persuadirlos a hacer su profesión de fe. Pensaba que si hicieran una profesión religiosa, sentirían más compromiso para con las cosas santas, y él no vela peligro en presionarlos en este sentido, ya que los muchachos "prometían mucho" Se imaginó que podría ahuyentarlos y desanimarlos con un escrutinio cuidadoso, y así queriendo asegurar su conversión, los hizo hipócritas.
Así pues, no crean ustedes que ganar almas sea, o se consiga, por multiplicar los bautismos o engrosar las filas de su iglesia Estoy hastiado de estos alardes públicos, esto de vender la piel antes de cazar el oso, esta ostentación de despojos gratuitos. Dejen a un lado ese contar cabezas, esa vana pretensión de certificar al minuto lo que exigirá la prueba de toda una vida. El optimismo es bueno, pero en su exaltación sean moderados. El trato personal después del mensaje tiene su importancia; pero si esto suscita vanas jactancias, contristará al Espíritu Santo y acarreará enormes perjuicios
Despertar emociones Ganar almas, mis queridos amigos, tampoco es despertar las emociones. Por cierto, la emoción acompañará a todo movimiento importante. No se puede dinamitar los grandes peñones sin ningún ruido de la explosión; tampoco se puede librar una batalla y tener a todo el mundo callado como el ratón. En día seco, los vehículos no avanzan mucho sin ruido y polvareda; la fricción y sonido son producto natural de la fuerza en moción. De la misma manera, cuando el Espíritu de Dios se manifiesta y la mente del hombre se conmueve, tiene que haber ciertas señales visibles de dicha operación, aunque estas señales nunca se deben confundir con la operación misma. Si hay quienes se imaginan que el fin principal de la marcha del coche es levantar polvo, mejor agarren la escoba, pues con ella podrán levantar tanto o más polvo que cincuenta coches; pero causarán molestia en vez de conferir un beneficio. Así la emoción es algo tan incidental como el polvo, y no es cosa que buscar. Cuando la mujer barría la casa, lo hacia para encontrar la moneda perdida, y no para levantar una polvareda.
No hagan nada por ser sensacional ni impresionante; no persigan las meras manifestaciones externas. Puede haber lágrimas copiosas, ojos llorosos, sollozos y lamentos, reuniones tumultuosas y toda clase de confusiones, y éstos pueden ser tolerados como expresiones de sentimientos genuinos; pero, por favor, no traten de suscitarlas
El mayor entusiasmo por Cristo no deja de armonizar con el sentido común y la razón; el desvarío a gritos y la declamación de fanáticos son productos de otro celo que no es conforme a ciencia. Se desea preparar a los hombres para el aposento de la comunión, y no para la cámara acolchada del manicomio. Nadie lamenta más que yo que sea necesaria una advertencia de este tipo; pero al recordar las extravagancias de ciertos evangelistas, no puedo menos que mencionarlo, por no decir mucho más al respecto.
C.H. Spurgeon