YO ADOPTÉ UN HIJO

Por Ester M. De Brignani

Qué difícil resulta para un hombre y una mujer llegar a aceptar la imposibilidad de tener un hijo.

Qué costoso es poder asumir una de las frustraciones más duras, ya que hiere lo más profundo del ser humano: su vocación de verse prolongado en un gorjeo, en una sonrisa, en otro ser que es el hijo.

Es el ser humano que en su capacidad de amar lo lleva a querer aquello que él no hizo ni vio formar. Qué maravillas puede lograr el amor de un hombre y una mujer que los hace capaces de adoptar un hijo.

La adopción es el punto de ese entrañable misterio de amor. Ella es posible porque hay matrimonios que tienen necesidad de dar cariño y hay chicos que tienen la necesidad de recibirlo.

Si este pequeño milagro no se hubiese "inventado", cuántos matrimonios se verían hundidos en la oscuridad de la desesperanza y el tedio; cuántos niños estarían condenados a no poder sonreír jamás.

Pero hablar de este tema siempre nos crea un cierto malestar e incomodidad, en los padres que han adoptado un chico, los sentimientos se entremezclan y combinan. Los miramos con recelo, lástima y admiración a la vez; compadecemos y elogiamos su heroísmo al mismo tiempo. Pero en el fuero íntimo todos sentimos la alegría de ver un niño feliz.

No pretendo hacer aquí un tratado psicológico sobre el tema, sólo me anima el poder ofrecer una modesta colaboración que ayude a comprender mejor este problema.

Recuerdo el paso de un adolescente de quince años que hizo un intento de suicidio, cuando a esa edad se enteró que era adoptado. La noticia la recibió de sus padres que decidieron comunicársela ante las insistencias del hijo. Entonces, ¿es malo decir la verdad? No. Lo que resulta nocivo es decirla tan tarde.

Por lo general los padres que adoptan un hijo temen comunicarle la noticia porque piensan que a partir de allí perderán el cariño que su hijo les guarda. Se equivocan. Recibirán mayores satisfacciones, si saben mostrarle gratitud por el amor que el niño les da.

Sin duda, otro tema sobre el que habría que reflexionar es cómo decírselo. Esto llevaría mucha tinta y es variable según los casos y las circunstancias. Pero lo que debe quedar claro es el cuándo: desde siempre, desde muy temprana edad el hijo adoptado debe saber que lo es y que se lo quiere por él mismo. Para esto no hay que esperar "a que sea grande" o "cuando entienda", ¿O acaso para experimentar el saberse querido hay que esperar a "tener uso de razón"?

Adoptar un niño no es ir a adquirir un producto de consumo en el cual se pesan los pro y los contra.

Al adoptar un niño no se piden garantías, como nadie que ame a otro le pide garantías para resguardarse por si la "mercadería llega a salir mala". El amor es gratuito, y si es tal, es magnánimo, no se mide.

Por lo tanto, al buscar la adopción no se debe pedir más que el control pediátrico del niño, que se realiza a cualquier bebé recién nacido. Un padre, cuando tiene a su hijo, no le hace el control médico para ver si está "fallado", sino para ver en qué debe auxiliarlo y socorrerlo. Esto también es una regla para los padres que adoptan un hijo.

Muchas veces vemos cómo a los chicos adoptados –hasta los mismos padres-, los llegan a tratar de pobrecitos. Lo que lo hace "pobrecito" a un ser humano es el saber que no es objeto de cariño.

Cuando alguien sabe que otro piensa y vela por él, deja de ser pobrecito. La filosofía del "pobrecito" es malsana y lleva a los padres, a los maestros, a los familiares, a ser demasiado blandos, condescendientes y lisonjeros. Todo esto no educa, sino que deforma la personalidad. Crea niños que el día de mañana llegan a ser exigentes con la vida, y viven a los demás como eternos acreedores, siempre reclaman algo porque ellos son pobrecitos.

Otro punto importante es saber qué pasa si después de haber adoptado un niño, la mamá queda embarazada. Pasa lo normal que ocurre en todo chico que ve peligrar su trono afectivo: siente celos. Pero éstos pueden verse acrecentados, ya que la fantasía de volver a ser "abandonado" puede aflorar con más intensidad. Aquí, sin duda, es de vital importancia el manejo que los padres hagan de la situación.

Todo chico siente, ante el nacimiento de otro hermano, la vivencia de verse relegado, desplazado, y los padres deben saber calmar oportunamente esta ansiedad normal y esperada. Más aún en el niño adoptado, dándole seguridades y pautas concretas de que él es querido a pesar de que apareció alguien que resulta ser "la competencia". En los padres también surge el temor de "si lo seguiré queriendo ahora que tengo uno que es mío". Es una ansiedad lícita y normal, pero que con el tiempo se ve rebasada por la capacidad de amor.

Adoptar un chico es comprometerse totalmente. Es ejercitar al máximo la capacidad de dar amor para poder otorgar gratuitamente una sonrisa a ese niño que no la tiene.

¡Adoptar es amor!