MINISTERIO ADVENTISTA ELECTRÓNICO

¿Cuales hijos prefiere usted?




Frenético de entusiasmo, en atolondrada carrera, Jaime chocó con la mesita de la sala que tenía el precioso florero de la familia. Este se desplomó y se hizo añicos.
Esa hermosa tarde había ido a visitar a mi amiga Elena. Cuál no fue su contento al verme llegar con mis dos niños de cinco y un años respectivamente, quienes les harían compañía a los suyos.
Iniciamos animada charla mientras los pequeños también jugaban con entusiasmo. Así se sucedieron risas y correteos. El accidente produjo tal ruido que nos hizo volver las cabezas asustadas. Jaime estaba inmóvil junto a los destrozos, y sus ojos se encontraron con los ojos airados de su madre. Esta lo reprendió duramente y le ordenó recoger hasta el último vidrio. Traté de aliviar la tensión mencionando que ésas eran cosas comunes donde había niños, y, al poco rato, ya se había olvidado el incidente.Los chicos, para evitar mayores disgustos, salieron a jugar al patio. Apenas oíamos sus risas. Mientras amabas mirábamos unas labores recién terminadas, otro ruido desagradable hirió nuestros oídos. ¡Era un nuevo accidente! Corrimos presurosas, pero esta vez era mi hijo el que, apenado, miraba las astillas de vidrio que cayeron de la ventana que acababa de romper al lanzar una pelota. Una sola mirada, y ambas comprendimos que no era Jaime el culpable. Yo me adelanté para hablarle a mi hijo, pero mi amiga me detuvo diciendo: "Oh, eso no importa, son travesuras de niños", mientras me agachaba y comenzaba a recoger las astillas. Y mirándolo tiernamente, le dijo: "No tengas pena. No es nada".Me preguntaba yo entretanto: ¿Que pensará Jaime en estos momentos? ¿Acaso no fue el suyo también un accidente? ¿No era aquella misma bondadosa mujer, su madre, quien un rato antes lo miró tan enojada por algo menos grave? Si hubiese llegado en aquel instante una tercera persona mayor, sin duda se hubiese preguntado: ¿Quién de estas dos es la madre?Pena da decirlo; pero a veces somos tan amables, tan dispensadores de perdón para los hijos ajenos y tan duros con los nuestros en momentos de accidentes o deslices, que muchas veces me pregunto: ¿Cuáles hijos preferimos?Casos como éstos se repiten diariamente en nuestras casas. Mi niña deja volcar su taza de chocolate y al momento mi rostro se vuelve hosco; pero, mañana cuando nos acompañan visitas en nuestra mesa la nena de nuestra amiga sufre el mismo accidente, y yo corro sonriendo a la cocina, busco el paño, y seco aquel chocolate comentando: "¡Así son todos los niños!"¡Cuántas veces, envuelta en las continuas tareas del hogar, cuando mis niños me piden que los lleve al columpio que está en nuestro patio, arguyo con ellos que estoy muy ocupada y, mientras miro la tristeza de sus caritas, veo también acercarse alguna amiga que con sus pequeños viene a visitarnos, salgo animada a recibirla, y sin reparar siquiera en mis muchos quehaceres, me doy a la tarea de atenderla y de entretener a esos pequeños visitantes! También he observado muchas veces a padres serios, huraños, secos en casa, sin que una sonrisa ilumine su rostro mientras están cercados de sus hijos. Pero a éstos mismos los veo sonreír ampliamente al acercarse algún vecinito. Los he visto hacerles regalos a los niños ajenos, mientras no se han acordado de traer algún pequeño juguete para los hijos propios.Durante los meses de clase, estoy siempre atenta para ayudar a mí hijo en la realización de sus deberes escolares. Pero a veces no han pasado quince minutos cuando ya estoy algo impaciente por la fata de atención del niño y su poca presteza para realizar sus deberes. Esto no es todo, por la tarde de ese mismo día me voy al aula a enseñar, y tengo que permanecer con un grupo de escolares de doble edad que la de mi hijo durante dos horas, y aseguro que soy capaz de tolerar pacientemente la desaplicación e inquietud de éstos, reprimiendo con serenidad y perfecta cortesía la molestia que ello me causa.Míremos otro aspecto de este cuadro. llega a su casa José, cuadernos en mano, acalorado a la hora del mediodía, pero llega contento. Saluda a su padre, quien lo recibe impasible. Sin embargo José está feliz porque ha recibido ese día sus notas del primer periodo de clases en ese año escolar. Se halla lleno de satisfaccíón y muestra las notas al padre. Todas son brillantes. El rostro del padre sigue imperturbable mientras los ojos anhelantes del hijo buscan en éste un gesto de aprobación. Tal vez se le oye decir: "Menos mal que no gasto el dinero en vano".
¡Qué balde de hielo cae sobre el corazón del muchacho! !Cuánto mejor hubiese sido un buen apretón de manos, un abrazo y unas pocas palabras! Eso hubiera dado vida al corazón del hijo, así como una palabra de perdón habría alegrado el alma de Jaimíto cuando sin querer rompió el florero de su madre.Julita, que tiene apenas seis años, se acercó corriendo a su mama y le dijo: "Mira, mamíta, te he traído esta linda flor que corté para ti. ¿Verdad que es linda? '¡Ay, hija, repuso la madre, no cortes esas flores que las arruinas!" Aquella carita preciosa quedó apagada al instante. Vi rodar por sus mejillas gruesas lágrimas, y muy pronto quedó envuelta en llanto mientras se cubría con sus faldítas la carita, antes tan feliz. Yo corté unas hermosas flores más tarde y las mandé con mi hijo a esá misma señora, y recibí muchas palabras de gra titud y elogio. Pero éstas no me permitieron olvidar aquella carita desilusionada de Julita. ¡Si hubiesen sido para ella!Cuántas vidas se nos escapan, que son vidas nuestras tan sólo porque damos a otros lo que también debemos a nuestros hijos. El sagrado Libro de Dios nos dice de los niños: "De ellos es el reino de los cielos"Nuestra época nos aterra. La juventud está siempre precedida por la niñez, y ¡qué ruina de mundo el que se abre a la vista pasmada de nuestros menores y jóvenes, indefensos aún! Tremendas influencias peligrosas son las que se ejercen sobre ellos. ¿Por qué?, nos preguntamos. Es que quieren libertad arguyen muchos. En realidad, sin embargo, lo que anhelan es otro techo donde se los haga sentir necesarios, queridos, comprendidos. Tienen sin duda nuestros hijos suficiente alimento, vestidos, juguetes, paseos. Pero ¿cuántas veces habrán tenido la satisfacción de conversar con sus padres sobre sus problemas e inquietudes, y de saberse comprendidos? ¿Cuántas veces se habrá visto a la madre jugar con su niña o al padre con su hijo? Esto es lo que les falta a nuestros amados híjos: compañerismo, amor e interés de sus padres. ¿Por qué es que se alejan del hogar y renuncian a la comidad y a la buena mesa? Sin duda alguna porque necestian una cuerda más fuerte que los haga sentirse amados, comprendidos; una cuerda que los envuelva y los una con sus padres.Este mundo amenazante se desvanecería pronto si ligásemos más íntimamente nuestros hijos a nuestros corazones, no con palabras ligeras, u ofertas de oro, sino más bien dándoles una mano amiga cuando los asedia una duda, una mirada comprensiva cuando han sufrido un chasco, un disimulo ante un accidente, un rato de camaradería y de diversión feliz cuando sus fuerzas y su alegría lo requieran. Invito a mis amigos lectores, compañeros en la empresa de criar hijos tríunfantes, a probar conmigo una modificación básica de nuestros métodos y para proporcionales, en el marco de una disciplina cristiana, y amén de las lecciones de obediencia, el amor, la comprensión, la paciencia y el compañerismo que los ligue a nuestro corazón y fortalezca sus ideales. Entonces afrontarán con éxito el mundo que los rodea, y llegarán a ser hombres y mujeres de bien, que proporcionen alegría a sus progenitores y honra a Dios.

Dulce Consuelo G de Rodrigues