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Elena G. de White y la Adoración
El autor, el Dr. Daniel Oscar Plenc es el Director
del Centro de Investigación White - Argentina, Coordinador del
Servicio de Espíritu de Profecía de la Unión Austral
y Profesor de teología de la Universidad Adventista del Plata.
Un examen del tema de la adoración en los escritos de Elena G.
de White puede mostrar orientaciones prácticas acerca del culto,
la reverencia, el canto, etc. Pero una lectura más detenida ofrece
también elementos esenciales del fundamento teológico tras
las manifestaciones cúlticas eclesiales.
El presente trabajo propone elementos teológicos de la adoración
a partir de los escritos de Elena G. de White relacionados con cinco áreas
de la teología: la doctrina de Dios, la antropología, la
soteriología, la eclesiología y la escatología.
Dios: el objeto digno de adoración
Para Elena G. de White, Dios merece la adoración de sus criaturas
en virtud de sus atributos y acciones. Afirma que un mejor conocimiento
de Dios suscita la adoración de los hombres. “Cuando podamos
comprender el carácter de Dios como lo comprendió Moisés
[Ex 33:19; 34:6-8], también nos apresuraremos a postrarnos en adoración
y alabanza”.1 Por esa misma razón Satanás se esfuerza
en distorsionar su carácter. 2
Al igual que las Escrituras, los escritos de Elena G. de White fundamentan
la adoración en virtud de los atributos absolutos de Dios, como
la infinitud, la eternidad, la grandeza, y la perfección. Señala
que Satanás ha intentado reemplazar “la justicia y perfección
del Dios infinito que es el verdadero objeto de la adoración...”. 3
Estas cualidades divinas justifican la adoración. “Jehová,
el eterno, el que posee existencia propia, el no creado, el que es la
fuente de todo y el que lo sustenta todo, es el único que tiene
derecho a la veneración y adoración supremas”. 4 En
razón de sus perfecciones existe un objeto único de adoración.
“No es al hombre a quien debemos exaltar y adorar; es a Dios, al
único Dios verdadero y viviente, a quien se le debe adoración
y reverencia”. 5
La alabanza y la gratitud aparecen en estrecha relación con los
atributos relativos de Dios, como su presencia, bondad, misericordia,
poder, y soberanía. Se indica que “la verdadera reverencia
hacia Dios nos es inspirada por un sentido de su infinita grandeza y un
reconocimiento de su presencia” y que “la presencia de Dios
hace que tanto el lugar como la hora de la oración sean sagrados”. 6
La convicción de la presencia divina hace del culto una ocasión
de pleno gozo. 7 La bondad y el poder del Señor se presentan como
estímulos para la alabanza y la gratitud. 8 Dios mostró su
poder en los eventos del éxodo “para que su pueblo se apartara
de la idolatría y le tributara verdadera adoración”. 9
Al “considerar a Dios como un padre tierno y misericordioso”
el servicio y la adoración se transforman en un placer. 10
Elena G. de White era muy conciente de que la adoración verdadera
responde además a los atributos morales de Dios, como la santidad
y el amor. La indumentaria del sacerdocio hebreo inspiraba “el sentimiento
de la santidad de Dios, de lo sagrado de su culto y de la pureza que se
exigía a los que se allegaban a su presencia”. 11 La visión
del Señor volvió a Isaías más consciente de
su indignidad “a medida que miraba la santidad y majestad del santuario”. 12
Deben inculcarse en los miembros de iglesia “ideas correctas de
la adoración y reverencia verdaderas” a fin de prepararlos
“para alternar con los adoradores de los atrios celestiales, donde
todo es pureza y perfección, donde todos los seres manifiestan
perfecta reverencia hacia Dios y su santidad”. 13 Cuando el creyente
se congrega, ha de recordar que “Dios es superior y santo...”. 14
Al igual que Noé después del diluvio, debiera expresarse
gratitud y culto ante las manifestaciones de la misericordia y el amor
de Dios. 15 La contemplación del amor de Dios despertó la ferviente
adoración y la gratitud de David e inspiró su alabanza. 16
Ese amor divino manifestado en la cruz de Cristo estimula la alabanza,
la gratitud, la adoración alegres y el gozo reverente. 17
A veces se propone una combinación de atributos morales y relativos
como motivo de adoración humana y celestial, particularmente la
justicia y la misericordia. La unión de estas características
divinas “llena todo el cielo de admiración y adoración”. 18
Se dice que el sábado “es un testimonio perpetuo de su existencia,
y un recuerdo de su grandeza, su sabiduría y su amor”. 19
Varias acciones divinas aparecen como razones que demandan la adoración
a Dios. El Dios creador y sustentador se hace merecedor de la adoración
de los hombres. 20 “El deber de adorar a Dios estriba en la circunstancia
de que él es el Creador, y que a él es a quien todos los
demás seres deben su existencia”. 21 No es la naturaleza sino
su Creador el objeto de la honra y la adoración. 22 “El Dios
vivo merece nuestro pensamiento, nuestra alabanza, nuestra adoración
como Creador del mundo, como Creador del hombre. Debemos alabar a Dios
porque fuimos maravillosamente hechos”. 23 El capítulo 14 de
Apocalipsis exhorta a los hombres a que adoren al Creador en fidelidad
y obediencia. 24 El sábado conmemora la creación y recuerda
la verdadera razón para la adoración a Dios. 25
Elena G. de White también deja ver que la revelación divina
hace posible la adoración humana. “La religión que
proviene de Dios es la única que conducirá a Dios”. 26
Jesús fue también sobre este tema la fuente suprema de revelación.
“Jesús había venido para enseñar el significado
del culto a Dios, y no podía sancionar la mezcla de los requerimientos
humanos con los preceptos divinos”. 27 “Cristo vio que algo debía
hacerse... La obra de Cristo consistía en establecer un culto completamente
diferente”. 28 Se advierte contra la excitación de sentimientos
y se favorece la predicación serena de la Palabra. Los sentimientos
quedan subordinados al juicio. Se rechazan tanto el fanatismo como el
frío formalismo como engaños satánicos, así
como la confusión, y las grandes manifestaciones corporales. 29
El concepto de Elena G. de White cobre adoración muestra un equilibrio
entre la trascendencia y la inmanencia de Dios 30, y en consecuencia un balance
entre los aspectos formales e informales de la adoración. 31 La adoración
se mueve entonces entre el temor reverencial y la gozosa comunión.
Tanto la grandeza como la presencia de Dios inspiran la verdadera reverencia. 32
La presencia y el amor de Cristo en el corazón de lo adoradores
se reflejarán en reuniones intensamente interesantes e impregnadas
por la atmósfera del cielo. 33 Dios “honra con su presencia
las asambleas de sus hijos” y los acompaña por medio de su
Espíritu. 34
La adoración se concibe en términos trinitarios, porque
reconoce la dignidad divina de Cristo 35, y el protagonismo del Espíritu
Santo. El verdadero culto es “el fruto de la obra del Espíritu
Santo”. 36 Sólo el Espíritu crea un entusiasmo sano. 37
En consecuencia, la adoración es una experiencia teocéntrica,
motivada por un Dios a la vez soberano y presente en la asamblea eclesial.
El hombre: el sujeto que adora
Para Elena G. de White la adoración es la respuesta integral de
la criatura humana ante el ser y el quehacer divino. Esa respuesta debe
caracterizarse tanto por la reverencia y la humildad, como por la gratitud,
la alabanza, el gozo, y el amor.
En la vivencia cúltica los humildes y creyentes adoradores reconocen
la superioridad y santidad de Dios y la dignidad de su casa. 38 “Los
discípulos de Cristo deben precaverse hoy contra la tendencia a
perder el espíritu de reverencia y temor piadoso. Las Escrituras
enseñan a los hombres cómo deben acercarse a su Hacedor,
a saber con humildad y reverencia, por la fe en un Mediador divino...”. 39
Las dádivas que sustentan el culto público atestiguan “la
existencia y la soberanía del Dios viviente”, y expresan
lealtad y amor hacia él. 40 Las santas convocaciones en Israel debían
mantener vivos la fe, el amor y la gratitud. 41
Al mismo tiempo los hijos de Dios deben hablar palabras de alabanza y
agradecimiento 42, y asistir a la casa de adoración “llenos
de gozo”. 43 Elena G. de White dice que el servicio y la adoración
debieran realizarse con alegría y placer. “Aquello que se
hace para la gloria de Dios debe hacerse con alegría, con cánticos
de alabanza y acción de gracias, no con tristeza y semblante adusto...
Debiera ser un placer adorar al Señor y participar en su obra...
El quiere que quienes van a adorarlo puedan llevarse preciosos pensamientos
de su cuidado y amor, para que estén siempre contentos en sus ocupaciones
diarias y tengan gracia para conducirse honesta y fielmente en todas las
cosas”. 44
Ante la manifestación divina el hombre se hace conciente de su
indignidad. Al contemplar la majestad y santidad de Dios, Isaías
se vio a sí mismo en su pequeñez, indignidad e incompetencia. 45
Todo el ser del hombre adora a Dios, cuidando su cuerpo, sus pensamientos,
y sus emociones bajo el dominio de la razón santificada. En el
concepto de Elena G. de White “La salud... está más
íntimamente relacionada con la conciencia y la religión
de lo que muchos piensan”. 46 Existe por tanto la idea de adoración
como estilo de vida. “Dios deseaba que toda la vida de su pueblo
fuera una vida de alabanza”. 47
La adoración es, entonces, una respuesta positiva e integral
del hombre a Dios.
La salvación: motivación y habilitación
En Elena G. de White existe una relación cercana entre adoración
y soteriología, porque la adoración se concentra en la obra
redentora de Cristo, y en el plan de salvación. Tal como lo atestiguan
los textos veterotestamentarios, ya el culto de Israel anticipaba la salvación
provista por Cristo. 48
La adoración surge como respuesta a la salvación, motivando
y capacitando al creyente en esa experiencia. “Al meditar el pueblo
de Dios en el plan de salvación, sus corazones se enternecerán
con amor y gratitud...”. 49 La cruz
de Cristo se convierte en la gran fuerza de la vivencia cúltica.
“Contemplando al Redentor crucificado, comprendemos más plenamente
la magnitud y el significado del sacrificio hecho por la Majestad del
cielo. El plan de salvación queda glorificado delante de nosotros,
y el pensamiento del Calvario despierta emociones vivas y sagradas en
nuestro corazón. Habrá alabanza a Dios y al Cordero en nuestro
corazón y en nuestros labios; porque el orgullo y la adoración
del yo no pueden florecer en el alma que mantiene frescas en su memoria
las escenas del Calvario”. 50 El hombre
responde en amor y adoración agradecida por la obra salvadora de
Dios. 51 “No tiene paralelo el sacrificio
de Cristo por el hombre caído. Es el tema más excelso y
sagrado en que podamos meditar. Cada corazón que es iluminado por
la gracia de Dios es constreñido a inclinarse con inexpresable
gratitud y adoración delante del Redentor por su sacrificio infinito”.
52 La revelación del amor de Dios en
Cristo genera en el hombre gratitud, obediencia, adoración, amor,
alegría y alabanza. 53 El poder de
la cruz pone en acción “los misteriosos manantiales de la
esperanza y el temor, la adoración y el amor”. 54
En la eternidad seguirá adorándose en respuesta al sacrificio
de Cristo. “La cruz de Cristo será la ciencia y el canto
de los redimidos durante toda la eternidad... El hecho de que el Hacedor
de todos los mundos, el Árbitro de todos los destinos, dejase su
gloria y se humillase por amor al hombre, despertará eternamente
la admiración y adoración del universo”. 55
Hasta los mundos no caídos “tributan alabanza y honor y
gloria a Jesucristo por el plan de la redención para salvar a los
hijos caídos de Adán así como para confirmarlos a
ellos mismos en su posición y en su carácter de pureza”. 56
El cielo expresó alabanza y adoración “por la gran
misericordia y condescendencia de Dios al dar a su amado Hijo para que
muriese por una raza rebelde. Expresaron alabanza y adoración por
el abnegado sacrificio de Jesús, que consentía en dejar
el seno del Padre y escoger una vida de sufrimientos y angustias y morir
ignominiosamente para poder dar vida a otros”. 57
La intercesión de Cristo en favor del hombre en el santuario
celestial también provoca la gratitud y la adoración a Dios. 58
La adoración humana sólo es posible por la gracia divina
y la justicia de Cristo, y constituye una respuesta de fe viviente y salvífica,
que se manifiesta en buenas obras, obediencia y servicio. “El incienso,
que ascendía con las oraciones de Israel, representaba los méritos
y la intercesión de Cristo, su perfecta justicia, la cual por medio
de la fe es acreditada a su pueblo, y es lo único que puede hacer
el culto de los seres humanos aceptable a Dios”. 59 Del mismo modo
la sal añadida a todo sacrificio en las ceremonias del templo “significaba
que únicamente la justicia de Cristo podía hacer el culto
aceptable para Dios”. 60
El amor perdonador de Dios trae paz e inspira la alabanza y la adoración
agradecida al Salvador. 61 “Cuando los rayos de la justicia de Cristo
brillen en el creyente, el gozo, la adoración y la gloria se entretejerán
con su experiencia”. 62
La adoración verdadera fructifica en buenas obras, porque “el
verdadero culto consiste en trabajar junto con Cristo”. 63 La alabanza
sincera es un deber como lo es la oración 64, y el creyente ha de
“alabar a Dios mediante un servicio tangible... 65 ”. En consideración
de la salvación recibida por Cristo surge el anhelo de servicio,
la respuesta de amor y de adoración agradecida. 66
Elena G. de White habla de adoración en términos de obediencia
a Dios y a su ley. Esa es la exhortación del mensaje del primer
ángel de Apocalipsis 14. “Sin obediencia a sus mandamientos,
ninguna adoración puede agradar a Dios”. 67
Quienes responden al triple mensaje divino guardan los mandamientos de
Dios, incluyendo el cuarto que señala a Dios como Creador. 68
Dios apartó y santificó un día y se lo otorgó
al hombre para su descanso y culto. 69 Apocalipsis 14 contrapone a quienes
rinden una adoración obediente con quienes siguen pautas humanas. 70
“En vista de que los que guardan los mandamientos de Dios están
puestos así en contraste con los que adoran la bestia y su imagen
y reciben su marca, se deduce que la observancia de la ley de Dios, por
una parte, y su violación, por la otra, establecen la distinción
entre los que adoran a Dios y los que adoran a la bestia”. 71 En ese
tiempo final “los que adoran a Dios se distinguirán especialmente
por su respeto al cuarto mandamiento...”. 72
De la narrativa bíblica se extraen lecciones de obediencia y fidelidad.
“Dios quiso enseñar al pueblo que debía acercarse
a él con toda reverencia y veneración y exactamente como
él indicaba. El Señor no puede aceptar una obediencia parcial.
No bastaba que en el solemne tiempo del culto casi todo se hiciera como
él había ordenado”. 73
La religiosidad no puede ser formal o ritual, sino un fruto de la obra
del Espíritu. “Nos inspirará una obediencia voluntaria
a todos sus requerimientos. Tal es el verdadero culto”. 74
En consecuencia la adoración es cristocéntrica, y se expresa
en una respuesta creyente y comprometida. “Es preciso juntarnos
en torno de la cruz. Cristo, y Cristo crucificado, debe ser el tema de
nuestra meditación, conversación y más gozosa emoción”. 75
La iglesia: el ámbito comunitario
Para Elena G. de White la adoración de la comunidad eclesial
es de vital importancia. Considera los momentos de culto verdadero como
una profunda bendición, y como “ocasiones sagradas y preciosas”. 76
Por una parte, parece claro que deben existir regulaciones específicas
respecto del culto. “Algunos piensan que es malo procurar observar
orden en el culto de Dios. Pero he visto que tal cosa no es peligrosa.
He visto que la confusión desagrada al Señor, y que debe
haber orden en la oración y también en el canto”. 77
No hay aquí lugar para la negligencia o la apatía. “Debiera
haber reglas respecto al tiempo, el lugar, y la manera de adorar. Nada
de lo que es sagrado, nada de lo que pertenece al culto de Dios, debe
ser tratado con descuido e indiferencia”. 78
Es evidente que se defienden las bondades de un culto digno y sereno
evitando los extremos del formalismo y el fanatismo. En los comienzos
de la iglesia se dieron advertencias sobre la necesidad de un solemne
decoro en el culto, contra las exclamaciones ruidosas, las oraciones a
gritos y toda excitación. 79 Elena G. de White lamentó ciertas
reuniones celebradas en Indiana con ruido, confusión y alboroto. 80
“El Señor quiere que sus servicios se caractericen por el
orden y la disciplina, y no por la agitación y la confusión”. 81
Las orientaciones en este sentido son específicas. “Cuando
los creyentes proclaman la verdad como está ejemplificada en Jesús,
manifiestan una calma santa y serena, y no una tormenta de confusión”. 82
Se anticipa también que antes de la terminación del tiempo
de gracia se repetirá la experiencia de Indiana. “Se manifestará
toda clase de cosas extrañas. Habrá vocerío acompañado
de tambores, música y danza”. 83 Debe existir mucho cuidado
en la evaluación de una experiencia tal. “El Espíritu
Santo nunca se manifiesta en esa forma, mediante ese ruido desconcertante”. 84
El Espíritu Santo no se identifica con el desorden perturbador,
pero Satanás trabaja en medio del estruendo y la confusión. 85
La indicación se orienta hacia la prudencia. “En esta etapa
de nuestra historia debemos tener mucho cuidado de precavernos contra
todo lo que sepa a fanatismo y desorden”. 86 Ciertas cualidades del
culto parecen ineludibles. “La obra de Dios se ha caracterizado
siempre por la serenidad y la dignidad”. 87
Se reconoce que “Dios condena la mera ejecución de ceremonias
que carezcan del espíritu de culto...”. 88
Pero el culto puede ser auténtico y significativo. “Ningún
término es demasiado enérgico para describir lo malo del
culto formal, pero no hay palabras que puedan presentar debidamente la
profunda bendición del culto verdadero”. 89
Al mismo tiempo que se elogia el orden y la disciplina, se insiste en
manifestaciones cúlticas que sean espirituales y atractivas, donde
los adoradores participen y expresen gratitud y compañerismo. “Nuestras
reuniones deben hacerse intensamente interesantes. Deben estar impregnadas
por la misma atmósfera del cielo. No haya discursos largos y áridos
ni oraciones formales simplemente para ocupar el tiempo. Todos deben estar
listos para hacer su parte con prontitud, y cuando han cumplido su deber
la reunión debe clausurarse. Así el interés será
mantenido hasta el final. Esto es ofrecer a Dios un culto aceptable. Su
servicio debe ser hecho interesante y atrayente, y no dejarse que degenere
en una forma árida. Debemos vivir por Cristo minuto tras minuto,
hora tras hora y día tras día. Entonces Cristo morará
en nosotros, y cuando nos reunamos, su amor estará en nuestro corazón,
y al brotar como un manantial en el desierto, refrescará a todos
y dará a los que están por perecer avidez por beber las
aguas de vida”. 90 En un culto tal el sermón no es lo único
importante. “Generalmente la predicación de nuestras reuniones
del sábado debe ser corta. Debe darse a los que aman a Dios oportunidad
de expresar su gratitud y adoración”. 91 El Señor Jesús
ya había luchado contra la formalidad y en favor de un culto espiritual.
“Cristo vio que algo debía hacerse... El culto espiritual
estaba desapareciendo rápidamente. Ningún vínculo
unía a los sacerdotes y gobernantes con su Dios. La obra de Cristo
consistía en establecer un culto completamente diferente”. 92
Además de la lectura y la predicación de la Palabra, se
destaca el valor de otros elementos litúrgicos como la oración,
el canto y la alabanza. “Para el alma humilde y creyente, la casa
de Dios en la tierra es la puerta del cielo. El canto de alabanza, la
oración, las palabras pronunciadas por los representantes de Cristo,
son los agentes designados por Dios para preparar un pueblo para la iglesia
celestial, para aquel culto más sublime, en el que no podrá
entrar nada que corrompa”. 93 Tanto
el predicador como los adoradores participan activamente. “Gran
parte de la adoración pública de Dios consiste en alabanza
y oración, y cada seguidor de Cristo debiera participar en ella.
También está el servicio de predicación, dirigido
por aquellos que están encargados de instruir a la congregación
en la Palabra de Dios”. 94 Como instrumentos
de adoración participativa se equiparan el canto y la oración.
“El canto, como parte del servicio religioso, es tanto un acto de
culto como lo es la oración”. 95
Es importante que la congregación escuche con atención a
las palabras predicadas, pero también que ofrezca una respuesta
al mensaje recibido. 96
En este sentido el culto comunitario está orientado hacia Dios
en adoración y hacia la iglesia en edificación, y debe moverse
entre el orden y la vitalidad.
El futuro: la dimensión de la esperanza
Los escritos de Elena G. de White ofrecen también una dimensión
escatológica a la adoración. Se anticipan para la iglesia
tiempos caracterizados por la alabanza y la adoración. “En
visiones de la noche pasó delante de mí un gran movimiento
de reforma en el seno del pueblo de Dios. Muchos alababan a Dios. Los
enfermos eran sanados y se efectuaban otros milagros. Se advertía
un espíritu de adoración como lo hubo antes del gran día
del Pentecostés”. 97 La experiencia de adoración tendrá
además una proyección eterna. Entonces la humanidad, como
la naturaleza “ofrecerá a Dios tributo de alabanza y adoración”. 98
La adoración constituye el verdadero eje del conflicto cósmico
entre el bien y el mal originado en los cielos. 99
Ese conflicto escatológico probará la lealtad del pueblo
de Dios hacia el único objeto de adoración. “El tiempo
de angustia que espera al pueblo de Dios requerirá una fe inquebrantable.
Sus hijos deberán dejar manifiesto que él es el único
objeto de su adoración, y que por ninguna consideración,
ni siquiera de la vida misma, pueden ser inducidos a hacer la menor concesión
a un culto falso”. 100
Elena G. de White relaciona la controversia final entre la verdadera
y la falsa adoración con la actitud de los hombres hacia la ley
de Dios. Asegura que este tema dividirá a la humanidad en dos grupos
diferentes. El triple mensaje del Apocalipsis 14 es una exhortación
a la adoración al Creador mediante la obediencia a sus mandamientos. 101
“En vista de que los que guardan los mandamientos de Dios están
puestos así en contraste con los que adoran la bestia y su imagen
y reciben su marca, se deduce que la observancia de la ley de Dios, por
una parte, y su violación, por la otra, establecen la distinción
entre los que adoran a Dios y los que adoran a la bestia”. 102 La adoración
hará la diferencia. “Al final de la lucha, toda la cristiandad
quedará dividida en dos grandes categorías: la de los que
guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, y la de los
que adoran la bestia y su imagen y reciben su marca”. 103
En particular la observancia del cuarto mandamiento será el asunto
en cuestión que separará a los auténticos de los
falsos adoradores. 104
La adoración es ciertamente central en el conflicto escatológico
y se relaciona estrechamente con el destino eterno de los hombres.
Elena G de White dedica al tema de la adoración un espacio significativo.
En su concepto la adoración se dirige a Dios como objeto divino.
El Dios trascendente e inmanente es quien origina y orienta la adoración.
La criatura humana es el sujeto que responde en forma activa e integral
a la vocación divina. La redención obrada por Jesucristo
genera y habilita la adoración de los creyentes, quienes responden
al Salvador en fidelidad y compromiso. La adoración se manifiesta
en la vivencia personal y corporativa en armonía con la dinámica
y el orden de la iglesia. La adoración se proyecta finalmente hacia
tiempos escatológicos en los cuales aparece como el centro que
distinguirá a los auténticos de los falsos hijos de Dios.
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Casa Editora Sudamericana, 1975), 1: 499.
- El conflicto de los siglos, 491, 495.
- Ibíd., 499.
- Ibíd., 499-500.
- Patriarcas y profetas, 374-375.
- El deseado de todas las gentes, 159-160. Véase
además En los lugares celestiales, 374.
- El camino a Cristo, 104.
- Joyas de los testimonios, 2:250.
- Joyas de los testimonios, 1:45.
- Joyas de los testimonios, 2:193-194.
- Primeros escritos, 304.
- Mensajes selectos, 2:39.
- Ibíd., 40.
- Ibíd., 41.
- Ibíd.
- Ibíd.
- Ibíd., 43.
- Ibíd., 47.
- Ibíd., 48.
- Patriarcas y profetas, 367.
- Obreros evangélicos (Buenos Aires: Asociación
Casa Editora Sudamericana, 1971), 370.
- Joyas de los testimonios, 2:252.
- Joyas de los testimonios, 3:27.
- El deseado de todas las gentes, 130.
- Joyas de los testimonios, 2:193.
- Signs of the Times, June 24, 1886.
- Patriarcas y profetas, 645. Véase además
La educación, 164.
- Signs of the Times, June 24, 1886.
- Consejos sobre la salud, 582.
- Conducción del niño (Buenos Aires:
Asociación Casa Editora Sudamericana, 1974), 538.
- Patriarcas y profetas, 15; El conflicto de los siglos,
13; La maravillosa gracia de Dios, 161.
- Profetas y reyes, 376.
- El conflicto de los siglos, 489-491, 495.
- Ibíd., 499.
- Ibíd., 503.
- Ibíd., 499-500, 502, 503, 611; Mensajes
selectos (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association,
1986), 3:485-486; El evangelismo (Buenos Aires: Asociación Casa
Editora Sudamericana, 1975), 174.
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