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Lección 10: El significado de su muertePara el 7 de junio de 2008 Sábado | Domingo | Lunes | Martes | Miércoles | Jueves | Viernes
Lee Para el Estudio de esta Semana: Mateo 27:45, 46; Lucas 2:25-35; 1 Corintios 15:3; 2 Corintios 5:18-21; Gálatas 6:14; Hebreos 2:17. Para Memorizar: “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mar. 10:45).
EL ARTÍCULO DE TAPA DE UNA REVISTA importante informaba sobre una discusión que realizaban unos hombres en un grupo de estudio de la Biblia. ¿El tema? La razón de la muerte de Jesús. Entre las preguntas que se hacían en el estudio había algunas como: ¿Qué pasaría si el plan de Dios hubiera sido meramente que Jesús viniera y nos diera buenas enseñanzas, tales como amar a nuestros enemigos? ¿O tenía también que sufrir y morir? Si fuera así, ¿por qué? ¿Por qué sus enseñanzas no serían suficientes? Y, aun si moría, ¿qué tiene eso que ver con nosotros, hoy, muchos siglos más tarde? Casi dos mil años después de su muerte, el significado de la Cruz todavía es un tema que desafía a los cristianos. De hecho, aun antes de su muerte, los profetas constantemente trataron de descubrir “qué persona y qué tiempo” eran a los que el Espíritu Santo les estaba llamando la atención, “el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos” (1 Ped. 1:10, 11). Así, esta semana procuraremos responder a la importante pregunta de por qué murió Jesús, qué propósito se logró por su muerte y qué significa para nosotros este hecho, muchos siglos después de ocurrido. ¿Murió Jesús solamente para mostrar el amor de Dios, como algunos afirman, y con ello cambiar nuestros sentimientos hacia Dios; o la muerte de Cristo, de hecho, hizo algo que cambió la forma en que Dios se relaciona con nosotros? Todos estos son temas dignos de nuestro más profundo interés.
Este incidente, solo registrado por Lucas, es poderoso en su sencillez y profundo en sus implicaciones. El devoto Simeón, al encontrarse por fin con el Mesías, a quien había estado esperando, revela el futuro del infante a sus padres, con brevedad críptica: “Éste [niño] está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel [...]. Y una espada traspasará tu misma alma” (Luc. 2:34, 35). La palabra para espada, en el griego, significa un instrumento enorme, del tipo que llevaba Goliat, destinada a atravesar el corazón de María; una predicción de la agonía que ella experimentaría en la Cruz. “Estas misteriosas palabras de Simeón tuvieron que haber penetrado en la mente de María como un sombrío y estremecedor presagio de lo que sucedería” (5 CBA 688).
La nota consistente aquí es que Jesús nació para morir; su muerte no fue un accidente. Tenía que suceder. ¿Por qué tenía que suceder? Bien, eso no es algo que pueda explicarse plenamente por procesos racionales, no porque sea irracional, sino porque es suprarracional, por encima de la razón humana. Cae dentro de la esfera de la revelación divina, parte de la cual es “el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos” (Col. 1:26). La Biblia no ofrece largos intentos de justificarlo o de explicarlo, tal vez porque no es algo que esté sujeto a la lógica humana. No tenemos otros ejemplos, en otra parte, por los cuales juzgarlo o compararlo. La expiación bíblica representa un único acontecimiento en la historia del universo. Y, nuestra tarea es procurar entender lo que la Biblia dice acerca de él y aplicar a nuestras propias vidas lo que esto significa.
Los evangelios dedican una enorme cantidad de espacio a la semana final de la vida de Jesús. En Mateo, ocupa un tercio del libro. En Marcos, más de un tercio. Y un cuarto en Lucas y la mitad del Evangelio de Juan están dedicados a ella. Claramente, el foco central está en la pasión, la muerte y la resurrección de Jesús. Los evangelios no son biografías; deberían, más bien, considerarse como resúmenes teológicos del significado de la muerte de Jesús.
Ninguno de nosotros puede afirmar que comprende el significado pleno de la muerte de Jesús, o las circunstancias que la rodearon. Sin embargo, lo que parece claro es que el papel desempeñado por los que estuvieron físicamente presentes y activos (ya sea en su juicio o en la cruz) fue teológicamente incidental, en lo que respecta a la identidad racial o nacional de los participantes. Acusar a los judíos hoy, o a los italianos modernos, porque algunos de sus antepasados estuvieron involucrados en la muerte de Jesús, es una necedad teológica, una actitud contraria a la misma esencia de la religión bíblica. La culpabilidad individual de los que estuvieron involucrados en su muerte será un asunto entre ellos y Dios. En lugar de señalar con el dedo, tal vez deberíamos preguntarnos: ¿Qué habríamos hecho nosotros, si hubiésemos estado allí? En un sentido, (realmente estuvimos allí!
Los escritores del Nuevo Testamento usaron una variedad de metáforas, imágenes y cuadros en sus intentos de expresar la obra salvadora de Dios en Cristo. En esta sección (y en la de mañana), presentamos algunos, como ejemplos:
La familia de palabras de la que procede el término griego lútron pone el dedo sobre la naturaleza sustitutiva del sacrificio de Cristo. Él dio su vida por nosotros; en esta frase, el tiempo del verbo dio, en el original griego, señala a un evento específico en el tiempo, a la muerte de Jesús en la cruz. El concepto básico, aquí, es que éramos esclavos del pecado, condenados a muerte eterna, e incapaces de librarnos; pero vino Jesús como nuestro rescate, nuestro lútron.
Ayer analizamos dos de las muchas metáforas empleadas por los escritores del Nuevo Testamento para expresar los logros de la muerte de Cristo. Aquí hay dos más:
El pecado es apartarse de Dios y de la voluntad de Dios. Nos pone en una condición de enajenamiento de Dios, un estado cuyo resultado final es la muerte. La reconciliación habla de la restauración de la armonía entre nosotros y Dios, la recuperación de la integridad. Y aquí hay un punto crítico para notar: Dios fue el que tomó la iniciativa (Rom. 5:8-11). “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Cor. 5:19). Por causa del pecado, todo el mundo estuvo condenado ante un Dios justo; por causa de la Cruz, nuestra situación ante Dios cambió. Y, por eso, todos los que van a Jesús, por la fe, tienen la certeza de la vida eterna.
La cruz ha llegado a ser el símbolo central del cristianismo. Y, en la teología del Nuevo Testamento, enseña varias cosas acerca de la condición humana, señalando más allá de sí misma a su realización máxima.
Los griegos y otros pueblos del mundo antiguo pensaban que la humanidad se encontraba básicamente en un buen estado de salud moral. Creían que, dadas las oportunidades correctas, nuestra bondad natural e innata florecería. Esta actitud representa un desafío importante para el cristianismo, con su concepto de la depravación humana universal y nuestra necesidad desesperada de una intervención exterior. Por esto, Pablo pudo decir que “la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios” (1 Cor. 1:18). Ese poder sereno, dijo él, oportunamente conquistará todo, hasta que “se doble toda rodilla [en el universo] [...] y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor” (Fil. 2:10, 11). No obstante, por central que la Cruz sea para nuestra salvación, tiene una importancia que va más allá de nosotros. “Los santos y los ángeles verán el significado de la muerte de Cristo. Los hombres caídos no podrían tener un hogar en el paraíso de Dios sin el Cordero que fue muerto desde la fundación del mundo. [...] Los ángeles atribuyen honor y gloria a Cristo, pues aun ellos no están seguros a menos que contemplen los sufrimientos del Hijo de Dios. Los ángeles del cielo están protegidos contra la apostasía por medio de la eficacia de la Cruz. Sin la Cruz, no estarían más seguros contra el mal de lo que estuvieron los ángeles antes de la caída de Satanás. La perfección angelical fracasó en el cielo. La perfección humana fracasó en el Edén, el paraíso de la bienaventuranza. Todos los que deseen seguridad en la tierra o en el cielo deben acudir al Cordero de Dios. El plan de salvación, al poner de manifiesto la justicia y el amor de Dios, proporciona una salvaguardia eterna contra la apostasía en los mundos que no cayeron, así como también para aquellos [personas] que serán redimidos por la sangre del Cordero”.-“Comentarios de Elena G. de White” (5 CBA 1.106, 1.107).
Para Estudiar y Meditar: Lee, en El Deseado de todas las gentes, los capítulos “El Calvario”, pp. 690-705; “Consumado es”, pp. 706-713. “Bien podían, pues, los ángeles regocijarse al mirar la cruz del Salvador; porque, aunque no lo comprendiesen entonces todo, sabían que la destrucción del pecado y de Satanás estaba asegurada para siempre, como también la redención del hombre, y el universo quedaba eternamente seguro. Cristo mismo comprendía plenamente los resultados del sacrificio hecho en el Calvario. Los consideraba todos cuando en la cruz exclamó: 'Consumado es'“ (DTG 713). “La muerte de Cristo en la cruz aseguró la destrucción del que tenía el imperio de la muerte, del que era el originador del pecado. Cuando Satanás sea destruido, no quedará nadie más que tiente para hacer el mal; no se necesitará repetir más la expiación, y no habrá más peligro de que haya otra rebelión en el universo de Dios”.-“Comentarios de Elena G. de White” (5 CBA 1.106).
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