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Lección 5: "Mateo 10: Jesús y sus discípulos"Para el 2 de agosto de 2008 Sábado | Domingo | Lunes | Martes | Miércoles | Jueves | Viernes
Lee Para el Estudio de esta Semana: Levítico 25:8-54; Mateo 10; Juan 10:10. Para Memorizar: “Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos” (Mat. 10:31).
Pensamiento Clave: Jesús, el mejor maestro del mundo, dio instrucciones a sus discípulos antes de enviarlos a testificar. ¿Qué principios podemos tomar de sus palabras para nosotros? Jesús sabía que una parte importante de su tarea era adiestrar a un grupo de sus seguidores para continuar su misión. De modo que ahora, después de una gira por Galilea –predicando, enseñando, sanando–, él sabía que era hora de enviar a sus doce discípulos en su primera misión. Habían de recibir su primera experiencia práctica. Los discípulos habían recibido una educación altamente especializada del mayor Maestro que el mundo ha conocido. Habían visto en Jesús –en plena acción– vivir los principios sobre los que está fundado el universo. Habían visto el modelo máximo de cómo deberían vivir los seres humanos. Los discípulos habían estado con Jesús por poco más de un año. Habían hablado y caminado con aquel que era el Camino, la Verdad y la Vida (Juan 14:6). La hora finalmente había llegado para poner en práctica lo que habían aprendido. Antes de que Jesús enviara a sus discípulos, les dio instrucción especial. Esta semana analizaremos los puntos salientes de las palabras de Jesús a sus discípulos cuando se embarcaban en su misión.
Un reino es el territorio que está bajo la autoridad de un rey. El Reino de Dios, el Reino de los cielos, incluye no solo un territorio geográfico sino también uno espiritual. En cierto momento, Jesús hasta dijo: “El reino de Dios está entre vosotros” (Luc. 17:21).
Antes de que Jesús y sus discípulos comenzaran su ministerio, Juan el Bautista comenzó a predicar que el Reino de los cielos “se ha acercado” (Mat. 3:2). El Nuevo Testamento ve claramente a Jesús como el rey prometido de Israel, que cumplió todas las esperanzas y las predicciones del Antiguo Testamento (ver Luc. 1:32, 33). Pero la gente estaba esperando a un rey político que establecería el dominio sobre un territorio geográfico específico y los liberaría de los romanos. El Reino que Jesús anunciaba era muy diferente. No se establecería cuando los romanos fueran vencidos. El Reino de los cielos era ahora. Ahora la gente podía ver a Jesús, escuchar sus palabras, y aprender los principios sobre los cuales se basan la salvación y el cielo. Ahora podía aprender a seguir su ejemplo de cómo vivir. Ahora podían ver cómo operaban los principios del gobierno de Dios en la vida real. Ahora ellos podían elegir llegar a ser parte de ese Reino. Ahora podían recibir las promesas del Espíritu Santo, de la victoria sobre el pecado, de la esperanza de la vida eterna.
Al enviar a los discípulos, Jesús les dijo claramente que fueran solo a los israelitas, no a los gentiles. Desde nuestra perspectiva, mirando hacia atrás, podríamos considerarlo injusto. ¿Por qué las buenas nuevas debían llegar solo a los judíos? ¿Por qué todos los demás debían ser ignorados, por lo menos por ese tiempo? Parece que la respuesta surge de las sensibilidades culturales. Jesús no quería que los discípulos arriesgaran su misión. Como escribe Elena de White: “Si ellos hubieran predicado primero el evangelio a ellos [los gentiles], habrían perdido su influencia entre los judíos, que fueron los primeros en escuchar el mensaje de Dios” (AR&SH, 19 de abril de 1892). Ella también sugirió que los habría involucrado en controversias con los fariseos, y esto habría desanimado a los discípulos en su obra.–E. G. de White, ST, 18 de julio de 1900. En nuestra misión hoy, siempre habrá ciertas prácticas culturales hacia las cuales debemos ser sensibles. Estas prácticas pueden estar mal dirigidas. Pueden estar equivocadas. Podrían ser sumamente ofensivas para nosotros. Pero no podemos ignorarlas y debemos ser testigos efectivos.
Como seguidores de Cristo, necesitamos ser muy sensibles a las culturas en las que estamos trabajando. Lo último que necesitamos es mostrar arrogancia y superioridad. Si tenemos algo mejor, si podemos señalar a otros una vida más abundante, permitamos que nuestro mensaje y nuestro estilo de vida testifiquen de ello.
La comisión que dio Jesús a sus discípulos no se ocupaba solo del aspecto espiritual de la vida. Los discípulos debían enseñar y predicar, pero también atender las necesidades físicas de la gente. Es cierto que, al fin, la meta final de cada uno es la salvación, es la vida eterna, pero eso no significa que necesitamos ignorar el dolor y el sufrimiento que encontramos a todo nuestro alrededor. Cuando Jesús habló en la sinagoga de Nazaret, leyó del libro de Isaías y se apropió de esas palabras (ver Luc. 4:18, 19). No solo él ayudaría a los pobres, los ciegos, los oprimidos y los encarcelados; también proclamaría “el año agradable del Señor” (vers. 19). Jesús, aquí, se refiere al año del Jubileo (Lev. 25:8-54), en el que cada cincuenta años la propiedad de la tierra volvía a los dueños originales.
Elena de White declara que “se proveía una salvaguardia contra la pobreza o la riqueza extremas” (Ed 43). El año del Jubileo, todos los esclavos eran también liberados y todas las deudas quedaban canceladas. Jesús instruyó a sus discípulos para que desarrollaran un ministerio equilibrado. Ciertamente, debían preparar a la gente para el Reino de los cielos. Pero también debían recordar que, en un sentido importante, el Reino ya estaba con ellos. Y eso significaba que debían interesarse por las necesidades totales de las personas, incluyendo los aspectos físico y social. Al ministrar ahora a las necesidades de las personas, podemos despertar en ellas el deseo de conocer las realidades y las promesas de la vida eterna.
Gran parte del discurso de Jesús a sus discípulos se dedica a darles consejos acerca de cómo tratar con los problemas que encontrarían. El mensaje que proclamaban, aunque era acerca del amor y de una vida correcta, provocaría oposición en ciertos lugares. De hecho Jesús les dijo, que deberían estar preparados para la persecución.
La referencia de Jesús a la perseverancia está en el contexto de la persecución. El apóstol Pablo declaró: “Sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza” (Rom. 5:3, 4, NVI). Del mismo modo, Santiago escribió: “La prueba de su fe produce constancia” (Sant. 1:3, NVI).
Jesús les dice a sus discípulos que no deben temer las circunstancias difíciles que encontrarán. Serán llevados ante gobernadores y reyes para ser testigos de Dios. “Mas cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis”, dijo Jesús (Mat. 10:19). Él promete que Dios hablará por medio de ellos y les dará las palabras que deben pronunciar. El libro de los Hechos proporciona muchos ejemplos de lo que Jesús les advertía. Pedro y Pablo, y muchos otros, fueron llevados constantemente ante las autoridades para dar razón de sus actos. Cada vez hablaron valientemente de su fe. Jesús aseguró a los discípulos que Dios cuida aun de los gorriones y que hasta “vuestros cabellos están todos contados [...] así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos” (Mat. 10:30, 31).
Para Estudiar y Meditar: Lee, en El Deseado de todas las gentes, el capítulo “Los primeros evangelistas”, pp. 315-325. “Los corazones de los hombres no son más blandos hoy que cuando Cristo estuvo sobre la tierra. Harán todo lo que puedan para ayudar al gran adversario a hacer el trabajo tan difícil como sea posible para los siervos de Cristo, así como la gente lo hizo con Cristo cuando él estuvo sobre la tierra. Azotarán con lenguaje de calumnia y falsedad. Criticarán y volverán contra el siervo de Dios los mismos esfuerzos que él está procurando conducirlos a hacer. Con sus malas sospechas, verán fraude y falta de honestidad donde todo está bien y donde existe perfecta integridad. Acusarán a los siervos de Dios de motivos egoístas, cuando Dios mismo los está guiando y cuando ellos darían sus vidas si Dios se lo requiriera, si al hacerlo pudieran hacer avanzar su causa” (4 T 234).
Resumen: El mayor Maestro que alguna vez vio el mundo se tomó tiempo para dar instrucciones específicas a sus discípulos antes de enviarlos a su campo misionero. Los principios que él bosquejó ante ellos no tienen limitación de tiempo; y no debemos ignorarlos actualmente.
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