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Lección 5: De las quejas a la apostasíaPara el 31 de octubre de 2009 Sábado | Domingo | Lunes | Martes | Miércoles | Jueves | Viernes
Lee Para el Estudio de esta Semana: Números 11-14. Para Memorizar: “Haced todo sin murmuraciones y contiendas, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo” (Fil. 2:14, 15).
CUANDO LA NUBE SE LEVANTÓ del Tabernáculo en Sinaí y los sacerdotes avanzaron con el arca, Moisés proclamó: “Levántate, oh Jehová, y sean dispersados tus enemigos, y huyan de tu presencia los que te aborrecen” (Núm. 10:35). Era como un grito de victoria, y las numerosas huestes de Israel iniciaron su jornada de buen ánimo. ¡Por fin estaban en camino a la Tierra Prometida! ¡Imagínate lo que debió haber sido tener una presencia tan visible de Dios! Uno pensaría que, con algo tan claro y obvio, habrían fácilmente obedecido cada uno de sus mandatos, con buena disposición, mientras viajaban hacia el cumplimiento de la promesa hecha a sus padres mucho tiempo antes. Por supuesto, esa no es exactamente la forma en que las cosas suceden, aun en el pueblo de Dios. Esta semana consideraremos un enredo tras otro, expresiones de dudas, incredulidad e ingratitud, una tras otra. Al estudiar la lección, pensemos en cualquier semejanza relevante con nuestra situación actual, mientras esperamos el cumplimiento de una promesa aún mayor (Heb. 11:40).
Literalmente, el hebreo describe a estas personas descontentas como “murmuradores de maldad”. Solo podemos imaginarnos de qué “males” se quejaban ellos. Tal vez sentían que Dios había conducido a la Nación a una trampa mortal en el desierto, y no a la Tierra Prometida de “leche y miel”. Después de todos los milagros que habían presenciado en Egipto y en el cruce del Mar Rojo, sus murmuraciones eran rebeldes. Su influencia pudo haber sido contagiosa y destructiva para la joven nación. Y fuego de Dios los destruyó en “uno de los extremos del campamento” (vers. 1). Solo la intercesión de Moisés detuvo el fuego. El pueblo realmente no tenía una base cierta para quejarse acerca de su dieta. El maná podía prepararse de diversas maneras: molido en un mortero, o batido en un recipiente; podía ser horneado o hervido (Éxo. 16:23; Núm. 11:8). Ciertamente el Dios que creó tantas maravillas sabrosas para todos los humanos no haría que su pueblo del Pacto tuviera que comer algo que no fuera sabroso. Además, tenían leche de las cabras, las ovejas y el ganado. De esto podían hacer cuajada (“mantequilla”, Deut. 32:14). En cuanto a comida de carne, los diversos “sacrificios de paz” –votos, ofrendas de gratitud y ofrendas voluntarias– todos terminaban con una comida comunitaria en la que los sacerdotes, el ofrendante, su familia y sus siervos, junto con levitas invitados, comían del sacrificio. No había dudas, no pasarían hambre.
Cuando Israel se volvió tan rápidamente a la idolatría y adoró el becerro de oro, Moisés suplicó a Dios que los perdonara, pero “si no”, oró, “ráeme ahora de tu libro que has escrito” (Éxo. 32:32).
A pesar de los errores de Moisés, y de su falta de confianza, Dios ayudó a aliviar la carga que Moisés sentía sobre sí, y designó a setenta ancianos para ayudar a Moisés en su obra (vers. 16, 17). La experiencia de los setenta fue similar al descenso del Espíritu sobre los discípulos de Cristo en Pentecostés, excepto que ellos “profetizaron”. De este modo, fueron honrados por Dios delante de todo el pueblo. “Nunca habrían sido escogidos si Moisés hubiera manifestado una fe correspondiente a las pruebas que había presenciado del poder y de la bondad de Dios. Pero, había exagerado sus propios servicios y cargas, y casi había perdido de vista el hecho de que no era sino el instrumento por medio del cual Dios había obrado. No tenía excusa por haber participado, aun en mínimo grado, del espíritu de murmuración que era la maldición de Israel” (PP 398, 399).
Séfora, la esposa de Moisés, y sus dos hijos habían quedado con el padre de ella, durante las plagas de Egipto. Después de que Israel llegó a Sinaí, Jetro trajo a Séfora y a sus hijos a Moisés. Séfora notó el cansancio de su esposo, y lo comentó con Jetro. Este miró con más detenimiento la forma en que Moisés administraba la Nación, y sugirió una reorganización: nombrar encargados de mil, de cien, de cincuenta y de diez. Sugirió que ellos podrían juzgar los asuntos menores. Moisés traería ante Dios los casos mayores. Moisés estuvo de acuerdo, y estos hombres escogidos “juzgaban al pueblo en todo tiempo” (Éxo. 18:13-26). Esta modificación provocó el celo y la envidia de María y Aarón.
El verbo “hablaron” (vers. 1, RV 60; “empezaron a murmurar”, NVI), en hebreo, es femenino y singular, lo que indica que fue María la que inició la acusación que sigue al versículo 1. Ella estaba celosa de Séfora y la acusó por influir sobre Moisés para que designara jueces, como lo había sugerido Jetro. La llamó a Séfora “mujer cusita”, porque pudo haber tenido una piel más oscura. En realidad, Séfora era madianita, descendiente de Abraham por su hijo Madián, hijo de Cetura, y adoradora del Dios verdadero. Además, esta ironía pudo haber sido porque algunas de las tribus cusitas vivían entre los madianitas en el territorio al este del Sinaí y al este del golfo de Akaba, en Arabia. Ella podía haber sido llamada por cualquiera de los dos nombres. Pero, lo más probable es que el término haya sido usado de una manera hiriente.
El tiempo era probablemente septiembre (equivalente a marzo en el hemisferio sur); las viñas estaban madurando y la segunda cosecha de higos había madurado. Solo les llevó a los israelitas una marcha de once días alcanzar Cades-barnea, cerca de la frontera sur de Canaán. Solo podemos imaginar las tremendas olas de gozo y felicidad que circularon en medio de la inmensa multitud al acercarse al acariciado objeto de sus sueños.
La gente, sin duda, se alegró de escuchar acerca de la productividad de su futuro nuevo hogar. Se maravillaron al ver los grandes racimos de uvas llevados entre dos hombres. Esta tierra realmente sería tan buena, o aún mejor, de lo que habían imaginado. Como es común, como ocurre con cualquier cosa en este mundo pecaminoso, siempre hay problemas, aun cuando Dios nos dirige. Por supuesto, Dios sabía que esos pueblos paganos estaban allí. ¿No pensaron los hebreos que Dios podría haber atendido esta situación por ellos? Después de todo, ¡miren lo que había hecho con los egipcios! No obstante, olvidándose del poder y las promesas de Dios, ellos vieron los obstáculos delante de sí y, a pesar de las súplicas de Caleb y de Josué, los otros espías llenaron los oídos de los israelitas con lobreguez y fatalidad.
De todas las cosas horribles que dijeron ellos, tal vez la peor fue el dicho de que querían hacerse un capitán que los llevara de regreso a Egipto (vers. 3, 4). Cuando consideramos que Egipto simbolizaba la esclavitud y la opresión del pecado, de la muerte, de la alienación de Dios, que esta gente actuara como lo hizo, después de haber tenido una liberación tan increíble, era inexcusable. “A grandes voces, los espías infieles denunciaban a Caleb y a Josué, y se elevó un clamor para pedir que se los apedreara. Asiendo el populacho enloquecido piedras para matar a aquellos hombres fieles, se precipitó hacia delante gritando frenéticamente, cuando de repente las piedras se le cayeron de las manos, y temblando de miedo enmudeció. Dios había intervenido para impedir su propósito homicida. La gloria de su presencia, como una luz fulgurante, iluminó el Tabernáculo. [...] y ninguno osó continuar la resistencia” (PP 411).
Considera la reacción de ellos ante el castigo que recibieron. En un sentido, el rechazar lo que Dios hubiera hecho para ellos, y el tratar de hacerlo por sí mismos, resultó, por supuesto, en un desastre. Si solo hubieran confiado en Dios, quien ya había hecho tanto en favor de ellos, el desastre podría haberse evitado. También es triste, como siempre ocurre con el pecado, que muchos inocentes –que no tuvieron nada que ver con la rebelión– hayan sufrido por causa de los pecados de otros.
Para Estudiar y Meditar: Lee, en Patriarcas y profetas, de Elena G. de White, los capítulos “Del Sinaí a Cades” (pp. 391-406) y “Los doce espías” (pp. 407-416). “Estos hombres, habiéndose iniciado en una conducta errónea, se opusieron tercamente a Caleb y Josué, así como a Moisés y a Dios mismo. Cada paso que daban hacia adelante los volvía más obstinados. Estaban resueltos a desalentar todos los esfuerzos tendentes a obtener la posesión de Canaán. Tergiversaron la verdad para apoyar su funesta influencia. ‘La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores’, manifestaron. No solo era este un mal informe, sino también era una mentira y una inconsecuencia. Los espías habían declarado la tierra fructífera y próspera, todo lo cual habría sido imposible si el clima hubiese sido tan malsano que se pudiera decir de la tierra que se tragaba ‘a sus moradores’. Pero, cuando los hombres entregan su corazón a la incredulidad, se colocan bajo el dominio de Satanás, y nadie puede decir hasta dónde los llevará” (PP 409).
Resumen: Los once días entre el Sinaí y Cades-barnea, en la frontera de Canaán, fueron algunos de los peores momentos de Israel en el desierto. El clamor contra el maná fue tan abrumador que Moisés le pidió a Dios que lo dejara morir allí mismo. El agudo desafío de María y Aarón al liderazgo de Moisés fue otro golpe bajo. Finalmente, después del mal informe de los espías, la Nación cruzó la línea, lo que resultó en cuarenta años de peregrinación por el desierto.
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