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Lección 4: Trompetas, sangre, nube y fuegoPara el 24 de octubre de 2009 Sábado | Domingo | Lunes | Martes | Miércoles | Jueves | Viernes
Lee Para el Estudio de esta Semana: Éxodo 12:1-29; Números 9, 10; Mateo 26:36-43; Lucas 22:15, 19, 20; 1 Corintios 15:52. Para Memorizar: “Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis una nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1 Cor. 5:7).
JESÚS INSTITUYÓ LA CENA DEL SEÑOR en la última Pascua que comió con sus discípulos. Tomó algunos elementos de la comida pascual, y dijo: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo”. Y de la copa dijo: “Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de pecados” (Mat. 26:26-29). Y Pablo añade: “Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1 Cor. 11:26). La Cena del Señor es la Pascua cristiana, un paralelo del Éxodo. Esta semana consideraremos el primer aniversario de esa liberación de Israel, también la presencia guiadora de Dios, las trompetas de plata que debían sonar en ciertos momentos y algunos informes que revelan la situación del pueblo de Dios en sus circunstancias peculiares. Como siempre, buscaremos lecciones para nosotros mismos cuando afrontamos, en nuestro tiempo y contexto, las mismas clases de pruebas y tentaciones que ellos, no importa cuán radicalmente diferentes sean las circunstancias.
Este fue el primer aniversario de la noche sorprendente en Egipto cuando el ángel del Señor mató a los primogénitos de los egipcios, pero “pasó por alto” (en inglés, passover significa “pasar por alto”) las habitaciones de Israel marcadas por la sangre del cordero sacrificial. Ahora, en lo que había de ser un rito anual, ellos debían recordar la noche de esa liberación especial de Egipto y la salvación que Dios había realizado en su favor.
“Cristo se hallaba en el punto de transición entre dos sistemas y sus dos grandes fiestas respectivas. Él, el Cordero inmaculado de Dios, estaba por presentarse como ofrenda por el pecado, y así acabaría con el sistema de figuras y ceremonias que durante cuatro mil años había anunciado su muerte. Mientras comía la pascua con sus discípulos, instituyó en su lugar el rito que había de conmemorar su gran sacrificio. La fiesta nacional de los judíos iba a desaparecer para siempre. El servicio que Cristo establecía había de ser observado por sus discípulos en todos los países y a través de todos los siglos. [...] “El rito de la Cena del Señor fue dado para conmemorar la gran liberación obrada como resultado de la muerte de Cristo [...]. Es el medio por el cual ha de mantenerse fresco en nuestra mente el recuerdo de su gran obra en favor nuestro” (DTG 608).
Una de las mayores seguridades que Israel tuvo en el desierto era la señal visible de la presencia de Dios, como se manifestó en la forma más notable: la nube de día y el fuego de noche. Piensa en esto. El campamento, compuesto tal vez por unos dos millones de personas, que vivían en un desierto árido y peligroso, debió haberse extendido por muchos kilómetros en todas direcciones. Sin medios de comunicación instantáneos y directos (no tenían radio, teléfono, Internet), era necesaria una manera de hacerles saber cuándo y dónde habían de ir.
La conducción de Dios por medio de la nube visible no siempre los guió por caminos en los que era fácil avanzar. Jeremías registra que él los guió “por el desierto, por una tierra desierta y despoblada, por tierra seca y de sombra de muerte, por una tierra por la cual no pasó varón, ni allí habitó hombre” (Jer. 2:6). Pero, hay un tema más profundo aquí que solo dónde y cuándo debían seguir. La existencia de la nube durante el día y del fuego por la noche también era para ellos un recordativo poderoso de la presencia permanente de Dios. De acuerdo con Números 9:16: “Así era continuamente: la nube lo cubría de día, y de noche la apariencia de fuego”. No importa dónde estuvieran, qué pruebas afrontarían, qué enemigos encontrarían, allí –pendiente en el cielo– había una señal visible de la presencia de Dios en medio de ellos. Debió haber sido hermoso haber tenido eso. Estos, nube y fuego, ciertamente habrían sido más que suficientes para mantenerlos fieles, confiados y obedientes a Dios, ¿verdad?
El antiguo Israel tenía dos clases de trompetas: el cuerno común de carnero (shofar) y las dos trompetas de plata, que esencialmente pertenecían al Santuario y solo los sacerdotes las tocaban (Núm. 10:8). Estas últimas estaban hechas a martillo, cada una de un solo trozo de metal. Las trompetas de plata eran como un tubo largo, ensanchado en un extremo.
El tocar estas trompetas de plata tenía un significado adicional al de sus aplicaciones más prácticas. Tocarlas era considerado como un “mandato”. Durante la guerra, les aseguraba que serían “recordados por Jehová vuestro Dios” y que serían salvados de sus enemigos (vers. 9). De este modo, el sonido de estas trompetas servía como “memoria delante de vuestro Dios. Yo Jehová vuestro Dios” (vers. 10). Es interesante que, aun con todas las manifestaciones de la conducción y la presencia divinas, Dios usara estas trompetas para recordar a Israel su presencia y su cuidado. Tanto por la vista (la nube y el fuego) como por el sonido (las trompetas) se les dieron recordativos especiales de la conducción y la presencia de Dios entre ellos. Hoy, no tenemos la nube, el fuego o las trompetas de plata para recordarnos la conducción y la presencia de Dios. Sin embargo, tenemos la revelación del Nuevo Testamento de lo que Dios ha hecho por nosotros por medio de Jesús, lo que nos da la seguridad de su amor y cuidado, que el antiguo Israel no podía apreciar plenamente. Ellos sabían, solo por medio de figuras y sombras, lo que nosotros ahora tenemos en realidad, y que es el conocimiento del amor de Dios revelado en la Cruz. ¿Qué preferirías tener: una trompeta de plata sonando en tus oídos o el conocimiento del amor, carácter y el cuidado de aquel que, “siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:6-8)?
Después de la muerte de Sara, Abraham volvió a casarse. Cetura le dio varios hijos; uno de ellos fue Madián (Gén. 25:1-6). Jetro, también llamado Reuel (Éxo. 2:18, amigo de Dios), llegó a ser el suegro de Moisés al casarse este con una de sus hijas, Séfora. A Jetro se lo llama “sacerdote de Madián” (Éxo. 18:1), que adoraba al verdadero Dios (vers. 12). Otros descendientes de Madián se apartaron de la fe de Abraham y fueron a menudo enemigos de Israel.
Moisés no consultó a Dios antes de pedir a Hobab que los acompañara. ¿No eran suficientes la nube durante el día y el fuego por la noche para guiarlos? Aquí vemos la humanidad de Moisés, vacilando delante del desafío que lo confrontaba, y olvidando que Dios también podría abrir un sendero a través del desierto y proporcionarles tanto alimento como agua.
Aun el Salvador sintió la necesidad de simpatía y apoyo humanos. Aunque amaba a todos los discípulos, Pedro, Santiago y Juan eran los más cercanos. En el Getsemaní, pidió sus oraciones. En el monte de la Transfiguración, el mismo trío durmió en vez de orar (Luc. 9:28-31). “Ahora el Cielo había enviado sus mensajeros a Jesús; no ángeles, sino hombres que habían soportado sufrimientos y tristezas, y podían simpatizar con el Salvador en la prueba de su vida terrenal. Moisés y Elías habían sido colaboradores de Cristo. Habían compartido su anhelo de salvar a los hombres. [...] La esperanza del mundo, la salvación de todo ser humano, fue el tema de su entrevista” (DTG 391).
Moisés informa que había solo once jornadas desde el Sinaí (Horeb) hasta Cades-barnea, una ciudad cerca de lo que sería la frontera sur de Judá. Nota el orden. Tres ejércitos tribales seguían a la nube y al arca. Luego los levitas, con sus carros, llevaban las diversas partes del Santuario portátil. Otros tres ejércitos los seguían. Luego iban los coatitas, llevando los muebles del Santuario. Los seguían seis ejércitos, protegiendo la retaguardia de ataques. Todo fue hecho en orden. Considerando lo que estaba en juego, si hubiese sido hecho al azar, podría haber sido un desastre increíble esperando por ocurrir. El camino más rápido de Egipto a Canaán pasaba por la costa, siguiendo “el camino de la tierra de los filisteos”. Pero Dios sabía que Israel no estaba preparado para la guerra (Éxo. 13:17). En consecuencia, cuando la nube indicó que las tribus marcharan, las condujo hacia el este y el norte, al desierto de Parán (Núm. 10:11, 12), un viaje de tres días (vers. 33). “A medida que avanzaban, el camino se les hizo más escabroso. [...] Alrededor de ellos estaba el gran desierto. [...] Los desfiladeros rocallosos, tanto los lejanos como los cercanos, estaban repletos de hombres, mujeres y niños, con bestias y carros, e hileras interminables de rebaños y manadas. El progreso de su marcha era necesariamente lento y trabajoso; y, después de haber estado acampadas por tanto tiempo, las multitudes no estaban preparadas para soportar los peligros y las incomodidades de la jornada” (PP 394, 395).
Para Estudiar y Meditar: Cada día afrontamos decisiones serias o más sencillas. Considera las siguientes promesas con respecto a la conducción de Dios: Salmo 31:3; 32:8; 48:14; 78:52; Isaías 58:10, 11. “Si os habéis entregado a Dios, para hacer su obra –dice Jesús–, no os preocupéis por el día de mañana. Aquel a quien servís percibe el fin desde el principio. Lo que sucederá mañana, aunque esté oculto a vuestros ojos, es claro para el ojo del Omnipotente. “Cuando nosotros mismos nos encargamos de manejar las cosas que nos conciernen, confiando en nuestra propia sabiduría para salir airosos, asumimos una carga que él no nos ha dado, y tratamos de llevarla sin su ayuda. [...] Cuando creamos realmente que Dios nos ama y quiere ayudarnos, dejaremos de acongojarnos por el futuro. Confiaremos en Dios así como un niño confía en un padre amante. Entonces, desaparecerán todos nuestros tormentos y dificultades; porque nuestra voluntad quedará absorbida por la voluntad de Dios” (DMJC 85).
Resumen: Antes de abandonar su campamento al pie del Sinaí, Israel celebró su primera Pascua aniversario en libertad. Dios no quería que olvidaran su maravillosa redención de la esclavitud egipcia. En los tres días de marcha, la Nación fue conducida por Dios por medio de la nube y el fuego. La marcha fue ordenada, con las señales de las trompetas de plata; los sacerdotes iban con el arca en el frente. La nube los condujo hacia el este y el norte en el desierto de Parán. Del mismo modo, la conducción divina a veces nos parece severa. Pero la clave es confiar en él, nuestro Padre Omnisapiente.
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