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Lección 4: La sabiduría de sus enseñanzasPara el 26 de abril de 2008 Sábado | Domingo | Lunes | Martes | Miércoles | Jueves | Viernes
Lee Para el Estudio de esta Semana: Mateo 5-7; 20:25-28; Juan 4:22-24; 8:1-11. Para Memorizar: “Y se admiraban de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (Mar. 1:22).
“JESÚS PODRÍA HABER ARROJADO RAYOS DE LUZ sobre los misterios más oscuros de la ciencia, pero no quería quitarle un solo momento a su enseñanza del conocimiento de la ciencia de la salvación. Su tiempo, su conocimiento, sus facultades, su vida misma tenían valor solo como los medios para obrar la salvación de las almas de los hombres” (1 MCP 251). Hay peligro de que, al hablar acerca de la sabiduría de sus enseñanzas (como dice el título de esta lección), no hagamos una distinción entre Jesús y otros (así llamados) sabios maestros a lo largo de los siglos. Las enseñanzas de Jesús no eran sencillamente sabias. Contienen, además, un elemento de calidad que esencialmente las distinguen de todo lo que las precedió o lo que desde entonces las siguieron. Había en ellas cierta finalidad, cierta cualidad de ser decisivas, que no se encuentran en otras partes. En otras palabras, esto era Dios hablando en carne humana. Por más que las personas no conocieran la verdadera identidad de Cristo, podían darse cuenta de que había algo singular acerca de él y de lo que decía. “La gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad” (Mat. 7:28, 29). Esta semana consideraremos algunas de estas doctrinas.
Año tras año, centenares de miles de sermones pasan al ámbito del olvido. Algunos son recordados por un tiempo; luego, olvidados. ¿Qué sería necesario que tuviera un sermón específico, no solo para ser recordado y citado durante dos mil años, sino aun identificado por el lugar de su presentación? Así es el Sermón del Monte. Durante la Primera Guerra Mundial, la Sociedad de Amigos imprimió el Sermón del Monte como un panfleto separado, sin comentarios, para ser distribuido entre los componentes de las fuerzas aliadas. Pero, tanto el gobierno británico como el francés prohibieron su distribución entre sus tropas. Después de todo, (un sermón que le dice a la gente que ame a sus enemigos no es exactamente lo que se esperaría que los hombres, en el frente de batalla en una guerra, estuvieran leyendo!
En las Bienaventuranzas, algunos elementos meramente describen la condición en la que nos encontramos. Las personas que “lloran”, por ejemplo, no buscan encontrarse en esa situación. Pero, deberíamos procurar tener mansedumbre (o mejor, humildad); como dice el profeta: “Buscad justicia, buscad mansedumbre” (Sof. 2:3). Tener hambre y sed de justicia no es un estado natural de nosotros, los humanos, ni podemos fabricarla. Pero, se nos amonesta a buscarla.
En un mundo lleno de malos entendidos acerca de la persona y el carácter de Dios, Jesús vino a poner las cosas en orden, por su vida y por su palabra. Al provenir de la misma esencia de Dios, él trajo una revelación de Dios que no puede ser mejorada. En lo pasado, los profetas habían hablado acerca de Dios; pero ahora, “en estos postreros días”, Dios estaba hablando “por el Hijo [...] por quien asimismo hizo el universo” (Heb. 1:1, 2). Por medio de Jesús, en otras palabras, tenemos la revelación definitiva del Ser Supremo.
Una prueba crítica de la decencia de cualquier sociedad, antigua o moderna, es el valor que asigna a sus miembros más vulnerables; y ningunos son más vulnerables que los niños. La consideración de Jesús por estos pequeños debió haber sido como una brisa de aire fresco para esas pobres madres hace dos mil años, cuando vigorosamente defendió el derecho de sus hijos de tener acceso a él, cuando se tomó tiempo para ellos en su agenda recargada, tiempo para tocarlos y bendecirlos. Dios es así, dijeron las acciones de Jesús. Él se interesa por los niños y, por extensión, por todos los que sean vulnerables y explotados. Él es el Dios de los desvalidos. Al estar sentado allí con estos pequeños que lo miraban al rostro, Jesús debió haber pensado en lo que nosotros llamamos la “matanza de los inocentes” que cometió Herodes por causa de él (Mat. 2:16-18), y el sangriento edicto de un faraón antiguo contra todos los infantes varones de los judíos (Éxo. 1:15, 16). Jesús vino para servir como modelo de un Dios que era la completa antítesis de estos psicópatas asesinos.
De todas las palabras que podríamos asociar con Jesús, perdón tiene el derecho de estar al principio de la lista. Jesús y el perdón van juntos. En medio de la dolorosa agonía de la cruz, y cuando los soldados y la gente se burlaban y lo insultaban, las acongojadas palabras salieron tropezando de sus labios temblorosos: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Luc. 23:34). Y, en el Sermón del Monte, llegó a decir que si no perdonamos a quienes nos ofenden, no debemos esperar que Dios perdone nuestras ofensas contra él (Mat. 6:12, 14, 15).
En Marcos 14:21, Jesús pronunció un ay sobre “el hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado”. Pero, ¿qué pasaría si el hombre confesara y se arrepintiera? En conexión con esto, contrasta las acciones de Judas y de Pedro posteriores a sus traiciones separadas de Jesús. Después de presenciar la condenación de Jesús por quienes lo arrestaron, Judas “sintió remordimiento” y devolvió el dinero a las autoridades; y sus palabras parecen muy apropiadas: “He pecado [...] porque he entregado sangre inocente” (Mat. 27:3, 4, NVI). En contraste con la exhibición pública de su pesar, las lágrimas de penitencia de Pedro se derramaron en silencio; tampoco regresó a la sala del juicio de Caifás para reparar su vergonzosa traición. No obstante, uno fue condenado, el otro perdonado. ¿Cuál fue la diferencia fundamental?
En una encuesta hecha en 1995, se preguntó a algunos atletas: Si hubiera una droga que pudieras tomar que te garantizara que recibirías una medalla de oro en los Juegos Olímpicos, pero que te mataría cinco años después, ¿la tomarías? Más del cincuenta por ciento dijo que sí. Es un comentario sobre la atracción de la fama y el poder en nuestra sociedad contemporánea. Estar “frente a la cámara”, mantener multitudes en la palma de nuestra mano, esa es el ansia del siglo XXI. Y el mismo espíritu general puede invadir a la iglesia, si no nos mantenemos constantemente en guardia. El deseo de poder sobre otros (el impulso de controlar a otros, el hambre por estar en el primer lugar) no ha disminuido con el paso de los años.
Los crueles eventos de la historia a veces han enviado a orgullosos dictadores a correr sin un centavo entre los refugiados, o quedar encerrados en confinamiento solitario, recibiendo órdenes de guardiacárceles. Hasta se ha dado el caso en que un monarca renunció temporariamente a su trono para seguir la suerte de los miembros marginados de la sociedad. Pero, todos estos casos, puestos juntos, voluntarios o forzados, empalidecen en comparación con la magnitud de la condescendencia que vemos en Cristo. Él era “por naturaleza Dios”, dice Pablo; es decir, (estamos hablando acerca del Dios del universo! “Se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo, haciéndose semejante a los seres humanos”. Todavía descendió más: “se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!” (Fil. 2:5-8, NVI).
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras” (Efe. 2:8, 9). Las palabras son del apóstol Pablo cuando reflexionaba sobre el mensaje cristiano de salvación, que él expresó en forma diferente de lo que lo hizo Jesús. De hecho, podríamos ser tentados a preguntar si Jesús creía en la justificación por la fe. Pero, hacer esa pregunta es comprender muy mal tanto a Pablo como a Jesús. El enfoque de Jesús en relación con la enseñanza de la gracia parece a veces ir en una dirección diferente; una razón, de paso, por la que no deberíamos ser demasiado legalistas los unos con los otros sobre las fórmulas exactas que usamos para describir el maravilloso acto de gracia de Dios en Jesús y nuestra respuesta a él. Jesús vino como el compendio de la gracia. Él era la gracia personificada. Encontrarse con él era encontrarse con la gracia. Juan escribió: “(Y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).
De estos pasajes, aprendemos algo de las muchas maneras en que Jesús enseñó acerca de la gracia, mediante sus parábolas y las lecciones objetivas de su propia vida. ¿Cómo podría Pedro olvidar su total impotencia frente a los elementos mortíferos que lo rodeaban aquella noche en el lago? Su único recurso era clamar a un Poder fuera de sí mismo. (E instantáneamente apareció la respuesta! Sin demoras. Sin necesidad de penitencias. Sin fórmulas o requisitos complicados. Solo dos palabras, que surgen naturalmente de su desesperación extrema: “¡Señor, sálvame!” (Mat. 14:30). E, inmediatamente, la mano de Jesús estaba sobre él. Eso es gracia.
Para Estudiar y Meditar: De acuerdo con el historiador Huston Smith, las enseñanzas de Jesús “pueden ser las más repetidas de la historia. 'Ama a tus prójimos como a ti mismo. Lo que deseares que la gente te haga, hazlo a ellos. Vengan a mí, todos los que están cansados y cargados, y yo os daré descanso. Conocerán la verdad, y la verdad los libertará'. Sin embargo, la mayor parte del tiempo él contó historias: de tesoros escondidos, de sembradores que salieron a sembrar, de mercaderes de perlas, de un buen samaritano. La gente que escuchaba estas historias era impulsada a exclamar: 'Este hombre habla con autoridad. (Nunca un hombre habló así!' [...] Lo más impresionante acerca de las enseñanzas de Jesús no es que él las enseñó sino que se lo veía vivirlas. De los informes que tenemos, su vida entera fue de humildad, de darse a sí mismo y de un amor que no buscaba lo suyo. La evidencia suprema de su humildad es que es imposible descubrir precisamente qué pensaba Jesús acerca de sí mismo. Él no estaba preocupado por eso. Estaba preocupado por lo que la gente pensaba de Dios. [...] Hemos visto que él ignoraba las barreras que las costumbres habían levantado entre las personas. Él amaba a los niños. Odiaba la injusticia, y tal vez odiaba la hipocresía aún más porque escondía a las personas de sí mismas”.-The Illustrataed World's Religions, pp. 212, 213.
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