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Lección 3: Andar en la luz: Apartarse del pecadoPara el 18 de julio de 2009 Sábado | Domingo | Lunes | Martes | Miércoles | Jueves | Viernes
Lee Para el Estudio de esta Semana: Juan 3:19; 8:12; Romanos 3:10-20; 1 Timoteo 1:15; 1 Juan 1:5-2:2. Para Memorizar: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).
EN 1982 SE PUSO EN EXHIBICIÓN una obra poco usual de arte moderno. Era una escopeta fijada a una silla. Se podía contemplar la obra de arte sentándose en la silla y mirando directamente al cañón de la escopeta. El problema era que el arma estaba cargada y conectada con un cronómetro para que se disparara en un momento no determinado dentro de los próximos cien años. Es sorprendente que hubiera gente haciendo fila para sentarse y mirar el paso de la bala, aunque ellos sabían que el arma podía dispararse en cualquier momento. ¡Qué manera de tentar la suerte! Desgraciadamente, la gente hace lo mismo con el pecado, pensando que pueden mirarlo fijamente a la cara y salir sin sufrir daño. Sin embargo, a diferencia de la escopeta, el pecado –a menos que se recurra a Cristo– definidamente los matará. Esta semana, Juan considera el problema del pecado y su solución en Jesucristo. Un Vistazo a la Semana: ¿Qué quiere decir la Biblia cuando llama “luz” a Dios? ¿Qué clase de errores con respecto a la realidad del pecado procuró tratar Juan en estos primeros versículos? ¿Qué promesas nos presenta Juan como el remedio para el pecado en nuestras vidas? ¿Por qué necesitamos esas promesas?
La Luz se usa con referencia tanto a Jesús como al Padre. La gloria de Dios es luz, y lo señala como aquel que trae la salvación. La imagen también enfatiza el concepto de verdad y revelación. Y, especialmente en nuestro contexto inmediato, destaca sus cualidades morales de justicia, santidad y perfección (ver también 1 Juan 2:9).
Al añadir esa frase, el apóstol subraya en los términos más fuertes posibles la perfección de Dios y su separación del pecado. Él no es comparable con los dioses griegos o romanos, en quienes supuestamente se encontrarían virtudes y vicios combinados. Dios es santidad pura, bondad pura, justicia pura. Él es, en un sentido, tan opuesto al pecado como la oscuridad lo es a la luz. La mención de la oscuridad que hace Juan, entretanto, presenta un elemento nuevo, uno que establece el escenario para lo que sigue. Como seres caídos, sumergidos en el pecado, los seres humanos pertenecen por naturaleza al ámbito de la oscuridad en vez de pertenecer a la esfera de la luz. Si Dios es luz y nosotros estamos en la oscuridad, el contraste entre nosotros y Dios, especialmente en cuanto a santidad y justicia, no podría ser mayor.
Primera Juan 1:6 al 10 constituye una unidad. Después de su declaración principal acerca del carácter de Dios, Juan trata con algunas creencias que aparentemente circulaban entre los creyentes. Y él critica estas creencias. Los cinco versículos comienzan más o menos del mismo modo; es decir, “si...” Sin embargo, notamos una diferencia marcada entre ellos.
La primera declaración analiza el compañerismo con Dios. La gente pretende tener comunión con Dios, pero en realidad camina en la oscuridad, lo que significa que realmente no está caminando con Dios. En contraste, andar (vers. 7) en la luz resulta en verdadera comunión. Los que hacen esto son limpiados de sus pecados. Por lo tanto, el caminar en la oscuridad tiene que ver con vivir en el pecado. Vivir en el pecado y pretender tener comunión con Dios es, de acuerdo con Juan, una mentira. Las siguientes dos afirmaciones, en los versículos 8 y 10, también están vinculadas con el pecado. Aunque Juan habla en contra de la práctica del pecado, él es muy claro acerca de la realidad del pecado en nuestras vidas. En el versículo 8 parece hacer frente a la creencia de que los seres humanos no son pecadores, una enseñanza que va en contra de la doctrina cristiana más básica.
Nota la progresión en estos versículos. En el versículo 6, la gente está mintiendo. En el versículo 8, se engaña a sí misma. En el versículo 10, hace que Dios aparezca como mentiroso. Obviamente, Juan comprende la realidad y seriedad del problema del pecado para la humanidad.
Es claro que en estos versículos Juan se está refiriendo a la seriedad del pecado. ¿De qué modo él comprende el pecado? En 1 Juan 3:4, lo iguala a la ilegalidad. De acuerdo con 1 Juan 5:17, el pecado es injusticia o mal hacer. Es un apartarse de la voluntad de Dios como se nos revela en las Escrituras. El pecado también es opuesto a la verdad. La persona que comete pecado se aparta de Dios, y esta alienación conduce a la muerte espiritual. Pecado, en singular, puede señalar a la separación del pecador de Dios; en el plural, pecados, puede señalar a los actos pecaminosos. De cualquier manera que lo consideremos, una cosa es segura: el pecado es real y, a menos que lo resolvamos, nos destruirá.
El perdón de los pecados ha llegado a ser posible por causa de la muerte de Cristo en la cruz, el derramamiento de su sangre como sacrificio. Por cuanto hemos transgredido la Ley y por ello merecemos la muerte, él murió en nuestro lugar y nos ha liberado de la condenación eterna que nuestra transgresión nos acarrearía. Más aún, su sangre nos purifica de todo pecado. Sin embargo, de nuestra parte, es necesaria la confesión de los pecados. El término confesar, en 1 Juan 1:9, también puede significar admitir, reconocer. El texto no menciona a quién debemos confesar los pecados. Ciertamente se implica que a Dios, porque en la siguiente parte del versículo escuchamos que, si se confiesan los pecados, Dios es fiel y justo, y nos perdonará nuestros pecados. Puede ser que la confesión de los pecados incluya también la confesión pública ante aquellos a quienes hemos herido por medio de nuestros pecados; aun así, el perdón del pecado viene solamente de Dios. Primera Juan 1:9 también tiene la fuerza de una orden. Deberíamos poner nuestros pecados delante de Dios, y él nos perdonará y nos purificará. Pecar nos hace culpables; necesitamos el perdón. El pecado nos contamina; necesitamos purificación. Por medio de Jesús, Dios ha abierto el camino para que tengamos ambas cosas.
El llamado a no pecar está en el contexto de caminar en la luz, que fue introducida con la afirmación de que Dios es luz. Si queremos vivir en comunión con él y con sus hijos, debemos andar en la luz, y andar en la luz significa renunciar al pecado (1 Juan 2:1). Juan se dirige a los creyentes en una forma atenta e íntima, llamándolos “hijitos”, y diciéndoles una razón para escribirles su carta: Ellos deben renunciar al pecado completamente. Al hacerlo, no está sugiriendo que sea posible una existencia completamente libre de pecado, sino que está suplicando a los cristianos que se aparten de cualquier acto específico de pecado.
La referencia al pecado aquí podría haber sido mal entendida en el sentido de que alguien podría pensar que el pecado no importa: “No pretendan estar sin pecado; de todos modos, ustedes son pecadores. Por lo tanto, vivan su vida y no se preocupen por el pecado”. Al mismo tiempo, Juan no quiere dar la idea de que podemos estar perfectamente sin pecado. Por lo tanto, junto con su amonestación contra el pecar, dice: “Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos...” Este es un claro reconocimiento de la realidad del pecado en las vidas de los cristianos. Aun los cristianos consagrados y sinceros podrían cometer pecados. Desgraciadamente, el pecar es siempre una posibilidad real para los miembros de la iglesia. Por lo tanto, necesitan ayuda. Necesitan que alguien los ayude a resistir la tentación, pero también necesitan alguien que intervenga en favor de ellos después de que hubieren pecado.
Primera Juan 2:1 y 2 contienen declaraciones maravillosas que consuelan a los pecadores arrepentidos, y los llenan con esperanza y ánimo. A pesar del pecado y la culpa, y las horribles consecuencias que a menudo surgen de nuestros pecados, hay una solución. Juan ya ha mencionado el perdón y la purificación de los pecados. Ahora vuelve a este tema, diciendo que este perdón ha llegado a ser posible por medio de Jesús. ¿De qué modo? Primero, él es nuestro Abogado, y él intercede en nuestro favor. Este Abogado se identifica como el Mesías (“Cristo”), y se dice que él es justo. La justicia fue atribuida a Dios el Padre en 1 Juan 1:9. En 1 Juan 2:1 se le atribuye al Hijo, y es por causa de su carácter justo que él puede interceder por nosotros. Segundo, nuestro perdón está asegurado porque, por medio de su muerte como sacrificio, Jesús produjo la propiciación, o expiación; esto significa que él pagó la penalidad por nuestros pecados. La deuda que nosotros debíamos, la que nunca podríamos pagar, Jesús la pagó por nosotros. Por lo tanto, Juan describe a Jesús como el Sacrificio y el Intercesor. En el contexto del testimonio del Nuevo Testamento, esto implica que Jesús vivió entre nosotros una vida sin pecado, murió en la cruz, resucitó de los muertos y ascendió al cielo, donde intercede en nuestro favor. El término paráklētos, traducido como abogado en 1 Juan 2, ha sido traducido de varias maneras; p. ej.: consolador, ayudador, abogado, mediador, o intercesor (Ver Juan 14:16, 26; 15:26; 16:7; 1 Juan 2:1). Es una persona que es llamada a estar al lado de otra persona y ocupa el lugar de otra. Un paráklētos puede ser una persona que ayuda a un amigo. En el Evangelio de Juan, el Espíritu Santo es el ayudador. En la Primera Epístola de Juan, Jesús es el ayudador e intercesor (1 Juan 2:1). Cuando hablamos acerca de Jesús como nuestro Abogado y recibimos gran consuelo en el hecho de que él es el instrumento que provee el perdón de nuestros pecados, debemos ser cuidadosos de no dar la impresión de que el Padre es malvado y severo, y que debe ser persuadido por un intermediario para que nos perdone. Tal cuadro de Dios es injustificado. Él es quien envió a Jesús a nuestro favor (Juan 3:16). También, unos pocos versículos antes, se nos dice que él es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos (1 Juan 1:9). Jesús no tiene que pacificar al Padre. Por lo contrario, el Padre es quien ha revelado, por medio de Jesús, que él desea nuestra salvación.
Para Estudiar y Meditar: Lee, en El camino a Cristo, “Para obtener la paz interior”, pp. 36-41. “‘Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad’. Las condiciones que debemos cumplir para obtener la misericordia de Dios son sencillas y razonables. El Señor no requiere que hagamos algo penoso para obtener perdón. No necesitamos hacer largas y cansadoras peregrinaciones o dolorosas penitencias para recomendar nuestras almas al Dios del cielo o para expiar nuestra transgresión. El que ‘confiesa’ su pecado y ‘se aparta’ de él ‘alcanzará misericordia’ (Prov. 28:13). En los atrios celestiales, Cristo intercede por su iglesia, por aquellos en cuyo favor pagó el precio de la redención con su sangre. Los siglos y las edades no podrán disminuir la eficacia de su sacrificio expiatorio. Ni la vida ni la muerte, ni lo alto ni lo bajo, pueden separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús, no porque nosotros estemos tan firmemente asidos de él, sino porque él nos sostiene fuertemente. Si nuestra salvación dependiera de nuestros propios esfuerzos, no podríamos ser salvos; pero depende del que respalda todas sus promesas” (HAp 456).
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