Reencuentro con Dios
por Lars Engdahl
Como adolescente le dio la espalda a Dios; años después,
reconoció su error.
A los 19 años de edad decidí que era inútil adorar
a Dios. ¿Cómo podía mi familia ir a la iglesia cada
sábado y orarle a alguien por allá arriba que tal vez ni
siquiera existía? Estaba cansado de ir a la iglesia y escuchar las
mismas cosas semana tras semana. Quería dedicarles tiempo a mis
amigos y no a la iglesia. Quería gozar de los placeres y me dispuse
a experimentar con fármacos y alcohol.
Pasó el tiempo y me casé con una dama encantadora que
no creía en Dios. Me concentré en mi carrera y la familia.
Durante 24 años excluí a Dios completamente de mi vida.
Nunca oré, no leía la Biblia ni asistía a la iglesia.
Rara vez siquiera pensaba en Dios.
Un nuevo pensamiento
Llegó el día cuando desperté temprano, por alguna
razón, y escuché el canto de los pajarillos por la ventana.
Mientras escuchaba, pensé en el Creador del pajarillo. Un pensamiento
condujo a otro y, pronto meditaba sobre el Creador del universo. Seguramente
tiene que haber un Dios para que el mundo sea como es; para que los pájaros
canten como lo hacen. De repente sentí pánico, sentí
la necesidad de tomar una decisión acerca de Dios antes que fuera
demasiado tarde. Toda la mañana me acosaron los pensamientos de
Dios, pero logré hacerlos a un lado.
Sin embargo, me invadían pensamientos acerca de Dios de tanto
en tanto. Después de un tiempo tomé la Biblia que permaneció
ignorada en el librero durante tantos años. Abrí la Palabra
de Dios y comencé a leer de Génesis. Pasé rápidamente
a Mateo, pero las historias que leía parecían ser sólo
eso; cuentos. Dejé la Biblia y decidí que Dios estaba en
todas partes y que podía comunicarme con él por medio de
la creación. Así no tenía que acercarme demasiado
a él y no tenía que ir a ninguna iglesia.
El automóvil averiado produjo una respuesta
Había pedido un permiso especial para ausentarme del trabajo
con el fin de estar con mis hijos. Aunque me mantuvieron ocupado, tuve
tiempo para pensar en Dios. Decidí que Dios existía y que
necesitaba establecer una relación con él, pero no quería
regresar a la iglesia de mis padres. Sentía que regresar sería
reconocer que me había equivocado.
Pero llegó el momento cuando tenía que hacer algo. Así
que oré; algo que no había hecho desde la adolescencia.
—Dios, puedes ver que se me dificulta creer. ¿Me podrías
dar alguna señal de que realmente existes?
El automóvil me había estado dando problemas. Se detenía
repentinamente mientras conducía y nadie lo podía arreglar.
El auto me frustraba y produjo una oración diferente.
—Dios, este auto no sirve. Te pedí una señal y ahora
quiero que me muestres la señal ayudándome con el carro.
Ese día decidí llevar el auto al mecánico. Cuando
me dirigía al taller otro automóvil invadió mi carril
y me golpeó de frente. Después de la primera impresión
de sorpresa y alarma causada por el accidente pude ver la mano de Dios
en el siniestro. Me di cuenta que Dios no había causado el choque,
pero lo aprovechó para solucionar mis problemas automovilísticos.
En primer lugar, debí haber salido muy lastimado, pero salí
ileso. Percibí la mano protectora de Dios. En segundo lugar, la
compañía de seguros me pagó más por el carro
averiado de lo que yo había pagado al comprarlo. Ahora tenía
el dinero para adquirir un vehículo que funcionara mejor.
Pero alrededor de dos meses después, mientras estaba acostado
en la cama, escuché una voz muy clara en la mente.
—Prometiste creer en mí —dijo la voz. Me sentí mal. Me
jacto de ser una persona que cumple sus promesas y sabía que debía
cumplir la que le hice a Dios. Pero no sabía qué hacer. No
quería reconocer mi equivocación de tantos años, parecer
débil o inseguro de mí mismo. No sabía dónde
conseguir ayuda.
La entrega
Un viernes de noche quedé solo en la sala después que
la familia se fue a la cama. Meditaba sobre mi vida y me preguntaba dónde
me había equivocado. En eso, se me vino a la mente la idea de: Entrega
tu vida a Dios. Recordé la promesa que le había hecho y esta
vez no me resistí. Oré la primera oración sincera
—proveniente de lo más recóndito del corazón—, que
había orado en años.
—Tú eres Dios. Me ves donde estoy. Quiero creer en ti y liberarme
de los pensamientos negativos. Me rindo completamente a ti. Por favor,
toma mi vida. Al instante sentí paz y tranquilidad. Desaparecieron
los pensamientos negativos. Me sentí limpio y en armonía
con Dios.
Nueramente comencé a leer la Biblia.
Al principio no fue fácil, pero con el tiempo esperaba ansioso
los momentos que podía estar a solas con Dios. Al leer acerca de
Jesús en el Getsemaní mi corazón se enterneció
y me enamoré de él. Pude ver a Jesús, de ojos tristes,
como Dios todopoderoso. En ese momento no tuve dudas de que Jesús
es Dios y mi Salvador.
Respuesta mixta
Sabía que tenía que contarle a mi esposa acerca de mi
experiencia con Dios, pero estaba nervioso porque ella no creía
en Dios. Comencé contándole acerca del accidente, el cinto
de seguridad y la oración contestada.
—He experimentado a Dios como un poder viviente —le dije—. Sé
que está activo en mi vida.
Me escuchó cortésmente, luego me dijo que yo podía
creer lo que deseara y ella haría lo mismo.
Visité a mis padres y les conté acerca de mi conversión.
Estaban felices, pero vi que se preguntaban si realmente podía ser
cierto después de vivir tantos años alejado de Dios. Lentamente
comprendieron que era real y nos regocijamos. Invité a mis hijos
a la iglesia y algunas veces me acompañaban. Nunca los obligué
a venir, pero siempre les decía que serían bienvenidos. Sabía
que el hecko de que su padre se hubiera convertido al cristianismo era
algo nuevo para ellos y tendrían que tomar sus propias decisiones
acerca de Dios así como yo lo había hecho.
En los años de mi juventud me había alejado de Dios y
había tomado decisiones equivocadas. Ahora trato de redimir el tiempo
y presentaile mi familia a un Dios maravilloso.
—Lars Engdahl es maestro de música en la escuela preparatoria
en Goteburgo, Suecia.
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