La florería de Dios
por Yovka Dimitrova
Yovka, sentada a la mesa de la cocina, contaba lo último del
dinero que le quedaba hasta el fin del mes.
—Nunca hay suficiente —musitó para sí. Su esposo e hijos
ya dormían y ella estaba sola en la cocina absorta con su preocupación.
Yovka no tenía un empleo. Quería conseguir uno, pero su
esposo le decía que se quedara en casa.
—Yo puedo cuidar de ti —decía a menudo. Se molestaba cada vez
que tocaban el tema.
Yovka consigue empleo
Yovka y su familia se mudaron a una casa vieja que requería
bastante reparación. Cuando ella mencionó la posibilidad
de trabajar, su esposo le dijo que alguien debía quedar en casa
para supervisar a los trabajadores. Así que ella trabajaba en casa
y cuidaba de los niños. Pero cuando se terminó la obra de
reparación y los niños crecieron, Yovka quiso trabajar.
Por eso, estaba sentada en la cocina y oraba en silencio.
—Querido Padre, por favor ayuda a mi esposo a comprender que necesitamos
más dinero para pagar las cuentas. Ayúdale a comprender que
puedo y estoy dispuesta a trabajar ahora que los niños son más
grandes. Yo quiero trabajar.
En la mañana, a la hora del desayuno, el esposo de Yovka le comentó:
—Sabes, creo que ahora que los niños son mayores, tal vez puedas
buscar un empleo. —Yovka trató de suprimir su sonrisa, pero no la
pudo ocultar. Los niños ya se habían ido a la escuela, así
que sentados en el pórtico, discutieron las posibilidades.
—Tengo varias ideas de actividades que puedes realizar —comentó
el esposo de Yovka—. ¿Qué te parece si compramos una de esas
máquinas para asar pollos? Podríamos vender los pollos asados.
—Es verdad que quiero trabajar, y asar pollos nos podría dar
buen dinero. Pero soy vegetariana y no me apetece cocinar carne.
—De acuerdo —replicó su esposo—. ¿Recuerdas cuando vimos
aquellas flores sembradas en un invernadero? Tal vez podamos comprar un
invernadero para que cultives flores y las vendas.
Yovka consideraba la sugerencia de su esposo cuando un miembro de su
iglesia se acercó a ellos.
—Buenos días. Vengo a pedirles que oren por mí. Busco
otro trabajo y quisiera saber en qué dirección desea Dios
que vaya.
—Yo también busco trabajo —dijo Yovka—. ¡Y creo que Dios
nos ha dado una idea! Pensamos abrir un invernadero.
—¡Eso mismo tenía en mente! — replicó su amigo.
Emocionados, los tres conversaron acerca de los invernaderos—. Tengo mucha
experiencia en el cultivo de flores —dijo su amigo—. Podría ayudarles.
Los tres amigos comenzaron a trazar planes para la construcción
del invernadero. Al terminar, compraron cientos de bulbos y pronto, pequeñas
flores brotaban del suelo.
Pronto las flores se fueron abriendo y estuvieron listas para ser vendidas.
Yovka cargó la cajuela, del auto con flores y se dirigió
al mercado orando para que Dios le ayudara a venderlas.
Pasó todo el día en el mercado y esa noche, cuando llegó
la hora de cerrar, sólo había vendido unas cuantas flores.
Es verdad, pensó para sí mientras guardaba las flores en
el portaequipaje del auto. Las personas son demasiado pobres para gastar
dinero en flores. O tal vez no las acomodé en forma atractiva para
las personas. Yovka no sabía.
Cansada y desanimada Yovka acomodó en su auto las flores que
no había vendido. "Señor", oró en silencio, "tú
produjiste estas bellas flores. Por favor ayúdame a venderlas".
Al abrir los ojos, vio a un señor que venía hacia ella.
—¿Qué piensa hacer con esas flores? —preguntó—.
¿Le interesa venderlas?
—Sí, están a la venta —dijo Yovka tratando de esconder
su asombro.
—Mi esposa es florista —dijo el caballero—. Estoy seguro que se interesará
en sus flores. ¿Las puede llevar a su florería?
—¡Con mucho gusto! —replicó Yovka demasiado contenta como
para ocultar su alegría.
El señor llevó a Yovka a que conociera a su esposa quien,
de sólo ver las flores, inmediatamente accedió a comprarlas.
Le pagó la misma cantidad que Yovka había pedido en el mercado
ese día.
—Regrese cuando tenga flores —dijo la mujer—. Tengo otros amigos floristas
y les voy a contar acerca de usted. Estoy segura de que ellos también
le podrían comprar flores.
Yovka sentía que los pies no tocaban tierra al regresar a casa
para contarle a su esposo las buenas nuevas.
Dios vuelve a interceder
El día de la mujer es un día muy especial en Bulgaria
y muchos compran flores y plantas para regalar a. las mujeres que aprecian.
Yovka sembró muchas plantas en macetas para vender en este día
tan especial. Sin embargo, cuando llegó la fecha, las plantas todavía
eran demasiado pequeñas y no habían floreado. Yovka estaba
desanimada; estaba segura de que nadie le compraría sus plantas.
De igual manera tuvo que intentar venderlas, de lo contrario, perdería
mucho dinero. Cargó el automóvil con plantas y manejó
dos horas a Sofía, la capital. Oró a Dios pidiendo un milagro,
mientras acomodaba las plantas en el bazar de flores.
Yovka se acababa de acomodar en el bazar cuando una señora se
acercó y le ofreció comprarle todas sus plantas.
—Pero no se abrirán a tiempo para el día de la mujer
—protestó Yovka.
—Soy una florista —replicó la mujer—. Soy dueña de una
de las florerías más grandes de la ciudad. No trate de decirme
lo que sus plantas pueden o no pueden hacer. Quiero comprárselas
todas.
Yovka agradeció a Dios mientras contaba el dinero que la mujer
le había pagado. Esta había dejado de comprar sólo
las plantas más pequeñas. Yovka decidió tirarlas antes
que regresar con ellas a casa. Al darse vuelta para deshacerse de las plantas
sobrantes, el hombre en el siguiente establecimiento le ofreció
comprárselas. Una vez más, Yovka regresó a casa con
el corazón lleno de gratitud y contándole a su esposo la
manera en que Dios la había bendecido.
Los padres y el esposo de Yovka, que no son adventistas, son testigos
de la manera en que Dios le ayuda en e! negocio de las flores. Han comenzado
a asistir a la iglesia y estudiar la Biblia.
Yovka Dimitrova vive en Bulgaria, donde sigue cultivando flores para
la gloria de Dios.
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