La esposa porfiada
por Julia Miteva
Julia nunca quiso ser esposa de pastor. Pero ahora ni se imagina a sí
misma siendo cualquier otra cosa.
[Pídale a una señora que presente este infor-me en primera
persona.]
Cuando mi esposo colgó el teléfono, tenía una mirada
de asombro.
—¿Quién era? —pregunté casualmente, escondiendo
mi curiosidad.
—El presidente de la Unión Búlgara —contestó—.
Me invitó a ser pastor. — Dimiter pronunció estas palabras
con una amplia sonrisa en los labios y voz que se llenaba cada vez más
de emoción. Pero yo no compartía su emoción. Permanecí
sentada en completo silencio, sacudida por la idea. Era una persona comprometida
con la iglesia adventista, igual que mi esposo, pero no me veía
a mí misma como esposa de pastor. Además, Dimiter ya tenía
un empleo.
Resistencia obstinada
—¿Y? ¿Qué te parece? —preguntó Dimiter
interrumpiendo mis pensamien-tos. Sus ojos danzaban de emoción—.
Debo darle una respuesta en un par de días.
—No —respondí—. Definidamente no. Tienes un buen empleo y, por
primera vez, podemos vivir una vida normal sin preocuparnos de dónde
saldrá el dinero para nuestras necesidades. Pronto tendremos otro
bebé. No quiero tener que mudarnos continuamente. No, no quiero
saber del asunto.
Dimiter se hizo hacia atrás como si alguien le hubiera propinado
un golpe en el pecho.
Esa noche se me dificultó conciliar el sueño. La ira
y una sensación de traición me revoloteaban en la miente.
Al despertar la mañana siguiente, Dimiter ya se había ido
al trabajo. Esa mañana no sentí ganas de orar y todo lo que
pude escribir en mi diario de oraciones fueron quejas y arrebatos de ira.
Finalmente liberé mis frustraciones limpiando la casa.
Seguía enojada con Dios, varios días después, cuando
sonó el teléfono. Levanté el auricular y escuché
al secretario ministerial que decía: —¡Buenas noticias!
La junta de la unión aprobó unánimemente la invitación
para Dimiter al ministerio. —Logré decir gracias entre dientes y
colgué el teléfono. Dimiter estaba fuera en un viaje de negocios.
De repente, sentí la necesidad de hablar con alguien. Nuevamente
tomé el teléfono y llamé a una buena amiga, también
una adventista.
—Por favor, ven a mi casa —le rogué—. ¡Necesito que alguien
ore conmigo para que Dios no permita que esto suceda!
Mi amiga vino rápidamente. Lloramos juntas, oramos y logré
sentirme un poco mejor. Cuando Dimiter regresó de su viaje, le conté
de la llamada telefónica y de la invitación oficial al ministerio.
Pero por una semana entera me negué a discutir la posibilidad de
que Dimiter entrara al ministerio.
Experiencia atemorizadora
Pasó una semana. Parecía que la tensión disminuía.
Luego comencé a experimentar problemas en mi embarazo y fui admitida
al hospital paia estar bajo observación. Mi médico se veía
preocupado, pero cuando me estabilicé, me envió a casa. Luego
entré en trabajo de parto prematuro y nuevamente me enviaron al
hospital. El médico recetó reposo absoluto, después
de lo cual se detuvo el trabajo de parto. Dimiter debía realizar
un viaje de negocios de una semana, pero le preocupaba dejarme. Le aseguré
que estaba bien y que no esperábamos al bebé hasta dentro
de un mes. Le dije que se fuera de viaje. Pero poco tiempo después
de su partida, nuevamente entré en trabajo de parto. Esta vez los
médicos no tuvieron otra opción sino recibir al bebé.
Tenía miedo por mi bebé que nació cinco semanas
antes de tiempo. Me sentía tan sola. No sabía cómo
comunicarme con mi esposo, ni siquiera sabía dónde estaba.
Traté de orar, pero me sentía alejada de Dios desde el día
que me negué a que Dimiter aceptara el llamamiento al ministerio.
Tuve contracciones fuertes durante tres horas, pero nada sucedió.
El médico estaba preocupado. Al colocar el estetos-copio en mi vientre
le escuché decir:
—El pulso del bebé se hace cada vez más débil.
Tendremos que sacarlo ahora.
Desperté con mucho dolor. El médico se inclinó
sobre mí.
—Su hijo tenía el cordón umbilical alrededor del cuello.
Lo sacamos a tiempo. Y usted... bueno, usted sangraba mucho.
El inagotable amor de Dios
Cuando el doctor salió de mi habitación, quedé
pensando en todo lo sucedido. Recordé las palabras de ira que le
dije a mi esposo: "Prefiero morir que aceptar la invitación al ministerio".
La verdad es que ese día pude haber muerto, pero no fue así.
Pude haber perdido al bebé, pero estaba vivo y con buena salud.
Elevé mi primera oración en varias semanas. Las palabras
me brotaban como si hablara con un amigo que no había visto en rancho
tiempo. Le pedí perdón a Dios por haberlo excluido de mi
vida. Le agradecí por salvarme la vida y la vida de mi bebé.
No podía creer cuan bueno era conmigo, a pesar de mi egoísmo.
Unos días después, Dimiter llegó al hospital. Vino
tan pronto como le fue posible. Le pedí que se sentara a mi lado.
—Dimiter —le dije sosteniendo su mano—, me siento como Joñas,
por haber huido de Dios. —Luego murmuré suavemente—: Creo que me
he estado interponiendo en el camino de Dios. Él te ha estado llamando,
pero yo he impedido que le respondas. Todo es culpa mía. Ya no rne
quiero interponer más. Por favor, llama al director ministerial
y dile que aceptaremos la invitación.
Dimiter se inclinó y me abrazó con ojos brillosos. Lo
único que pudo decir fue:
—He orado continuamente sobre este asunto.
Dos meses después dejamos nuestro hermoso departamento y nos
mudamos a una vivienda en la parte posterior de una iglesia pequeña
en otro pueblo. No teníamos más que un puñado de creyentes
y el trabajo era difícil, pero Dios usó este llamamiento
para ayudamos a crecer espiritualmente. Me amisté con algunos de
los dirigentes del pueblo y pudimos llevar a cabo varios seminarios para
los aldeanos. La iglesia aumentó en número de cuatro a 40
miembros en sólo dos años.
Siento paz, porque sé, sin lugar a dudas, que Dios nos quería
en el ministerio. Sinceramente, no me imagino cómo sería
mi vida de otra manera.
Julia Miteva y su esposo viven en Yambol, Bulgaria.
|