La puerta desapercibida
porTsventanka Geordzeva
La mujer abrió la puerta del basurero y habló con alguien
adentro.
-Era un día iirío de enero en Bulgaria. Yo iba de puerta
en puerta en un edificio de departamentos, vendiendo literatura religiosa.
Me hice la promesa de tocar cada puerta del lugar. Unos, me la cerraban
en la cara, pero otros escuchaban atentamente. En una vivienda, conocí
a una dama muy agradable que me invitó a pasar. Me preguntó
de la Iglesia Adventista y conversamos acerca de sus creencias. Luego compró
El Deseado de todas las gentes.
Le di las gracias al salir de su hogar y comenzar a bajar las escaleras,
pero me detuve al escuchar pasos que me seguían.
—¡Espera, espera! —me dijo la amable mujer—. Dijiste que tocarías
cada puerta en el edificio, pero creo que te brincaste una. —Señaló
una puerta pequeña que daba a las escaleras entre ambos pisos.
—Pero ese no es un departamento — dije un poco confundida.
—No, no lo es —respondió—, pero espera. —Tocó a la puerta
y llamó en voz alta, —¡Elena!— Cuando nadie respondió,
empujó la puerta. Cuando los ojos se ajustaron a la oscuridad, vi
un montón de cajas de cartón en una esquina. Arriba, yacía
una anciana. La puerta daba al cuar-to de la basura y, aparentemente, Elena
vivía entre la basura.
—Elena es indigente —la mujer confirmó mis pensamientos—. Solía
vivir en el parque de la ciudad hasta que el frío no se lo permitió
más. Como no tiene dinero, no puede conseguir los documentos necesarios
para conseguir su propio departa-mento. Me enteré de su caso al
leer su historia en el periódico y me tocó el corazón.
Quise traerla a casa, pero mi esposo me lo prohibió. Así
que la traje al cuarto de la basura. Al menos aquí estará
seca y no pasara frío. ¡Pero no se lo digas anadie! —La dama
abrió los ojos grandes y redondos—. Si el arrendador se da cuenta,
la echará afuera. ¿Será que tu iglesia puede ayudar
a Elena? —Ahora los ojos de la mujer se llenaron de esperanza. Accedí
con la cabeza.
—Buscaré la manera de ayudarle.
En busca de ayuda
Esa noche, al subir los escalones a mi departamento, lo hice pensando
en Elena. Yo tenía una cama calentita y cobijas que me mantenían
abrigada. Podía escoger qué ropa usaría al día
siguiente. Pero Elena tenía que dormir en un cuarto para la basura,
sobre cajas de cartón y sin cobijas. ¿Qué cenaría
esa noche? No lo sabía.
—Querido Jesús —oré—. Me has dado un lugar para vivir,
pero tú no tuviste un lugar donde dormir cuando estuviste en la
tierra. ¿Cuan seguido sentiste hambre y frío?
A la mañana siguiente fui a la iglesia para ver qué podía
hacer. Un señor me dio dinero para que Elena pudiera conseguir carnet
de identificación. Otra mujer, una abogada, ofreció ayudarle
con los trámites legales.
Para el final del día, Elena tenía albergue temporal
hasta poder conseguir una vivienda más permanente. Además,
quedó iniciado el proceso para obtener su identificación.
Atendimos a Elena, pero aun no terminaba nuestra tarea. Elena me contó
que tenía hijos y queríamos encontrarlos.
Hallamos a la hermana y a una sobrina de Elena. Se mostraron amables
con noso-tros hasta descubrir que buscábamos a alguien que ayudara
a Elena.
—Elena tiene tres hijos —dijo su hermana—. Ellos la pueden cuidar.
—La mujer nos dio la dirección del hijo mayor.
Fuimos a la dirección que la hermana de Elena escribió
rápidamente en un papel. Descubrimos que era de una compañía
bien conocida en fe ciudad. El hijo de Elena era un hombre de negocios
próspero. Pero nos veía con desconfianza.
—Así que, me visitan para hablar de mi madre —nos dijo—. Si alguno
de ustedes es reportero no hablaré con ustedes — agregó ásperamente.
Se me llenaron los ojos de lágrimas al oír su tono de voz.
Cuando vio las lágrimas, se tranquilizó. Finalmente prometió
que si encontrába-mos un departamento para ella, él pagaría
el alquiler.
Nos enteramos de que, por un tiempo, Elena vivió con una de
sus hijas, pero su yerno la echó de la casa. No la podíamos
llevar allá. Por eso, nuestra única esperanza era su segunda
hija.
Hallamos a Stetka, quien trabajaba en una escuela. Al escuchar el nombre
de su madre, se dio la vuelta.
—No quiero saber nada de ella —dijo, y se alejó de mí.
No podía creer que a los hijos de Elena no les importara su madre.
Hice una oración rápida y corrí tras ella.
—¡Espera! —exclamé—. Sólo quiero hablar de tu madre.
La mujer se detuvo y me contó su vida, una vida sin Dios, sin esperanza,
sin amor.
—¿Al menos aceptaría ver a su madre? —le pregunté.
Sentí alivio cuando Stetka accedió a verla.
Reconciliación
Stetka y yo fijamos una fecha para visi-tar el lugar donde Elena se
quedaba. Al caminar por los pasillos del hospital psiquiátrico donde
vivía Elena, nos encontramos con pacientes que balbuceaban tonterías
al vernos. Me disculpé con Stetka por las condiciones del lugar
y deseaba que no tuviera que ver cuan mal estaba. Peto después me
di cuenta que Dios estaba usando la condición deplorable del edificio
para ablandar el corazón de Stetka. Cuando llegamos a la habitación
de Elena escuché sojlozos detrás de mí y al voltear,
vi que Stetka lloraba.
—No puedo creer que mi madre esté en este lugar —dijo llorando—.
No lo soporto. —Me hice a un lado para que madre e hija se encontraran.
Percibí la pre-sencia del Espíritu Santo en la humilde habitación.
Aunque se dijeron pocas palabras, el aire se llenó de corazones
quebran-tados y de perdón pedido en silencio y otorgado, sin decir
una sola palabra.
—¿Por qué lloras? —preguntó Elena. Ella estiró
los brazos para abrazar a su hija. Años de recuerdos amargos se
derritieron, permitiendo que el amor tomara su lugar.
—Mamá, debes venir a casa conmigo hoy —dijo Stetka.
—¿Y qué hay con tu esposo? —pre-guntó Elena.
—Eres mi madre, y no te dejaré en este lugar —respondió
Stetka.
Ese día Elena durmió en casa de su hija. Permaneció
con Stetka hasta que su hijo hiciera los arreglos necesarios para conseguirle
un departamento donde vivir. Ahora, Elena es feliz y está bien atendida.
Recuperó a su familia y ahora tiene muchos amigos más en
la iglesia.
Tsventanka Geordzeva vive en Plovdiv, Bulgaria.
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