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Sábado
12 de febrero 2005
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Lee Para el Estudio de esta
Semana: Mat. 27:42, 45; Mar. 15:31; 5:33; Luc. 23:44.
PARA AQUÉLLOS QUE
QUIEREN ESCUCHARLA, la naturaleza habla con elocuencia acerca del carácter
de Dios. Es como un altavoz, saturando nuestros sentidos con mensajes sublimes
acerca de quién creó todas las cosas. Pero aun en su plenitud
y belleza, las palabras de la naturaleza a menudo son acalladas y, a veces,
por causa de la “estática”, las señales son muy mal interpretadas.
En contraste, la Cruz es la
revelación definitiva de nuestro Creador para la humanidad. Sólo
cuando captamos la increíble realidad de que el Hombre que pende
de la Cruz también es Dios –aquél por quien todas las cosas
fueron creadas, tanto en el cielo como en la tierra– podemos comenzar a
comprender las verdades acerca de este Dios, que la puesta de sol más
espectacular o la flor más exótica nunca podrían alcanzar
a revelar. Además, al entender la clase de muerte que Cristo murió
en su humanidad y por qué estuvo de acuerdo en sufrirla, aprendemos
lecciones acerca de nuestro Dios que sobrepasan cualquier cosa que pudiera
enseñarnos las maravillas de la naturaleza.
Un Vistazo a la Semana: ¿Qué
ironía se observa en las burlas de los líderes contra Jesús?
¿Qué fue lo que provocó la oscuridad que lo rodeó?
¿Cuál fue el significado de su clamor: “¿Por qué
me has desamparado?” ¿Qué nos enseña la Cruz acerca
de la naturaleza del pecado?. |
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Domingo
13 de febrero 2005
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“Él Salvó a Otros”.
Después de los juicios
falsos, Jesús fue llevado por la Vía Dolorosa hasta el Gólgota,
“el lugar de la calavera”, donde fue crucificado. Poco sabían sus
asesinos lo que estaban haciendo. Sin duda, el conocer la ignorancia de
ellos fue parte de la razón por la que Jesús clamó:
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Luc. 23:34).
Sin embargo, su ignorancia no los excusará en el día del
juicio, porque tuvieron muchas oportunidades de conocer la verdad. Si quienes
nunca vieron a Jesús serán condenados por no creer (Juan
3:18), imagínate la suerte de aquéllos que lo rechazaron
mientras él vivía entre ellos.
Mientras Jesús colgaba
de la cruz, afrontó muchas burlas, tales como las descritas en Mateo
27:42, Marcos 15:31 y Lucas 23:35. Aunque eran insultos, ¿qué
gran verdad estaban expresando estos hombres, en su ignorancia?
Él salvó a otros,
pero no pudo salvarse a sí mismo. Es cierto: él no podría
haber salvado a otros y a sí mismo al mismo tiempo. Tenía
que ser lo uno o lo otro, pero no ambos.
Jesús podría haber
elegido no ofrecerse como sacrificio por los pecados del mundo (ver Juan
10:17, 18; Mat. 26:39; Heb. 7:27; Gál. 2:20), pero entonces el mundo
se habría perdido. Sólo ofreciéndose a sí mismo
podía salvar a “otros”. No había otro camino.
Aunque pronunciadas como burla
y con odio, aquellas palabras expresaron la verdad más grande de
todos los tiempos: si Cristo quería salvar al mundo, sólo
podía hacerlo en la Cruz.
En Mateo 26:39, Jesús
pidió que, si era posible, la copa pasara sin tener que tomarla.
Obviamente, esto no era posible, no en el sentido de que él no tuviera
posibilidad de elección en este asunto (si él no podía
elegir, ¿por qué molestarse en expresar esta oración?),
sino en el sentido de que no le era posible evitarla, si había de
salvar al mundo. Con esta idea en mente, lee también Marcos 8:31,
Lucas 24:7 y Juan 3:14. ¿Qué nos enseñan estos versículos
acerca de cuán necesaria era la muerte de Cristo para nuestra salvación? |
Oscuridad a Mediodía.
Lee Mateo 27:45, Marcos 15:33 y Lucas 23:44. Según estos tres textos,
¿qué fenómeno ocurrió? ¿Cuál
es el significado espiritual de este evento?
En la Biblia, la oscuridad es
un símbolo del mal, de la separación de Dios, que es luz
y en quien “no hay ningunas tinieblas” (1 Juan 1:5); de hecho, Jesús
habló de “las tinieblas de afuera” (Mat. 8:12; 22:13) como una expresión
del infierno. En un sentido, Jesús en la cruz llegó al infierno
por nosotros; es decir, sufrió la penalidad del pecado que aquéllos
que estén en el infierno tendrán que afrontar ellos mismos.
Lee los siguientes textos. ¿Qué
indican que ocurrió en la Cruz, que puede ayudar a explicar el significado
de esa oscuridad sobrenatural que apareció durante la crucifixión
de Cristo? Isa. 59:2; 2 Cor. 5:21; Gál. 3:13.
La oscuridad, entonces, es un
símbolo exterior de las tinieblas espirituales que rodearon al Hijo
de Dios mientras cargaba todo el peso de la justa ira de Dios contra el
pecado. Con el pecado acumulado del mundo no solamente cayendo sobre él
sino siendo castigado en él allí, en la Cruz, y con el Padre,
que es luz, escondiendo su presencia de Jesús, no es difícil
ver por qué la oscuridad cubrió la tierra. Era una manifestación
poderosa, al mundo y al universo, de lo que estaba ocurriendo en la Cruz,
del gran castigo que Jesús estaba soportando sobre sí mismo
con el fin de salvar a la humanidad de la condenación que, de otro
modo, el pecado les hubiera acarreado. “La densa oscuridad –escribió
Elena de White– fue un emblema de la agonía del alma y el horror
que rodearon al Hijo de Dios” (3 SpP 164).
¿Quién no ha sentido,
a veces, esta oscuridad espiritual? ¿Quién la causó?
¿De qué manera se disipó? ¿Qué consejo
darías a alguien que dice que se siente envuelto en tinieblas espirituales? |
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Martes
15 de febrero 2005
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El Padre Escondido. “Cerca
de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí,
Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has desamparado?” (Mat. 27:46).
“Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has desamparado? ¿Qué pudo haber
querido expresar Jesús con estas palabras, cuando antes había
dicho: “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30) y “Mas no estoy solo, porque
el Padre está conmigo” (Juan 16:32)? ¿No era éste
el mismo Jesús que estuvo a orillas del Jordán cuando el
Padre expresó: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”
(Mat. 3:17)? ¿No era éste el mismo Jesús que había
orado: “Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí,
y yo en ti” (Juan 17:21)? ¿No era éste el mismo Jesús
que había orado al Padre: “Porque me has amado desde antes de la
fundación del mundo?” (vers. 24)?
Por supuesto, sí lo era.
¿Qué pudo, entonces, haber querido significar con ese grito
angustioso?
Vuelve a leer los textos de
la sección de ayer (Isa. 59:2; 2 Cor. 5:21; Gál. 3:13), pero
léelos en el contexto del lamento de Cristo. ¿De qué
modo ayudan a explicar lo que estaba ocurriendo allí y por qué
pronunció esas palabras?
Por difícil que sea para
nosotros comprenderlo, Jesús –que había sido uno con el Padre
desde la eternidad– ahora sentía la separación completa de
Dios causada por el pecado. La ira de Dios, que de otro modo hubiera caído
sobre nosotros, recayó sobre él, de modo que ninguno de nosotros
tuviera necesariamente que enfrentarla alguna vez.
“Fue necesario que una terrible
oscuridad envolviera su alma debido a que le fueron retirados el amor y
el favor del Padre, porque ocupaba el lugar del pecador, y cada pecador
debe experimentar esa oscuridad. El Justo tuvo que sufrir la condenación
y la ira de Dios no como si fuera un castigo, pues el corazón de
Dios sufrió con intensísimo dolor cuando su Hijo –sin pecado
alguno– estaba sufriendo el castigo del pecado. Esta separación
de los poderes divinos nunca más volverá a ocurrir en todos
los siglos venideros”.–“Comentarios de Elena G. de White” (7 CBA # 935,
936).
¿Te has encontrado alguna
vez con alguien que se sentía abandonado por Dios (o tal vez lo
sentiste tú mismo)? ¿Qué le ocurrió a Jesús
en la cruz que te ofrece a ti, o a otra persona cualquiera, una salida
de lo que parece ser un abismo sin fondo? ¿Por qué, debido
a la Cruz, nadie debe sentir nunca que Dios lo ha abandonado? |
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Miércoles
16 de febrero 2005
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“Consumado Es”.
Cristo no murió derrotado,
sino como conquistador del pecado: un sacrificio inmaculado de perfecta
inocencia y virtud, infinito en poder moral y amor. Sus palabras “Consumado
es” significaron no meramente la terminación de su vida humana sino
la consumación de su sacrificio y la seguridad de su éxito.
Nada podía negar que la provisión hecha fuera completa. Lo
que había sido profetizado desde hacía mucho tiempo ahora
era un hecho cumplido en la historia: de aquí en adelante, la tarea
máxima de Jesús, y la de todo el cielo, sería aplicar
los méritos salvadores de su sacrificio a los habitantes de la tierra
atacados por el pecado hasta el fin del tiempo de gracia.
Esas palabras, “Consumado es”,
expresadas por Uno que había creado todas las cosas por su palabra,
repercutieron por todo el universo, asegurando que la estabilidad de su
orden moral y la gozosa armonía de su compañerismo estaban
garantizados para siempre.
¿De qué modo el
clamor de Cristo “Consumado es” arroja luz sobre lo que le ocurrió
al velo del templo en el momento de su muerte? Mat. 27:51.
Cada sacrificio animal –desde
el que ofreció Abel (Gén. 4:4) hasta los que fueron sacrificados
en el templo el día del Gólgota– señalaba a la muerte
de Cristo. Cuando el velo se rasgó entonces, anunció lo logrado
por esa muerte: simbolizó el fin del antiguo sistema hebreo y señalaba
hacia la inauguración de un camino nuevo y viviente a la presencia
de Dios por medio del cuerpo quebrantado de Jesús (Heb. 10:19-21),
acabando de una vez y para siempre con la necesidad de todo otro sacrificio
animal (Heb. 9:26).
¿Qué enseñan
los siguientes textos en su relación con el velo rasgado a causa
de la muerte de Cristo? Sal. 49:7, 15; 51:16-19; Heb. 10:1-5.
Ningún animal pudo alguna
vez expiar el pecado. Observa el desastre que produjo el pecado en nuestro
mundo: sufrimiento, miseria, pérdidas, chascos, muerte. ¿Y
crees que todo lo que haría falta para expiar, o pagar, por todo
este sufrimiento, sería la muerte de un macho cabrío, o siquiera
de mil corderos?
No es extraño que el
velo se rasgara; finalmente era un símbolo, una ilustración
y, por ello, por sí mismo no podía salvar ni una sola alma,
como tampoco mirar una foto de una comida podría llenar un estómago
vacío. |
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Jueves
17 de febrero 2005
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“Dios estaba en Cristo”.
“Que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles
en cuenta a los hombres sus pecados” (2 Cor. 5:19).
Podemos mirar al mundo a nuestro
alrededor y percibir el costo del pecado. Cada uno de nosotros, en un grado
u otro, afrontamos sus tristes consecuencias.
¿De qué maneras
el pecado (no sólo los tuyos en particular, sino también
el pecado en general) ha impactado tu vida y te ha traído tristeza?
No obstante, sólo en
la Cruz podemos comprender realmente cuán terrible es el pecado,
porque requirió algo tan extremo, algo tan increíble como
ella para expiar el pecado. La seriedad del remedio es una manera de juzgar
la seriedad de la ofensa; si alguien tuviera que hacer cinco horas de servicio
comunitario como castigo por una falta, podrías pensar que, cualquiera
que fuere la falta, ésta no habría sido muy grave. En contraste,
si afrontara la pena de muerte, supondrías que la falta es considerada
como muy seria. De este modo, nada revela el horror y la gravedad del pecado
como la Cruz, donde Dios, “en Cristo”, sufrió la consecuencia final
del pecado, de modo que no tuviéramos que sufrirla nosotros.
Lee con cuidado y oración
1 Pedro 2:24 y 2 Corintios 5:19, en el contexto de Filipenses 2:6. ¿Cómo
te ayudan estos textos a comprender cuán malo es el pecado?
El abismo insondable causado
por el pecado entre la humanidad y Dios es tan serio, que demandó
que Dios aplicara el castigo del pecado sobre sí mismo para salvarnos,
a fin de reconciliarnos con él. Cualesquiera que sean los misterios
de la Deidad, nunca debemos olvidar que “Dios estaba en Cristo” sobre la
cruz, cargando sobre sí mismo la penalidad del pecado. El pecado
es tan malo, que requirió nada menos que eso, la Cruz, para salvarnos
de él. La deuda que el mundo tenía con Dios era tan grande,
que sólo Dios mismo podía pagarla.
¿De qué modo experimentaste
personalmente la reconciliación que se menciona en 2 Corintios 5:19,
que vino por medio de “Dios [...] en Cristo”? ¿Qué significa
esta reconciliación en un aspecto práctico? ¿De qué
modo impacta tu concepto de ti mismo y de otros? ¿Cómo debería
esto impactar toda relación que tengas? |
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Viernes
18 de febrero 2005
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Para Estudiar y Meditar:
Lee El Deseado de todas las gentes, pp. 690-713; Primeros escritos,
pp. 177, 180, 209, 252, 253; El conflicto de los siglos, pp. 396, 557;
Mensajes selectos, t. 1, p. 358.
“Cuando el Redentor consintió
en tomar la copa de amargura a fin de salvar a los pecadores, su capacidad
de sufrir fue la única limitación para sus sufrimientos [...]
Al morir en favor de nosotros, pagó un equivalente a nuestra deuda;
así quitó de Dios toda acusación de haber disminuido
la culpabilidad del pecado. Él dice: Por virtud de mi unión
con el Padre, mis sufrimientos y mi muerte me capacitan para pagar el castigo
del pecado. Por mi muerte, se elimina una restricción de su amor.
Su gracia puede actuar con eficacia ilimitada” (AFC 71).
“Cristo experimentó mucho
de lo que los pecadores sentirán cuando la copa de la ira de Dios
sea derramada sobre ellos. La negra desesperación envolverá
como una mortaja sus almas culpables, y comprenderán en todo su
sentido la pecaminosidad del pecado. La salvación ha sido comprada
para ellos por los sufrimientos y la muerte del Hijo de Dios. Podría
ser suya si la aceptaran voluntaria y gustosamente; pero ninguno está
obligado a obedecer la Ley de Dios. Si niegan el beneficio celestial, y
prefieren los placeres y el engaño del pecado, consumarán
su elección, pero al fin recibirán su salario: la ira de
Dios y la muerte eterna. Estarán para siempre separados de la presencia
de Jesús, cuyo sacrificio han despreciado. Habrán perdido
una vida de felicidad y sacrificado la vida eterna por los placeres momentáneos
del pecado” (1 JT 227).
Preguntas Para Dialogar:
Cristo experimentó la
ira del Padre contra el pecado en nuestro lugar. Explica cómo la
ira divina contra el pecado es perfectamente consistente con el carácter
de amor de Dios. Si Dios no tuviera ira contra el pecado, ¿qué
clima moral crearía eso para la perpetuación de la rebelión?
Juan 3:16-21, 36; Rom. 1:16-19; Efe. 5:1-8.
¿Por qué la idea
de que podemos, de algún modo, ganar nuestra salvación es
una idea que sutilmente degrada la Cruz? ¿De qué modo la
Cruz demuestra la inutilidad de nuestras obras para salvarnos? |