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Lección 12
Redención
Para el 19 de marzo del 2005
 

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La Cruz y la santificación
PARA MEMORIZAR
“Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación” (1 Tes. 4:3). 
Sábado 12 de marzo 2005
Lee Para el Estudio de esta Semana: Rom. 6:1-16: 1 Cor. 6:11; Gál. 5:16-25; Col. 3:1-4.

HACE ALGUNOS AÑOS, ALGUIEN LEYÓ estas palabras famosas de Elena de White: “Cristo fue tratado como nosotros merecemos, a fin de que nosotros pudiésemos ser tratados como él merece. Fue condenado por nuestros pecados, en los que no había participado, a fin de que nosotros pudiésemos ser justificados por su justicia, en la cual no habíamos participado. Él sufrió la muerte nuestra, a fin de que pudiésemos recibir la vida suya” (DTG 16, 17). Tan agradecido y feliz estaba por esta maravillosa noticia de su gloriosa y costosa provisión, que el hombre dijo: “Por cuanto yo soy aceptado mediante su justicia sola, ahora puedo salir a hacer cualquier cosa que quiera. Las buenas nuevas son mejores de lo que había pensado”.

¡Oh, perdóneme! Me equivoqué al contar la historia. En su lugar, esto es lo que realmente dijo el hombre: “¡Uy! Por causa de lo que Jesús hizo por mí, porque soy aceptado mediante su justicia sola, odio mucho el pecado que hay en mí. Oh, Señor, te amo mucho; ¡por favor, cámbiame, purifícame, hazme más semejante a ti!”

Esa semana consideraremos otro aspecto de la Cruz: lo que tiene que ver con la vida de quien la acepta como propia.

Un Vistazo a la Semana: ¿Qué es la “gracia barata”? ¿Qué significa la santificación en la Biblia? ¿De qué modo la santificación se completa en la conversión? ¿De qué modo es un proceso continuo? ¿Cómo somos santificados? ¿Qué lugar tiene la Ley en la vida cristiana? 


Domingo 13 de marzo 2005
“Gracia Barata” y la Cruz.
La semana pasada estudiamos la justificación por la fe, las buenas noticias de que la vida perfecta de Jesús, su justicia perfecta, es acreditada a nosotros como si fuera nuestra, como si nosotros mismos hubiésemos vivido su vida sin pecado, aunque ni siquiera llegamos cerca de ello. También aprendimos que esta declaración de justicia en nuestro favor es por fe, no por obras. Creemos, y la justicia de Cristo llega a ser la nuestra a la vista de Dios. Al comprender nuestra necesidad desesperada, vamos al pie de la Cruz y reclamamos algo que no es nuestro; y lo obtenemos, no porque seamos dignos, sino porque Dios es un Dios de gracia y, por medio de la muerte de Cristo, nos da lo que nunca hubiéramos podido ganar por nosotros mismos, por fieles y diligentes que fuéramos en procurar obedecer la Ley, o aun el espíritu de la Ley.

No obstante, las buenas noticias de la salvación no terminan con la declaración de justicia en nuestro favor. Dios no declara simplemente justo a un pecador, y todo termina allí; por el contrario, esta declaración de justicia es sólo el comienzo. Algo más ocurre en la persona que ha sido justificada: eso se conoce como santificación, y es una parte inseparable del evangelio.

Lee los siguientes textos, y luego resume la esencia de lo que quieren expresar: Romanos 6:1-16; 1 Corintios 6:11; Gálatas 5:16-25.

No hay dudas de que quienes son justificados por la fe tienen una vida nueva en Cristo, una vida de obediencia y santificación. La justificación por la fe sin la santificación (que también es por la fe) es una justificación falsa, un evangelio falso. Es “gracia barata”: no significa que Dios justifica al pecador, sino que el pecador justifica el pecado. Es un evangelio que, en última instancia, no salva a nadie.

Imagínate a dos personas. La primera cree que tiene que esforzarse con todas sus energías para alcanzar la justicia que necesita para ser salva, porque, para comenzar, no está segura de que tiene esa salvación; de esta manera, se esfuerza por vivir una vida de obediencia. La segunda persona actúa sobre la convicción de que ya fue salvada por Cristo, que su justicia la cubre y, ahora, por amor y gratitud, se esfuerza con todas sus energías, dadas por Dios, por vivir una vida de obediencia. ¿Cuál de ellas tiene más posibilidades de tener éxito en la vida cristiana, y por qué?


Lunes 14 de marzo 2005
Separados.  “En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Heb. 10:10).

En el idioma hebreo, la palabra que a menudo se traduce como “santificar” (kadósh, o hakodésh) aparece, en diversas formas, más de ochocientas veces en el Antiguo Testamento. En el griego, agiázo o ágios a menudo se traducen como “santificar” y “santo”, y aparecen unas doscientas cuarenta veces en el Nuevo Testamento. En ambos casos, las palabras se traducen no sólo como “santificar”, sino también como “santidad”, “hacer santo” o “santo”. De modo que, sólo por los significados originales, recibimos un poderoso indicador de que la santificación está ligada al concepto de santidad.

Pero, ¿qué es santidad? En hebreo, el significado básico es “separar para un uso santo”, o aun “ser apartado del pecado para Dios”. De este modo, los que son santificados pertenecen a Dios y a su servicio.

Al recordar lo que significa esta palabra, lee Levítico 19:2; 20:7 y 26. ¿De qué modo estos textos nos ayudan a comprender el significado de la santidad?

Es interesante notar que, en la Biblia, no sólo la gente es santificada, o hecha santa. El lugar donde Dios manifiesta su presencia es “tierra santa” (Éxo. 3:5); el sábado es santo porque fue un día separado por Dios (Éxo. 20:8-11); el Santuario es llamado “Lugar santo” porque también fue separado por Dios para su uso (Éxo. 26:33).

Sin embargo, podemos ver que ninguna de estas cosas tiene santidad o es santificada a causa de algo inherente a ellas. El séptimo día, si no fuera considerado santo por Dios, sería como cualquier otro día. La santidad o santificación es algo otorgado por un Dios santo; es algo que Dios mismo obra, ya sea en una persona o en una cosa. En el caso del antiguo Israel, por ejemplo, él lo separó, lo llamó de la esclavitud y aun de la influencia de las naciones paganas que estaban a su alrededor para que pudiera ser un pueblo que él pudiera usar en su servicio, el de enseñar al mundo acerca del verdadero Dios (Éxo. 19:6).

¿En qué sentido la iglesia hoy es “santificada” (ver 1 Cor. 1:2)? También, considera tu propia experiencia con el Señor. ¿De qué manera has sido “separado” por Dios para un uso santo? ¿Cómo comprendes esta idea en términos y experiencia prácticos en la vida diaria?


Martes 15 de marzo 2005
El Estado Santificado.

Lee 1 Corintios 1:2. Nota que Pablo llama a la iglesia “los santificados en Cristo Jesús”. La palabra griega para “santificados” aparece en un tiempo verbal que significa una acción completada en el pasado pero cuyos resultados continúan en el presente. No obstante, si lees acerca de la iglesia de Corinto, descubrirás que estaba luchando con muchos problemas serios de ética y doctrina (ver 1 Cor. 5; 6); ¿Cómo, entonces, debemos entender que esta iglesia había sido “santificada”? ¿De qué modo la definición de santificación que aprendimos ayer nos ayuda a responder esta pregunta?

En la Biblia, no hay tal cosa como santificación parcial: pertenecemos a Cristo enteramente desde el momento en que nacemos de nuevo, y así seguimos mientras nos mantengamos conectados, por la fe, con él. La santificación siempre señala una experiencia total de pertenencia divina. Esta posesión es completada en la conversión, y debería proseguir a lo largo de toda la vida cristiana.

 Entonces, ¿cómo entendemos la idea de que “la santificación no es obra de un momento, una hora o un día, sino de toda la vida” (HAp 462)?

Hay diferentes facetas en la idea de la santificación. En el sentido de relaciones, en el que nosotros somos puestos aparte por Dios, la obra está completada. Pertenecemos a Dios. Hemos sido santificados por él. Por lo que Cristo hizo en la Cruz, Dios tiene el derecho de reclamarnos como suyos.

Pero en un sentido moral, en el sentido de crecer en la gracia, todavía estamos en el proceso de ser santificados. En estos dos versículos: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17) y “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo” (1 Tes. 5:23), el verbo “santificar” aparece en tiempo presente, como en un proceso continuo por el cual participamos de la santidad de Cristo en un sentido moral y práctico. Por medio de la fe y de una dependencia total de Dios, somos transformados por el poder de Dios que obra en nosotros para limpiarnos, para purificarnos de nuestros pecados, de modo que el carácter de Cristo se forme en nosotros.

En el contexto del estudio de hoy, lee Gálatas 4:19. ¿Qué te enseña este texto?


Miércoles 16 de marzo 2005
“Vuestra Vida está Escondida con Cristo en Dios”.    Lee Colosenses 3:1 al 4, y resume en tus propias palabras lo que dice acerca de la vida cristiana.

Estos son versículos muy hermosos, y captan muy claramente el aspecto que tiene que ver con la relación de nuestra vida en Cristo. Resucitamos con Jesús porque primero morimos con él; es decir, en el momento de la conversión, morimos a nuestro viejo yo y ahora vivimos una vida nueva en Jesús, una vida en la que, por la fe y mediante el poder del Espíritu Santo, manifestamos en nuestra propia carne, en nuestro propio corazón, en nuestras propias palabras y hechos, el carácter de Cristo, que “nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Cor. 1:30).

¿Dónde encuentras, en estos versículos, la esperanza de la segunda venida de Cristo? ¿De qué modo está vinculada esta esperanza con el tema básico de estos versículos? ¿Por qué se la menciona aquí, en este contexto específico?

La semana pasada consideramos el concepto de la justicia imputada, es decir, una justicia que nos es acreditada. Pero esos textos se refieren en mayor medida a la experiencia de la justicia impartida, cuando la justicia de Jesús es revelada en nosotros. No estamos hablando aquí acerca de una obediencia servil a las reglas, o leyes, sino de la experiencia de haber muerto al hombre viejo para que Dios pueda impartirnos su propio carácter. Es decisivo que recordemos que somos seres caídos y que nuestra caída incluye más que la condenación de Dios por causa del pecado; nuestra caída incluye la degeneración de la raza: moral, física y espiritual. Cristo murió y resucitó, y está ministrando en el cielo para restaurarnos a la posición que tuvimos antes de la caída. La santificación, que inicia la restauración moral de la imagen de Dios en los seres humanos, es parte del proceso.

Lee otra vez Colosenses 3:1 al 4. ¿Qué significa que debemos buscar las cosas “de arriba”? ¿En qué forma práctica podemos hacer esto? ¿De qué modo lo que leemos, miramos, meditamos y hablamos influye sobre el éxito que tendremos al seguir esta amonestación bíblica?


Jueves 17 de marzo 2005
La Ley y el Evangelio.  Amamos a Dios por la salvación, que es nuestra mediante la Cruz. Y, como resultado, queremos seguir al Señor en fe y obediencia. Mediante el poder del Espíritu Santo podemos hacerlo, y lo que resulta es una nueva vida en Cristo (2 Cor. 5:17).

No obstante, sigue en pie la pregunta: ¿Cómo sabemos si realmente estamos obedeciendo a Dios? ¿De qué modo sabemos si el Espíritu nos guía de manera particular o si estamos siendo impulsados por algún otro poder? Si amamos a Dios porque hemos sido justificados por la fe y queremos ser obedientes (Mat. 7:24; Rom. 1:5; 16:26; Gál. 3:1; Heb. 5:9; 1 Ped. 4:17), deberíamos saber lo que Dios espera de nosotros.

Lee los siguientes textos. ¿Cuál es el mensaje que tienen para nosotros, como cristianos? Juan 8:11; Gál. 2:17; Juan 8:34; Rom. 6:13; 1 Juan 2:1; 3:8; Heb. 3:13; 12:4.

¿Cómo puede haber todas estas amonestaciones para los cristianos, contra el pecado, a menos que haya una Ley que defina el pecado? (Rom. 7:7; 1 Juan 3:4). La existencia del pecado automáticamente indica la existencia de la Ley. No puede haber pecado sin Ley, del mismo modo que no puede haber crimen sin Ley. Que el Nuevo Testamento exija que nos abstengamos de pecar y, sin embargo, debilite o anule la Ley tiene poco sentido, así como ocurriría en una Nación que exija que sus ciudadanos no roben automóviles mientras, al mismo tiempo, anule o debilite las leyes contra el robo de vehículos.

La Ley de Dios es espiritual (Rom. 7:14), y está hecha para seres espirituales, seres que son impulsados por el Espíritu Santo a obedecer al Señor. La Ley no fue creada para salvar a nadie, sino para ponernos límites, por así decirlo; para ayudarnos a comprender cómo debemos revelar en nuestras vidas el amor a Dios que profesamos. Cualquiera puede profesar que ama a Dios, y hubo gente, a lo largo de los años, que pretendió ser “guiada por el Espíritu”, ha procurado expresar este “amor” en formas muy extrañas y, a veces, hirientes. Sin embargo, la Biblia, sin ambigüedades, nos dice cómo debemos revelar ese amor: “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5:3). El Espíritu nos guiará, no en contra de la Ley sino de una manera en “que la justicia de la Ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Rom. 8:4).

¿Por qué crees, basado en tu propia experiencia con el Señor, que Dios quiere que guardemos su Ley? ¿De qué modo se nos revela el amor de Dios mediante su Ley? Responde esto a partir de tu propia experiencia.


Viernes 18 de marzo 2005
Para Estudiar y Meditar:  Lee Los hechos de los apóstoles, pp. 174-265; Fe y obras, pp. 28-33.

“Para recibir la ayuda de Cristo debemos darnos cuenta de nuestra necesidad. Debemos tener un verdadero conocimiento de nosotros mismos. Cristo sólo puede salvar al que se sabe pecador. Sólo cuando vemos nuestra total impotencia y renunciamos a toda confianza propia aceptaremos el poder divino.

“Esta renuncia no debe hacerse sólo al comienzo de la vida cristiana. En cada paso que demos hacia el cielo ha de ser renovada. Todas nuestras buenas obras dependen de un poder exterior a nosotros mismos; por lo tanto, el corazón debe extenderse continuamente a Dios en una confesión de pecado constante y ferviente, y en humillación del alma ante él. Los peligros nos rodean; y sólo estaremos seguros cuando sintamos nuestra debilidad y nos aferremos por fe a nuestro poderoso Libertador” (RJ 303).

“Para muchos, la santificación es meramente justificación propia. Y, sin embargo, estas personas declaran osadamente que Jesús es su Salvador y Santificador. ¡Qué engaño! ¿Acaso el Hijo de Dios va a santificar al transgresor de la Ley del Padre, esa Ley que Cristo vino a exaltar y honrar?” (FO 28).

Preguntas Para Dialogar:

La mayoría de los cristianos comprende que la justificación es por fe. ¿Por qué la santificación debe ser también por fe? Ver Hech. 26:18.

Elena de White escribió que todas nuestras buenas obras dependen de un poder “exterior a nosotros mismos” (ver más arriba). ¿Cuál es la clave para que este poder exterior obre en nuestras vidas?

Arizona En Marcha agradece su voto para Sitios Adventistas.com

Puede encontrar los bosquejos en Español, Ingles, Portugues y Rumano:

Bosquejo de la lección por Bruce N. Cameron en Español
Lesson outline by Bruce N. Cameron in English
Estudo Biblico da Semana em Portugues.
Bosquede la lección en Rumano.
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