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Lee Para el Estudio de esta
Semana: Rom. 6:1-16: 1 Cor. 6:11; Gál. 5:16-25; Col. 3:1-4.
HACE ALGUNOS AÑOS,
ALGUIEN LEYÓ estas palabras famosas de Elena de White: “Cristo
fue tratado como nosotros merecemos, a fin de que nosotros pudiésemos
ser tratados como él merece. Fue condenado por nuestros pecados,
en los que no había participado, a fin de que nosotros pudiésemos
ser justificados por su justicia, en la cual no habíamos participado.
Él sufrió la muerte nuestra, a fin de que pudiésemos
recibir la vida suya” (DTG 16, 17). Tan agradecido y feliz estaba por esta
maravillosa noticia de su gloriosa y costosa provisión, que el hombre
dijo: “Por cuanto yo soy aceptado mediante su justicia sola, ahora puedo
salir a hacer cualquier cosa que quiera. Las buenas nuevas son mejores
de lo que había pensado”.
¡Oh, perdóneme!
Me equivoqué al contar la historia. En su lugar, esto es lo que
realmente dijo el hombre: “¡Uy! Por causa de lo que Jesús
hizo por mí, porque soy aceptado mediante su justicia sola, odio
mucho el pecado que hay en mí. Oh, Señor, te amo mucho; ¡por
favor, cámbiame, purifícame, hazme más semejante a
ti!”
Esa semana consideraremos otro
aspecto de la Cruz: lo que tiene que ver con la vida de quien la acepta
como propia.
Un Vistazo a la Semana:
¿Qué es la “gracia barata”? ¿Qué significa
la santificación en la Biblia? ¿De qué modo la santificación
se completa en la conversión? ¿De qué modo es un proceso
continuo? ¿Cómo somos santificados? ¿Qué lugar
tiene la Ley en la vida cristiana? |
“Gracia Barata” y la Cruz.
La semana pasada estudiamos
la justificación por la fe, las buenas noticias de que la vida perfecta
de Jesús, su justicia perfecta, es acreditada a nosotros como si
fuera nuestra, como si nosotros mismos hubiésemos vivido su vida
sin pecado, aunque ni siquiera llegamos cerca de ello. También aprendimos
que esta declaración de justicia en nuestro favor es por fe, no
por obras. Creemos, y la justicia de Cristo llega a ser la nuestra a la
vista de Dios. Al comprender nuestra necesidad desesperada, vamos al pie
de la Cruz y reclamamos algo que no es nuestro; y lo obtenemos, no porque
seamos dignos, sino porque Dios es un Dios de gracia y, por medio de la
muerte de Cristo, nos da lo que nunca hubiéramos podido ganar por
nosotros mismos, por fieles y diligentes que fuéramos en procurar
obedecer la Ley, o aun el espíritu de la Ley.
No obstante, las buenas noticias
de la salvación no terminan con la declaración de justicia
en nuestro favor. Dios no declara simplemente justo a un pecador, y todo
termina allí; por el contrario, esta declaración de justicia
es sólo el comienzo. Algo más ocurre en la persona que ha
sido justificada: eso se conoce como santificación, y es una parte
inseparable del evangelio.
Lee los siguientes textos, y
luego resume la esencia de lo que quieren expresar: Romanos 6:1-16; 1 Corintios
6:11; Gálatas 5:16-25.
No hay dudas de que quienes
son justificados por la fe tienen una vida nueva en Cristo, una vida de
obediencia y santificación. La justificación por la fe sin
la santificación (que también es por la fe) es una justificación
falsa, un evangelio falso. Es “gracia barata”: no significa que Dios justifica
al pecador, sino que el pecador justifica el pecado. Es un evangelio que,
en última instancia, no salva a nadie.
Imagínate a dos personas.
La primera cree que tiene que esforzarse con todas sus energías
para alcanzar la justicia que necesita para ser salva, porque, para comenzar,
no está segura de que tiene esa salvación; de esta manera,
se esfuerza por vivir una vida de obediencia. La segunda persona actúa
sobre la convicción de que ya fue salvada por Cristo, que su justicia
la cubre y, ahora, por amor y gratitud, se esfuerza con todas sus energías,
dadas por Dios, por vivir una vida de obediencia. ¿Cuál de
ellas tiene más posibilidades de tener éxito en la vida cristiana,
y por qué? |
Separados. “En esa
voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo
hecha una vez para siempre” (Heb. 10:10).
En el idioma hebreo, la palabra
que a menudo se traduce como “santificar” (kadósh, o hakodésh)
aparece, en diversas formas, más de ochocientas veces en el Antiguo
Testamento. En el griego, agiázo o ágios a menudo se traducen
como “santificar” y “santo”, y aparecen unas doscientas cuarenta veces
en el Nuevo Testamento. En ambos casos, las palabras se traducen no sólo
como “santificar”, sino también como “santidad”, “hacer santo” o
“santo”. De modo que, sólo por los significados originales, recibimos
un poderoso indicador de que la santificación está ligada
al concepto de santidad.
Pero, ¿qué es
santidad? En hebreo, el significado básico es “separar para un uso
santo”, o aun “ser apartado del pecado para Dios”. De este modo, los que
son santificados pertenecen a Dios y a su servicio.
Al recordar lo que significa
esta palabra, lee Levítico 19:2; 20:7 y 26. ¿De qué
modo estos textos nos ayudan a comprender el significado de la santidad?
Es interesante notar que, en
la Biblia, no sólo la gente es santificada, o hecha santa. El lugar
donde Dios manifiesta su presencia es “tierra santa” (Éxo. 3:5);
el sábado es santo porque fue un día separado por Dios (Éxo.
20:8-11); el Santuario es llamado “Lugar santo” porque también fue
separado por Dios para su uso (Éxo. 26:33).
Sin embargo, podemos ver que
ninguna de estas cosas tiene santidad o es santificada a causa de algo
inherente a ellas. El séptimo día, si no fuera considerado
santo por Dios, sería como cualquier otro día. La santidad
o santificación es algo otorgado por un Dios santo; es algo que
Dios mismo obra, ya sea en una persona o en una cosa. En el caso del antiguo
Israel, por ejemplo, él lo separó, lo llamó de la
esclavitud y aun de la influencia de las naciones paganas que estaban a
su alrededor para que pudiera ser un pueblo que él pudiera usar
en su servicio, el de enseñar al mundo acerca del verdadero Dios
(Éxo. 19:6).
¿En qué sentido
la iglesia hoy es “santificada” (ver 1 Cor. 1:2)? También, considera
tu propia experiencia con el Señor. ¿De qué manera
has sido “separado” por Dios para un uso santo? ¿Cómo comprendes
esta idea en términos y experiencia prácticos en la vida
diaria? |
El Estado Santificado.
Lee 1 Corintios 1:2. Nota que
Pablo llama a la iglesia “los santificados en Cristo Jesús”. La
palabra griega para “santificados” aparece en un tiempo verbal que significa
una acción completada en el pasado pero cuyos resultados continúan
en el presente. No obstante, si lees acerca de la iglesia de Corinto, descubrirás
que estaba luchando con muchos problemas serios de ética y doctrina
(ver 1 Cor. 5; 6); ¿Cómo, entonces, debemos entender que
esta iglesia había sido “santificada”? ¿De qué modo
la definición de santificación que aprendimos ayer nos ayuda
a responder esta pregunta?
En la Biblia, no hay tal cosa
como santificación parcial: pertenecemos a Cristo enteramente desde
el momento en que nacemos de nuevo, y así seguimos mientras nos
mantengamos conectados, por la fe, con él. La santificación
siempre señala una experiencia total de pertenencia divina. Esta
posesión es completada en la conversión, y debería
proseguir a lo largo de toda la vida cristiana.
Entonces, ¿cómo
entendemos la idea de que “la santificación no es obra de un momento,
una hora o un día, sino de toda la vida” (HAp 462)?
Hay diferentes facetas en la
idea de la santificación. En el sentido de relaciones, en el que
nosotros somos puestos aparte por Dios, la obra está completada.
Pertenecemos a Dios. Hemos sido santificados por él. Por lo que
Cristo hizo en la Cruz, Dios tiene el derecho de reclamarnos como suyos.
Pero en un sentido moral, en
el sentido de crecer en la gracia, todavía estamos en el proceso
de ser santificados. En estos dos versículos: “Santifícalos
en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17) y “Y el mismo Dios de
paz os santifique por completo” (1 Tes. 5:23), el verbo “santificar” aparece
en tiempo presente, como en un proceso continuo por el cual participamos
de la santidad de Cristo en un sentido moral y práctico. Por medio
de la fe y de una dependencia total de Dios, somos transformados por el
poder de Dios que obra en nosotros para limpiarnos, para purificarnos de
nuestros pecados, de modo que el carácter de Cristo se forme en
nosotros.
En el contexto del estudio de
hoy, lee Gálatas 4:19. ¿Qué te enseña este
texto? |
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Miércoles
16 de marzo 2005
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“Vuestra Vida está Escondida
con Cristo en Dios”. Lee Colosenses 3:1 al 4, y resume
en tus propias palabras lo que dice acerca de la vida cristiana.
Estos son versículos
muy hermosos, y captan muy claramente el aspecto que tiene que ver con
la relación de nuestra vida en Cristo. Resucitamos con Jesús
porque primero morimos con él; es decir, en el momento de la conversión,
morimos a nuestro viejo yo y ahora vivimos una vida nueva en Jesús,
una vida en la que, por la fe y mediante el poder del Espíritu Santo,
manifestamos en nuestra propia carne, en nuestro propio corazón,
en nuestras propias palabras y hechos, el carácter de Cristo, que
“nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación
y redención” (1 Cor. 1:30).
¿Dónde encuentras,
en estos versículos, la esperanza de la segunda venida de Cristo?
¿De qué modo está vinculada esta esperanza con el
tema básico de estos versículos? ¿Por qué se
la menciona aquí, en este contexto específico?
La semana pasada consideramos
el concepto de la justicia imputada, es decir, una justicia que nos es
acreditada. Pero esos textos se refieren en mayor medida a la experiencia
de la justicia impartida, cuando la justicia de Jesús es revelada
en nosotros. No estamos hablando aquí acerca de una obediencia servil
a las reglas, o leyes, sino de la experiencia de haber muerto al hombre
viejo para que Dios pueda impartirnos su propio carácter. Es decisivo
que recordemos que somos seres caídos y que nuestra caída
incluye más que la condenación de Dios por causa del pecado;
nuestra caída incluye la degeneración de la raza: moral,
física y espiritual. Cristo murió y resucitó, y está
ministrando en el cielo para restaurarnos a la posición que tuvimos
antes de la caída. La santificación, que inicia la restauración
moral de la imagen de Dios en los seres humanos, es parte del proceso.
Lee otra vez Colosenses 3:1
al 4. ¿Qué significa que debemos buscar las cosas “de arriba”?
¿En qué forma práctica podemos hacer esto? ¿De
qué modo lo que leemos, miramos, meditamos y hablamos influye sobre
el éxito que tendremos al seguir esta amonestación bíblica? |
La Ley y el Evangelio.
Amamos a Dios por la salvación, que es nuestra mediante la
Cruz. Y, como resultado, queremos seguir al Señor en fe y obediencia.
Mediante el poder del Espíritu Santo podemos hacerlo, y lo que resulta
es una nueva vida en Cristo (2 Cor. 5:17).
No obstante, sigue en pie la
pregunta: ¿Cómo sabemos si realmente estamos obedeciendo
a Dios? ¿De qué modo sabemos si el Espíritu nos guía
de manera particular o si estamos siendo impulsados por algún otro
poder? Si amamos a Dios porque hemos sido justificados por la fe y queremos
ser obedientes (Mat. 7:24; Rom. 1:5; 16:26; Gál. 3:1; Heb. 5:9;
1 Ped. 4:17), deberíamos saber lo que Dios espera de nosotros.
Lee los siguientes textos. ¿Cuál
es el mensaje que tienen para nosotros, como cristianos? Juan 8:11; Gál.
2:17; Juan 8:34; Rom. 6:13; 1 Juan 2:1; 3:8; Heb. 3:13; 12:4.
¿Cómo puede haber
todas estas amonestaciones para los cristianos, contra el pecado, a menos
que haya una Ley que defina el pecado? (Rom. 7:7; 1 Juan 3:4). La existencia
del pecado automáticamente indica la existencia de la Ley. No puede
haber pecado sin Ley, del mismo modo que no puede haber crimen sin Ley.
Que el Nuevo Testamento exija que nos abstengamos de pecar y, sin embargo,
debilite o anule la Ley tiene poco sentido, así como ocurriría
en una Nación que exija que sus ciudadanos no roben automóviles
mientras, al mismo tiempo, anule o debilite las leyes contra el robo de
vehículos.
La Ley de Dios es espiritual
(Rom. 7:14), y está hecha para seres espirituales, seres que son
impulsados por el Espíritu Santo a obedecer al Señor. La
Ley no fue creada para salvar a nadie, sino para ponernos límites,
por así decirlo; para ayudarnos a comprender cómo debemos
revelar en nuestras vidas el amor a Dios que profesamos. Cualquiera puede
profesar que ama a Dios, y hubo gente, a lo largo de los años, que
pretendió ser “guiada por el Espíritu”, ha procurado expresar
este “amor” en formas muy extrañas y, a veces, hirientes. Sin embargo,
la Biblia, sin ambigüedades, nos dice cómo debemos revelar
ese amor: “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos;
y sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5:3). El Espíritu nos
guiará, no en contra de la Ley sino de una manera en “que la justicia
de la Ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne,
sino conforme al Espíritu” (Rom. 8:4).
¿Por qué crees,
basado en tu propia experiencia con el Señor, que Dios quiere que
guardemos su Ley? ¿De qué modo se nos revela el amor de Dios
mediante su Ley? Responde esto a partir de tu propia experiencia. |
Para Estudiar y Meditar:
Lee Los hechos de los apóstoles, pp. 174-265; Fe y obras, pp.
28-33.
“Para recibir la ayuda de Cristo
debemos darnos cuenta de nuestra necesidad. Debemos tener un verdadero
conocimiento de nosotros mismos. Cristo sólo puede salvar al que
se sabe pecador. Sólo cuando vemos nuestra total impotencia y renunciamos
a toda confianza propia aceptaremos el poder divino.
“Esta renuncia no debe hacerse
sólo al comienzo de la vida cristiana. En cada paso que demos hacia
el cielo ha de ser renovada. Todas nuestras buenas obras dependen de un
poder exterior a nosotros mismos; por lo tanto, el corazón debe
extenderse continuamente a Dios en una confesión de pecado constante
y ferviente, y en humillación del alma ante él. Los peligros
nos rodean; y sólo estaremos seguros cuando sintamos nuestra debilidad
y nos aferremos por fe a nuestro poderoso Libertador” (RJ 303).
“Para muchos, la santificación
es meramente justificación propia. Y, sin embargo, estas personas
declaran osadamente que Jesús es su Salvador y Santificador. ¡Qué
engaño! ¿Acaso el Hijo de Dios va a santificar al transgresor
de la Ley del Padre, esa Ley que Cristo vino a exaltar y honrar?” (FO 28).
Preguntas Para Dialogar:
La mayoría de los cristianos
comprende que la justificación es por fe. ¿Por qué
la santificación debe ser también por fe? Ver Hech. 26:18.
Elena de White escribió
que todas nuestras buenas obras dependen de un poder “exterior a nosotros
mismos” (ver más arriba). ¿Cuál es la clave para que
este poder exterior obre en nuestras vidas? |