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Lee Para el Estudio de esta
Semana: Rom. 3:20, 28; 4:13; 5:14-18; 6:23; 8:33, 34; 9:31, 32; 2 Cor.
9:15; Gál. 2:16; 3:8-11; Efe. 2:7-9.
PABLO ESCRIBIÓ QUE
JESÚS “fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado
para nuestra justificación” (Rom. 4:25).
Pocos temas son más controvertidos
entre los cristianos que el de la “justificación”, que aparece en
los versículos recién mencionados (y en otros). Desde el
tiempo de Pablo, que lidió con este problema en la iglesia primitiva,
hasta Martín Lutero, cuyas luchas con el Papado surgieron primero
respecto del tema de la justificación, hasta hoy mismo entre los
adventistas del séptimo día (por no mencionar a otros cristianos),
el tema de la justificación todavía produce discusiones y
debates.
Es un tema crucial, un tema
poderoso, que como creyentes necesitamos considerar con humildad, no sólo
delante de Dios sino también delante de los demás. Es un
tema que necesitamos considerar sobre nuestras rodillas, con nuestros corazones
y mentes abiertos a la enseñanza del Espíritu, que es el
único que puede enseñarnos desde la Palabra.
Aunque un año entero
de Guías de Estudio de la Biblia no podrían hacer justicia
a este tema, esta semana exploramos esta enseñanza rica y fructífera,
que surge directamente de la Cruz.
Un Vistazo a la Semana:
¿Por qué la salvación debe ser un don de parte de
Dios hacia nosotros? ¿Cuál es el significado de “justificar”?
¿Por qué las obras de Abraham no fueron suficientes para
justificarlo? ¿Por qué la Ley no puede salvarnos? ¿Qué
significa que la justicia de Cristo nos sea imputada?. |
El Don.
La semana pasada estudiamos
que, en el Cruz, Jesús cargó sobre sí el castigo por
el pecado. Esto es, para ser leal consigo mismo y con los grandes principios
eternos que él mismo había establecido, el pecado tenía
que ser castigado: ésta es la justicia de Dios. Pero, a fin de ser
misericordioso (pues Dios también es esencialmente misericordioso),
tomó ese castigo sobre sí mismo en la persona de su Hijo,
satisfaciendo así las demandas de la justicia mientras, al mismo
tiempo, otorgaba misericordia y perdón a los que no merecían
ninguno de ellos (Rom. 3:26). Esta maravillosa provisión forma la
base conceptual de la Cruz, el fundamento sobre el cual nuestros pecados
son perdonados, somos purificados de nuestros pecados y, en definitiva,
recibiremos un cuerpo nuevo en un mundo nuevo.
Con este telón de fondo,
¿puedes percibir por qué la salvación tiene que ser
gratuita? Piensa en ello: El Hijo de Dios tomó la carne humana;
vivió en esa carne una vida de perfecta obediencia al Padre y luego
fue a la Cruz, donde afrontó la ira de Dios contra el pecado, donde
todos los pecados del mundo recayeron sobre él, donde llegó
a ser pecado por nosotros, donde fue juzgado y condenado en nuestro lugar,
donde murió como sustituto por todos en el mundo. ¿No era
esto suficientemente bueno todavía? ¿Podría la salvación
estar basada en algo que nosotros pudiéramos hacer? ¿Le faltaba
algo que nosotros, como pecadores, pudiéramos añadir para
completar lo que la vida, la muerte y la resurrección de Cristo
no hicieron? ¡De ningún modo! La mera idea de ganar nuestra
salvación, automáticamente, debilita en nuestras mentes lo
que Dios logró para nosotros. ¿Qué podría hacer
alguno –es decir, cualquier pecador– para añadir algo a lo que fue
hecho por él en la Cruz?
Lee los siguientes textos, y
luego escribe lo que enseñan acerca de la salvación: Rom.
5:14-18; 6:23; 2 Cor. 9:15; Efe. 2:7-9.
“Toda alma puede decir: ‘Mediante
su perfecta obediencia, Cristo ha satisfecho las demandas de la Ley, y
mi única esperanza radica en acudir a él como mi sustituto
y garantía, el que obedeció la Ley perfectamente por mí.
Por fe en sus méritos, estoy libre de la condenación de la
Ley. Me reviste con su justicia, que responde a todas las demandas de la
Ley. Estoy completo en aquél que produce la justicia eterna. Él
me presenta a Dios con la vestimenta inmaculada en la que no hay una hebra
que haya sido entretejida por instrumento humano alguno. Todo es de Cristo,
y toda la gloria, el honor y la majestad han de darse al Cordero de Dios
que quita los pecados del mundo” (1 MS 397).
Escribe en tus propias palabras
el contenido principal de este párrafo de Elena de White. |
Justificados. “Por
su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará
las iniquidades de ellos” (Isa. 53:11).
Lee el texto recién citado.
¿De qué manera el siervo justo justifica a muchos? ¿De
qué modo esa respuesta concuerda con lo que hemos estudiado hasta
aquí?
Dos palabras traducidas como
“justificar” son sadáq (hebreo) y dikaióo (griego), y tienen
básicamente el mismo significado. Son términos legales. Ambas
deben ser comprendidas en el contexto de la sentencia que un juez pronuncia
en un caso en el tribunal: si el juez decide en favor del acusado, el acusado
es “justificado”; si el juez decide en contra del acusado, éste
es condenado. Por lo tanto, “justificación” es una declaración
legal: una persona es justificada cuando se la declara absuelta por el
juez.
Lee los siguientes textos; nota
el contraste expresado en ellos entre ser justificado y ser condenado.
¿De qué modo este contraste nos ayuda a comprender lo que
significa la justificación? Deut. 25:1; Prov. 17:15; Mat. 12:37;
Rom. 5:16; 8:33, 34. (Lee también Juan 3:17: ¿Qué
nos enseña el contraste entre ser condenados y ser salvos acerca
del significado de la justificación?).
En todos estos ejemplos, hay
sólo dos opciones: no existe áreas grises, ni posición
intermedia, ni transigencia. O las personas son declaradas justificadas,
es decir, absueltas, o son condenadas. Por su naturaleza, el concepto de
justificación (así como el de condenación) no permite
grados intermedios. No podemos estar parcialmente justificados ni parcialmente
condenados. Se puede cambiar una decisión, la situación de
una persona puede ser revertida, pero en definitiva, una persona es justificada
o es condenada.
Recordando el estudio de hoy,
¿qué significan para ti estas palabras: “Ahora, pues, ninguna
condenación hay para los que están en Cristo Jesús,
los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”
(Rom. 8:1). ¿Cómo lo explicarías a un no cristiano? |
La Asignación de la Justicia.
Hasta el momento, al mirar
a la Cruz hemos visto que Dios mismo, en la persona de Jesús, cargó
con la penalidad de nuestros pecados. Jesús pagó la penalidad;
por lo tanto, nosotros no tenemos que hacerlo. No necesitamos cargar lo
que nos correspondía, porque Jesús lo tomó sobre sí.
No obstante, en nuestra salvación
hay más: las buenas nuevas son que podemos estar justificados ante
Dios no sobre la base de nuestras buenas obras (porque, por buenas que
sean, no son lo suficientemente buenas), sino por causa de la justicia
de Jesús. Sólo Jesús vivió una vida sin pecado,
y su vida perfecta es acreditada a nosotros como si fuera nuestra. En otras
palabras, no sólo Jesús llevó sobre sí mismo
nuestros pecados, nuestros trapos de inmundicia, sino también nos
ofrece la oportunidad de ser vestidos con su perfecto manto de justicia
(Mat. 22:1-14).
Lee con oración Romanos
4:1 al 8, y luego responde las siguientes preguntas:
¿Qué argumento
presenta Pablo en los primeros cinco versículos? ¿Por qué
si la justificación fuera por las obras no puede serlo por la gracia?
¿Por qué no puede ser por ambas?
¿Cómo fue justificado
Abraham? ¿Qué significa “le es contada por justicia”?
Considera cómo usa Pablo
la cita de los Salmos en los versículos 6 al 8. ¿Qué
elementos se encuentran aquí cuando Dios “atribuye justicia sin
obras”? ¿De qué modo se perdonan los pecados y se los cubre?
La grandiosa noticia de estos
versículos es que si las obras de alguien tan santo, justo y fiel
como Abraham no fueron suficientes para la salvación, ¿qué
pasaría con el resto de nosotros? Y ése es el punto de Pablo:
Aun Abraham, estimado entre los judíos como un gran hombre de Dios,
necesitaba una justicia que le fuera “atribuida”, una justicia que le fuera
acreditada, para que fuera justificado delante de Dios.
En toda la Biblia, Abraham es
exaltado como un fiel hombre de Dios (ver, por ejemplo, Gén. 18:19;
26:5); sin embargo, él no tenía obras para presentarse solo
delante de Dios. ¿Qué nos debería advertir esto acerca
de nosotros mismos y de nuestra única esperanza de ser aceptados
por Dios? |
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Miércoles
9 de marzo 2005
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Cristo, Nuestra Justicia.
Abraham, por piadoso y fiel
que fuera, no era suficientemente piadoso y fiel como para ser justificado
ante Dios. Si debía ser salvo, tenía que serlo por algo fuera
de sus propias obras o de su propia justicia; y aquí otra vez es
donde debemos considerar a Jesús: no sólo murió como
nuestro sustituto, pagando la penalidad de nuestros pecados, sino también
ofrece a todos los que lo reclamen su perfecta justicia en lugar del registro
pecaminoso de cada uno. Ésta es una provisión maravillosa
del plan de salvación: ¡No sólo él perdona nuestros
pecados, además, la justicia de Jesús es acreditada a nosotros
como si fuera nuestra!
Lee Romanos 3:25 y 26. ¿La
justicia de quién posibilita el perdón de los pecados, y
por la justicia de quién somos justificados?
En Romanos 3:21 al 26 Pablo
aclara que la justicia de Cristo es la justicia de Dios mismo; y ésta
es la justicia que permite que los pecadores sean justificados ante Dios.
Ningún intento que hagan los seres humanos por guardar la Ley puede
salvarlos, porque la justicia que produce la obediencia nunca es la justicia
de Dios mismo.
Lee Romanos 10:1 al 3, y Gálatas
2:21. ¿De qué modo ambos textos declaran lo mismo? ¿Por
qué la justicia nunca se consigue por medio de la obediencia a la
Ley?
“La ley demanda justicia y,
ante la ley, el pecador debe ser justo. Pero es incapaz de serlo. La única
forma en que puede obtener la justicia es mediante la fe. Por fe puede
presentar a Dios los méritos de Cristo, y el Señor coloca
la obediencia de su Hijo en la cuenta del pecador. La justicia de Cristo
es aceptada en lugar del fracaso del hombre, y Dios recibe, perdona y justifica
al alma creyente y arrepentida; la trata como si fuera justa, y la ama
como ama a su Hijo. De esta manera, la fe es imputada como justicia” (1
MS 430).
Considérate a ti mismo
y a tus intentos, por sinceros que sean, de obedecer y alcanzar la justicia.
¿Puedes ver cuán vana es la salvación por la mera
obediencia a la Ley? ¿De qué modo tu propia experiencia te
muestra la gran verdad de que los méritos de Cristo, en vez de los
tuyos, son la base de la salvación? |
Justificación por la
Fe.
Hasta ahora, hemos estudiado
que todos somos pecadores, incapaces de alcanzar la justicia necesaria
para ser justificados. Sin embargo, Jesús tiene esa justicia y,
por medio de la maravillosa provisión del evangelio, esa justicia
está disponible para todos los que la hagan suya, por la fe.
Lee Romanos 3:20 y 28; 4:13;
9:31 y 32; Gálatas 2:16; 3:8 al 11. Nota el contraste que Pablo
establece aquí entre la Ley y la fe. ¿Qué está
queriendo indicar? ¿Por qué la Ley nunca puede salvarnos?
¿Por qué la salvación tiene que ser por fe?
Estos textos muy a menudo son
mal comprendidos, como si enseñaran que los cristianos ya no están
obligados a guardar la Ley (ver la lección de la semana próxima);
no obstante, ése no es el punto que Pablo quiere destacar. El problema
inmediato aquí no es la obediencia (por lo menos, nuestra obediencia;
es la salvación, algo que la Ley nunca puede producir en los seres
humanos pecadores. En realidad, es precisamente porque los seres humanos
han violado la Ley que ellos afrontan la muerte; y, para evitarnos esta
muerte definitiva vino Jesús, obedeció la Ley perfectamente
y nos ofrece presentar su registro en vez del nuestro. En el contexto de
la humanidad caída, la Ley nos es la solución: es Jesús.
Considera de nuevo los versículos
indicados más arriba. ¿Qué evidencia tenemos de que
la salvación por la fe se enseñó en el Antiguo Testamento
así como en el Nuevo Testamento?
Desde Adán en adelante,
todos los seres humanos (con excepción de Jesús) han estado
bajo la condenación de la Ley, porque todos la han violado. Por
eso, la salvación siempre tuvo que ser por la fe, porque ninguno,
ni siquiera en el tiempo del Antiguo Testamento, pudo encontrar salvación
en la Ley; por el contrario, la Ley es precisamente lo que condena a los
pecadores. Buscar la salvación en la Ley es como tratar de apagar
un fuego con gasolina.
Sin embargo, al centrarnos en
la salvación en Jesús y lo que él ha obrado por nosotros,
Dios ha cambiado el centro de nuestra atención quitándolo
de nosotros, que somos el problema mismo, y poniéndolo sobre Jesús,
la única solución. Al comprender nuestra total incapacidad
para hacer algo que pueda salvarnos, somos forzados a depender de algo
fuera de nosotros, algo más grande, más santo y más
poderoso que nosotros, que es, por supuesto, “Jehová, justicia nuestra”
(Jer. 23:6). |
Para Estudiar y Meditar:
Lee
Fe y obras, pp. 16-29.
“Por otra parte, Cristo llegó
a ser pecado por nosotros, ’para que nosotros fuésemos hechos justicia
de Dios en él’. En otras palabras, nuestros pecados fueron imputados
a Cristo, que no tenía pecados, para que nosotros, pecadores, al
unirnos a él podamos recibir como un don gratuito la condición
de justos delante de Dios. Los discípulos cristianos, a lo largo
de los siglos, han meditado en este intercambio entre el Cristo sin pecado
y los pecadores, y se han maravillado ante él. El primer ejemplo
es probablemente la Epístola de Diogneto, del siglo II d.C., que
en el capítulo 9 dice: ‘¡Oh dulce intercambio! ¡Oh operación
inescrutable! ¡Oh beneficio que sobrepasa toda expectación!
Que la maldad de muchos fuera escondida en un solo Justo, y que la justicia
de Uno justifique a muchos transgresores’. Además, está Lutero,
que escribió a un monje angustiado acerca de sus pecados: ‘Aprende
a conocer a Cristo y a él crucificado. Aprende a cantarle a él
diciéndole: Señor Jesús, tú eres mi justicia,
y yo soy tu pecado. Tú tomaste sobre ti lo que era mío; y,
sin embargo, me das lo que es tuyo. Tú llegaste a ser lo que no
eras, para que yo pueda llegar ser lo que no soy ’ ”.–John R. W. Stott,
The Cross of Christ, p. 200.
Preguntas Para Dialogar:
Lee el párrafo arriba
citado. ¿Qué está enseñando? ¿De qué
modo te ayuda a comprender el concepto de la justificación por la
fe? ¿Cómo comprendes el “dulce intercambio”? ¿De qué
se trata, y por qué es “dulce”?
Imagínate que estás
en una escuela donde hay sólo dos calificaciones: aprobado y desaprobado,
y que la única manera de obtener la aprobación es tener una
nota perfecta en cada prueba, cada examen, cada vez. Aun si tienes una
sola pregunta mal contestada, en cualquier ejercicio, obtienes la misma
desaprobación que logra alguien que contesta mal todas las preguntas
de todos los exámenes. No hay ninguna diferencia: si contestas mal
todas las preguntas o una sola, fracasas de todos modos. ¿De qué
forma, en un sentido, esta analogía nos ayuda a comprender por qué,
como pecadores, necesitamos que se nos acredite la justicia de Jesús
(que fue el único que alguna vez contestó bien todas las
preguntas en todas las pruebas) para que podamos ser justos delante de
Dios? |