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Lección 11
Redención
Para el 12 de marzo del 2005
 

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La Cruz y la justificación
PARA MEMORIZAR
“Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Rom. 3:28). 
Sábado 5 de marzo 2005
Lee Para el Estudio de esta Semana: Rom. 3:20, 28; 4:13; 5:14-18; 6:23; 8:33, 34; 9:31, 32; 2 Cor. 9:15; Gál. 2:16; 3:8-11; Efe. 2:7-9.

PABLO ESCRIBIÓ QUE JESÚS “fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Rom. 4:25).

Pocos temas son más controvertidos entre los cristianos que el de la “justificación”, que aparece en los versículos recién mencionados (y en otros). Desde el tiempo de Pablo, que lidió con este problema en la iglesia primitiva, hasta Martín Lutero, cuyas luchas con el Papado surgieron primero respecto del tema de la justificación, hasta hoy mismo entre los adventistas del séptimo día (por no mencionar a otros cristianos), el tema de la justificación todavía produce discusiones y debates.

Es un tema crucial, un tema poderoso, que como creyentes necesitamos considerar con humildad, no sólo delante de Dios sino también delante de los demás. Es un tema que necesitamos considerar sobre nuestras rodillas, con nuestros corazones y mentes abiertos a la enseñanza del Espíritu, que es el único que puede enseñarnos desde la Palabra.

Aunque un año entero de Guías de Estudio de la Biblia no podrían hacer justicia a este tema, esta semana exploramos esta enseñanza rica y fructífera, que surge directamente de la Cruz.

Un Vistazo a la Semana: ¿Por qué la salvación debe ser un don de parte de Dios hacia nosotros? ¿Cuál es el significado de “justificar”? ¿Por qué las obras de Abraham no fueron suficientes para justificarlo? ¿Por qué la Ley no puede salvarnos? ¿Qué significa que la justicia de Cristo nos sea imputada?. 


Domingo 6 de marzo 2005
El Don.
La semana pasada estudiamos que, en el Cruz, Jesús cargó sobre sí el castigo por el pecado. Esto es, para ser leal consigo mismo y con los grandes principios eternos que él mismo había establecido, el pecado tenía que ser castigado: ésta es la justicia de Dios. Pero, a fin de ser misericordioso (pues Dios también es esencialmente misericordioso), tomó ese castigo sobre sí mismo en la persona de su Hijo, satisfaciendo así las demandas de la justicia mientras, al mismo tiempo, otorgaba misericordia y perdón a los que no merecían ninguno de ellos (Rom. 3:26). Esta maravillosa provisión forma la base conceptual de la Cruz, el fundamento sobre el cual nuestros pecados son perdonados, somos purificados de nuestros pecados y, en definitiva, recibiremos un cuerpo nuevo en un mundo nuevo.

Con este telón de fondo, ¿puedes percibir por qué la salvación tiene que ser gratuita? Piensa en ello: El Hijo de Dios tomó la carne humana; vivió en esa carne una vida de perfecta obediencia al Padre y luego fue a la Cruz, donde afrontó la ira de Dios contra el pecado, donde todos los pecados del mundo recayeron sobre él, donde llegó a ser pecado por nosotros, donde fue juzgado y condenado en nuestro lugar, donde murió como sustituto por todos en el mundo. ¿No era esto suficientemente bueno todavía? ¿Podría la salvación estar basada en algo que nosotros pudiéramos hacer? ¿Le faltaba algo que nosotros, como pecadores, pudiéramos añadir para completar lo que la vida, la muerte y la resurrección de Cristo no hicieron? ¡De ningún modo! La mera idea de ganar nuestra salvación, automáticamente, debilita en nuestras mentes lo que Dios logró para nosotros. ¿Qué podría hacer alguno –es decir, cualquier pecador– para añadir algo a lo que fue hecho por él en la Cruz?

Lee los siguientes textos, y luego escribe lo que enseñan acerca de la salvación: Rom. 5:14-18; 6:23; 2 Cor. 9:15; Efe. 2:7-9.

“Toda alma puede decir: ‘Mediante su perfecta obediencia, Cristo ha satisfecho las demandas de la Ley, y mi única esperanza radica en acudir a él como mi sustituto y garantía, el que obedeció la Ley perfectamente por mí. Por fe en sus méritos, estoy libre de la condenación de la Ley. Me reviste con su justicia, que responde a todas las demandas de la Ley. Estoy completo en aquél que produce la justicia eterna. Él me presenta a Dios con la vestimenta inmaculada en la que no hay una hebra que haya sido entretejida por instrumento humano alguno. Todo es de Cristo, y toda la gloria, el honor y la majestad han de darse al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo” (1 MS 397).

Escribe en tus propias palabras el contenido principal de este párrafo de Elena de White.


Lunes 7 de marzo 2005
Justificados.   “Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos” (Isa. 53:11).

Lee el texto recién citado. ¿De qué manera el siervo justo justifica a muchos? ¿De qué modo esa respuesta concuerda con lo que hemos estudiado hasta aquí?

Dos palabras traducidas como “justificar” son sadáq (hebreo) y dikaióo (griego), y tienen básicamente el mismo significado. Son términos legales. Ambas deben ser comprendidas en el contexto de la sentencia que un juez pronuncia en un caso en el tribunal: si el juez decide en favor del acusado, el acusado es “justificado”; si el juez decide en contra del acusado, éste es condenado. Por lo tanto, “justificación” es una declaración legal: una persona es justificada cuando se la declara absuelta por el juez.

Lee los siguientes textos; nota el contraste expresado en ellos entre ser justificado y ser condenado. ¿De qué modo este contraste nos ayuda a comprender lo que significa la justificación? Deut. 25:1; Prov. 17:15; Mat. 12:37; Rom. 5:16; 8:33, 34. (Lee también Juan 3:17: ¿Qué nos enseña el contraste entre ser condenados y ser salvos acerca del significado de la justificación?).

En todos estos ejemplos, hay sólo dos opciones: no existe áreas grises, ni posición intermedia, ni transigencia. O las personas son declaradas justificadas, es decir, absueltas, o son condenadas. Por su naturaleza, el concepto de justificación (así como el de condenación) no permite grados intermedios. No podemos estar parcialmente justificados ni parcialmente condenados. Se puede cambiar una decisión, la situación de una persona puede ser revertida, pero en definitiva, una persona es justificada o es condenada.

Recordando el estudio de hoy, ¿qué significan para ti estas palabras: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Rom. 8:1). ¿Cómo lo explicarías a un no cristiano?


Martes 8 de marzo 2005
La Asignación de la Justicia.
Hasta el momento, al mirar a la Cruz hemos visto que Dios mismo, en la persona de Jesús, cargó con la penalidad de nuestros pecados. Jesús pagó la penalidad; por lo tanto, nosotros no tenemos que hacerlo. No necesitamos cargar lo que nos correspondía, porque Jesús lo tomó sobre sí.

No obstante, en nuestra salvación hay más: las buenas nuevas son que podemos estar justificados ante Dios no sobre la base de nuestras buenas obras (porque, por buenas que sean, no son lo suficientemente buenas), sino por causa de la justicia de Jesús. Sólo Jesús vivió una vida sin pecado, y su vida perfecta es acreditada a nosotros como si fuera nuestra. En otras palabras, no sólo Jesús llevó sobre sí mismo nuestros pecados, nuestros trapos de inmundicia, sino también nos ofrece la oportunidad de ser vestidos con su perfecto manto de justicia (Mat. 22:1-14).

Lee con oración Romanos 4:1 al 8, y luego responde las siguientes preguntas:
¿Qué argumento presenta Pablo en los primeros cinco versículos? ¿Por qué si la justificación fuera por las obras no puede serlo por la gracia? ¿Por qué no puede ser por ambas?
¿Cómo fue justificado Abraham? ¿Qué significa “le es contada por justicia”?

Considera cómo usa Pablo la cita de los Salmos en los versículos 6 al 8. ¿Qué elementos se encuentran aquí cuando Dios “atribuye justicia sin obras”? ¿De qué modo se perdonan los pecados y se los cubre?

La grandiosa noticia de estos versículos es que si las obras de alguien tan santo, justo y fiel como Abraham no fueron suficientes para la salvación, ¿qué pasaría con el resto de nosotros? Y ése es el punto de Pablo: Aun Abraham, estimado entre los judíos como un gran hombre de Dios, necesitaba una justicia que le fuera “atribuida”, una justicia que le fuera acreditada, para que fuera justificado delante de Dios.

En toda la Biblia, Abraham es exaltado como un fiel hombre de Dios (ver, por ejemplo, Gén. 18:19; 26:5); sin embargo, él no tenía obras para presentarse solo delante de Dios. ¿Qué nos debería advertir esto acerca de nosotros mismos y de nuestra única esperanza de ser aceptados por Dios?


Miércoles 9 de marzo 2005
Cristo, Nuestra Justicia.
Abraham, por piadoso y fiel que fuera, no era suficientemente piadoso y fiel como para ser justificado ante Dios. Si debía ser salvo, tenía que serlo por algo fuera de sus propias obras o de su propia justicia; y aquí otra vez es donde debemos considerar a Jesús: no sólo murió como nuestro sustituto, pagando la penalidad de nuestros pecados, sino también ofrece a todos los que lo reclamen su perfecta justicia en lugar del registro pecaminoso de cada uno. Ésta es una provisión maravillosa del plan de salvación: ¡No sólo él perdona nuestros pecados, además, la justicia de Jesús es acreditada a nosotros como si fuera nuestra!

Lee Romanos 3:25 y 26. ¿La justicia de quién posibilita el perdón de los pecados, y por la justicia de quién somos justificados?

En Romanos 3:21 al 26 Pablo aclara que la justicia de Cristo es la justicia de Dios mismo; y ésta es la justicia que permite que los pecadores sean justificados ante Dios. Ningún intento que hagan los seres humanos por guardar la Ley puede salvarlos, porque la justicia que produce la obediencia nunca es la justicia de Dios mismo.

Lee Romanos 10:1 al 3, y Gálatas 2:21. ¿De qué modo ambos textos declaran lo mismo? ¿Por qué la justicia nunca se consigue por medio de la obediencia a la Ley?

“La ley demanda justicia y, ante la ley, el pecador debe ser justo. Pero es incapaz de serlo. La única forma en que puede obtener la justicia es mediante la fe. Por fe puede presentar a Dios los méritos de Cristo, y el Señor coloca la obediencia de su Hijo en la cuenta del pecador. La justicia de Cristo es aceptada en lugar del fracaso del hombre, y Dios recibe, perdona y justifica al alma creyente y arrepentida; la trata como si fuera justa, y la ama como ama a su Hijo. De esta manera, la fe es imputada como justicia” (1 MS 430).

Considérate a ti mismo y a tus intentos, por sinceros que sean, de obedecer y alcanzar la justicia. ¿Puedes ver cuán vana es la salvación por la mera obediencia a la Ley? ¿De qué modo tu propia experiencia te muestra la gran verdad de que los méritos de Cristo, en vez de los tuyos, son la base de la salvación?


Jueves 10 de marzo 2005
Justificación por la Fe.
Hasta ahora, hemos estudiado que todos somos pecadores, incapaces de alcanzar la justicia necesaria para ser justificados. Sin embargo, Jesús tiene esa justicia y, por medio de la maravillosa provisión del evangelio, esa justicia está disponible para todos los que la hagan suya, por la fe.

Lee Romanos 3:20 y 28; 4:13; 9:31 y 32; Gálatas 2:16; 3:8 al 11. Nota el contraste que Pablo establece aquí entre la Ley y la fe. ¿Qué está queriendo indicar? ¿Por qué la Ley nunca puede salvarnos? ¿Por qué la salvación tiene que ser por fe?

Estos textos muy a menudo son mal comprendidos, como si enseñaran que los cristianos ya no están obligados a guardar la Ley (ver la lección de la semana próxima); no obstante, ése no es el punto que Pablo quiere destacar. El problema inmediato aquí no es la obediencia (por lo menos, nuestra obediencia; es la salvación, algo que la Ley nunca puede producir en los seres humanos pecadores. En realidad, es precisamente porque los seres humanos han violado la Ley que ellos afrontan la muerte; y, para evitarnos esta muerte definitiva vino Jesús, obedeció la Ley perfectamente y nos ofrece presentar su registro en vez del nuestro. En el contexto de la humanidad caída, la Ley nos es la solución: es Jesús.

Considera de nuevo los versículos indicados más arriba. ¿Qué evidencia tenemos de que la salvación por la fe se enseñó en el Antiguo Testamento así como en el Nuevo Testamento?

Desde Adán en adelante, todos los seres humanos (con excepción de Jesús) han estado bajo la condenación de la Ley, porque todos la han violado. Por eso, la salvación siempre tuvo que ser por la fe, porque ninguno, ni siquiera en el tiempo del Antiguo Testamento, pudo encontrar salvación en la Ley; por el contrario, la Ley es precisamente lo que condena a los pecadores. Buscar la salvación en la Ley es como tratar de apagar un fuego con gasolina.

Sin embargo, al centrarnos en la salvación en Jesús y lo que él ha obrado por nosotros, Dios ha cambiado el centro de nuestra atención quitándolo de nosotros, que somos el problema mismo, y poniéndolo sobre Jesús, la única solución. Al comprender nuestra total incapacidad para hacer algo que pueda salvarnos, somos forzados a depender de algo fuera de nosotros, algo más grande, más santo y más poderoso que nosotros, que es, por supuesto, “Jehová, justicia nuestra” (Jer. 23:6).


Viernes 11 de marzo 2005
Para Estudiar y Meditar: Lee Fe y obras, pp. 16-29.

“Por otra parte, Cristo llegó a ser pecado por nosotros, ’para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él’. En otras palabras, nuestros pecados fueron imputados a Cristo, que no tenía pecados, para que nosotros, pecadores, al unirnos a él podamos recibir como un don gratuito la condición de justos delante de Dios. Los discípulos cristianos, a lo largo de los siglos, han meditado en este intercambio entre el Cristo sin pecado y los pecadores, y se han maravillado ante él. El primer ejemplo es probablemente la Epístola de Diogneto, del siglo II d.C., que en el capítulo 9 dice: ‘¡Oh dulce intercambio! ¡Oh operación inescrutable! ¡Oh beneficio que sobrepasa toda expectación! Que la maldad de muchos fuera escondida en un solo Justo, y que la justicia de Uno justifique a muchos transgresores’. Además, está Lutero, que escribió a un monje angustiado acerca de sus pecados: ‘Aprende a conocer a Cristo y a él crucificado. Aprende a cantarle a él diciéndole: Señor Jesús, tú eres mi justicia, y yo soy tu pecado. Tú tomaste sobre ti lo que era mío; y, sin embargo, me das lo que es tuyo. Tú llegaste a ser lo que no eras, para que yo pueda llegar ser lo que no soy ’ ”.–John R. W. Stott, The Cross of Christ, p. 200.

Preguntas Para Dialogar:

Lee el párrafo arriba citado. ¿Qué está enseñando? ¿De qué modo te ayuda a comprender el concepto de la justificación por la fe? ¿Cómo comprendes el “dulce intercambio”? ¿De qué se trata, y por qué es “dulce”?

Imagínate que estás en una escuela donde hay sólo dos calificaciones: aprobado y desaprobado, y que la única manera de obtener la aprobación es tener una nota perfecta en cada prueba, cada examen, cada vez. Aun si tienes una sola pregunta mal contestada, en cualquier ejercicio, obtienes la misma desaprobación que logra alguien que contesta mal todas las preguntas de todos los exámenes. No hay ninguna diferencia: si contestas mal todas las preguntas o una sola, fracasas de todos modos. ¿De qué forma, en un sentido, esta analogía nos ayuda a comprender por qué, como pecadores, necesitamos que se nos acredite la justicia de Jesús (que fue el único que alguna vez contestó bien todas las preguntas en todas las pruebas) para que podamos ser justos delante de Dios?

Arizona En Marcha agradece su voto para Sitios Adventistas.com

Puede encontrar los bosquejos en Español, Ingles, Portugues y Rumano:

Bosquejo de la lección por Bruce N. Cameron en Español
Lesson outline by Bruce N. Cameron in English
Estudo Biblico da Semana em Portugues.
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