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Artículo
Lección
9
Abril
a Junio de 2003
Fernando Aranda Fraga
31
de Mayo de 2003
|
Copyright © Fernando Aranda Fraga, Diálogo Universitario, Vol. 9, Nº 3, 1997, pp. 10-12. |
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Lección
9
Reverencia
Postmodernismo y Nueva Era: las conexiones sutiles
Fernando
Aranda Fraga
El pensamiento postmoderno no constituye, propiamente hablando,
una concepción del mundo, sino una multiplicidad de ellas ; en todo
caso, dentro del amplio panorama de conexiones existentes, es posible tematizar
algunos aspectos relevantes del Postmodernismo que, al situarse en relación
analógica con ciertas características de la Nueva Era (que
sí conforma una cosmovisión ), pueden mostrarnos un conjunto
de “conexiones sutiles” entre ambos términos. Estas relaciones
nos darían la pauta de existencia de un ámbito común
o suelo nutricio de una cosmovisión que corresponde epocalmente
al período histórico que denominaremos como “postmodernidad”,
sin que por ello se entienda que tal conexión desborda la categorización
del análisis propuesto y se concluya en una lógica inversa;
en definitiva, no todo lo postmoderno pertenece a la Nueva Era.
La primera gran conexión estaría dada por el irracionalismo
que comparten en general las diferentes corrientes postmodernistas y la
Nueva Era. Este “irracionalismo metódico” es, quizás,
la base de otros elementos que conforman el paradigma de la postmodernidad
y que analizaremos a continuación.
Breves notas para una conceptualización de la postmodernidad
Según Fredric Jameson, profesor de Cornell University
(USA), un signo típico de que se está ante un pensamiento
de corte postmodernista es la cuestión de la “sordera histórica”.
Este rasgo se constituye en un elemento clave a la hora de conceptualizarlo.
El hombre postmoderno ha olvidado cómo se piensa históricamente,
y esto produce grandes dificultades al intentar medir la temperatura de
algo que ni siquiera podemos asegurar que sea una “época”.
Un síntoma clave de que se está ante un pensamiento
de corte postmoderno es la negación del tiempo como dimensión
explicativa de los hechos. Aquí tenemos un elemento interesante
a ser tenido en cuenta. Hasta los albores de la postmodernidad el
pensamiento occidental, al igual que el semita, se había “estirado”,
por decirlo de alguna manera, sobre los pliegues de una dimensión
temporal. Por el contrario, el sentido de todos los acontecimientos
bíblicos es absolutamente histórico y está ligado
a unos pocos grandes hitos enlazados en una filosofía de la historia
signada por el gran conflicto cósmico. Estos hitos son: la
creación, la caída en el pecado, el nacimiento de Cristo,
su muerte en la cruz, la obra de redención, el juicio investigador
y la segunda venida de Cristo con su consecuente retribución de
castigos y recompensas. La negación postmoderna de la historia
contrae en su seno la negación de la relevancia histórica
de estos acontecimientos. Si la historia ya no tiene valor, tampoco
los hechos que la determinan.
El pensamiento postmoderno, que a partir de la crítica
de las ideologías surge como negación de los grandes relatos,
a los que acusa de historicistas y de pertenecer a una lógica de
la dominación, se sitúa en la dimensión presente del
tiempo, un presente deshistorizado. En esto comparte un canal comunicante
con la Nueva Era, ideario de milenaria tradición, antes recluído
en la filosofía oriental, y que ha encontrado en los motivos del
postmodernismo una fecunda veta capaz de propagarle. Con ello, esta
cosmovisión pudo occidentalizarse y planetarizarse, unificando lo
que antes aparecía como absolutamente diverso.
Junto al debilitamiento de la historicidad, signo característico
de la superficialidad que permea toda la cultura postmoderna, sus principales
notas consisten en: el culto de la imagen y del simulacro; el ordenamiento
de una vida que gira en torno a la tecnología, se entreteje a partir
de una retórica del mercado y que ha impuesto su lógica del
consumo frenético; un nuevo suelo emocional, directa consecuencia
de un galopante irracionalismo gestado a partir de la negación de
la modernidad y sus productos. Pero el concepto de postmodernidad
no se agota en esto, ni mucho menos. El antimodernismo radical, producido
por el rechazo del ideal del racionalismo ilustrado, cientificista y positivista,
que confluía en el gran proyecto moderno, ha conducido a la época
hacia una crisis de las “narrativas maestras”, en palabras de J. F. Lyotard,
programas racionales “que cantaban las esperanzas y la fe en la liberación
de la humanidad”. El radical desprestigio en que caen los proyectos
utópicos durante la postmodernidad ve cumplida su complementación,
por un lado, en la imposición de proyectos socio-culturales --efectivamente
“reales”-- insuflados por fuertes fundamentalismos político-religiosos
y, por otro lado, proyectos globalizantes, también marcadamente
ideológicos (por más que la idea del “fin de la historia”
pretenda negar la existencia de las ideologías predicando su muerte),
fundados en el espacio central que ha adquirido la cuestión económica
en el mundo. Este último tipo de proyecto, más comúnmente
conocido como el “Nuevo Orden Mundial”, se presenta como democrático
y pluralista en materia de religión, pero de alguna manera se las
ha rebuscado para fundirse en un único y hegemónico movimiento
de ideas cuya arista cultural-religiosa no es otra que la Nueva Era.
Una ansiedad satisfecha por el hedonismo
A estos elementos centrales que hemos consignado como constituyentes
de la postmodernidad cabe agregar algunos otros, de índole antropológica
y social. La mentalidad vigente en la sociedad postindustrial (D.
Bell) se configura por su visión fragmentada de la realidad, una
orientación pragmático-operacional, antropocentrismo y relativismo,
atomismo social y una fuerte tendencia hedonista, caracterizada por la
constante búsqueda del placer, el fin de la “ética del deber”,
una renuncia al compromiso y la responsabilidad y el “desenganche institucional
a todos los niveles: político-ideológico, religioso, familiar,
etc.”.
Búsqueda de una razón “ensanchada”
Pero al mismo tiempo y en su afán de “deconstruir” el
discurso racionalista moderno, como reacción crítica contra
la civilización secularizada y tecnocrática que trajo la
modernidad, la postmodernidad también se configura como opuesta
al burdo pragmatismo y al reduccionismo de la razón en detrimento
de la emoción, el sentimiento y la imaginación. Su
reacción antimodernizante señala las contradicciones socio-culturales
de la modernidad: una naturaleza que muere, un hombre alienado, privado
de libertad real, un marcado crecimiento de la pobreza y la delincuencia,
la crisis de la identidad individual y nacional producto de una política
mundial de bloques. Ante estos elementos negativos que produjo la
mentalidad secularizante moderna, el postmodernismo se alza como un movimiento
contracultural enarbolando sus emblemas: la gratificación inmediata
y no diferida, sus contradefiniciones, un irracionalismo manifiesto en
nuevas formas de conocimiento (así surgen los enfoques sistémico,
constructivista, gestáltico, etc.), liberación sexual
y la anarquía como norma social.
Por otra parte, también la ciencia va cambiando de paradigma
y abandona el modelo empirio-racionalista que aspiraba a la universalidad
y objetividad absolutas del conocimiento. La ciencia adquiere un
carácter probabilístico y pasa a depender más que
nunca del ojo del observador (Paul Watzlawick). La ciencia actual,
luego de la desmitologización epistemológica, ya no es aquel
terreno firme y seguro de antaño. Todo esto lleva al científico
a encontrarse tal como el hombre de la calle frente al misterio de la realidad,
situación epistemológica que favorece la apertura de la conciencia
hacia otras dimensiones de la realidad y hacia las cuestiones últimas.
Pensemos por un momento en el impacto que tales ideas pudieron ocasionar
en el origen de los conceptos pseudocientíficos que integran la
Nueva Era, tales como las medicinas alternativas y la astrología,
por ejemplo. En este sentido, la relación entre postmodernismo
y Nueva Era se establece especialmente a partir de la vulgarización
de las ideas postmodernas. Parte de éstas han ocasionado en
el mundo, que en definitiva no se rige intelectualmente, tendencias que
confluyeron y se plasmaron en una nueva (vieja) religiosidad. Un
ejemplo claro de este hecho lo constituye la figura de Ralph W. Emerson,
pensador decimonónico que influyó sobre la religión
estadunidense de nuestro siglo, a la cual un conocido analista, sociólogo
de Yale University (USA), el Prof. Harold Bloom, no ha vacilado en denominar
como “poscristiana”.
La postmodernidad, caldo de cultivo de una nueva religiosidad
Estos movimientos contraculturales del postmodernismo fueron
lugar propicio para la búsqueda de nuevas soluciones captadas en
el espacio extraoccidental. La Nueva Era asimila la cosmovisión
oriental, pero traduciéndola a su propio contexto sociocultural.
Hoy reverdecen las inquietudes espirituales, por todos lados se habla
de ello y se produce un reencantamiento del mundo por vía de una
“trivialización de lo religioso”, que ancla esta experiencia, antes
reprimida, en horóscopos, ufologismos o el misticismo de raigambre
oriental. Nueva religiosidad en que se mezclan sugestión,
magia, sacro cuidado de la naturaleza, búsqueda de lo novedoso y
anómalo, e incluso hasta auténticas inquietudes religiosas;
en definidas cuentas, un movimiento insuflado por un sentimiento utópico
parareligioso armonizante y solidariamente simbiótico entre el hombre
y la naturaleza.
Caracterización de la Nueva Era
A la hora de hacer un muestreo de la multiplicidad de tendencias
que confluyen en el suelo nutricio intelectual y religioso de la Nueva
Era hay que decir, en primer lugar, que son muchísimas y sumamente
diversas. Muy esquemáticamente cabe señalar al espiritismo
fundado por las hermanas Fox; la teosofía, el ocultismo y la astrología
(Madame Blavatsky y Alice Bailey); el trascendentalismo (Emerson y Whitman);
el “movimiento de curación mental”, de basta influencia en la psicología
contemporánea; el movimiento contracultural beatnik de la posguerra
americana, cuyo espíritu anarquista y rebelde influyó en
la aparición, en la década del 60, de los hippies, cuyos
slogans predicaban pacifismo, hedonismo, misticismo, orientalismo y filosofía
Zen, romanticismo naturalista, uso y abuso de drogas, y que se expresó
como una utopía mundial cuyas consignas manifiestas eran peace and
love. La tendencia rebelde y contestataria del movimiento hippie
será revertida en la Nueva Era, cuya sensibilidad integradora se
adecua más a la condición postmoderna, que asume afirmativamente
ciertos rasgos del estilo de vida burgués en lugar de rechazarlos,
como ocurrió con los hippies de los años 60.
Pero el núcleo fundamental de la Nueva Era reconoce como
cuna fundacional al Esalen Institute, creado en el Big Sur californiano,
en 1962, en cuyos programas participaron figuras tan reconocidas como Abraham
Maslow, Gregory Bateson, Margaret Mead, Carl Rogers, Aldous Huxley y Paul
Tillich, entre otros. Tradicionalmente la costa oeste fue considerada
como una gran matriz de movimientos contraculturales y allí surgió,
casi inevitablemente, este movimiento que hoy alcanza una dimensión
geográfica universal. Cabe señalar también a
sus más notables difusoras, la actriz norteamericana Shirley MacLaine,
quien reorganizó su vida de acuerdo a su experiencia nuevaerista,
y la escritora Marilyn Ferguson, verdadera arquitecta de la
Nueva Era y autora del libro La Conspiración de Acuario, en el que
anunció el abandono de la anterior “era de Piscis” y la entrada
en una nueva era astronómica, regida por una conciencia diferente
y universal.
El contenido religioso de la Nueva Era está hecho a la
medida del molde individual; un ambiente relativista en el cual nadie presume
de tener toda la verdad. Es la religión de los buenos deseos
y del amor, en donde no existen exigencias ni pertenencia a institución
religiosa alguna; sólo hay retribuciones, no hay calvario ni cruz
y se desenvuelve en la más absoluta comodidad de un sujeto que no
está atado más que a sí mismo.
Acorde con el sentido antihistoricista del Postmodernismo, la
Nueva Era se rebela como contenido anacrónico, desestructurante
de la realidad, y lo hace a partir de dos de sus más caros conceptos:
el karma y la reencarnación. Mecanismos por los cuales se
eterniza la vida humana, que nunca muere, sino que al pasar de un cuerpo
a otro va transformándose, de vida en vida, evolutivamente, a medida
que asciende en niveles de conciencia hasta llegar a la perfección,
a la par que también va creciendo la conciencia planetaria en un
proceso de aumento de la complejidad (T. de Chardin).
La verdad light de la Nueva Era es la aliada perfecta de la “débil”
ética postmoderna
Pero esta nueva religiosidad de nuestro siglo, no podría
ser otra cosa que una religión capaz de contemplar la moral vigente
en la postmodernidad, una ética heredera de la autonomía
kantiana impuesta en la modernidad.
Junto a la endeblez teórica de que hacen gala todos los
movimientos postmodernos, los anima a todos ellos una actitud de cambio
que se presenta como irreversible. Esta actitud se manifiesta como
una nueva sensibilidad que irrumpe en la cultura oponiéndose incrédulamente
a cualquier tipo de programa “fuerte”, fundamentado del modo que sea.
Incredulidad radical que se presenta como repulsa a toda teoría
o nivel metateórico. Las ideas son difuminadas en una cultura
que las recibe sin pretensión de permanencia alguna. Esta
desconfianza hacia cualquier forma de fundamentación se manifiesta
política y socialmente como un fuerte predominio del disenso reemplazante
del anterior y “moderno” consenso. Una sociedad regida por el disenso
se torna rápidamente caótica e insegura. Si todo vale
o da lo mismo, ¿qué es entonces lo justo, lo ético,
lo correcto? En este contexto ético social de la postmodernidad
se entreteje la maraña de un nuevo ethos, cuyas consecuencias religiosas
surgen como lógica y previsible consecuencia.
Pero, en cierto modo, la Nueva Era representa un intento por
recuperar el consenso en algunos puntos claves que atañen a su cosmovisión,
y de difundir este conjunto de pretendidas verdades consensuadas a partir
de una noción humanista de verdad a través del gran cauce
de su pensamiento cultural-religioso, con el fin de lograr la armonía
universal. Claro está que se trata de un nivel de consenso
de base netamente permisiva, cuyos contenidos apuntan decididamente al
sostén de una divinización de la humanidad, la sacralidad
de la naturaleza y la supervivencia del alma por la eternidad. En
este punto la Nueva Era se constituye como la utopía del tiempo
presente, la aspiración que aún no había podido lograr
el humanismo moderno.
La utopía perenne: una nueva era
Esta divinización del hombre adquirida con la Nueva Era
fue la meta señalada por el naturalismo y el secularismo, cuyas
raíces se hunden en las arenas del Renacimiento y el mundo postmedieval.
A partir de esta relación cabe analizar el proceso de secularización
y autodivinización que produjo la mentalidad moderna hasta arrivar
al posthistoricismo de nuestra época.
Ya desde los albores de la modernidad, en el Renacimiento, el
ser humano quiso traer el cielo a la tierra y, tomando a Dios como modelo
de perfección pura, partiendo de lo que tenía a mano, conocido
y tangible, se lanzó a crear sociedades utópicas, aisladas
de toda posible corrupción terrenal (la Utopía de T. More,
la Ciudad del sol de Campanella, etc.). Esta actitud humana de querer
crear algo perfecto (utopía) es propia del espíritu prometeico
de la modernidad, cuya implícita aspiración es asemejarse
a Dios. Paulatinamente se observará cómo esta relación
de la utopía con su creador se irá secularizando.
Postmodernidad, panteísmo y Nueva Era
El movimiento de ideas producido en la sociedad postmoderna deambula
entre un agnosticismo heredero del ateísmo y un neopanteísmo
que rebrota como base de una nueva religiosidad. Ambas posturas se
entremezclan y confunden. Es agnóstica, porque posee un barniz
de tolerancia religiosa que se asienta en la indiferencia; para el ateo,
en cambio, Dios sigue existiendo, al menos como enemigo. Neopanteísta,
porque de algún modo hay en la conciencia postmoderna una búsqueda
de lo sagrado, que se encuentra en la sacralización de sí
y de la naturaleza.
Los valores de la postmodernidad están anclados en una
absoluta inmanencia. Esta versión postmoderna del agnosticismo
intenta reemplazar la falencia del conocimiento de lo divino con una búsqueda
de lo divino en sí mismo: “Seréis como Dios”, había
dicho la serpiente del Edén.
Quienes están enrolados en el movimiento de la Nueva Era,
o simplemente simpatizan con él, objetarán que, por el contrario,
nuestra época está signada por un retorno a la religiosidad,
una religiosidad originaria, superadora de las formas conocidas, que produce
una vuelta del hombre a Dios y a la naturaleza. No nos engañemos,
la Nueva Era no representa novedad alguna en este mundo, es lisa y llanamente
un neopanteísmo, que condujo al hombre a su autodivinización.
H. Bloom señala que la influencia de la teosofía ha depurado
al Dios de la Nueva Era de todo lo antropomórfico, lo ha despersonalizado,
eludiendo el espacio interventor de la encarnación.
Todo es válido en la Nueva Era, lo que importa por sobre
todas las cosas es la máxima realización del hombre, el culto
a sí mismo y su unión íntima con la totalidad de la
naturaleza. Es ésta una religión muy propia de la postmodernidad,
sin sacrificios, sin privaciones, sin un Salvador, sin pecado y sin perdón.
Quizás no exageramos al afirmar que esta nueva forma de religiosidad,
hoy tan popular, ha vaciado definitivamente el contenido y el objeto de
la religión. Es la consumación del paradigma de la
modernidad; es, en definitiva, la esencia del paradigma de la postmodernidad.
Desde el punto de vista del análisis de la conexión existente
entre el desarrollo del utopismo moderno y su cancelación preconizada
por los postmodernismos acerca del “fin de los grandes relatos”, la Nueva
Era se erige como la utopía religiosa de fin de siglo.
Epílogo: valoración cristiana de la postmodernidad; ¿cómo
respondemos a sus desafíos?
Hasta aquí hemos visto cómo se desarrolló
históricamente la visión secularizada del mundo, que no fue
más que la antesala a dos tendencias básicas de la postmodernidad:
por un lado la irrupción de los fundamentalismos político-religiosos,
por otro, el objeto principal de nuestro análisis, el establecimiento
de una nueva religiosidad universal que condensa las aspiraciones del hombre
sin Dios y que a partir de la autonomía de la razón confluye
en la autodivinización de sí mismo. Quedan como problemas
a resolver, como cristianos que vivimos en este mundo y que aspiramos a
la vida eterna en otro renovado, cuestiones tales como los reclamos de
la crítica postmoderna de un planeta que fenece; la consecuencia
del uso indiscriminado de una técnica y una política que
dejaron de estar al servicio del hombre y que están matando la naturaleza
creada por Dios; una vida burocratizada, vigilada y planificada por los
incontrolables mecanismos de poder a cuyo servicio se colocan los mass
media; un ser humano alienado económica, social y culturalmente,
que ha perdido la única referencia válida que podía
tener de sí mismo: la constante comunicación, cara a cara,
con el Dios personal, amante, trascendente y creador. Un Dios que,
a pesar de todos los intentos emancipadores que ha debido soportar, continúa
ejerciendo su providencia sobre el mundo y la raza humana, pues escrito
está para siempre: desde los tiempos en que no había tiempo
y por la eternidad, Él es, por sobre todas las cosas, paz, justicia
y amor.
Notas y referencias
Fernando Aranda Fraga
Universidad Adventista del Plata
ARGENTINA
-----------------------------------------
José Rubio Carracedo, Educación moral, postmodernidad y democracia. Más allá del liberalismo y del comunitarismo (Madrid: Trotta, 1996), p. 91.
Humberto M. Rasi, “Combatiendo en dos frentes”,
Enfoques (Año VI, Nº 1, Universidad Adventista del Plata, 1994),
p. 15.
Fredric Jameson, Teoría de la Postmodernidad
(Madrid: Trotta, 1996), pp. 9, 11.
J.F. Lyotard, La postmodernidad explicada a los
niños (Barcelona: Gedisa, 1995), pp. 29-31.
Manuel Fernández del Riesgo, “La posmodernidad
y la crisis de los valores religiosos”, en G. Vattimo y otros, En torno
a la posmodernidad (Barcelona: Anthropos, 1994), p. 89.
Ver Lipovetsky, Gilles. El crepúsculo del
deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos
(Barcelona: Anagrama, 1994).
Fernández del Riesgo, Op. cit., p.89.
Cfr. Gianni Vattimo, Creer que se cree (Buenos
Aires: Paidós, 1996).
Ver Harold Bloom, La religión en los Estados
Unidos. El surgimiento de la nación poscristiana (México:
F.C.E., 1994).
Ver Jean-Claude Guillebaud, La traición
a la Ilustración (Buenos Aires: Manantial, 1995).
Cfr. Fernández del Riesgo, Op. cit., p.
90.
Roberto Bosca, New Age. La utopía religiosa
de fin de siglo (Buenos Aires: Atlántida, 1993), pp. 37-41.
Cfr. Russel Chandler, La Nueva Era (El Paso, Texas:
Mundo Hispano, 1991).
Roberto Bosca, Op. cit. p. 46.
Ver Fernando Aranda Fraga, “Posmodernidad: entre
el ocaso de las utopías y la muerte de Dios”, Enfoques (Año
VIII, Nº 1, Universidad Adventista del Plata, 1996), pp. 67-69.
El último Vattimo, en su libro: Creer que
se cree, en donde hace una especie de profesión de fe de su retorno
al Cristianismo, presenta una inconfundible muestra del tipo de religiosidad
light, afín a los valores de la postmodernidad y a la Nueva Era,
que domina la época.
Génesis 3:5.
Cfr. H. Bloom, Op. cit.
En este aspecto son notables las visiones premonitorias
que presentaron en sus novelas autores de inicios del siglo XX, como Franz
Kafka, por ejemplo (El proceso, El castillo y La metamorfosis), y algo
más cercano a nosotros George Orwell, en 1984 y Ray Bradbury, con
Farenheidt 451.
Fernández del Riesgo, Op. cit., p.89.
Cfr. Gianni Vattimo, Creer que se cree (Buenos
Aires: Paidós, 1996).
Ver Harold Bloom, La religión en los Estados
Unidos. El surgimiento de la nación poscristiana (México:
F.C.E., 1994).
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