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Artículo
Lección 9
Abril a Junio de 2003
Fernando Aranda Fraga
31 de Mayo de 2003

Fecha: 29/01/03
Copyright © Fernando Aranda Fraga, “Sobre la influencia de la New Age en la educación postmoderna”, Theologika, Vol. XV, Nº 1, 2000, pp. 34-75.

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Lección 9
Reverencia
Sobre la influencia de la New Age en la educación postmoderna
Fernando Aranda Fraga

Abstract
Vivimos tiempos de crisis. La Postmodernidad se presenta como una crítica al proyecto moderno que tuvo como bandera el ideal de progreso. Esto conformaría la existencia de dos paradigmas total y radicalmente distintos. Quizás no pase de ser simple apariencia y por detrás de una supuesta ruptura con dicho proyecto, y su consecuente crítica por parte del postmodernismo, podamos advertir la trama de una subyacente continuidad, cuyo signo más evidente sea el hecho de que hemos arrivado al momento cúlmine del proceso de secularización operado por la conciencia moderna. Paralelamente a este proceso se observa otro no menos evidente: la extinción de las utopías. La educación postmoderna, que no es ajena a estos hechos, ha bajado la guardia mimetizándose con ideologías y movimientos que intentan imponer en la sociedad una cultura light y unificada, una religión que raya en el neopanteísmo y una moral relativista de fuerte cuño hedonista. Analizamos el proceso de secularización de la conciencia moderna, comparándolo con el camino recorrido por el pensamiento utópico durante la Modernidad, concluyendo con la influencia que ha tenido sobre la educación actual uno de los epígonos del pensamiento secular: la New Age.

Key words: Postmodernidad - modernidad - New Age - utopía - educación - secularización - religión
 

 INTRODUCCIÓN: LA EDUCACIÓN EN UNA ÉPOCA DE CRISIS

 Vivimos una época de crisis, a nadie escapa el hecho de que el mundo actual, habiendo alcanzado el más alto grado de desarrollo científico, siente por doquier los coletazos de su propio progreso, tan vertiginoso y audaz, al punto de perder su finalidad propia y originariamente humana. La educación no escapa a esta crisis, nunca podría estar al margen, puesto que siempre fue y se constituyó en origen y causa del progreso.
 Cabe aquí formularnos la pregunta de rigor: ¿qué sucede con la educación en general, en el mundo en que vivimos? La pregunta es filosófica y apunta a un contenido tal. A partir de un intento de responderla desde su propio suelo nutricio surgen otras cuestiones secundarias, pero que atañen a los fundamentos mismos del tema. Denominamos a nuestra cultura como “cristiana y occidental”, pero realmente, ¿manifiesta en su sistema educativo los valores fundamentales del cristianismo? ¿No será que así como nuestra cultura ha perdido, o, mejor dicho, ha olvidado y abandonado el verdadero sentido, lo que constituye la esencia del cristianismo, también podemos observar que ocurre lo mismo en materia de educación? ¿A qué fines apunta la educación actual (¿contemporánea?, ¿postmoderna?)? ¿Cuáles son sus valores? ¿En qué tipo de filosofía se sustenta?
 A partir de estas preguntas intentaremos desentrañar algunos elementos que nos permitan explicarnos el porqué de la crisis de la sociedad y específicamente de la educación en los epígonos del siglo XX. Iniciaremos nuestra búsqueda a partir del análisis comparativo, desde el punto de vista histórico-filosófico, de las diferencias y similitudes básicas entre dos épocas: la Modernidad, que podemos conceptualizar como la era del progreso, y su consecuente, la Postmodernidad, definida básicamente como una era de rupturas, crisis de la idea de progreso y auge de la fragmentación. El eje central de nuestro análisis estará señalado por el desarrollo y avance de la secularización, con un desenlace muy a tono con el signo de nuestra época, el advenimiento de una nueva religiosidad: la New Age.  Todo ello enmarcado en la temática del fin y consumación de las utopías. En lo que sigue, hemos de analizar el proceso de secularización operado en la conciencia moderna, estableciendo un paralelismo con el desarrollo de uno de los aspectos esenciales de la Modernidad: la “utopía”, para concluir con el efecto en la sociedad y en la educación de lo que hoy se presenta como una pseudo vía de escape del secularismo, el auge de la New Age.
 
¿DOS PARADIGMAS DIFERENTES?

 El discurso sobre la Modernidad, tradicionalmente, nos la pintó como una época de oro en la historia del desarrollo de la razón.  La lectura bajo los cristales de la Modernidad nos situaba en una época de permanente, seguro e indefinido progreso que, sin lugar a dudas, regía la historia.  La contrapartida de esta versión de la historia moderna es la que hoy día nos presenta el postmodernismo.  Su lectura retrospectiva no es quizás tan transparente, clara y distinta, como aquella otra realizada con los cristales modernos; en definitiva no es ya racional, sin que ello signifique que en todo caso sea menos razonable, paradójica razón que le otorga una mayor lucidez, atributo que quizás haya alcanzado por el simple hecho de ser una mirada retrospectiva sobre el pasado, alumbrada por la riqueza de la experiencia adquirida.
 Dos lecturas, dos interpretaciones, dos paradigmas distintos que se oponen en sus extremos, pero quizás entre el final del primero y el comienzo del último no haya más que una sustancial solución de continuidad que intentaremos descifrar.  Antes repasemos en qué consisten estos dos paradigmas: Modernidad y Postmodernidad.

EL PARADIGMA MODERNO
 
 El paradigma de la Modernidad se define por su vocación racionalista in extremis, aún el empirismo británico es apenas una variante de este aspecto. La preeminencia del sujeto es el signo de la época; hay una búsqueda del saber objetivo por sobre todas las cosas, sólo que ese saber surge ahora a partir de la conciencia, ámbito propio del sujeto moderno, en donde éste fundará la universalidad del conocimiento. Se trata, pues, del sujeto universal, animado por el propósito de llevar adelante una ciencia objetiva, verdadera, racional, mediante la cual será posible el advenimiento de un progreso sin fin. Pero, ¿cómo es posible esta pretendida universalidad fundada en la conciencia subjetiva?
 Señalamos algunos mojones en el camino, cuya cúspide filosófica es quizás el pensamiento de Kant: Descartes y su pretensión de coincidencia entre la res pensante y la res extensa, es decir, de la realidad con la idea de ésta; Spinoza con su concepción de una única sustancia con dos atributos distintos, pero coincidentes; Leibniz y su teoría de la armonía preestablecida; Berkeley, con su idealismo subjetivo en procura del conocimiento de las ideas universales en la mente de Dios; Kant, crítica de Hume de por medio, y la idealidad trascendental del espacio, el tiempo y las categorías, junto a la universalidad de los principios éticos; Hegel, finalmente, con su ser absoluto diferenciado: el universal concreto. El corolario de esta tradición moderna será la cima de la consumación de su paradigma: el progreso indeclinable de las ciencias y advenimiento del estadio positivo de la Humanidad, con mayúsculas, (Comte), y la revolución socialista que producirá una sociedad sin clases, exenta de explotación. Es con el movimiento iluminista, sin lugar a dudas, cuando mejor se cumple el paradigma de la Modernidad: es la edad plena de la razón, la postulación de la utilidad del saber y el poder de la educación; en materia política y social, el auge de la democracia liberal y el inicio de una economía de mercado. La vida social moderna oscila entre una moral eudemonista social y la ética formal kantiana. Según Hegel los nuevos tiempos comenzaban con la Revolución Francesa y la Ilustración.  Es en la Ilustración donde confluyen y se fusionan las orientaciones filosóficas insular y continental y el positivismo su más directo heredero, seguido muy de cerca por el marxismo. En estos dos sistemas filosóficos acabará por evidenciarse con claridad el momento culminante del proceso de desarrollo del pensamiento utópico. Del aspecto religioso de la Modernidad nos hemos de ocupar más adelante, ahora pasemos a realizar un breve examen del paradigma postmoderno.

EL SURGIMIENTO DE UN NUEVO PARADIGMA

El romanticismo irracional decimonónico como antesala de la New Age
 Situaremos el punto de partida de este paradigma en la filosofía de Nietzsche, aunque ubicado poco antes, contemporáneo al iluminismo, debemos hacer justicia con la fecunda semilla sembrada por el romanticismo, corriente continental que inició la crítica de la Modernidad poniendo énfasis, ya no en la razón, sino en la intuición, la emoción, la aventura, un retorno a lo primitivo, el culto al héroe, a la naturaleza y a la vida, y por sobre todas las cosas una vuelta al panteísmo.  Nietzsche se encargará de revitalizar estos motivos algunas décadas después, imprimiéndoles su sello propio; una filosofía cuyos rasgos esenciales han de ser el particularismo, el relativismo gnoseológico y moral, el vitalismo, el nihilismo y ateísmo, todo ello bajo un telón de fondo irracionalista. Esto hace ver como caótica una cosmovisión que va surgiendo desde las entrañas del deísmo, para desembocar finalmente en las fauces del más liso y llano neopanteísmo, harto proclamado por la ideología nuevaerista. La Postmodernidad, a pesar de su proclamada fragmentación e irracionalismo, deja entrever en su corazón ideológico un sustrato neopanteísta que ya aparecía prefigurado en el “superhombre” de Nietzsche y en los consejos y exhortaciones de su sabio Zaratustra.  El nihilismo y ateísmo nietzscheanos, fuertemente teñidos de irracionalismo y romanticismo, constituyen un fuerte punto de contacto entre las formas que preanunciaban, ya un siglo antes de su aparición, el entretejido de ideas que hoy conforman el postmodernismo y la New Age.

Gianni Vattimo tiene razón cuando ve en Nietzsche el origen del  postmodernismo, pues él fue el primero en mostrar el agotamiento del espíritu moderno en el “epigonismo”. De manera más amplia, Nietzsche es quien mejor representa la obsesión filosófica del Ser perdido, del nihilismo triunfante después de la muerte de Dios.

 La Postmodernidad, en contraste con la Modernidad, se caracteriza por las siguientes notas: nihilismo y escepticismo, reivindicación de lo plural y lo particular, deconstrucción de lo que aparece como lo real, relación entre hombres y cosas cada vez más mediatizada, lo que implica una desmaterialización de la realidad (Lyotard).  “La Postmodernidad es una edad de la cultura”.  Es la edad de la sociedad postindustrial. Es la época del conocimiento y la información, que se constituyen en medios de poder; época de desencanto y declinación de los ideales modernos, es el fin, la muerte anunciada de la idea de progreso. Es un vivir estetizante, la consigna es mantenerse siempre joven, se valoriza el cuerpo y toman auge las dietas, la gimnasia y la cirugía estética; se persigue la finalidad de mejorar la superficie, el envase, con el propósito de lucirlo. Lo que verdaderamente importa es el momento presente. Consumo, confort, lujo, dinero, poder, fama, son los valores predominantes. Es la plena vigencia, y nunca mejor que ahora, del viejo adaggio de Protágoras: “el hombre es la medida de todas las cosas”.  Hedonismo, subjetivismo y relativismo absoluto son los principios que rigen la época, el sexo libre una de sus consecuencias. Todo aquello que emane de la libre creatividad del hombre es lo que realmente vale.

Negación de la historia y de la trascendencia (ergo: también de los valores)
 Junto con la razón se ha perdido el significado de la verdadera libertad. Los sucesos pasan, se deslizan.  No hay ídolos ni tabúes, tragedias ni apocalipsis, “no hay drama” expresará la cultura adolescente postmoderna. Fredric Jameson, profesor de Cornell University (USA), ensaya un análisis valorativo de la Postmodernidad desde la óptica de la literatura, sobre un trasfondo político-económico, coordenadas culturales que constituyen el dominio de su especialidad. Uno de los principios básicos que consigna a la hora de iniciar su teoría es la cuestión de la “sordera histórica” padecida por el postmodernismo; este rasgo se constituye en un elemento clave a la hora de intentar conceptualizarla. Así, la teoría de la Postmodernidad es “un intento de pensar históricamente el presente en una época que ha olvidado cómo se piensa históricamente... el esfuerzo de medir la temperatura de la época sin instrumentos y en una situación en la que ni siquiera estamos seguros de que exista algo tan coherente como una ‘época’”.

 Un síntoma clave de que se está ante un pensamiento de corte postmoderno es la negación del tiempo como dimensión explicativa del sentido de los acontecimientos.  Aquí tenemos un elemento muy sugestivo a ser tener en cuenta.  Hasta los albores de la Postmodernidad el pensamiento occidental, al igual que el semita –al menos en esto–, se había “estirado”, por decirlo de alguna manera, sobre los pliegues de una dimensión temporal.  Ésta le brindaba al pensamiento un marco referencial, lo cual hablaba de una esencial historicidad de la que toda idea, pensamiento o sistema de ideas, eran tributarios.  Su raigambre y proyección históricas le eran consustanciales; todo relato se armaba sobre el trasfondo de una filosofía de la historia.  Una muestra sumamente clara de esto la constituye el pensamiento hebreo y el relato de los avatares de su peregrinaje como pueblo de Dios, cumpliendo el “antiguo pacto” en una línea histórica que va desde el llamamiento de Abraham hasta el momento novotestamentario en que se produce la irrupción en la historia humana del nacimiento de Cristo, y el establecimiento de un “nuevo pacto” que reemplaza al anterior. El sentido de todos los acontecimientos bíblicos es absolutamente histórico y está ligado a unos pocos grandes hitos enlazados en una filosofía de la historia signada por el gran conflicto cósmico. Estos hitos son: la creación, la caída en el pecado, el nacimiento de Cristo y su muerte en la cruz, la obra de redención, el juicio investigador y la segunda venida de Cristo, con su consecuente retribución de castigos y recompensas. La negación postmoderna de la historia contrae en su seno la negación de relevancia histórica de estos acontecimientos. Si la historia ya no tiene valor, tampoco los hechos que la determinan.

 Esta deshistorización de la realidad, llevada al ámbito de la teoría de los valores y de su enseñanza, una de las más caras tareas que competen a un educador que se precie de tal, conduce a un trastocamiento de la escala axiológica. Si ya no hay un marco histórico de referencia en base al cual puedan organizarse los hechos, tampoco habrá un lugar adonde puedan fijarse con nitidez los valores. Ya Fedor Dostovievsky, en el pasado siglo, acuciado por terribles dramas existenciales, puso en boca del protagonista de su novela Crimen y castigo, la frase tristemente célebre que afirma: “si Dios no existe, todo está permitido”. Si Dios no existe ya como ser trascendente al mundo, tampoco habrá valores, y menos aún una escala donde puedan existir organizados jerárquicamente.

 El pensamiento postmoderno, que a partir de la crítica de las ideologías surge como negación de los grandes relatos, a los que acusa de historicistas y de pertenecer a una lógica de la dominación, se sitúa en la dimensión presente del tiempo; un presente destemporalizado, radicalmente distinto del puntual histórico del mecanicismo moderno. En esto comparte un canal comunicante con la New Age, ideario de milenaria tradición, antes recluido en la filosofía oriental, y que ha encontrado en los motivos del postmodernismo una fecunda veta capaz de propagarle. Con ello, esta especie de cosmovisión pudo occidentalizarse y planetarizarse, unificando lo que antes aparecía como absolutamente diverso.
 Junto al debilitamiento de la historicidad, signo característico de la nueva superficialidad que permea la cultura actual, las principales notas de la Postmodernidad consisten en: el culto de la imagen y del simulacro; el ordenamiento de una vida que gira en torno a la tecnología y se entreteje a partir de una retórica del mercado, que ha impuesto su lógica del consumo frenético; “un nuevo suelo emocional”,  directa consecuencia de un galopante irracionalismo gestado a partir del rechazo de la Modernidad y sus productos.

Fin de la historia, de los proyectos y de los relatos
 Habermas señala que el postmodernismo no propone solución alguna a los problemas que plantea, se presenta como anarquista y nihilista y su abandono de la universalidad resulta sumamente peligroso.  “Sin unos principios o éticas mínimas no hay posibilidad de ser críticos y resistir al status quo.  Por eso en el fondo del postmodernismo anida el neo-conservadurismo”.   No hay revolución, la sociedad es como es, no cambiará ni nadie quiere hacerlo.  El postmodernismo acepta las aplicaciones utilitarias y tecnológicas de la ciencia, pero no sus ideales de verdad y progreso. Para Lyotard la ciencia termina siendo un “juego de lenguaje”.  Ciertos productos de la ciencia, tales como la contaminación y el desarrollo bélico, trajeron una desilusión sobre ella misma. La crítica postmoderna a la objetividad termina abriéndole una puerta al mito, la magia, el yoga y la New Age. La Postmodernidad significa un reencuentro con la naturaleza, un retorno al orientalismo y al holismo. Se proclama una armonía total y disolución del individuo en el cosmos. Ya no es menester dominar la naturaleza, sino insertarse, integrarse en ella.
 
La sociedad moderna era conquistadora, creía en el futuro, en la ciencia y en la técnica, se instituyó como ruptura con las jerarquías de sangre y la soberanía sagrada, con las tradiciones y los particularismos en nombre de lo universal, de la razón, de la revolución. Esa época se está disipando a ojos vistas; en parte, es contra sus principios futuristas que se establecen nuestras sociedades, por este hecho posmodernas, ávidas de identidad, de diferenciación, de conservación, de tranquilidad, de realización personal inmediata; se disuelven la confianza y la fe en el futuro, ya nadie cree en el porvenir radiante de la revolución y el progreso, la gente quiere vivir enseguida, aquí y ahora, conservarse joven y no ya forjar el hombre nuevo.

Nuevo concepto de razón
 A estos elementos centrales que hemos consignado como constituyentes de la Postmodernidad caben agregar algunos otros, de índole antropológica y sociológica. La mentalidad vigente en la sociedad postindustrial (Daniel Bell) se configura por su visión fragmentada de la realidad, una orientación pragmático-operacional, antropocentrismo y relativismo, atomismo social y una fuerte tendencia hedonista, caracterizada por la constante búsqueda del placer, el fin de la “ética del deber”,  una renuncia al compromiso y la responsabilidad y el “desenganche institucional a todos los niveles: político-ideológico, religioso, familiar, etc.”.
 Pero al mismo tiempo y en su afán de “deconstruir” el discurso racionalista moderno, como reacción crítica contra la civilización secularizada y tecnocrática que trajo la Modernidad, la Postmodernidad también se configura como opuesta al burdo pragmatismo y al reduccionismo de la razón en detrimento de la emoción, el sentimiento y la imaginación. Su reacción antimodernizante señala las contradicciones socio-culturales de la Modernidad: “destrucción de la naturaleza, empobrecimiento del hombre al que se le amputa su libertad, bolsas de pobreza y delincuencia, crisis de la identidad, política de bloques y colonialismo...”.   Ante estos elementos negativos que produjo la mentalidad secularizante moderna, el postmodernismo se alza como un movimiento contracultural enarbolando sus emblemas: la gratificación inmediata y no diferida, sus contradefiniciones, un irracionalismo manifiesto en nuevas formas de conocimiento (así surgen los enfoques sistémico, constructivista, gestáltico, etc.), liberación sexual  y la anarquía como norma social.

En los Estados Unidos, una publicidad televisiva de un automóvil muestra a una jovencita sentada en un aula escolar donde reina un clima opresivo, mientras una severa maestra repite, con voz monótona, una y otra vez la necesidad de “no salirse de las líneas”. La escena se corta y se pasa a otra, donde aparece la misma niña, convertida en una joven –la escena ahora está filmada en color, en lugar del blanco y negro utilizado en la anterior–, conduciendo su propio automóvil con la capota descorrida y con el viento agitando su cabello. No sólo se sale de las líneas demarcatorias de la ruta, sino que es la imagen viva de la felicidad y de la alegría al abandonar la ruta y cruzar con su automóvil a través del campo. A pesar de que los autores de la publicidad no incluyeron ese detalle, el automóvil podría haber mostrado un adhesivo que dijera “Cuestione la autoridad”...
 

Se instaura un nuevo concepto de “ciencia”
 Por otra parte, también la ciencia va cambiando de paradigma y abandona el modelo empirio-racionalista que aspiraba a la universalidad y objetividad absolutas del conocimiento. La ciencia adquiere un carácter probabilístico y pasa a depender más que nunca del ojo del observador (Paul Watzlawick). La ciencia actual, luego de la desmitologización epistemológica, ya no es aquel terreno firme y seguro de antaño. Si lo real depende del observador, que es quien construye el fenómeno observado, entonces ya no existe fundamento objetivo capaz de certificar ni negar nada; la propia experiencia determina la medida de lo posible. Paul Feyerabend, epistemólogo norteamericano contemporáneo, en su crítica a la racionalidad científica  se pregunta si el mito, por ejemplo, no será una forma tanto o más válida de conocimiento que la ciencia. Todo esto lleva al científico a encontrarse tal como el hombre de la calle frente al misterio de la realidad, situación epistemológica que favorece la apertura de la conciencia hacia otras dimensiones de la existencia y hacia las cuestiones últimas. Pensemos por un momento en el impacto que tales ideas pudieron ocasionar en el origen de los conceptos pseudocientíficos que integran la New Age, tales como las medicinas alternativas y la astrología, por ejemplo. En este sentido, la relación entre Postmodernidad y New Age se establece especialmente a partir de la vulgarización de las ideas postmodernas. Quizás son escasos los grandes mentores de la Postmodernidad que adhirieron o simpatizaron en algún momento con el movimiento nuevaerista, pero sus ideas han ocasionado en el mundo, que en definitiva no se rige intelectualmente, tendencias que confluyeron y se plasmaron en una nueva (vieja) religiosidad. Un ejemplo claro de este hecho lo constituye la figura de Ralph W. Emerson, pensador decimonónico que influyó en gran manera sobre la religión estadounidense de nuestro siglo, a la cual un conocido analista, sociólogo de Yale University, el Prof. Harold Bloom, no ha vacilado en denominar como “poscristiana”.
 La Postmodernidad significa, en última instancia, la defunción definitiva de la idea de progreso, el fin de las utopías, la muerte final de la idea de Dios, el “fin de la historia” (Fukuyama) . Pero, volviendo a lo que planteábamos anteriormente, respecto de la ruptura o continuidad del proyecto moderno, todo esto, ¿es realmente una novedad propia de la Postmodernidad, o será simplemente el resultado final de un proceso iniciado, aparentemente, hace ya unos cuatro siglos?  Una mirada retrospectiva de este proceso nos permitirá percibir una curiosa y compleja relación entre la utopía, la idea de Dios y el desarrollo del secularismo. Detengámonos por un instante a repasar esto a la luz del paradigma de la Modernidad.

SECULARISMO Y EXTINCIÓN DEL PENSAMIENTO UTÓPICO
 
 La Modernidad es, sin lugar a dudas, la edad de las utopías. Casi todo el pensamiento moderno se establece bajo una impronta utópica. Literalmente “u” - “topos”, en ningún lugar, significa la existencia de lo perfecto e incorruptible, cuya razón fundamental de existencia es operar como una meta o modelo a alcanzar. De algún modo durante la Modernidad, y esto se observa con más claridad en sus comienzos, la existencia de Dios era la razón de que el hombre creara, difundiera y creyera en las utopías. Dios seguía siendo el modelo de perfección consumada al cual se podía aspirar y habría de tender. El hombre moderno creaba, así, la utopía: un mundo mejor (perfecto), que no existía en ningún lugar, salvo en su propia mente. El hombre toma a Dios como modelo de perfección pura y partiendo de lo que tiene a mano, de lo conocido y tangible, crea una realidad utópica, aislándola de toda posible corrupción terrenal, aún y a pesar de que en su construcción mental la utopía dispusiera de las máximas condiciones materiales posibles (la Utopía de T. More, la Ciudad del sol de Campanella, etc.). El hombre opera aquí como un “Demiurgo”, que organiza el planeta de acuerdo con un modelo del mundo perfecto existente en un “mundo celeste” divino.  Ya se percibe en esta actitud humana de intentar crear algo perfecto (utopía) cierto dejo de querer ser semejante a Dios, realizando una actividad que era propia y exclusiva del Ser divino. Pero aún la extrema lejanía de las utopías renacentistas mantenían con sus creadores una relación de trascendencia que de algún modo imponían cierto respeto ante la separación y lejanía de lo divino. Paulatinamente se observará cómo esta relación de la utopía con su creador se irá secularizando. Veamos entre tanto qué ocurre con la idea de Dios y su lugar en el mundo.

Interpretación teológica del tándem “Modernidad-Postmodernidad”
 Digámoslo de una vez por todas: la New Age es un movimiento socio-cultural-filosófico-religioso que pretende recuperar una religiosidad perdida a causa del secularismo y ateísmo que se incrementaron notoriamente en estos dos últimos siglos. Esta cultura secular fue adquiriendo una densidad marcada a partir de los últimos cinco siglos. Las raíces de este secularismo podemos hallarlas en el Renacimiento, en el siglo XV, cuando el hombre intenta desembarazarse de la autoridad de la Iglesia y situarse como centro del mundo. La verdad ya no será más patrimonio de una institución, sino que a partir de entonces quedará alojada en la conciencia.
 Según la cosmovisión teísta vigente hasta el fin del medioevo, Dios es una persona trina, en unidad de propósito y pensamiento, es Creador y quien ejerce el gobierno sobre el mundo; se admiten con plenitud su providencia y revelación. La Verdad revelada es irreductible a una verdad racional, cognoscible por cualquier ser humano. Por el contrario, la cosmovisión moderna era básicamente deísta. Dios queda admitido como principio y causa del mundo. El hombre moderno no estaba dispuesto a admitir que Dios se ocupa de los hombres, de su historia y destino; de lo contrario, no podría explicarse la existencia del mal. La conciencia del sujeto fue adquiriendo cada vez mayor poder, a la vez que la religión perdía su importancia, hasta quedar finalmente relegada, o cumpliendo un papel meramente accesorio.
 En los epígonos de la Modernidad será otra la cosmovisión, y también será otra muy distinta la índole de las utopías. En esta radical distinción, y como producto del vaciamiento de sentido de la idea de Dios operado en la conciencia postmoderna, podemos encontrar parte del fundamento de la muerte de las utopías.
 El proceso de la muerte de Dios y el advenimiento de una cultura secularizada se inicia con el antropocentrismo renacentista, pasando por el subjetivismo, el iluminismo y su endiosamiento de la razón, el positivismo, el materialismo en sus diversas formas, humanismo y nihilismo; ya no queda en la vida actual lugar alguno para Dios. Los momentos más significativos de tal proceso quedan constituidos por las filosofías de Hegel (un panteísmo encubierto tras la ambigüedad de una deificación del hombre racional: el universal concreto); Comte, quien liquidó la vida religiosa y metafísica como dos estadios primitivos de un desarrollo que ha llegado al definitivo estadio positivo y la “religión de la Humanidad”; el marxismo, previa crítica de Feuerbach al origen de la idea de Dios, con su total materialización de la existencia y su concepción de la religión como narcótico del que es preciso liberarse; finalmente, el nihilismo representado por Nietzsche, con su moral del superhombre y la radical subversión de los valores.
 En forma paralela, las utopías se fueron modificando, desde aquellas primeras formas renacentistas, de índole más bien geográfica y sobre un trasfondo que oscilaba desde un teísmo a un deísmo, pasando por “la paz perpetua” y la moral kantianas, el Estado racional de Hegel, el socialismo utópico, el positivismo comtiano, y cerrando toda una época, la “sociedad sin clases”, comunista, preconizada por Marx.  Utopía, esta última, profetizada y postulada con el extremo rigor de una pretendida necesariedad, y en la que a partir de su fundamento sustancialmente ateo no quedaba ya lugar alguno para la trascendencia.
 El desenlace lógico de la Modernidad no es otro que el fin de los “grandes relatos”, como dirá Jean Francois Lyotard; es la declinación de los ideales modernos, el fin de la revolución, es la muerte de las ideologías, como muchos otros se expresan hoy (Fukuyama).

El postmodernismo, caldo de cultivo de una nueva religiosidad
 La sociedad postmoderna es básicamente agnóstica, ni tan siquiera atea, porque para el ateo de algún modo Dios sigue existiendo como enemigo. En rigor de verdad este agnosticismo ha encontrado su desenlace epocal en una cosmovisión neopanteísta, cosmovisión que es plenamente asumida por la New Age. Los valores de la Postmodernidad están anclados en una absoluta inmanencia. El Dios personal del Cristianismo es un objeto pintoresco abandonado en el desván. El agnosticismo y neopanteísmo de nuestra época es el legado postmoderno del ateísmo en que culminó la Modernidad. Nuestra indiferencia ante Dios es la peor condena a la que podíamos someterlo. En verdad, para ser más explícitos, es la peor condena a la que pudimos entregarnos.
 Los movimientos contraculturales del postmodernismo fueron caldo de cultivo para la búsqueda de nuevas soluciones captadas en el espacio extraoccidental. Así aparece en escena un neo-misticismo traído de la mano de la filosofía y la espiritualidad orientales. La New Age asimila la cosmovisión oriental, pero traduciéndola a su propio contexto sociocultural. Hoy reverdecen las inquietudes espirituales , por todos lados se habla de ello y “parece que se está produciendo un reencantamiento del mundo por vía de una trivialización de lo religioso”, que ancla esta experiencia antes reprimida en “horóscopos, ufologismos o búsqueda de experiencias místicas por los caminos de Oriente”.  Nueva religiosidad en que se mezclan sugestión, magia, sacro cuidado de la naturaleza, búsqueda de lo novedoso y anómalo, e incluso hasta auténticas inquietudes religiosas; en definidas cuentas, un movimiento recorrido “por un utopismo parareligioso de armonía y solidaridad mundial con los hombres y con la naturaleza”.

POSTMODERNIDAD Y NEW AGE

Caracterización de la New Age
 A la hora de hacer un muestreo de la multiplicidad de tendencias que confluyen en el suelo nutricio intelectual y religioso de la New Age, hay que decir, en primer lugar, que son muchísimas y sumamente diversas. Muy esquemáticamente cabe señalar al espiritismo fundado por las hermanas Fox; la teosofía , el ocultismo y la astrología (Madame Blavatsky y Alice Bailey); el trascendentalismo (R. Emerson y W. Whitman); el “movimiento de curación mental”, de basta influencia en la psicología contemporánea; el movimiento contracultural beatnik de la posguerra americana, cuyo espíritu anarquista y rebelde influyó en la aparición, en la década del ‘60, de los hippies, cuyos slogans predicaban pacifismo, hedonismo, misticismo, orientalismo y filosofía Zen, romanticismo naturalista, uso y abuso de drogas; y “fundamentalmente el utopismo, expresado básicamente en sus consignas de peace and love”.  La tendencia rebelde y contestataria del movimiento hippie será revertida en la New Age, cuya sensibilidad integradora se adecua más a la condición postmoderna, que asume afirmativamente ciertos rasgos del estilo de vida burgués en lugar de rechazarlos como ocurrió con los hippies de los años ‘60.
 El núcleo fundacional de la New Age reconoce como principal matriz al Esalen Institute, creado en el Big Sur californiano, en 1962, en cuyos programas participaron figuras tan reconocidas como Abraham Maslow, Gregory Bateson, Margaret Mead, Carl Rogers, Aldous Huxley y Paul Tillich, entre otros. Tradicionalmente la costa oeste fue considerada como una gran matriz de movimientos contraculturales y allí surgió, casi inevitablemente, este movimiento que hoy alcanza una dimensión geográfica universal.  Cabe señalar también a sus más notables difusoras, la actriz norteamericana Shirley MacLaine, quien reorganizó su vida de acuerdo a su experiencia nuevaerista, y la escritora Marilyn Ferguson, verdadera arquitecta  de la New Age y autora del libro La Conspiración de Acuario, mediante el cual anunció el abandono de la anterior “era de Piscis” y la entrada en una nueva era astronómica, regida por una conciencia universal y diferente.
 El contenido religioso de la New Age está hecho a la medida del molde individual; un ambiente relativista en el cual nadie presume de tener toda la verdad. Es la religión de los buenos deseos y del amor, en donde no existen las exigencias ni pertenencia a institución religiosa alguna; sólo hay retribuciones. “Es la entrada triunfal en Jerusalem y la transfiguración, aunque sin el calvario ni la cruz.  Nada que pueda representar la incomodidad de atarse a algo que vaya más allá de la propia subjetividad”.
 Acorde con el sentido antihistoricista del postmodernismo, la New Age se rebela como contenido acrónico, desestructurante de la realidad, y lo hace a partir de dos de sus más caros conceptos: el karma  y la reencarnación.  Mecanismos por los cuales se eterniza la vida humana, que nunca muere, sino que al pasar de un cuerpo a otro va transformándose, de vida en vida, evolutivamente, a medida que asciende en niveles de conciencia hasta llegar a la perfección, a la par que también va creciendo la conciencia planetaria en un proceso de aumento de la complejidad.  Así mismo, durante una misma vida, se producen momentos de evasión de lo temporal a través de la meditación trascendental, instante en que se niegan las dimensiones temporales y se entra –o al menos se presume de ello– en contacto con lo absoluto.

La verdad light de la New Age es la aliada perfecta de la “débil” ética postmoderna
 Pero esta nueva religiosidad de nuestro siglo, no podría ser otra cosa que una religión capaz de asimilar la moral vigente en la Postmodernidad, una ética heredera de la autonomía kantiana impuesta en la Modernidad.
 Junto a la endeblez teórica de que hacen gala todos los movimientos postmodernos, los anima a todos ellos una actitud de cambio, que se presenta como irreversible. Esta actitud se manifiesta como “una nueva sensibilidad” que irrumpe en la cultura oponiéndose incrédulamente a cualquier tipo de programa “fuerte”, fundamentado del modo que sea. Esta radical incredulidad “actúa como una vacuna persistente e inmunizadora”.  Se presenta, ante todo, como repulsa a toda teoría o nivel metateórico. Las ideas son difuminadas en una cultura que las recibe sin pretensión de permanencia alguna. Esta desconfianza hacia cualquier forma de fundamentación se manifiesta política y socialmente como un fuerte predominio del disenso, reemplazante del anterior y “moderno” consenso. Los valores consagrados por la Modernidad democrática, el pluralismo, la igualdad y la libertad de opinión son puestos, ahora, en la Postmodernidad, al servicio de una cultura, que por irracionalista, los termina negando o degradando. Una sociedad regida por el disenso se torna rápidamente caótica e insegura. Si todo vale o da lo mismo, ¿qué es entonces lo justo, lo ético, lo correcto? ¿Quién será capaz de dirimir las diferencias? En el mejor de los casos sólo podrá hacerlo un gobierno de turno que según su propio criterio, político siempre, tratará de imponerse como norma. Pero hasta el fuero interno del ser humano y a la esfera de sus acciones privadas, jamás podrán llegar los alcances de los códigos y constituciones nacionales o internacionales. En este contexto ético social de la Postmodernidad se entreteje la maraña de un nuevo ethos, cuyas consecuencias religiosas surgen como una lógica y previsible consecuencia.
 Pero, en cierto modo, la New Age representa un intento de recuperar el consenso en algunos puntos claves que atañen a su cosmovisión, y difundir este conjunto de pretendidas verdades consensuadas a partir de una noción humanista de verdad a través del gran cauce de su pensamiento cultural-religioso, con el fin de lograr la armonía universal. Claro está que se trata de un nivel de consenso de base netamente permisiva, cuyos contenidos apuntan claramente al sostén de una divinización de la humanidad, la sacralidad de la naturaleza y la supervivencia del alma por la eternidad. En este punto la New Age se constituye como la utopía del tiempo presente, la aspiración que aún no había podido lograr el humanismo moderno. Esta divinización del hombre adquirida con la New Age era la meta señalada por el naturalismo y el secularismo, cuyas raíces se hunden en las arenas del Renacimiento y el mundo postmedieval.  A partir de esta relación cabe analizar el proceso de secularización y autodivinización que produjo la mentalidad moderna hasta arrivar al posthistoricismo de la época actual.
 Podemos definir a la New Age, en general, como una religión cuyo centro ya no es el Dios trascendente, personal y trino del cristianismo, sino la conciencia del hombre mismo; un Dios fabricado a imagen del hombre del siglo XX; un Dios, sin más, al estilo postmoderno.
 A la luz de esta idea, el Dios de la Modernidad era muy similar aún al Dios del Cristianismo fundado por Cristo. En todo caso, las principales diferencias radicaban más bien en cuanto a su relación con el hombre y no en cuanto a su persona. Esta ausencia de relación entre Dios y el hombre implicaba, por ejemplo, que la comunicación careciera de sentido, ya que Dios era un ser alejado, tan trascendente al mundo que una vez concluida su obra creadora se alejó de él dejándolo librado a sus propias leyes. En el origen del proyecto moderno de autonomía, progreso y utopía está latente esta concepción deísta de Dios y de su creación. Al quedar bloqueada la relación entre el hombre y Dios, la verdad pasó a ser patrimonio de la conciencia; el hombre podía encontrar la verdad en sí mismo. Una consecuencia directa de esto fue que al olvidarse de Dios, el producto de su mente y de sus manos trajo catastróficas consecuencias para la humanidad: grandes problemas sociales, conquistas sanguinarias, la bomba atómica y la amenaza nuclear contemporánea, grandes desastres ecológicos, entre ellos la actual destrucción de la capa de ozono.
 La New Age surge en las últimas décadas de nuestro siglo, proclamando una vuelta a la religiosidad perdida y levantando como una de sus principales y veneradas banderas el rescate ecológico del planeta Tierra, antes de que la corrupción operada por el exagerado ejercicio de la técnica sobre la naturaleza tome cuenta del planeta dejándolo sin vida. Por supuesto que en la filosofía de la New Age es posible hallar aspectos favorables indiscutibles, la cuestión es hacia dónde se apunta mediante ellos.  La New Age no representa novedad alguna en este mundo, es lisa y llanamente un neopanteísmo, que condujo al hombre a su autodivinización.  Todo es válido en la New Age; lo que importa por sobre todas las cosas es la máxima realización del hombre, el culto a sí mismo y su unión íntima con la totalidad de la naturaleza. Es ésta una religión muy propia de la Postmodernidad, sin sacrificios, sin privaciones, sin un Salvador, sin pecado y sin perdón. Quizás no exageremos al afirmar que esta nueva forma de religiosidad, hoy tan popular, ha vaciado definitivamente el contenido y objeto de la religión. Es la consumación del paradigma de la Modernidad, es, en definitiva, la esencia del paradigma de la Postmodernidad. La New Age se opone al deísmo, Dios ya no es un ser alejado del mundo, que no tiene relación con él, pero cae en el defecto contrario: ahora Dios pasa a ser la sustancia misma del mundo; Dios está en la naturaleza, en la vida, en nosotros mismos. En definitiva, para la New Age, Dios es nuestra conciencia y, por ende, nosotros participamos de la divinidad, somos dioses. Sin temor a equivocarnos, podemos concluir que el núcleo teológico de la New Age, se halla en las antípodas de la teología bíblica.El caso es que se trata de una teología que no sólo ha transformado el concepto que el hombre tiene de Dios, sino que además le ha quitado a aquél el distintivo y trascendente carácter de su origen, como ser creado por Dios, a imagen y semejanza divina:

La Nueva Era proclama a una deidad propia de su ideología panteísta. Ella presenta un dios difundido y confuso en toda la naturaleza, sin hacer una separación distintiva entre él y los demás seres... Semejante deidad no es el soberano Yahvé Creador, autorrevelado de la Biblia, sino una deidad carente de personalidad absoluta, indistinguible de su creación. Nosotros somos criaturas hechas por Dios, quien no sólo es nuestro Creador, sino también el Creador de todo lo demás. Nosotros, así como el resto de la naturaleza, no somos parte de él, sino parte de su creación.
 

Síntesis doctrinaria del neopanteísmo nuevaerista postmoderno
 Como resumen, veamos los principales puntos sostenidos por esta corriente en una suerte de paralelismo con las doctrinas fundamentales sustentadas por el verdadero cristianismo:
1. Religión sí; Dios personal, no.
2. Experiencia espiritual, sí; teología, no.
3. Reencarnación, sí; resurrección, no.
4. Esoterismo, sí; racionalismo, no.
5. Interiorización, sí; institución, no.
6. Comunicación, sí; mediación, no.
7. Vitalismo y armonía, sí; personalidad, no.
8. Unidad del todo, sí; diferencia, no.
9. Autorrealización, sí; redención, no.
 La New Age elimina el sacrificio de Cristo en la cruz; ya no tiene sentido, puesto que el hombre se salva a sí mismo, no necesita un salvador.  La comunicación es directa, ya que todo es Dios, la naturaleza, el hombre mismo; hay en el mundo una especie de vasos comunicantes por donde circula la energía divina. También el pecado original ha perdido su sentido. La raza humana marcha por un camino constante de evolución, en que finalmente logrará su perfección. La salvación del hombre es inmanente, porque Dios lo es, se encuentra en la mismísima conciencia humana.  En nuestra época la doctrina de Dios, a partir de la New Age, ha dado un giro, partiendo del deísmo de los modernos ha desembocado en el panteísmo, o neopanteísmo de los postmodernos. Si Dios está en nosotros, entonces podemos salvarnos por nosotros mismos. Veremos entonces, en lo que sigue de aquí en más, qué tipo de hombre interesa formar en una época signada por una ética débil y hedonista, una psiquis narcisista, una cultura light, una religión inmanente y un liberalismo absolutamente individualista y escasamente responsable.

La distensión de los vínculos comunitarios (incluidos los establecidos por el teléfono) multiplica los vacíos en los grupos (facilitando las comunicaciones entre individuos). Ahora bien, el lugar de lo religioso no puede dejarse vacío. La evacuación del mismo por las religiones establecidas (confesionales o no) es escandida, entonces, por la llegada de los tapa-agujeros sincréticos. Ese sagrado difuso (difundido por el estallido social) no es un sagrado extenuado, sino un sagrado incontrolado. No canalizada, la energía grupal circula en estado “libre”: inventa, destituye, imagina. Pero “la imaginación al poder” no libera al grupo de lo sagrado, sino que desacraliza las instituciones existentes, es decir que independiza a lo instituyente de lo instituido, de donde comúnmente se derivan más masacres sangrientas que efusiones, más regresiones místicas que nostalgias bucólicas, más asesinatos que poemas. Los brotes de la espontaneidad libertaria constituyen la leyenda dorada del brave new world; los degüellos de los fanáticos y los terroristas, su leyenda negra; pero es el mismo mundo, el de las administraciones de Estado informatizadas, y del control del tiempo de trabajo en la fábrica mediante contador individual de tareas.
 

NEW AGE, POSTMODERNIDAD Y EDUCACIÓN

 En este contexto, ¿dónde quedan situados los verdaderos fines de la educación? ¿Será importante para la educación de nuestra época redimir de su pecado al hombre caído?, ¿restaurar la imagen de Dios en el hombre? Si todos somos dioses, o parte de un dios cósmico, ¿qué imagen habrá que restaurar? ¿No será que como la verdad está ahora en nosotros mismos, según predica la New Age, la perfección también estará en nosotros? Y si no hay pecado original, ¿quién decide qué es lo bueno y qué es lo malo?, ¿quién establece una correcta jerarquía de valores? ¿Podemos ser nosotros, a partir de nuestra conciencia subjetiva, la fuente de los valores que ha de regir nuestra vida y la convivencia en sociedad?

El estigma de nuestros tiempos: una cultura sin fundamentos
 Las bases de nuestra cultura, que antes denominábamos como “cristiana occidental”, y ahora, en la Postmodernidad, llamamos como “cósmica, pluralista y unificada”, son las siguientes:
* Relativismo.
* Liviandad (cultura light).
* Egoísmo.
* Pragmatismo, si algo sirve, es útil o da ganancia, es bueno.
* Auge de las comunicaciones, redes informáticas y sistemas centralizados.
* Supresión de las fronteras (NOM, Unión Europea, Mercosur, Nafta, etc.), todo tiende hacia el globalismo.
* Inmortalidad, reencarnación, “karma”.
 Examinemos, sintéticamente, a partir de estos elementos, el tipo de educación predominante en el mundo postmoderno; apenas repasaremos algunas de sus notas más características:
1. Democratización: se han borrado las fronteras entre alumno y profesor, en definitiva, se ha perdido el respeto por el docente, del mismo modo en que los adolescentes han perdido el respeto por sus padres y sus mayores en general. El caso ejemplificado en una cita anterior, acerca de la publicidad norteamericana que mostraba a una joven guiando de manera irresponsable un automóvil por la carretera, muestra esto con absoluta claridad. Es necesario decirlo y aceptarlo: antes la escuela fue, con toda seguridad, demasiado autoritaria, jamás se permitía disentir, pero ahora estamos girando hacia el extremo opuesto. Todo es válido, no importa sobre que esté asentado; tampoco si carece de fundamento alguno. ¡Cómo cuesta lograr el justo medio!
2. Facilismo: el alumno busca lo más fácil, rápido y placentero. Es la cultura del menor esfuerzo.  También la escuela se ha adaptado a esto, ya no se enseña casi nada; se trata de mantener una comunicación socio-afectiva con los alumnos (en el mejor de los casos), pero muy poco de hacerlos estudiar. El mejor docente es el que no manda deberes, no toma pruebas y que charla en clase. Es decir, la escuela se ha adaptado a los reclamos del alumno. La pedagogía del esfuerzo ha sido sustituida por la llamada “pedagogía light”: una enseñanza livianita, sin valores, sin objetivos, sin metas. A veces la escuela no es más que una “guardería”, donde niños o adolescentes son depositados por algunas horas, no importa con qué finalidad.
3. Liviandad moral: en cualquier colegio es ya común encontrar que la gran mayoría de los alumnos fumen o beban grandes cantidades de alcohol desde su primer año de estudios medios, o vuelvan a sus hogares a la hora de los primeros rayos solares en fines de semana. Por no hablar de una más que temprana y precoz iniciación sexual , con los problemas que esto trae aparejado: madres solteras, deserción escolar, abortos, aumento de las enfermedades de transmisión sexual, junto a un galopante consumo de drogas blandas y duras, todo lo cual habrá de acarrearle tanto a los jóvenes como a sus padres, graves e irreversibles daños biológicos y sociales, precio muy caro a pagar comparado con las escasas gratificaciones. Se ha perdido la noción de qué debe ser considerado como bueno y en el mejor de los casos, la “idea de Bien” va siendo reemplazada por la idea de “justicia” y todo buen accionar queda, a lo sumo, restringido a ésta.
Los neoliberales americanos, sin hacer distinción de tendencias, tienen en común una misma severidad con respecto al welfare state (Estado providencia) que, efectivamente, resultó puesto en tela de juicio por la revolución conservadora de 1980. Están de acuerdo, igualmente, sobre los conceptos fundadores del liberalismo. En primer lugar, la primacía absoluta acordada al individuo: la libertad de éste no podría ser objeto de ningún tipo de limitación, aunque fuera en nombre de un presunto “interés general”. “Cada persona –escribe Rawls en A Theory of Justice– posee una inviolabilidad fundada sobre la justicia que, aunque sea en nombre del bienestar del conjunto de la sociedad, no puede transgredirse. Por esta razón, la justicia prohíbe que la libertad de algunos pueda justificarse mediante la obtención por otros de un mayor bien”. También están de acuerdo en la perfecta “neutralidad” del Estado en cuanto a la concepción que pueda hacerse del Bien. Éste es una cuestión de elección individual. Ningún “prejuicio” podría imponerse colectivamente a los miembros de una sociedad. A cada uno su propio Bien, que aquél define sus creencias. El Estado se rehúsa a resolver entre proyectos, valores, comportamientos rivales. Encarna, en suma, un “escepticismo moral” respetuoso de la variedad infinita de las opiniones, de las que se trata, únicamente, de organizar la cohabitación más armoniosa. El interés general, si es que la expresión tiene un sentido en este contexto, no es otra cosa que la suma de los intereses individuales; una suma que, apenas, puede procurarse maximizar. En el límite, esta misma libre diversidad de los “Bienes” es considerada como un bien en sí. Los liberales anglosajones, siguiendo en esto a John Stuart Mill o Emmanuel Kant, otorgan la prioridad a lo Justo (right), que es asunto individual, sobre el Bien (good), que implica la adhesión a un valor común, y por lo tanto una coacción (la negrita es nuestra).
 

 Estos aspectos conforman un pequeño muestrario, muy incompleto, de la educación en la época actual en nuestra permisiva sociedad democrática y liberal.

CONCLUSIÓN

 ¿Está en crisis la educación?, o ¿realmente está todo bajo control? ¿Es posible detectar sus fallas? ¿Qué es lo que ha cambiado radicalmente en el mundo para que se encuentre en su actual estado?
 Quizás este análisis del proceso de secularización operado por la conciencia moderna, y posteriormente finiquitado por la conciencia postmoderna, nos ayude a poder comprender la situación del mundo hoy. Quizás la clave de comprensión de la crisis educativa que actualmente vivimos, que es al mismo tiempo causa y efecto de una crisis en la sociedad toda, radique en que al no poder situar el hombre su mirada en un “más allá”, inalcanzable a nivel exclusivamente humano y terrenal, debido a que las construcciones utópicas que había creado en tiempos modernos lo defraudaron una vez que fueron concretadas, sólo le ha quedado un “más acá”, sin tiempo ni espacio, tan empobrecido y decadente como el planeta mismo.
 El proyecto educativo de la Modernidad, analizado en el contexto de la utopía, muestra una radical oposición con el “proyecto”  educativo de la Postmodernidad, el cual a partir de tal matiz representa una total ruptura con su antecesor. Bajo la perspectiva del análisis de lo acontecido con la idea de Dios y su puesto en el mundo, no pasa de ser una evidente continuidad. Tal vez la justificación de esta diferencia se encuentre en que la liquidación postmoderna de las utopías sea, simplemente, un efecto de que el proceso de secularización ha llegado a su consumación.
 Bajo este diagnóstico, ¿qué perspectivas de mejora pueden vislumbrarse? ¿Tiene solución la crisis actual de la educación? ¿Queda aún alguna vía utópica distinta, que dirija la educación en búsqueda de una sociedad mejor o perfecta?
 Creemos que las respuestas a estos interrogantes tienen un matiz teológico, pues es el concepto de Dios, su relación con la raza humana y la finalidad para la cual ésta fue creada, lo que le da el marco y sentido apropiados a la educación. Si sostenemos que el hombre y el mundo son creación de Dios, que el hombre fue hecho por Dios a su imagen y semejanza, y que, habiendo desobedecido a su creador produjo una ruptura de esa imagen desde la entrada del pecado en el mundo, entonces aceptaremos también que a partir del plan de salvación provisto por Dios a través del sacrificio de Cristo en la cruz, se puso en marcha la búsqueda de recuperación de la imagen de Dios perdida en el hombre.  A través de la historia y mediante estos hechos, Dios fue proveyó a la humanidad de medios y enseñanzas con los cuales podría acceder aquella imagen perdida por causa del pecado. Es en este contexto en que podemos situar nuestro muy caro lema de que “educar es redimir”.  Educar sería perfeccionar el carácter del hombre ; prepararlo para desenvolverse plenamente en este mundo, mostrándole el uso de las herramientas que ha de necesitar y enseñarle principios éticos de convivencia, sí, por supuesto, pero también brindarle una formación que lo capacite para alcanzar una vida eterna de orden superior. Es en este sentido que necesitamos, a fin de poder cumplir con tamaños objetivos, de una preparación y una consagración acordes con la dinámica de nuestros tiempos. La mejor preparación académica, sí, sin lugar a dudas, pero también la sensatez y permanente dirección divina sobre nuestra vida. Formar mentes humanas es una de las tareas más difíciles que le haya sido encomendada al hombre jamás. Ante esto, ¿qué papel nos compete a quienes pretendemos educar?
 Una verdadera educación pasará por una vuelta a los valores trascendentes, ubicados en una correcta jerarquía, la cual podemos encontrar únicamente en la Revelación divina. Educar será, entonces, formar a la persona, reconocer sus capacidades y lo que potencialmente puede llegar a ser; enseñarle a amar a su divino Creador, respetar sus leyes y entablar una relación personal con Él. A partir de esta relación con Dios, el educando podrá saber cómo relacionarse con su prójimo y hacer un aporte positivo a la sociedad.
 La única utopía válida no tendrá lugar en este mundo, ni está aquí ni ahora, como suele ser proclamado por las más diversas filosofías nuevaeristas y humanistas de la educación. La verdadera utopía, que sí estará en un espacio y un tiempo definidos, tendrá realidad en una tierra nueva que Dios está preparando para nosotros.  Nuestra es la responsabilidad y el deber de formar y perfeccionar ahora, en el mundo en que vivimos, nuestro carácter y el de nuestros estudiantes, a fin de estar preparados para ese mundo perfecto.
 

Fernando Aranda Fraga
Universidad Adventista del Plata
ARGENTINA

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FUENTES

 Este artículo fue escrito a partir de dos trabajos previos de mi autoría, parcialmente afines, en los que se trataron, independientemente, dos temáticas que aquí aparecen, a saber: 1) “La educación postmoderna: crisis y fin de las utopías”, ponencia no publicada, presentada en el Congreso Internacional de Educación, “Educación, crisis y utopías”, Universidad de Buenos Aires, Julio de 1996, Volumen de Abstracts, 76; y 2) “Postmodernism and New Age: the subtle connections”, Dialogue, Volume 9: Nº. 3, 1997, 10-13.
 El autor es doctor y licenciado en Filosofía (UCSF, Argentina); su especialidad son la Filosofía Política y la Ética Jurídica, área sobre la cual obtuvo su Ph.D. Se desempeña como Secretario de Ciencia y Técnica, Profesor Titular de Metodología del Trabajo Científico y Adjunto de Sociología General, e investigador de la Universidad Adventista del Plata. Director de la revista Enfoques, publicación con referato, indexada internacionalmente.

  Jürgen Habermas, El discurso filosófico de la modernidad (Madrid: Taurus, 1989), 17

  El pensamiento postmoderno no constituye, propiamente hablando, una concepción del mundo, sino una multiplicidad de ellas; en todo caso, dentro del amplio panorama de conexiones existentes, es posible tematizar algunos aspectos relevantes del Postmodernismo que, al situarse en relación analógica con ciertas características de la Nueva Era (que sí conforma una cosmovisión), pueden mostrarnos un conjunto de “conexiones sutiles” entre ambos términos.  Estas relaciones nos darían la pauta de existencia de un ámbito común o suelo nutricio de una cosmovisión que corresponde epocalmente al período histórico que denominaremos como “Postmodernidad”, sin que por ello se entienda que tal conexión desborda la categorización del análisis propuesto y se concluya en una lógica inversa; en definitiva, no todo lo postmoderno pertenece a la New Age.  Tampoco es posible afirmar lo inverso, pues hay en la cosmovisión de ésta elementos recuperados de las más diversas filosofías, épocas y tradiciones milenarias, que poco tienen que ver con el postmodernismo.

  Lo que puede inducirnos a pensar a la Postmodernidad como una Weltanschauung (concepción del mundo, en alemán) queda en cierto modo limitado por la influencia del concepto de “fragmentación”, noción fuerte del postmodernismo que debilita la idea de que éste sea una cosmovisión unificada. La noción de fragmentación adquiere tanta importancia a la hora de intentar caracterizarlo, que inclusive se constituye en un escollo a superar, a la hora de tratar de asimilar un conjunto de características o campo común compartido entre lo postmoderno y la New Age. La primera gran conexión estaría dada por el irracionalismo que comparten en general las diferentes corientes postmodernistas y la New Age. Este irracionalismo metódico es quizás la base de otros elementos que conforman el paradigma de la Postmodernidad.

  Alain. Touraine, Crítica de la modernidad (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica de Argentina, S.A., 1994), 116.
  Marta López Gil, Filosofía, Modernidad, Posmodernidad (Buenos Aires: Biblos, 1992), 31.
  Jean F. Lyotard, La condición postmoderna (Buenos Aires: REI, 1989), 13.
 Diógenes Laercio, Vidas de los más ilustres filósofos griegos, vol. II (Buenos Aires: Hyspamérica, 1985),155

  Fredric Jameson, Teoría de la Postmodernidad (Madrid: Trotta, S.A., 1996),  9, 11.
  Cf. Filip. 4:8; 2ª Ped. 1:5-8

  Ibid., 28.
  Jameson habla de una coupure (ruptura radical) que produce la división de aguas entre la Modernidad y la Postmodernidad. Esta cesura estaría localizada (y aquí difieren los teóricos del postmodernismo) entre fines de los años cincuenta y comienzo de los sesenta y se identificaría --en esto sí hay casi plena coincidencia-- con la extinción del centenario movimiento moderno. Es interesante la valoración que Jameson hace de la época sucesoria: “... el catálogo de lo que viene después es empírico, caótico y heterogéneo...”. Ibid., 23.
  José María Mardones, El desafío de la posmodernidad al cristianismo (Santander: Sal Terrae, 1988), 17.
  El radical desprestigio en que caen los proyectos utópicos durante la Postmodernidad ve cumplida su complementación, por un lado, en la imposición de proyectos socio-culturales --efectivamente “reales”-- insuflados por fuertes fundamentalismos político-religiosos y, por otro lado, proyectos globalizantes, también marcadamente ideológicos (por más que la idea del “fin de la historia” niegue la existencia de las ideologías predicando su muerte), fundados en el espacio central que ha adquirido la cuestión económica en el mundo. Este último tipo de proyecto, más comúnmente conocido como el “Nuevo Orden Mundial” (NOM), se presenta como democrático y pluralista en materia de religión, pero de alguna manera se las ha rebuscado para fundirse en un único y hegemónico movimiento de ideas cuya arista cultural-religiosa no es otro que la New Age.

  Jean F. Lyotard, Op. cit., 25.
  Guillermo Obiols y Silvia Di Segni de Obiols, Adolescencia, posmodernidad y escuela secundaria. La crisis de la enseñanza media (Buenos Aires: Kapelusz, 1995), 25.
  Gilles Lipovetzky, La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo (Barcelona: Anagrama, 1986), Prefacio.
  Gilles Lipovetsky, Le crepúscule du devoir. L’ éthique indolore des nouveaux temps démocratique (París: Gallimard, 1992). Versión castellana: El crepúsculo del deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos (Barcelona: Anagrama, 1994).

  Manuel Fernández del Riesgo, “La posmodernidad y la crisis de los valores religiosos”, en Gianni Vattimo y otros, En torno a la posmodernidad (Barcelona: Anthropos, 1994), 89.

  Ibid., 90.
  El filósofo italiano Gianni Vattimo, uno de los abanderados de la postmodernidad europea, analiza en su libro, Creer que se cree, de qué manera el proceso de secularización sufrido por la cultura occidental ha modificado “el papel de la sexualidad en la vida individual y social”, y cómo a partir del “debilitamiento de la moral religiosa tradicional, el sexo deviene más libre...”, valoración ésta que Vattimo juzga positivamente, lo cual no podría ser de otra manera en el fundador de la ética y el pensamiento débiles. G. Vattimo, Creer que se cree (Bs. As.: Paidós, 1996), 66.
  Francis Fukuyama, Confianza [Trust] (Buenos Aires: Editorial Atlántida, 1996), 55.

  “Mas la razón moderna genera la ciencia como uno de sus productos, que a su vez genera otro subproducto que es la tecnología; ¿qué duda cabe ya de que ambas han producido ciertos efectos perversos y dañinos? De eso casi sería ocioso hablar...”. Manuel Cruz, “Filosofía y posmodernidad”, Enfoques, Año X, Nº 2, 1998, 35.
  “Emerson, el teólogo de ‘la religión estadunidense’. En su prosa aparecen los signos de esta religión: libertad de conciencia, confianza en la percepción vivencial, sentido del poder, presencia de Dios dentro de uno mismo...Lo que Emerson llamó ‘la confianza en sí mismo’, que constituye la premisa fundamental de la religión estadunidense”. Harold Bloom, La religión en los Estados Unidos. El surgimiento de la nación poscristiana (México: F.C.E., 1994), 42, 43.

  Fukuyama, Op. Cit., 21-31.

 El lenguaje que adredemente utilizamos en esta frase, se debe a la similitud que nos interesa resaltar entre lo que se describe y el lenguaje dualista platónico.

  “La interpretación marxista de la historia, el materialismo histórico, es un buen ejemplo de la secularización de la idea de progreso. Es que Carlos Marx (1818-1883), fiel a su herencia judía, imaginó un crecimiento lineal, comenzando por un paraíso primitivo y concluyendo en una utopía comunista. De que el comunismo, como solución humana, es una utopía, se dio cuenta muy pronto Berdiaev, pues, con la ayuda del neokantismo hizo la revisión crítica del marxismo...”. Juan C. Priora, El Nuevo Orden Mundial y el fin de la historia (Villa Libertador San Martín: Universidad Adventista del Plata, 1994), 122.

   “Si se cree a varias encuestas publicadas a comienzos del verano de 1994 (en especial por el semanario americano US News and World Report), el 93% de los americanos se declaran hoy en día ‘creyentes’ y el 65% de éstos asegura que la religión ‘ganó en importancia para ellos’”. Jean-Claude Guillebaud, La trahison des Lumières. Enquête sur le désarroi contemporain (Paris: Éditions du Seuil, 1995). Versión castellana: La traición a la Ilustración (Buenos Aires: Manantial, 1995), 140.
  Fernández del Riesgo, Op. cit., 90.
  Ibid., 91.

  “No mucho después de su establecimiento, la Sociedad Teosófica se dedicó con ahinco a promover sus tres objetivos mayores: (a) La organización de núcleos de la Hermandad Universal de la humanidad, sin distinción de raza, credo, casta, sexo, o color; (b) fomentar el estudio de religiones comparadas, filosofía y ciencia; y (c) investigar las leyes inexplicadas de la naturaleza y los poderes latentes en el hombre. Entre las ideas principales que la Sociedad Teosófica diseminó, nutrió y desarrolló están la reencarnación, la gran hermandad blanca, la astrología, la canalización, la Atlándida y Lermuria, y el Yoguismo...”. Merling Alomía, ¿Nueva Era o nuevo engaño? (Lima: Ediciones Theologika, 1994), 4.
  Roberto Bosca, New Age. La utopía religiosa de fin de siglo (Bs. As.: Atlántida, 1993), 37-41.
  Ibid., 42.
  Ibid., 44, 45.
  Russell Chandler, Understanding the New Age (Dallas: World Publishing, 1988). Versión castellana: La Nueva Era (El Paso, Texas: Edit. Mundo Hispano, 1991), 122.

  Roberto Bosca, Op. cit., 46.
  “Se utiliza para referirse a la ‘deuda’ acumulada en contra del alma, como resultado de acciones buenas o malas cometidas durante la vida (o las vidas) de alguien. Si el Karma acumulado por una persona es bueno, supuestamente esa persona reencarnará en un estado deseable. Si uno acumula Karma malo, reencarnará en un estado menos deseable”. Walter Martin, The New Age Cult. Versión cast. La Nueva Era (Minneapolis: Editorial Betania, 1991), 135.
  En este punto cabría confrontar la New Age, con la obra del padre jesuita y filósofo Pierre Teilhard de Chardin, fundador de una cosmovisión evolucionista cristiana sumamente afín a la cosmovisión de la Nueva Era. Su principal obra es El fenómeno humano, en la cual describe el desarrollo y devenir de Dios a través de la propia humanidad, desde su postulada dualidad de energías: psíquica y material, donde predomina la primera, hasta la evasión final de la conciencia en el llamado por Teilhard “Punto Omega”.
  Rubio Carracedo, Op. cit., 89, 90.

  Merling Alomía, Op. cit., 69-70

  Cf. Mat. 22:23, 33; 1ª Cor. 15:12-58; Ap. 20:5-6, 13.
  Cf. Luc. 2:1; Filip. 3:20-21.
  Esta “inmanencia” de Dios, significa, preponderantemente la “ausencia” de su trascendencia: “Hubo tiempos en que Dios habitaba con normalidad en la cultura occidental. Hoy Dios es un ausente. Y lo más llamativo es que no se nota. No se le echa en falta a este huésped, que era lo necesario y fundamental para la vida de otros hombres en otras épocas. El hombre de la sociedad contemporánea se ha instalado en un sentido de la vida inmanente”. José María Mardones, Raíces sociales del ateísmo (Madrid: Fundación Santa María, 1985), 9.

  Régis Debray, El arcaísmo posmoderno. Lo religioso en la aldea global (Buenos Aires: Manantial, 1996), 57-58

  Una investigación realizada por el CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas), sobre una muestra de 178 adolescentes residentes en la Capital de Argentina, Buenos Aires, alumnos de nivel medio de escolaridad, dirigida por Marta Schufer y luego publicada en el libro titulado Así piensan los adolescentes, recogió los siguientes datos respecto de la sexualidad de los adolescentes en la actualidad: “Todos los jóvenes encuestados manifiestan tener información sobre la sexualidad, obtenida en su mayor parte a partir de los padres. Un 30% manifiesta haber tenido relaciones sexuales, siendo mayor el porcentaje entre los varones que entre las mujeres. Un 56% manifiesta estar de acuerdo con las relaciones sexuales prematrimoniales. Ninguno hace comentarios espontáneos sobre la homosexualidad; cuando se les pregunta, el 72% la considera una enfermedad y el 14% una práctica sexual más... Otro aspecto que es interesante señalar es que son los padres quienes mayoritariamente hablan con sus hijos de la sexualidad, por lo menos a nivel de información en los niveles de mayor educación. En lo referente a las cuestiones personales, los adolescentes prefieren hablar con sus pares. En general, la actitud de estos padres que informan es bastante más permisiva respecto a la actividad sexual de sus hijos”. Guillermo Obiols y Silvia Di Segni de Obiols, Op. cit., 62-63.
 Ver la obra del filósofo político harvardiano John Rawls, quien sostiene que para que sea posible una sociedad “bien ordenada”, democrática y justa, debe adoptarse una concepción pluralista del Bien, esto es, unos concepto ultramínimos acerca de lo que es bueno, a fin de que ninguna minoría, ni las mayorías, por supuesto, pueda quedar afuera. Cfr. John Rawls, Political Liberalism, 2nd. edition revised (New York: Columbia University Press, 1996), 173-210; J. Rawls, “Justice as Fairness: Political not Metaphysical”, Philosophy and Public Affairs, 14, Nº 3, 1985, 223-251; J. Rawls, “The Idea of an Overlapping Consensus”, “The Priority of Right and Ideas of the Good” y “The Domain of the Political and Overlapping Consensus”, en John Rawls & Samuel Freeman (Ed.), Collected Papers (Cambridge, Massachusetts: Harvard University Press, 1999), 421-496.
  Jean-Claude Guillebaud, Op. cit., 159-160.

 Las comillas le dan al término un matiz de ironía, puesto que un signo de la cultura postmoderna, y esto es claramente explícito en el ideario de Jean-Francois Lyotard, es precisamente la ausencia y negación de todo proyecto. En oposición a la Modernidad, la Postmodernidad es la época del fin de “los grandes relatos”.
  Gén. 1:26-27; 2:7.
  Ap. 5:9; Rom. 3:21-26.
  Elena G. de White, La educación (Buenos Aires: ACES, 1978), 225-229.

  Mat. 5:4-5; Ap. 21:1.
 

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