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Análisis
y comentario de ES
(2,
Enero - marzo de 2003:
"La
promesa: el pacto eterno de Dios")
Fernando Aranda Fraga
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Lección
2
Estudio
comparativo entre el “pacto bíblico”
y
el “contrato social” o “pacto político”
Fernando Aranda Fraga
Lección
2: Iniciación al pacto
Preguntas
de fondo que plantea la lección [p. 17: último párrafo
(“Un vistazo a la semana”)]
1.
¿Qué significa la palabra “pacto”?
2.
¿Qué elementos componen un pacto?
3.
¿Qué esperanza se encontraba en el pacto con Abraham?
4.
¿Qué lugar tienen la fe y las obras en la parte humana del
pacto?
5.
¿Es el pacto sólo un trato o existen en él aspectos
que tienen que ver con las relaciones?
6.
¿Cuál es la esencia del “nuevo pacto”?
Estudio
comparativo entre el “pacto bíblico” y el “contrato social” o “pacto
político” [basado en el artículo: “El regreso al estado de
naturaleza, o cuando se extingue la política” (enviado ayer, 8/01/03)]
De
acuerdo con la idea expresada en el título y en los primeros párrafos
del artículo, analiza, medita y responde las siguientes preguntas:
1) ¿A qué situación equivale, bíblica y antropológicamente hablando, la metáfora hobbesiana del “estado de naturaleza” que el pensador inglés utiliza para describir la situación pre-política del ser humano?
2) ¿Aparece en la descripción hobbesiana del “estado natural del hombre” la dimensión espiritual y religiosa de éste?, ¿cuál es la dimensión del hombre que más le interesa a Hobbes al describirlo y buscar la solución a sus males y cómo se contrapone esto al concepto bíblico del hombre?Respuestas sugerentes
3) ¿Cómo afecta la interpretación hobbesiana del hombre (antropología) a la esencia del pacto que postulará Hobbes como solución a los males de la raza humana y mediante el cual se intenta explicar la sociedad? ¿Qué tipo de sociedad se origina a partir de semejante clase de pacto o convenio? ¿Qué nos enseña el concepto hobbesiano de pacto en relación con la pregunta 5 de esta lección (ver arriba)?
4) A pesar de todas las connotaciones negativas, sobre todo a la luz de la comparación con el pacto bíblico, que presenta el pacto político, terrenal, de contractualistas como Hobbes, ¿hay en dicho procedimiento algo rescatable en cuanto a su valor social, al menos? ¿Cómo es posible el orden en una sociedad pluralista y democrática? ¿Cuánto mejor funcionaría una sociedad política si sus miembros creyeran en valores absolutos, no contradictorios entre sí?
1) Cuando Hobbes afirma que el hombre es malo por naturaleza, lo cual lo lleva a vivir en estado de enemistad con sus semejantes (homo homine lupus = “el hombre es el lobo del hombre”, literalmente, de guerra de todos contra todos), está reconociendo implícitamente que el hombre nace corrupto, es decir, con naturaleza pecaminosa. Hobbes no explica—y así ocurre con todos los pensadores contractualistas—de dónde proviene el mal, es un tema que soslaya, no le preocupa buscar su origen. En realidad, hace una descripción del hombre como si éste no tuviera culpa alguna por su estado esencial en que ha nacido y el estado de maldad continua en que vive; lo único importante para Hobbes, puesto que necesita hallar un fundamento convencional para la existencia de la sociedad y del Estado, es superar ese estado de maldad continua y pasar a un estado en que impere el orden. De paso, el ORDEN pasa a ser sinónimo de BIEN, y esto es algo que ha influido mucho en toda la posición liberal, cuyas raíces están muy arraigadas en el propio Hobbes, a partir de su visión individualista y atomista de los seres humanos.
Bíblicamente, por el contrario, el mal—en relación con el hombre—tiene una causa que está claramente identificada, en primera instancia, lo encarna la Serpiente en el Edén (Satanás), cuando tienta al ser humano y lo lleva a poner en duda y desafiar a su propio Creador; en segunda instancia, más profundamente, el mal se origina en el Cielo con la rebelión de Lucifer, quien no toleraba ser inferior a su Creador, ni ser guiado por su sabio y eterno consejo, sentimiento que luego tratará de imprimir y desarrollar en la pareja del Edén.
2) De la cita textual expuesta en el 4º párrafo—uno de los pasajes más conocidos y repetidos del Leviatán, principal obra de Hobbes—no se desprende que el hombre tenga otra dimensión importante salvo la material. Es más, esta es la idea que Hobbes manifiesta en la totalidad de ésta y sus demás obras. Lo importante es la realidad material del hombre, es decir, su vida temporal y la obra de sus manos, la civilización que ha creado en torno de sí. Por eso bien dice C. Goldstein en su comentario introductorio al trimestre que a Hobbes sólo le importaba establecer un pacto que durara hasta el momento de la muerte—natural—del hombre, con lo cual los beneficios del mismo terminan siendo exclusivamente materiales, no hay un más allá, sólo importa la seguridad, tanto de la propia vida como de las posesiones materiales, todo ello debido a que está negada otra dimensión humana que no sea material. Obviamente, la antropología de Hobbes y el resto de los filósofos políticos contractualistas es una antropología materialista, donde lo espiritual es a lo sumo un epifenómeno de una única realidad material. Bíblicamente, en cambio, el hombre es creado a imagen y semejanza de Dios, por tanto su ser es un compuesto indivisible que forma un todo relacional. Está dotado de la capacidad de relacionarse con sus semejantes y con su Creador, es decir, que es capaz de trascender la inmediatez de su propio ser y elevarse por encima, trascendiéndolo y comunicándose con otros seres pensantes, incluyendo a Dios. Esta idea, la concepción bíblica del hombre, nos permite a su vez comprender el pacto de redención que ofrece Dios a la raza humana caída, porque si el ser humano no se restringe a una realidad puramente material, entonces habrá otra dimensión más importante aún, que la trasciende, que es necesario y bueno rescatar en él. Pero esa dimensión tampoco se rescata de manera aislada, lo cual echa por tierra la idea de inmortalidad del alma, sino por la gracia de la vida eterna que Dios otorga a todo hombre que acepta su salvación mediante la Cruz de Jesús, hecho que se consumará en el momento de la resurrección, de la persona toda, con la 2ª venida de Cristo.
3) Así, la esencia del pacto, contrato o convenio mutuo de Hobbes y el resto de los contractualistas, es de sustancia material, un TRATO esfímero, temporal, cuyo objetivo es salvaguardar la realidad material del hombre: su vida terrena y sus posesiones materiales (propiedades). Su dimensión espiritual no interesa. Con lo cual, en definitiva, propio de la misma naturaleza CONVENCIONAL (una convención humana es algo sin referente absoluto, meramente temporal, pues dura mientras no aparezca una convención que la contradiga) del pacto de Hobbes, el pacto no toca la naturaleza en sí de las relaciones, sino que termina siendo un mero medio para salvaguardar la individualidad, los propios intereses, del ataque de los demás. Bíblicamente, en cambio, el ser humano se define también por su naturaleza relacional, es decir que sus relaciones sociales no son un medio para autoprotegerse (aunque en parte y excepcionalmente también esto pueda ocurrir en la realidad), sino que la dimensión social del hombre tiene mucho más que ver con su dimensión espiritual, con lo que le es vital en sí mismo. No se relaciona PARA (conseguir tal o cual objetivo), sino que se relaciona PORQUE (su vida de relación le es esencial a su propio ser). De allí que el pacto de Hobbes no pase de ser un mero y simple TRATO, o negocio entre partes que se tienen temor mutuamente, en tanto, el pacto bíblico es una relación vital afecta profundamente todo el ser de las partes. Teológicamente explicado, quien no entre en tal relación vital con Dios, será incapaz de tener un pacto con él, por tanto tampoco será salvo, no será partícipe de su gracia, porque un pacto no relacional es un mero TRATO o convenio interesado, y no pasa de esto. Esta idea del pacto no relacional, como mero convenio entre partes o seres inconexos, la desarrolla muy bien Erich Fromm, en su obra Ser o tener, en la cual describe, sin alcanzar el nivel de completitud de la luz bíblica, las diversas orientaciones que asume el ser humano, especialmente el hombre de la segunda mitad del siglo XX, para quien la cultura del “tener” ha pasado a ser más importante y necesaria que la cultura del “ser”. Con ello, el ser humano tiene algo o tiene a otros y hasta, mejor dicho, posee, a otros seres con los que se relaciona, en lugar de SER con sus semejantes. Esto implica que las más de las veces termina usando a sus semejantes y no relacionándose de una manera dignamente humana para ambas partes.
Una sociedad basada en un mero trato y no en un pacto relacional no será una sociedad verdadera, sino una parodia de sociedad. Por eso hay tantos problemas sociales, puesto que las relaciones se han tornado casi exclusivamente materiales, son meras sumas de tratos temporales, que pueden dejar de existir o cambiar en cualquier momento; además terminan siendo relaciones descomprometidas y escasamente responsables. La sociedad termina siendo un medio y no un fin, pues no pasa de ser el medio que permite la procura de intereses meramente personales e individuales, egoístas. El pacto de Hobbes es un pacto interesado, de individuos egoístas. No es este el modelo de sociedad que pretende Dios para su pueblo.
4) De la parte del artículo que se desarrolla desde la mitad hacia adelante (descripción de la realidad política y económica de la Argentina durante estos últimos años), puede deducirse que a veces, cuando no hay posibilidad, dadas las condiciones altamente secularizadas que imperan en nuestra época—y esto no es privativo de la Argentina, ni mucho menos—tan siquiera es necesario un pacto, trato, convenio o contrato social al estilo hobbesiano [o lockeano, mejor aún, quien abogó por la división de poderes y la tolerancia religiosa y política (John Locke, S. XVII)] para que exista un mínimo de orden en el mundo. Esto cobra más vigencia todavía en sociedades fuerte y marcadamente pluralistas, como las de países de cultura liberal, ya que resulta sumamente difícil fundamentar principios o reglas sobre otras bases que no sean el consenso democrático y la conveniencia, o al menos la búsqueda de paz social, como pretendía literalmente Hobbes.
Cuando se observa el estado caótico en que se ha tornado la vida cotidiana en una región, ciudad, país, o ámbito que sea, entonces se demanda orden, que es lo mínimo que debe imperar en una sociedad o en un Estado, para que funcione como tal. De lo contrario, la vida, no sólo la tenencia de la propiedad, se torna insegura y hasta miserable, como describe Hobbes para darle fuerza a la necesidad de un pacto entre seres humanos libres e iguales a fin de evadirse del estado natural, de caos total, desorden e inseguridad en que están inmersos.Por eso es que a la luz de la infernal situación de inseguridad (tanto vital como económica) en que se vive en ciertas ciudades o zonas, aún a plena luz diurna y en medio de mucha gente (de cualquier país del mundo), el tipo de pacto propuesto por Hobbes y los contractualistas modernos y contemporáneos (John Rawls, por ejemplo), donde se pretende un mínimo de justicia, aunque humana e imperfecta, pero justicia al fin, donde ésta brilla por su ausencia, cualquier propuesta secular que establezca cierta medida del orden y de justicia resulta, a veces, no sólo deseable, sino hasta casi utópica.
En un contexto como el descripto, tan difícil para establecer conductas ejemplares y firmes (individuales, políticas, económicas, comerciales, jurídicas, sexuales, laborales, etc.) basadas en principios sólidos, puesto que lo verdaderamente sólido depende del grado de absolutez que posea, un pacto como el que Dios le ofrece al hombre resulta abismalmente diferente, seguro y deseable.
Por eso la lección de esta semana nos pone los ejemplos de Noé, Abraham, Moisés y el nuevo pacto. Los contextos sociales en que se desarrolló la vida de nuestros patriarcas no diferían demasiado de los nuestros, en el país que sea que vivamos c/u de quienes leemos hoy estos pensamientos en voz alta. Dios les ofrecía una vida distinta, nueva, cualitativamente diferente y renovada a c/u de estos patriarcas. Su pacto con ellos fue un convenio que les permitía salir de una vida insegura y hasta por momentos materialista, a una vida plena, trascendente. Cada uno de ellos fue un guía para sus respectivos grupos que, así, terminaron siendo salvos por el liderazgo que ejercieron: Noé (quien salvó a su familia y las especies del mundo animal porque tuvo fe en Dios), Abraham, dando origen a toda una simiente, separada por Dios para regarla con sus bendiciones, o Moisés, quien llevó a su pueblo durante el éxodo que les permitió retornar a su tierra de origen, volviendo a ser el pueblo de Dios.
Este pacto, sustancialmente renovado, es ofrecido por Dios nuevamente, en una muestra de amor inagotable hacia su creación, a través de la gracia salvadora de Cristo, su hijo, quien murió para salvar y dar vida en abundancia a la humanidad toda, sin acepción de razas, clases sociales, edades ni credos, es decir, a todos quienes quieran creer y confiar en el poder de su gracia y bondad infinitas.
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