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PRIMARIOS 
AÑO B - TRIMESTRE 2, 2005
LECCION NUMERO 13
Junio 25, 2005
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Alto y mas alto
2 Reyes 2:1-15; Profetas y reyes, págs. 168-170.

El mensaje:
La gracia de Dios es el regalo de la vida eterna.

Versículo para memorizar:
"Porque la paga del pecado es muerte, mientras que la dádíva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro"  (Romanos 6:23, NVI)


 


Pero, no me quiero ir a la cama!", gritó David a su hermana mayor. "No sé por qué no me puedo quedar levantado toda la noche. Tengo muchas cosas que hacer".
"No seas tonto, David", contestó Martha. "Tú sabes que necesitas descansar. Siempre lo vamos a necesitar en esta vida. Pero cuando estemos en el cielo, eso será diferente. No tendremos que descansar como lo hacemos ahora".
"¿Cómo lo sabes?", preguntó David.
"Déjame que te diga lo que leí en mi Biblia acerca de Elias y Elíseo. Entonces tú también lo entenderás.

Dios había planificado algo maravilloso para Elias. Dios quería llevárselo directamente al cielo sin que muriera. Este había sido un honor especial que Dios le había dado solamente a una persona: Enoc. Elíseo era el ayudante de Elias. Elíseo sabía que pronto terminaría el trabajo del profeta Elias y que ahora sería su turno llevarlo a cabo. Muchos de los profetas que trabajaban con ellos sabían también que Elias pronto los iba a dejar. La voz suave y delicada de Dios se los había dicho.

Cierto día, Elias llevó a Elíseo a un viaje muy largo para visitar las escuelas de los profetas. Los profetas en esas escuelas le preguntaban a Elíseo. "¿Sabes que Dios se va a llevar a Elias hoy?"

"Sí, lo sé", contestaba Elias. "Pero no quiero hablar de eso". El pensamiento de perder a Elias el profeta, llenaba de tristeza a Elíseo. Tal vez se sentía un poco nervioso también de tener que hacer ahora el trabajo de Elias.

Elias sabía también que pronto dejaría a Elíseo. Así que le hizo una prueba a su ayudante. En cada escuela que visitaban, Elias le decía a Elíseo: "Quédate aquí. Yo necesito seguir adelante".

Pero cada vez Eliseo insistía en ir él también. No quería dejar de ver a Elias. Quería estar con él hasta el último momento. "Tan cierto como que el Señor vive, y como que tú vives, que no te dejaré", dijo Eliseo. Así que los dos siguieron avanzando.

Pronto llegaron al río Jordán. Elias se quitó el manto, lo enrolló y golpeó el agua con él. El agua del río se partió en dos y los dos hombres caminaron sobre terreno seco. Al llegar a la otra orilla del río, era tiempo de decirse adiós. "¿Qué quieres que haga por ti antes de ser tomado delante de ti?", le preguntó Elias a Elíseo.

Elíseo pudo haber pedido muchas cosas. Pudo haber pedido dinero. Pudo haber pedido ser famoso. Pero en vez de ello, pidió una bendición especial. "Déjame que herede una doble medida de tu espíritu", contestó. Él sabía que la única manera como podía hacer el trabajo que había sido llamado a hacer, era con ayuda extra de Dios.

"Si me puedes ver cuando sea tomado de delante de ti, entonces lo tendrás, de otra manera, no lo tendrás", le dijo Elias. Y siguieron caminando. De pronto apareció un carro y caballos de fuego, y separó a los dos hombres. Elias fue llevado al cielo en un torbellino. Elíseo le llamaba. "¡Padre mío. Padre mío, que has sido para Israel como un poderoso ejército!" Pero Elias ya no estaba. Elíseo rompió sus vestidos como señal de su tristeza por perder a su maestro y amigo.

Entonces Elíseo vio el manto de Elias sobre el suelo, donde había caído. Lo levantó y regresó camino del Jordán. Enrollando el manto, Elíseo golpeó las aguas de la misma manera como lo había hecho Elias. Nuevamente las aguas se partieron y Elíseo cruzó el río sobre tierra seca. Dios le había dado ciertamente el don de su espíritu a Elíseo.

Dios desea darnos también a nosotros buenos dones. Pero el mejor de todos los dones es el don que le dio a Elias, el don de la vida eterna. Y así como Elíseo, debemos pedir el don. Debemos mantener nuestros ojos puestos en Jesús, así como Elíseo tuvo que tener sus ojos puestos en Elias. Y debemos creer que nuestras oraciones han sido contestadas y actuar por fe. Tenemos que creer, como creyó Elíseo cuando golpeó las aguas del río con el manto de Elias.
 

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