AÑO A - TRIMESTRE 1, 2004
LECCION
NUMERO 6
Febrero 7, 2004 |
El fuego que no se apagó
Génesis 2:8, 9, 16, 17:3; Patriarcas y profetas, págs.
30-56.
El mensaje:
Adoramos a Dios cuando somos reverentes.
Versículo para memorizar:
"Quítate las sandalias, porque estás pisando tierra
santa"
(Éxodo 3:5, NVI).
Alguna vez te has gozado sentado frente a una fogata o viendo arder
el fuego de la chimenea en casa? Si no le añades leña al
fuego, el fuego se apagará. En nuestra historia de hoy Moisés
vio un fuego, pero no quemaba nada y tampoco se apagaba.
habían pasado cuarenta años desde que Moisés había
huido de Egipto. Él reconocía ahora que había sido
un error. Matar no es parte del plan de Dios. Sin embargo Dios no lo había
dejado. Él había protegido a Moisés mientras viajaba
por el desierto. Moisés recordaba la primera tarde en Madián.
Mientras descansaba cerca de un pozo, algunas pastoras vinieron a sacar
agua. Ellas siempre sacaban agua para sus animales de ese pozo. Pero algunos
pastores vinieron y trataron de espantarlas. Moisés vio lo que estaba
pasando. Él las protegió de los pastores. Luego sacó
agua para las ovejas de las mujeres.
Las mujeres llevaron a Moisés a su hogar y lo alimentaron. Su
padre, Jetro, contrató a Moisés para que trabajara con él.
Más tarde se casó con una de las hijas de Jetro, una de las
pastoras. Y ahora Séfora y él tenían dos hijos.
El Faraón de quien había huido Moisés había
muerto. Pero los israelitas estaban peor que nunca. El nuevo Faraón
era más cruel que el anterior. Cómo deseaba Moisés
no haber tomado el asunto en sus propias manos. ¡Deseaba nunca haber
matado a ese egipcio! ¡Si solamente hubiera esperado que Dios le
mostrara cuándo actuar! Su pueblo podría haber estado ahora
libre.
Dios sabía que Moisés estaba listo para guiar a los israelitas.
Había aprendido a ser
humilde. Había aprendido a esperar en Dios. Había aprendido
la paciencia mientras cuidaba las ovejas.
Un día Moisés estaba cuidando los rebaños de su
suegro como de costumbre. Repentinamente, vio una zarza ardiendo. Moisés
vio que la zarza se mantenía ardiendo. ¡Pero no dejaba de
arder! ¡Tampoco el fuego se acababa! Así que decidió
observarla de cerca. Cuando estuvo ante la zarza, escuchó una voz.
"¡Moisés! ¡Moisés!" dijo la voz.
"Aquí estoy", respondió Moisés.
No te acerques. Quita tus zapatos. "Estás pisando tierra santa"
dijo la voz. "Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de
Isaac y de Jacob".
Rápidamente Moisés se quitó las sandalias y se
postró.
La voz continuó: "He visto la aflicción de mi pueblo.
Y quiero que vayas a Faraón y le digas que deje ir a mi pueblo".
"Pero, Señor, ¿Quién soy yo para ir a Faraón?"
respondió Moisés.
"Yo estaré contigo", prometió Dios. "Cuando hayas salido
de Egipto, vendréis a esta montaña y me adoraréis".
Moisés contestó, "Pero, ¿qué le voy a decir
a los israelitas? ¿Quién les diré que me envió?"
Dios replicó: "Di a los israelitas que el Dios de
sus padres te envió. Diles que yo sé lo que está pasando.
Diles que yo te he enviado para rescatarlos. Ellos te escucharán.
"Yo sé que el rey de los Egipcios no te creerá. Pero
esto me dará una gran oportunidad. Yo haré muchas señales
para que todos conozcan que yo soy el Dios verdadero".
Cuando Dios lo dejó, Moisés debe haberse quedado junto
a la zarza pensando y orando. Él amaba, honraba, y respetaba a Dios.
Aunque se sentía indigno, haría lo que Dios le había
dicho. Por sus actos Moisés adoraría a Dios con verdadera
reverencia y respeto. Tú también puedes adorar a Dios con
reverencia y respeto.
|