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Refiriéndose a la Biblia, Elena G. de
White declara:
"Las
Sagradas
Escrituras
deben ser aceptadas como dotadas de autoridad absoluta y
como revelación infalible de su voluntad:
'Toda
Escritura es inspirada por Dios; y es útil para enseñar,
para redargüir, para corregir'"
(CS,
9).
Ella no niega
que
el lenguaje de la Biblia sea usado por algunos para
sacar falsas conclusiones. Por una parte ella afirma que
las Escrituras contienen una revelación infalible; pero,
por otra, que el lenguaje usado para impartirla es
humano y, por lo tanto, imperfecto.
"Acerca
de la infalibilidad, nunca pretendí tenerla. Sólo Dios
es infalible"
El Señor habla a los seres humanos en lenguaje
imperfecto, a fin de que puedan comprender sus palabras
los sentidos degenerados, la percepción opaca y terrena
de seres terrenos. Así se muestra la condescendencia de
Dios. Se encuentra con los seres humanos caídos donde
ellos están. La Biblia, perfecta como es en su
sencillez, no responde a las grandes ideas de Dios pues
las ideas infinitas no pueden ser perfectamente
incorporadas en los vehículos finitos del pensamiento.
En vez de que las expresiones de la Biblia sean
exageradas, como muchos suponen, las expresiones
vigorosas se quebrantan ante la magnificencia del
pensamiento, aunque el escribiente elija el lenguaje más
expresivo para transmitir las verdades de la educación
superior"
(1MS,
42, 25-26).
Los manuscritos del profeta
No sabemos cómo los profetas antiguos
preparaban sus
manuscritos.
¿Tachaban una palabra y la reemplazaban con otra que
expresara mejor un determinado concepto? ¿Hubo defectos
gramaticales en su primera composición, o ésta era
perfecta? Los manuscritos originales no existen; no
podemos, pues, examinarlos.
Pero de Elena G. de White sí tenemos los
manuscritos originales. El hecho de que el Espíritu
Santo descansara sobre ella no le concedió un
conocimiento perfecto de la ortografía y la gramática.
Trabajó muy cuidadosamente y, con la ayuda de Dios,
adquirió la habilidad para presentar la verdad en forma
clara e impresionante; pero esto le exigió un esfuerzo
constante e intenso. En sus manuscritos se revela un
desarrollo progresivo en el vocabulario y en la
habilidad para usar las palabras.
Sus contemporáneos reconocieron que
errores gramaticales
pueden
aparecer en escritos inspirados, pero esto no disminuyó
su confianza ni impidió que aceptaran sus escritos.
Elena G. de White reconoció abiertamente
la ayuda que ella recibía de sus asistentes: �Mientras
mi esposo vivió, actuó como ayudante y consejero en el
envío de los mensajes
que
me eran dados. A veces se me daba luz durante la noche,
a veces durante el día delante de grandes
congregaciones. La instrucción que recibía en visión era
fielmente redactada por mí cuando tenía tiempo y vigor
para esa obra. Después examinábamos juntos el asunto. Mi
esposo corregía los errores gramaticales y eliminaba las
repeticiones inútiles. Esto era cuidadosamente copiado
para las personas a quienes iba dirigido, o para el
impresor.
"A
medida que creció la obra, otros me ayudaron en la
preparación del material para su
publicación.
Después de la muerte de mi esposo, se me unieron fieles
ayudantes, los que trabajaron infatigablemente en la
obra de copiar los testimonios y preparar artículos para
su publicación.
"Pero
no son verdaderos los informes que han circulado,
que
se permitía a cualquiera de mis ayudantes añadir
material o cambiar el sentido de los mensajes que
escribo"
(1MS,
57).
Estos ayudantes no se desconcertaban por
hallar falta de concordancia de tiempo en una oración,
en un manuscrito o en un escrito anterior. El ministerio
de ella tenía las credenciales divinas, y ellos
reconocían que el mensaje era de Dios.
En 1883 fue necesario publicar de nuevo
unos folletos tempranos de
los
testimonios, y la Sra. White y sus asociados
reconocieron que debían corregirse ciertos defectos de
expresión para presentar el mensaje en la mejor forma
literaria posible.
Debido a su importancia, el asunto fue
presentado al concilio de la
Asociación
General en 1883. Y entonces, no sólo se tomaron
decisiones importantes en cuanto a la reimpresión de los
Testimonios, sino que se alertó a la denominación
acerca de ciertos principios que tienen que ver con las
expresiones del Espíritu Santo. Citamos de las actas de
esa reunión:
32.
"CONSIDERANDO
que algunos volúmenes impresos de los Testimonios
para la iglesia están agotados, y no se puede
obtener el juego completo, y,
"CONSIDERANDO
que hay un pedido urgente para que se reimpriman estos
volúmenes, por lo tanto,
"SE
RESUELVE:
que recomendemos su reimpresión en cuatro volúmenes de
800 páginas cada uno, y no en siete.
(En
inglés, por supuesto.)
33.
"CONSIDERANDO
que muchos de estos Testimonios fueron escritos
bajo las más desfavorables circunstancias, pues la
escritora estaba apremiada con trabajo y preocupaciones
para poder dedicar consideración crítica a la perfección
gramatical de sus escritos, y que éstos fueron impresos
con tal prisa que se deslizaron estas imperfecciones
gramaticales sin ser corregidas, y,
"CONSIDERANDO
que creemos que la luz de Dios dada a sus siervos es
para la iluminación de la mente, para impartir los
pensamientos, y no � excepto en casos excepcionales �
las palabras exactas en las cuales se expresan las
ideas; por lo tanto,
"SE
RESUELVE
que, en la reimpresión de estos volúmenes, se hagan los
cambios verbales necesarios para corregir las
imperfecciones mencionadas hasta donde sea posible, pero
sin alterar en nada el pensamiento; y, además,
34.
"SE
RESUELVE que este cuerpo escoja un comité de cinco
personas
para que se hagan cargo de la reimpresión de estos
volúmenes de acuerdo a los votos y resoluciones que se
han tomado"
(RH,
noviembre 27, 1883).
Una explicación editorial
Cinco años después Urías Smith discutió
en un editorial de la
Review
and Herald
la siguiente pregunta:
"¿Cuáles
son inspiradas, las palabras o las ideas?"
El mismo interrogador
continúa:
"¿No
es una palabra signo de una idea? ¿Cómo puede, entonces,
ser inspirada una idea, y no serlo los signos que
transmiten la idea a la mente?"
Respuesta:
"Si
no hubiera más que una palabra para expresar una idea,
sería así; pero cuando hay quizá cientos de maneras de
expresar la misma idea, el asunto es muy diferente. Por
supuesto, si el Espíritu Santo diera a una persona
palabras que escribir, estaría obligada a usar esas
mismas palabras sin cambiarlas. Pero cuando una escena o
situación es presentada a una persona, y no se le da el
lenguaje o las palabras específicas, estará en libertad
para describirla con sus palabras, como le parezca
mejor, para expresar la verdad recibida.
"Y
si, ya escrita, se le
ocurriera
una mejor manera de expresar su contenido, le sería
perfectamente permitido desechar todo lo que ha escrito
y redactarlo de nuevo, conservando escrupulosamente las
ideas y hechos que le fueron mostrados; y en el segundo
escrito alentará la idea divina comunicada como en el
primero, y en ninguno de los dos casos podría decirse
que las palabras fueron dictadas por el Espíritu Santo,
sino que fueron dejadas al juicio individual.
"Mucho
de lo que los profetas escribieron en las Escrituras son
palabras pronunciadas directamente por el Señor, y no
las de ellos. En estos casos, las palabras sí son
inspiradas. La Hna.
White
a menudo registra palabras dichas por los ángeles. Tales
palabras, por supuesto, ella las registra tal como las
escuchó, y no tiene la autorización para usar otras ni
aun en una construcción diferente.
"Pero
mucho de lo que los escritores de la Biblia dijeron
podrían haberlo escrito con una fraseología diferente, y
las verdades registradas hubieran sido tan inspiradas
como las tenemos ahora"
(RH,
marzo 13, 1888).
"Mi
madre nunca ha
reclamado
inspiración verbal, y tampoco encuentro que mi padre o
los pastores Bates, Andrews, Smith o Waggoner hicieron
esta afirmación. Si hubiera inspiración verbal en la
redacción de sus manuscritos, ¿por qué, entonces, sería
necesario de su parte el trabajo de adición o
adaptación? El hecho es que mi madre toma a menudo uno
de sus manuscritos, lo repasa cuidadosamente y agrega
material para ampliar aún más el pensamiento."
(William C. White, autorizado
por ella. EGWW, 189)
Una reafirmación de lo dicho se echa de
ver en estas palabras escritas mientras ella estaba en
Europa:
"La
Biblia fue escrita por hombres
inspirados,
pero no es la forma del pensamiento y de la expresión de
Dios. Es la forma de la humanidad. Dios no está
representado como escritor. Con frecuencia los hombres
dicen que cierta expresión no parece de Dios. Pero Dios
no se ha puesto a sí mismo a prueba en la Biblia por
medio de palabras, de lógica, de retórica. Los
escritores de la Biblia eran los escribientes de Dios,
no su pluma. Considerad a los diferentes escritores.
"No
son las palabras de la Biblia las inspiradas, sino los
hombres son los que
fueron
los inspirados. La inspiración no obra en las palabras
del hombre ni en sus expresiones, sino en el hombre
mismo, que está imbuido con pensamientos bajo la
influencia del Espíritu Santo. Pero las palabras reciben
la impresión de la mente individual. La mente divina es
difundida. La mente y voluntad divinas se combinan con
la mente y voluntad humanas. De este modo, las
declaraciones del hombre son la Palabra de Dios"
(1MS,
24).
Y por cuanto los adventistas del séptimo
día tienen una profetisa de Dios en su medio,
pueden
saber cómo se manifiesta la inspiración. Los que
trabajan con manuscritos de la Biblia tienen que
entendérselas con materiales escritos de dos mil y hasta
tres mil quinientos años de antigüedad, de los cuales
tenemos hoy únicamente copias que se han reproducido
muchas veces.
Artículo del suplemento de la Revista Adventista
de enero de 1982
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