Introducción
El don profético se fundamenta en la necesidad básica de la comunicación que
debe existir entre la Deidad y la familia humana caída. El ocultismo y la esfera
de los falsos profetas son dos sistemas que han operado a lo largo de la
historia humana para engañar y hacer errar al ignorante y al incauto, alejándolo
de las comunicaciones genuinas provenientes de Dios. Por el otro lado, el
sistema de comunicaciones de Dios, que es básicamente el don profético, está
claramente delineado en las Escrituras (Núm. 12:6; Amós 3:7; Luc.
1:70).
Se usan cuatro palabras en las
Escrituras (tres en hebreo y una en griego) para referirse al instrumento humano
en este tipo de comunicación. Ro'eh (1 Sam. 9:9; Isa. 30:10), y las más
frecuente, chozeh (2 Sam. 24:11; Amós 7:12; 2 Rey. 17:13, etc.),
establecen una conexión con el concepto de "visión", y están traducidas
generalmente como "vidente". La idea parece ser que Dios abre a los "ojos", esto
es, al entendimiento del profeta, cualquier información o mensaje que él desee
que se transmita a su pueblo. Los términos, por lo tanto, enfatizan el
recibimiento de un mensaje divino por parte del profeta.
El significado de la palabra última y
más generalmente usada, nâbi' (1 Sam. 9:9), y su equivalente griego,
profts, se aprecia mejor en el siguiente uso del
término:
"Jehová dijo a Moisés: Mira, yo te he constituido dios para Faraón,
y tu hermano Aarón será tu profeta (nâbi'). Tu dirás todas las
cosas que yo te mande, y Aarón tu hermano hablará a Faraón... Tu hablarás a él
[Aarón], y pondrás en su boca las palabras, y yo estaré con tu boca y con la
suya, y os enseñaré lo que hayáis de hacer. Y él hablará por ti al
pueblo; él te será a ti en lugar de boca, y tú serás para él en lugar
de Dios." (Exo. 7:1, 2; 4:15, 16).
A partir de estas declaraciones en las que Moisés y Aarón habrían de
desempeñar el papel de Dios y profeta respectivamente, resulta evidente que el
profeta al que se refiere el término nabi', era considerado como un
portavoz señalado divinamente por Dios. En este caso, el vocablo de la LXX
(Septuaginta) para nabi' es profts, el cual aparece en el
Nuevo Testamento y del cual proviene nuestra palabra castellana profeta.
Profts es un vocablo compuesto
constituido por la preposición pro, que lleva implícito el matiz de
"antes", o "por" en este caso, y el verbo fmi, "hablar". De este modo
el "profeta" es, en un sentido general, uno que habla en nombre de otro; pero en
el marco bíblico, un verdadero profeta es un portavoz o intérprete de Dios, es
decir, un revelador, intérprete divinamente inspirado, o uno que habla en nombre
de la Deidad. Por consiguiente, las palabras nabi'/profts
destacan el cariz de comunicación del papel del profeta. Las cuatro palabras
juntas manifiestan un único oficio o función: un profeta es uno que recibe
comunicaciones de parte de Dios, y transmite su propósito a su
pueblo.
Como puede esperarse, hablar por
Dios puede transformarse gradualmente en predicar por Dios.
Consecuentemente, hay quienes sostienen que en el Nuevo Testamento el don a
veces simplemente tiene que ver con la predicación expositiva (Lenski, p. 760 al
comentar Romanos 12:6). Algunos lo ven como un "don de predicación inspirada"
(International Critical Commentary al comentar 1 Cor. 13:2, p. 287), o
"predicar la palabra con poder" ( ICC al comentar 1 Cor. 12:10, p. 266). Sin
embargo, desde el contexto de 1 de Cor. 12-14 resulta evidente que aunque el
"profetizar" activamente a veces puede adoptar la forma de la
predicación eficaz (1 Cor. 14:3), esta predicación estaba basada en la
revelación divina (1 Cor. 14:30) y no sobre la simple iluminación de las
Escrituras por medio del Espíritu, lo cual puede darse con cualquier ministro
que habla por Dios.
El Nuevo Testamento mantiene una
diferencia entre el simple ministerio de la Palabra y el ministerio profético,
entre el "maestro" y el "profeta" (Efe. 4:11; 1 Cor. 12:28). Tanto la
predicación de Bernabé como la de Pablo sobre los temas de la salvación sin duda
sonaron muy semejantes, pero mientras que uno hablaba por la autoridad de la
Palabra escrita, el otro hablaba con la autoridad adicional de la revelación
divina (Gál. 1:11,12).
Mientras que algunas autoridades
sostienen que en el Nuevo Testamento "profetizar" (profteu) a veces se refiere a
la predicación, se admite que una clase de personas que recibieron y comunicaron
revelaciones directas y especiales de parte de Dios operaron en el Nuevo
Testamento como profetas (Luc. 1:25-38; Hech. 11:27,28; 13:1; 15:32; 21:9).
¿Cuál era la función de ellos?
El papel del don
profético en el Nuevo Testamento
En el principal registro neotestamentario de los dones espirituales, el
"don profético" está registrado en segundo lugar, entre el de los apóstoles (primero) y el de los
maestros (tercero). Véase 1 Cor. 12:28-30 y Efe. 4.11. El don no usurpó
el papel de los apóstoles, pero su función influyó a veces en los apóstoles como
así también en la membresía de la iglesia en general. Algunos de los apóstoles
mismos fueron dotados con este don. Las actividades de las personas dotadas de
esta manera pueden resumirse de la siguiente forma:
1. Ellos a veces fueron comisionados para advertir acerca de
dificultades venideras (Hech. 11:27-30; 20:23; 21:10-14). En primer
lugar (Hech. 11) la advertencia sobre la llegada del hambre originó un vínculo
fraterno entre los cristianos gentiles en Antioquía y los cristianos judíos en
Judea. Los primeros, contrarios a las costumbres étnicas, enviaron ayuda de
buena gana a sus hermanos en Cristo judíos.
2. A través del don fue iniciada la extensión de la misión de la
iglesia al extranjero (Hech. 13:1,2). Este también tuvo parte en
señalar dónde debían trabajar los primeros misioneros (Hech. 16:6-10). En el
segundo viaje misionero de Pablo se advierte que él fue acompañado por Silas, un
profeta (Hech. 16:40).
3. Durante una crisis doctrinal el don operó a fin de animar y
confirmar la membresía en la doctrina verdadera. La crisis tenía que
ver con la relación entre el ritual judío y la salvación de los cristianos
gentiles. En armonía con el mandato del Espíritu, un gran concilio de la iglesia
tomó una decisión, aunque no fue aceptada íntimamente por todos. El conflicto se
había producido en Antioquía, iglesia a la que el concilio le comunicó su
decisión mediante una carta. Judas y Silas ayudaron por un tiempo a este grupo:
"Y Judas y Silas, como ellos también eran profetas, consolaron [en
inglés, de la King James Version: exhortaron] (paracale:
apelar, incitar, exhortar, animar) y confirmaron (epistriz:
fortalecer) a los hermanos con abundancia de palabras" (Hech.
15:32).
4. Los profetas edificaron,
animaron y consolaron a la iglesia. "Pero el que profetiza habla a los
hombres para edificación, (oikodom, metafóricamente
'edificación de la vida espiritual') exhortación (paraklesis:
aliento, exhortación) y consolación (paramuthia: aliento, consuelo,
consolación)" (1 Cor. 14:3).
5. Los profetas, provistos simultáneamente con otros dones, tendieron
a unificar la Iglesia en la fe verdadera y a protegerla de las falsas
doctrinas. "Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas;
a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, ... hasta que todos
lleguemos a la unidad de la fe... para que ya no seamos niños fluctuantes,
llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que
para engañar emplean con astucia las artimañas del error" (Efe.
4:11-15).
6. Los profetas, junto con los apóstoles, ayudaron en la fundación de
la iglesia. "Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y
profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo" (Efe.
2:20, Cf. 3:5; 4:11).
"... Las dos palabras 'apóstoles y
profetas' pueden unir al Antiguo Testamento (profetas) con el Nuevo Testamento
(apóstoles) como la base de la enseñanza de la Iglesia. Pero el orden invertido
de las palabras (no 'profetas y apóstoles'), sino 'apóstoles y profetas') lleva
a pensar que probablemente se haga referencia a los profetas del Nuevo
Testamento. Si esto es así, su posición junto a los apóstoles como fundamento de
la iglesia es significativa. El relato debe referirse nuevamente a un pequeño
grupo de maestros inspirados asociados con los apóstoles, que juntamente con
ellos dieron testimonio de Cristo, y cuya enseñanza provenía de la revelación
(Efe. 3:5) y era fundacional." --John R. W. Stott, God's New Society
[Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press, 1979], p. 107. En cuanto a un
punto de vista similar, véase The Expositor's Greek Testament, W. R.
Nicoll, ed. [Grand Rapids, Michigan: Wn. B. Eerdmans Publishing Company,
reimpresión 1961], volumen III, pp. 299, 300.
La continuación del don
profético
Como ya hemos notado, el Nuevo Testamento presenta una doctrina de "dones
espirituales", o Jarismata,
dones de gracia (1 Cor. 12; Efe. 4). Estas dotes conferidas por el Espíritu
Santo a miembros particulares de la iglesia son para "perfeccionar a los santos
para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo" (Efe.
4:12). "Cada uno según el don que ha recibido," ha de emplearlo en el servicio
de la iglesia, contribuyendo así en el adelanto de su obra en la tierra (1 Ped.
4:10, 11; Cf. Rom. 12:6, 7).
Puesto que los dones han de ser
derramados ininterrumpidamente como el Espíritu vea apropiado, "hasta que todos
lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón
perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo" (Efe. 4:13),
resulta obvio que tales dones han sido prometidos para que operen hasta que la
iglesia haya consumado su ministerio y el tiempo de gracia de los hombres haya
terminado.
No existe evidencia alguna en la
Escritura de que Dios se proponga retirar el don profético o cualquiera de los
otros dones antes de la segunda venida (Cf. 1 Cor. 13:8-12). En cambio, está la
profecía del Antiguo Testamento de Joel 2:8-12, la cual es repetida por Pedro
(Hech. 2:16:21) prediciendo un derramamiento del Espíritu Santo en el tiempo del
fin y una consiguiente actividad de los dones espirituales. Con respecto a esto
es conveniente advertir que los falsos profetas también estarán activos en el
tiempo del fin. (Mat. 24:24).
El canon de la Biblia
y los dones
espirituales
Las Sagradas Escrituras, compuestas por el Antiguo y el Nuevo Testamento,
son en sí mismas el resultado de la acción del don profético. Indirectamente las
Escrituras por sí mismas indican un canon cerrado de escritos sagrados. Los
límites y las porciones del Antiguo Testamento ya eran conocidos y entendidos en
los tiempos de Jesús. En Mat. 23:35 Jesús señala indirectamente sus límites
externos: desde Génesis hasta 2 Crónicas (último libro en la Biblia hebrea); y
su división en tres partes en Lucas 24:27, 44: la ley de Moisés, los profetas y
los escritos, el primero de los cuales era Salmos.
Hebreos describe de este modo la
secuencia de la revelación: "Dios, habiendo hablado muchas veces y de
muchas maneras [literalmente 'en muchas porciones y de diversas maneras'] en
otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha
hablado por el Hijo..." (Heb. 1:1, 2). Las revelaciones de Dios comienzan a
ser registradas a partir de Moisés (siglo XV a.C.), y a través de los siglos
otros profetas registran los mensajes que les fueron confiados, según Dios veía
conveniente, para avivar el entendimiento de su pueblo. Dios finalmente, optó
por realizar su revelación final por medio de su Hijo. Jesucristo ha dado a la
familia humana la mayor revelación de Dios posible de recibir para el hombre
(Juan 1:18). El Nuevo Testamento es el testimonio apostólico
inspirado e interpretación de Jesucristo y su enseñanza. La de Cristo es una
vida y revelación irrepetible; el de los apóstoles es un testimonio irrepetible
sobre El.
Puesto que la vida de Cristo sobre la
tierra y su interpretación apostólica proveen la revelación final de Dios,
ningún oficio del don profético (como uno de los dones espirituales) posterior
al Nuevo Testamento puede igualar, sustituir o ser una adición a su testimonio
singular. Antes bien, toda pretensión del don profético debe ser sometida a una
prueba por las Escrituras (1 Tes. 5:19-21; 1 Juan 4:1-3; Mat.
7:15-20).
Toda vez que se presente la operación
postcanónica del don profético, será similar a su operación en el tiempo de los
apóstoles y tendrá la autoridad del Espíritu, que por medio del don, habla a la
iglesia. Esta operación puede resumirse de la siguiente manera:
Una manifestación del don
profético,
1. Señalará a las Sagradas Escrituras
como la base de fe y práctica.
2. Iluminará y declarará enseñanzas ya
presentes en las Escrituras.
3. Aplicará los principios de las
Escrituras en la vida diaria.
4. Puede ser un catalizador para dirigir
la iglesia a fin de que lleve a cabo su cometido tal como se le ha encargado en
las Escrituras.
5. Puede ayudar en el establecimiento de
la iglesia.
6. Puede reprender, advertir, instruir,
alentar, desarrollar y unir la iglesia en las verdades de la
Escritura.
7. Puede operar para proteger la iglesia
de falsas doctrinas y establecer a los creyentes en la verdad.
La manifestación del don
en el tiempo del fin
Joel
2:28-32
Viviendo en "los postreros tiempos" (desde la perspectiva del Antiguo
Testamento, 1 Ped. 1:20; Heb. 1:2), el apóstol Pedro vio un cumplimiento de la
profecía de Joel en el derramamiento del Espíritu en el día del pentecostés
mediante la manifestación del don de lenguas (Hech. 2). Sin embargo, el
pentecostés parece haber sido sólo un cumplimiento parcial, puesto que Jesús
sitúa las señales en el sol y la luna mencionadas por Joel como ocurriendo
después del oscurantismo de la Edad Media, de la persecución y más cerca de la
venida de "el día grande y espantoso de Jehová" (Mat. 24:29, 30). Más aún, Joel
se refiere específicamente a una manifestación del don de profecía. De esta
manera, un cumplimiento completo de la antigua predicción de Joel requeriría una
manifestación del don profético en el tiempo del fin.
Mateo 7: 15-20;
24:24
Puesto que Jesús predijo la aparición de
"falsos profetas" en el tiempo del fin, tal predicción es una presunta evidencia
de una manifestación verdadera del don.
1 Corintios 12;
Efesios 4; etc.
La doctrina neotestamentaria de "los
dones espirituales" (la cual incluye el don profético) nunca ha sido dejada sin
efecto. Si el pasado pudiera dar alguna señal del futuro, podemos advertir que
el don profético generalmente operó durante períodos de crisis o de
trascendencia: Noé antes del diluvio; el grupo de los profetas mayores y menores
en torno a los períodos críticos de la historia de Israel, cuando Asiria,
Babilonia y Persia amenazaban o perjudicaban la existencia de Israel; Juan el
Bautista antes del advenimiento de Cristo, etc. Por lo tanto, sería razonable
esperar algún tipo de manifestación profética previa al fin del tiempo de gracia
y la segunda venida, la consumación del plan de salvación.
Apocalipsis 12:17;
19:10
Mientras que enfatizamos la predición de
Joel 2 en defensa de una manifestación legítima del don profético, nuestros
pioneros no dejaron de tener en cuenta las implicaciones de Apocalipsis 12:17 y
19:10. En un artículo de la Review and Herald del 16 de octubre de
1855, Jaime White expresó:
"Miremos Joel 2:32, y veamos dónde
coloca él la profecía. 'Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será
salvo; porque en el monte de Sión y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho
Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado'. Es el REMANENTE el que
va a presenciar estas cosas. Es el remanente (o última fracción de la iglesia)
que guarda los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo, (que
es el espíritu de profecía, Apocalipsis 19:10) muy ciertamente, el que va a
participar de esta liberación. 'Todo el que invocare el nombre de Jehová' en el
tiempo de prueba cual nunca hubo, participará de esa liberación. '¿Y acaso Dios
no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche?' Luc. 18:1-8.
Esta invocación del nombre del Señor está simbolizada también por el ángel
[Apoc. 14:15] que clama a gran voz al que estaba sentado sobre la nube: 'Mete tu
hoz, y siega; porque la hora ha llegado, pues la mies de la tierra está madura.'
Dios siempre ha manifestado su poder a sus hijos de acuerdo a sus necesidades y
a sus ocupaciones. ¿Y podemos nosotros suponer en algún momento que el pueblo de
Dios pasará a través de los peligros de los últimos días, y enfrentará el tiempo
de angustia cual nunca fue, y que El no se manifestará a ellos mediante aquellos
dones que El mismo ha puesto en la iglesia? No, ciertamente. Dios ha prometido,
por intermedio del profeta Joel, hacer grandes cosas en favor del REMANENTE
'antes que venga el día grande y espantoso de Jehová'."
El libro de Apocalipsis muestra
dos mujeres
Una mujer pura vestida de sol (Apoc.
12), y una mujer caída, denominada "Babilonia la Grande" (Apoc. 17). En un
sentido, ambas mujeres simbolizan la misma entidad: el cristianismo. Ambas
tienen descendencia (Apoc. 12:17; 17:5). Apocalipsis 12 parece estar
representando a los seguidores fieles de Dios y el curso de su historia, y
Apocalipsis 17 simboliza el desarrollo y el curso de la apostasía
cristiana.
La mujer pura que se esconde en el
desierto para escapar de la persecución ocasionada por el dragón (12:17) y por
la mujer caída (17:6), representa en esencia a múltiples grupos leales. Esos
grupos (aunque no necesariamente puros en todos los aspectos doctrinales: cf. La
historia simbólica de la iglesia, Apoc. 2:3), mantuvieron la fe en Dios y la
lealtad a las Escrituras durante el período del oscurantismo de la Edad Media.
¿Cómo, entonces, ha de identificarse "el resto de su descendencia"? ¿Ha de ser
entendido como un resto del tiempo del fin del cristianismo en general, o ha de
delimitárselo a un grupo específico de cristianos?
El libro de Apocalipsis parece
describir a los sinceros seguidores de Dios en el tiempo del fin bajo dos
órdenes diferentes.
a. "El resto de la descendencia de ella,
los que guardan los mandamientos de Dios" (12:17), y
b. El "pueblo mío" [de Dios] que está en
Babilonia (18:4).
Esto implicaría, en un sentido técnico, que el grupo denominado en
Apocalipsis 12 como "el resto" o remanente no está constituido por todos los
cristianos sinceros en general, sino que aquí se lo está limitando a un grupo
específico por ciertas características: guardan los mandamientos de Dios y
tienen el testimonio de Jesús.
Es razonable suponer, además, que el
remanente o última etapa del pueblo de Dios del cual se habla en Apoc. 12:17
también predicará el último mensaje de Dios. Ese último mensaje es descripto en
Apoc. 14:9-12 como el del "tercer ángel". Este es un mensaje específico con
características definidas, y que también involucra el contenido del mensaje de
los dos primeros ángeles (véase Apoc. 14:6-14). Si aquellos que componen el
"resto" de Apoc. 12 son los expositores del mensaje del tercer ángel (Apoc. 14),
necesariamente entonces tendrían que ser un grupo específico de cristianos,
caracterizados por el distintivo de ese mensaje especial. Históricamente, los
adventistas del séptimo día han creído que han estado cumpliendo el papel del
tercer ángel; de aquí que hemos visto desde luego a nuestro movimiento como
simbolizado también en Apoc. 12:17.
El testimonio de Jesús
(12:17)
El interrogante aquí es si esta frase
señala una manifestación en el tiempo del fin del don profético en el grupo
definido como "el resto de la descendencia de ella".
La expresión "testimonio de Jesús"
aparece seis veces en el libro de Apocalipsis (1:2, 9; 12:17; 19:10; 20:4). El
primer problema relacionado con la expresión tiene que ver con la traducción.
Dos traducciones son posibles gramaticalmente:
1. El testimonio acerca de o concerniente a: Jesús
(genitivo de objeto) = lo que los cristianos atestiguan acerca de
Jesús.
2. El testimonio proveniente de
o dado por: Jesús (genitivo de sujeto) = mensajes provenientes de Jesús
a la iglesia.
La evidencia que proviene del uso de esta expresión en el libro de
Apocalipsis sugiere que ésta debiera ser entendida como un genitivo de sujeto
(un testimonio proveniente de o dado por Jesús), y que este
testimonio es dado a través de la revelación profética. Unos pocos
ejemplos:
a. Apocalipsis 1:1, 2. "La revelación de Jesucristo, que Dios
le dio, para manifestar a sus siervos... y la declaró
enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan, que ha dado testimonio
de la palabra de Dios, y del testimonio de Jesucristo, y de todas las
cosas que ha visto.
En este contexto resulta evidente que
"la revelación de Jesucristo" señala una revelación proveniente
de o dada por Jesús a Juan. De un modo parecido, Juan luego lleva
registro de este testimonio proveniente de Jesús. Ambas expresiones
genitivas le dan el mejor sentido como genitivos de sujeto en el contexto y
concuerdan con las palabras finales de Cristo en el libro: "El que da
testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve" (Apoc.
22:20).
Comentando sobre la misma frase en Apoc.
19:10, James Moffat escribe:
"El testimonio de Jesús prácticamente
equivale a Jesús testificando (22:20). Es la autorevelación de Jesús (de acuerdo
a 1:1, debida finalmente a Dios) la que mueve a los profetas cristianos. El
forma al instante el impulso y el tema de sus declaraciones." (The
Expositor's Greek Testament, W. Robertson Nicoll, ed. [Grand Rapids,
Michigan: Wm. B. Eerdmans Publishing Company, reimpresión 1961], vol. 5, p.
465.
b. Una comparación de Apoc. 19:10 con
22:9 vincula el testimonio proveniente de Jesús con la función
profética:
19:10 "Mira, no lo hagas; yo soy
consiervo tuyo, y de
22:9 "Mira, no lo hagas; porque yo soy
consiervo tuyo, de
19:10 tus hermanos que retienen el
testimonio de Jesús."
22:9 tus hermanos los
profetas..."
c. Apocalipsis 19:10 define al
testimonio proveniente de Jesús como "el espíritu de profecía". "Porque el
testimonio de Jesús es el espíritu de profecía."
Aunque James Moffat considera la frase
como una glosa, analiza su significado desde las implicaciones de un genitivo de
sujeto:
"Porque el testimonio de (es decir,
portado por) Jesús es (es decir, constituye) el espíritu de profecía. Esto ...
define específicamente a los hermanos que retienen el testimonio de Jesús como
poseedores de la inspiración profética." (Ibid.).
La frase "espíritu de profecía"
puede ser entendida en cualquiera de los dos sentidos.
a. Puede referirse al Espíritu
Santo, quien comunica la revelación profética. "Los santos hombres de Dios
hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo" (2 Ped. 1:21). Expresiones
tales como el "Espíritu de gracia", el "Espíritu de verdad", etc., señalan al
Espíritu que comunica gracia o verdad. De este modo el testimonio proveniente de
Jesús puede ser comparado o vinculado con la función del Espíritu de inspirar al
profeta con una revelación proveniente de Dios (cf. 1:10). Una revelación tal,
es en efecto, un testimonio proveniente de Jesús. Esta interpretación de la
frase está de acuerdo con 1 Ped. 1:11, que destaca que los profetas del Antiguo
Testamento fueron inspirados por "el Espíritu de Cristo", y de este modo dieron
un testimonio proveniente de El.
b. La frase "espíritu de profecía" puede
también ser entendida como el genio o la esencia distintiva de
la profecía. Es decir, el genio mismo o el alma de la profecía es Jesús que da
testimonio. Jaime White lo expresó de esta manera: "El espíritu, alma y
sustancia de la profecía, es el testimonio de Jesucristo; o, la voz de los
profetas concerniente al plan y obra de la redención humana, es la voz del
Redentor." (Life Sketches [ed. 1880], pp. 335, 336, citado en
Seventh-day Adventist Encyclopedia, artículo "Spirit of
Prophecy".
Enfasis de Apoc.
12:17
En cualquier caso, el pasaje de Apoc.
12:17, enfatiza que el remanente tiene (participio presente de
ejo) el testimonio profético de Jesús. De esta manera, se describe el
remanente como teniendo o reteniendo esta posesión mientras el dragón
realiza su ofensiva final contra el pueblo de Dios en el tiempo del fin. (Véase
Arndt y Gingrich, A Greek-English Lexicon, sobre el uso de
marturia [testimonio en Apocalipsis].)
"Testimonio de Jesús": ¿manifestación canónica o
postcanónica?
Si el "testimonio de Jesús" es realmente
el testimonio de Jesús a su iglesia a través del canal profético, entonces la
incógnita es saber si la característica de Apoc. 12:17 está enfatizando la
posesión por parte del remanente de las Sagradas Escrituras, Antiguo y Nuevo
Testamentos, o la posesión de una manifestación postcanónica de los dones
espirituales en la forma del don profético. La primera aseveración parece ser un
punto demasiado obvio para que el escritor profético lo subraye, pero una
manifestación del don profético en un marco del tiempo del fin sería
significativa.
Esta profecía concerniente a la posesión
del testimonio profético proveniente de Jesús por parte del remanente, puede ser
comparada a las muchas referencias al Mesías en los Salmos davídicos. Un lector
en los tiempos del Antiguo Testamento habría relacionado con David a muchas de
las declaraciones -sino todas- de estos Salmos. Más tarde, después de la vida,
muerte expiatoria y resurrección de Cristo, estas declaraciones son vistas como
teniendo una aplicación mayor y más perfecta al Mesías, el Hijo de David.
Precisamente, en el cumplimiento de Apoc. 12:17, juntamente con el desarrollo
del movimiento del tercer ángel, podemos ver ahora lo que no era evidente antes
de ese desarrollo: que la posesión del "testimonio de Jesús" por parte del
remanente trae consigo la alentadora verdad de que Cristo ha decidido hablar una
vez más a su pueblo mediante el don profético al enfrentar éste la miríada de
desafíos del tiempo del fin, y de la terminación del tiempo de gracia para la
humanidad.
Instituto de
Investigación Bíblica, Washington, D.C. , Abril de 1982. Traducido por el Centro
de Investigación White, Universidad Adventista del Plata, Entre Ríos -
Argentina. Marzo de 1988. Traducción: Silvia S. de Roscher. Edición: Víctor Casali.
Edición 1997. |